¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 31 #2
73%

CAPÍTULO 31 #2

Giro la cabeza hacia donde viene el grito y me la encuentro sentada con Olivia y los amigos de Gabriel, todos amontonados unos encima de otros.

Hay platos a medio terminar en una mesa grande que hay entre ellos, copas que se tambalean peligrosamente cerca del borde, y una risa colectiva que se escucha por encima del ruido de los motores.

Incluso Bella se ha apuntado a la fiesta.

Llevo un rato viéndola en brazos de Zoe, que la sostiene con una mezcla de ternura y torpeza.

—¡Ven a sentarte con nosotros! —insiste.

Camino hacia ellos y me dejo caer en el asiento de al lado.

—Bueno —empieza Zoe—, ya que está aquí sentada con nosotras la futura «señora de Valera del Río», hay que decidir de una vez cuándo va a ser la despedida de soltera.

¿La futura «señora de Valera del Río»? No sé qué suena peor, si «señora» o simplemente «Valera del Río».

Zoe continúa, mirándonos a Olivia y a mí.

—Tiene que ser el día antes de la boda. Sí o sí.

Olivia casi se atraganta con el vino.

—Estás mal de la cabeza. ¿El día antes? ¿En serio?

—Por supuesto —Zoe se cruza de brazos, muy digna—. La novia tiene que llegar con resaca al altar. Es una tradición.

—Dios. Esto va a ser un desastre —susurra Olivia, llevándose las manos a la cara.

—No te preocupes Zoe —interrumpo—. Claire ya se ha encargado de todo. La despedida va a ser el día antes de la boda. Tanto la mía como la de Gabriel.

—¡Genial! —levanta el puño.

—Me costó bastante convencerla, eso sí —añado—. A Claire casi le dio un infarto cuando se lo propuse. Decía que sería espantoso que saliéramos con ojeras en las fotos oficiales.

—Normal, con lo perfeccionista que es esa mujer... —dice Zoe, riéndose—. Pero bueno, menos mal que al final entendió que hay tradiciones que no se negocian.

Y es que, para nosotras, esa ridícula tradición empezó el día que se casó Grace.

Es nuestra forma de cerrar el círculo justo antes de que todo cambie, de exprimir hasta el último momento de libertad antes del gran salto.

Ahora, conmigo, toca hacer lo mismo. Y como algún día ocurra el milagro de que alguna de estas dos chicas que tengo a mi lado se case, también será igual. Sin excepciones.

—Por cierto —dice Olivia, mirando a su alrededor—, ¿dónde está Gabriel? Llevo un buen rato sin verlo.

Levanto la cabeza, echando un vistazo rápido por encima de los sillones y las cabezas de la gente, pero no lo veo por ningún lado.

La verdad es que llevo varios días evitándolo.

Desde que Ricky y yo encontramos esa carpeta en el despacho de su padre, me ha costado mantener la boca cerrada.

Ricky me pidió que no dijera nada de lo que habíamos visto.

A nadie. Y mucho menos a su padre, porque, según sus palabras, sería capaz de cualquier cosa si se enteraba de que estábamos husmeando donde no debíamos.

Incluso ahora mismo, me da miedo tenerlo cerca.

Bebiendo, comiendo y riendo como si nada.

Como si no le importase en absoluto que mis alumnos se estén desmayando por culpa de ese proyecto tan misterioso que lleva entre manos.

Lo que todavía me cuesta creer, lo que me niego a aceptar, es que Gabriel pueda estar metido en esto de alguna forma.

Joder, me voy a casar con él dentro de una semana, y no sé si está siendo cómplice de algo tan grave.

Sé que fue él quien metió a Emma en el colegio.

Fue él quien insistió, una y otra vez, en que era completamente seguro contar con ella.

Pero necesito creer que mi prometido no sabe nada de lo que hay detrás del Proyecto Génesis.

Necesito pensar que es otra víctima más de su padre.

Como si lo hubiera invocado con solo pensar en él, Gabriel aparece de la nada.

—¡Hombre! ¿Dónde te habías metido? —le pregunta uno de sus amigos.

—Estaba hablando con unos familiares —responde, sin darle mayor importancia.

Se agacha hasta mi altura y me da un beso corto en los labios.

—¿Va todo bien? —me pregunta, con una sonrisa.

—Sí —carraspeo—. Todo muy bien.

—Me alegro. Ya casi estamos en el paraíso, cariño. Qué poco falta para que nos convirtamos en marido y mujer.

Sonrío. Falsamente. Con los nervios agarrándome el estómago de una forma que espero que no se me note demasiado en la cara.

Porque cada vez que veo que el gran día se va acercando, algo dentro de mí se encoge un poco más.

Como si la cuenta atrás se estuviera haciendo real, dejando de ser una fecha lejana en el calendario para convertirse en algo que va a pasar de verdad, muy pronto, quiera yo estar preparada o no.

En cuanto aterrizamos y se abre la puerta del avión, el calor entra sin piedad: pegajoso, espeso, adhiriéndose a la piel.

Bajamos por la escalerilla en fila india y, nada más pisar tierra firme, nos encontramos con una hilera de todoterrenos blancos esperándonos.

