¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Alice

No me puedo creer que esté subida en un avión privado tan grande.

El de siempre —el que suele usar la familia Valera para sus escapadas a Santa Aurelia— se ha quedado pequeño en cuanto hicimos la lista de invitados.

Así que hemos tenido que alquilar uno lo bastante espacioso como para que quepamos todos de sobra.

Gabriel se ha empeñado en decir que la idea fue suya, pero todos sabemos la verdad.

Y la verdad tiene nombre y apellido: Claire Whitfield, la wedding planner más cara de la costa este y, sospecho, la mujer más perfeccionista que he conocido en mi vida.

Aunque también ingeniosa. Ha propuesto que vayamos todos a Santa Aurelia una semana entera antes de la boda a realizar actividades multiaventura, «para que la familia y nuestros amigos se conozcan de verdad antes del gran día», dijo.

El avión va lleno hasta los topes. Belinda y Rafael ocupan la zona delantera, junto a mis padres y otros familiares.

Sí. Mis padres. Por fin entran en escena.

Belinda llevaba semanas insistiendo en conocerlos.

Cada vez que sacaba el tema en alguna comida, yo cambiaba de conversación con la habilidad de quien lleva toda una vida esquivando balones.

No es que me avergonzara de ellos; jamás se me habría pasado algo así por la cabeza.

Es solo que mis padres viven en un mundo hecho de facturas ajustadas y quincenas que hay que estirar hasta el último centavo, y el de los Valera está hecho de otra pasta completamente distinta.

Aunque, en realidad, lo que me preocupaba, más que la distancia entre esos dos mundos, era que mis futuros suegros acabaran sacándoles a mis padres el tema más doloroso: la muerte de mi hermano.

Estoy segura de que Gabriel les ha contado lo de Dani.

No hace falta ni que lo pregunte para saberlo.

Me levanto del asiento donde estaba sentada junto a Grace, Bruno y Abby, y camino hacia allí. Necesito verlos con mis propios ojos y comprobar que están bien. Espero que nadie los haya hecho sentir fuera de lugar en este avión que parece más una mansión flotante que un medio de transporte.

En cuanto los veo, me doy cuenta de cómo Belinda está conversando con ellos, gesticulando con esa elegancia suya que parece coreografiada.

Mi padre la escucha, serio, con la rigidez de quien hace un esfuerzo consciente por encajar en un molde que no es el suyo.

Mi madre, a su lado, dibuja esa falsa sonrisa que conozco de memoria, la que reserva para las visitas al médico y las reuniones de vecinos.

Y Rafael, ajeno a todo, se limita a beber una copa de vino con unos familiares.

Me acerco despacio, sin que se den cuenta todavía de mi presencia, y es entonces cuando alcanzo a escuchar parte de la conversación que están teniendo. La que más temía, por supuesto.

—Es que debe de ser lo más horrible del mundo, ¿no? —dice Belinda, con la cabeza ligeramente ladeada—. Perder a un hijo así, de esa manera. No me lo puedo ni imaginar.

Mis padres parecen estar buscando la salida de emergencia más cercana para huir de esa situación, aunque estemos a nueve mil metros de altura. Así que no lo pienso dos veces. Me acerco a rescatarlos.

—¡Aquí estáis! —digo, plantándome entre Belinda y ellos como quien se interpone entre dos coches a punto de chocar—. Os he estado buscando por todo el avión. ¿Podéis creeros que esto es más grande que mi casa?

Mis padres sonríen al verme, aliviados.

—Belinda, ¿me disculpas un momentito? Quiero hablar con mis padres.

—Por supuesto, querida —asiente ella—. Yo voy a atender a los demás invitados. Serviros lo que queráis, por favor. Poneos cómodos. El avión tiene de todo.

Una barra entera con champán, vino y cócteles ya preparados, bandejas de canapés que van pasando de mano en mano, y hasta un pequeño bufé al fondo con fruta cortada, quesos y algo que juraría que es caviar. Como si viajar a novecientos kilómetros por hora no fuera suficiente lujo por sí solo.

Belinda se aleja, y en cuanto desaparece entre la gente, respiro un poco más tranquila.

—Lo siento mucho, no sabía que Belinda os iba a preguntar por Dani.

Mentira. Sí que lo sabía, pero no quería agobiarlos más de lo que ya estarían desde que supieron que iban a venir a este despliegue.

—No pasa nada, cariño —me corta mi madre, aunque el temblor de su voz dice justo lo contrario.

Las dos miramos de reojo a Belinda, analizándola. Mi padre, mientras tanto, hace un repaso rápido al resto del avión, como si estuviera admirando su grandeza.

—Anda que... —comenta él, mirando la barra de champán—, menudo braguetazo que has pegado, hija.

—¡Papá! —Me río, dándole un manotazo suave en el brazo—. Cállate.

—¿Acaso he dicho algo que no sea verdad? —Se encoge de hombros, serio, y se aleja directo hacia la barra, con intención de servirse una copa.

Lo conozco y sé que está algo incómodo con tanta gente desconocida a su alrededor. Un poquito de alcohol seguramente no le venga mal para perder la vergüenza.

—No le hagas caso a tu padre —añade mi madre—. Lo importante es que al final tomaste la decisión correcta.