Hay al menos seis, todos con el motor encendido y el aire acondicionado a tope, como si alguien hubiera calculado con precisión matemática cuánto tiempo aguantaríamos fuera antes de empezar a derretirnos.

El caos para repartirnos entre los coches no tarda en estallar entre mis amigas.

—Yo me subo con vosotros —anuncia Zoe, señalando a los amigos de Gabriel.

—Ni hablar, yo he bajado antes —protesta Olivia, plantándose delante de ella con las maletas todavía colgando de ambos brazos—. Tú te vas con Grace y Bruno, al de atrás.

—Claro, de «sujetavelas»... No se me ocurre un plan mejor.

La cosa está a punto de subir de tono y decido intervenir antes de que empiecen a montar el mismo numerito de siempre.

—Vale, ya está bien las dos —corto, colocándome entre ellas—. Olivia, ven conmigo y con Gabriel en nuestro coche. Deja que Zoe se vaya con los chicos esta vez, y a la vuelta os cambiáis.

El gritito de victoria que suelta Zoe es tan exagerado que hasta algunos familiares de Gabriel giran la cabeza, alarmados.

Ella, ajena a las miradas, ya está subiéndose al coche por el que tanto ha peleado, sin ni una pizca de remordimiento.

Olivia, en cambio, rechista todo el camino hasta el nuestro, arrastrando la maleta.

—Menudo favoritismo le tienes siempre a Zoe —masculla.

—Sube y calla —le ordeno, riéndome.

Los coches, por fin, se ponen en marcha. Apoyo la cabeza en la ventanilla y veo cómo el aeródromo va quedándose atrás mientras pienso en lo que nos espera al otro lado de la isla. Tengo ganas de llegar a la casa y, sobre todo, de ver a Marilyn.

De todos los Valera del Río que he conocido hasta ahora, la matriarca es, sin ninguna duda, la que mejor me cae.

La recuerdo agradable, ruidosa, ajena por completo a esa etiqueta impecable que todos los demás llevan puesta como una segunda piel.

Y creo que no soy la única impaciente por verla.

Bella se ha pasado buena parte del vuelo agitando la cola cada vez que alguien mencionaba Santa Aurelia, como si entendiera perfectamente que allí la esperan Marilyn y sus tres chihuahuas.

No empezaron con buen pie, todo hay que decirlo —el primer encuentro fue un caos de ladridos y gruñidos que casi me cuesta un ataque de nervios—, pero acabaron siendo inseparables.

Cuando llegamos y el coche se detiene frente a la entrada, el servicio ya está allí, listos para hacerse cargo del equipaje. Bajo del coche y busco con la mirada a Marilyn entre el personal, esperando encontrármela en cualquier momento con los brazos abiertos. Pero no está.

—Ni te molestes en buscarla, cariño —dice Gabriel, bajándose del coche—. Ya sabes que ella y la educación no son precisamente grandes amigas.

Uno de los empleados se acerca a explicarnos que la señora anda por algún rincón de la propiedad, aunque tampoco él sabría decir exactamente dónde.

—La vi hace un rato en el jardín trasero —comenta otro.

Mientras el resto del grupo se dispersa por la casa para instalarse en sus habitaciones, Gabriel y yo, junto a Bella, nos dirigimos hacia el jardín.

Al fin y al cabo, somos los protagonistas de esta fiesta, así que me parece justo que seamos nosotros quienes vayamos a rescatar a la dueña de donde sea que se haya metido.

La encontramos antes de verla, en realidad. Porque de fondo escuchamos un hilo de música flotando en el aire. Algo con cuencos tibetanos y una voz susurrante que repite «respira, conecta con tu esencia».

Cuando la vemos, la imagen que nos recibe es de las que necesitan un segundo de más para procesarse.

Marilyn está haciendo el pino con la cabeza apoyada en el suelo, sobre una esterilla rosa, con las piernas completamente rectas hacia el cielo y un moño despeinado que amenaza con desmoronarse en cualquier momento.

Lleva un mono de licra con un estampado de leopardo de lo más chillón, y tiene el móvil apoyado contra una maceta, reproduciendo un tutorial de yoga con un instructor cuya voz suena algo drogada.

A su lado, tumbados en una toalla a juego con la esterilla, están sus tres chihuahuas en bañador, mientras toman el sol como si fueran los clientes VIP de un spa exclusivo para perros.

—¡Ay, Dios! —exclama Gabriel, llevándose una mano a la cara—. Se va a romper el cuello.

Marilyn, sin perder el equilibrio ni un segundo, gira ligeramente la cabeza hacia nosotros desde su postura invertida.

—¡Queridos! —grita, con la voz un poco distorsionada por estar del revés—. ¿Ya habéis llegado? Dadme un momento, que estoy a punto de conseguir mi mejor postura de todo el verano.

—Abuela, no creo que sea muy recomendable que estés boca abajo, ¿no?

—Shhh. No me distraigas, que me voy a caer.

Bella, de repente, tira de la correa y se suelta, yendo directa hacia sus amigos peludos.

En cuanto se acerca, los tres chihuahuas se abalanzan sobre ella entre gruñiditos de emoción y un intercambio de lametones efusivo.

Mi perra, encantada con la bienvenida, decide que Marilyn también merece su parte del cariño, así que trota directa hacia ella para plantarle un lametón en toda la cara.