Se me hiela un poco la sonrisa, porque ya me imagino por dónde va a tirar la conversación.

—Mamá.

—¿Qué? No he dicho nada del otro mundo, hija. Solo he comentado que menos mal que entraste en razón a tiempo, y al final decidiste quedarte con el chico que tiene tu misma edad y una vida más estable. Habría sido una locura que hubieras acabado con...

—Mamá —repito, esta vez más bajo, con los ojos clavados en ella para que capte el mensaje de que no quiero hablar sobre ese tema.

—Está bien, está bien. No digo nada más.

Nos quedamos calladas, las dos con la vista perdida en el resto del avión, en ese silencio incómodo que solo puede existir entre una madre y una hija que se conocen demasiado bien como para fingir que no ha pasado nada. Pero entonces, mi madre ladea la cabeza, entrecerrando los ojos.

—Por cierto, el chico que está al fondo, con esa chica rubia, ¿es el tal Ricky, no?

Giro la cabeza despacio, como si no me importara lo más mínimo que estuviera ahí con ella, como si fuera solo curiosidad y no ese tirón en el estómago que llevo sintiendo desde hace días.

Ahí están. Sentados juntos, riéndose de algo que están viendo en el portátil que tienen delante. Ella se apoya en su hombro con una naturalidad que a mí me revuelve algo por dentro, y él sonríe, relajado, como si el mundo entero se redujera a esa pantalla y a esa chica pegada a su costado.

Ricky levanta la vista de repente hacia donde estoy yo, como si hubiese notado que lo estaba mirando fijamente, y por un instante temo haber quedado como la típica novia celosa a la que le molesta que su chico esté demasiado pegado a otra que no sea yo.

Le veo tragar saliva, ponerse serio mientras me analiza. Y yo aparto la mirada inmediatamente.

Vuelvo a centrarme en mi madre con una sonrisa que espero que resulte más convincente que la anterior.

—Sí. Es Ricky. Y ella es Violeta, su novia.

Mi madre los estudia con disimulo.

—Pues es guapo —dice.

—Mamá, para ya.

—Vale, vale, ya paro. Pero ese chico sigue enamorado de ti. Que lo sepas.

—¿Pero qué dices?

—Lo que oyes. —Se encoge de hombros, tranquila, como si acabara de anunciar que va a llover mañana—. La forma en que te está mirando ahora mismo es la de un chico que sigue perdidamente enamorado de ti, hija.

Me giro de nuevo, disimuladamente, y me doy cuenta de cómo Ricky sigue mirándome, embobado. Pero en cuanto parece captar que estamos hablando de él, aparta la vista rápido y vuelve a fijarla en la pantalla del ordenador.

Vuelvo a mirar a mi madre.

—No digas estupideces. Ricky decidió hace tiempo estar con esa chica. No tiene ningún sentido que siga enamorado de mí.

Mi madre me observa en silencio, analizándome. Como si me estuviera leyendo la mente. Y hay veces que sospecho que tiene ese superpoder, básicamente porque siempre sabe qué es lo que estoy pensando.

—Ah, ¿es por eso? —pregunta—. ¿Por eso te casas con Gabriel? ¿Porque Ricky se fue con otra?

—Mamá, por favor. —Cierro los ojos un segundo—. Claro que no. Yo quiero a Gabriel, ¿vale? Deja ya el tema.

Ella suspira, y me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos, igual que hacía cuando era pequeña y me despertaba de alguna pesadilla.

—Ten cuidado, cariño —murmura—. Solo te pido eso, ¿de acuerdo?

Asiento, respirando profundamente, con los ojos cerrados. Y acto seguido se aleja, en busca de mi padre, dejándome ahí sola con mis pensamientos.

Reconozco que empecé a estar con Gabriel para olvidarme de su hermano.

No voy a fingir ahora que fue por otra cosa.

Pero en algún punto del camino, Gabriel cambió por completo y se convirtió en una persona totalmente distinta a la que era.

Empezó a ser dulce, empático. Así que dejó de ser solo la vía de escape que necesitaba para no pensar en otro nombre, y pasó a ser algo real.

En alguien de quien de verdad me enamoré, o al menos eso creo, sin necesitar imaginarme la cara de otro para sentir algo cuando me besaba o me hacía el amor.

Pero desde que Ricky volvió, tengo sentimientos encontrados.

Sé que en algún rincón de mí todavía quedan las cenizas de lo que sentí por él, mezcladas con algo mucho más oscuro y espeso que se parece bastante al odio.

Porque hay cosas que no se olvidan tan fácilmente.

Y lo que me hizo no merece mi perdón. Ni siquiera me he atrevido a sacarle el tema.

No le he preguntado por qué lo hizo. Por qué nunca cumplió lo que me prometió en aquella carta y acabó enamorándose de otra.

No me atrevo a enfrentarme a eso. Así que prefiero mil veces vivir en la ignorancia y no averiguarlo nunca.

—¡Ali! ¡Ven aquí!

La voz de Zoe me saca de golpe de mi propio laberinto mental, como quien te zarandea del hombro justo antes de que te dé tiempo a caerte por un precipicio de pensamientos que no llevan a ningún sitio agradable.