¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

—De Emma Brown. —Baja todavía más la voz—. Me dijiste que sabías cosas de esa mujer y que tarde o temprano me darías respuestas. ¿Has averiguado algo más?

Me viene a la cabeza la imagen del hospital, hace unos días, cuando Mateo se desmayó. La dejé en ascuas con mis sospechas: le dije que sabía cosas de Emma Brown, le pedí que no se lo contara a nadie y, sobre todo, que no se fiara de nadie.

Lo que todavía no le he explicado es que la primera vez que vi a esa mujer fue hace tiempo, en el despacho de Alfred Hock, y que entonces no se presentó como médica, sino como ejecutiva de Valera Global Education.

Me hizo firmar unos papeles que ni me molesté en leer.

En su momento no le di importancia, aunque me extrañó verla días después con bata, haciéndoles análisis de sangre a los niños; estaba tan centrado en arreglar las cosas con Alice después de aquel primer beso que lo dejé pasar sin más.

Pero después de lo de Mateo, y de todo lo que Alice me contó en el hospital, até cabos, y ahora tengo la sensación de que algo no va bien.

Aun así, antes de contarle nada necesito estar seguro de que lo que firmé no era nada turbio. Si se entera de que podría estar metido en el ajo, aunque sea de refilón y sin saberlo, me mata.

—Todavía no he podido averiguar nada —le suelto—. No he tenido tiempo.

—¿Que no has tenido tiempo? —Alice frunce el ceño, y noto cómo la calma con la que había venido empieza a resquebrajarse—. Ricky, me dijiste que sabías cosas de ella y que confiara en ti. ¿Y ahora me vienes con esas?

—Alice...

—No. —Me corta en seco y da un paso hacia mí—. Necesito que me cuentes todo lo que sabes, ahora mismo. No puedo quedarme de brazos cruzados esperando a que decidas cuándo es el momento perfecto.

Se le quiebra la voz, y no de rabia, sino de algo mucho peor: miedo.

—No puedo permitir que a Mateo le vuelva a pasar esto. Ni a él ni a ningún otro niño de mi clase. Así que, por favor, cuéntame lo que sepas.

Me muerdo el labio y chasqueo la lengua mientras le doy vueltas a toda velocidad.

Miro hacia la casa, hacia esa fachada que me ha visto crecer y que, por primera vez en mi vida, me parece útil para algo más que acumular malos recuerdos.

Se me acaba de ocurrir la idea del siglo. O la peor de todas, quién sabe.

—Ven conmigo —le digo, cogiéndole la mano.

—¿Adónde? —pregunta, clavando los pies en el suelo.

—A darte lo que quieres: pruebas. Te prometí que te ayudaría a averiguar qué está pasando en el colegio, y eso es justo lo que voy a hacer ahora mismo.

La guio hacia un lateral de la casa, hasta la puerta de servicio, que, con un poco de suerte, nadie estará vigilando mientras todo el mundo siga en el jardín. Y, efectivamente, la suerte está de mi parte. No hay nadie. Empujo la puerta despacio, rezando para que no chirríe, y nos colamos dentro.

Recorremos el pasillo principal en silencio, todavía de la mano.

La casa está prácticamente desierta, lo cual, para lo que tengo en mente, es una bendición.

Pero, de pronto, un par de empleados salen de la cocina y tiro de ella rápidamente hacia un rincón.

La acorralo contra la pared, con un brazo a cada lado de su cuerpo, mientras contenemos la respiración, como si el más mínimo ruido fuera a delatarnos.

Escucho cómo los pasos se alejan por el pasillo hasta desaparecer.

Aun así, no me aparto, y ella tampoco hace el amago de salir del escondite que hemos improvisado.

Nos quedamos quietos, en silencio, mientras sus ojos se clavan en los míos y nuestras bocas se acercan.

Tanto que noto su respiración entrecortada contra los labios.

—Apártate —susurra, casi sin voz.

—¿Seguro que quieres que me aparte?

Se queda callada un segundo y cierra los ojos, como si necesitara esa oscuridad para pensar con claridad y decidir sin que mi cercanía se lo impida.

—Sí —dice por fin—. Por favor.

Cada fibra de mi cuerpo me grita que la ignore y aproveche el momento para besarla, porque reconozco que ahora mismo es lo que más deseo en el mundo, aunque la odie con todas mis fuerzas. Pero aparto las manos de la pared y la dejo salir del rincón.

Alice carraspea, con las mejillas coloradas, e intenta recuperar la compostura.

—¿Adónde se supone que me estabas llevando?

Yo también intento recomponerme. Sacudo un poco la cabeza, compruebo otra vez que el pasillo sigue vacío y me obligo a centrarme en lo que nos ha traído hasta aquí.

—Ven —le digo, tendiéndole la mano de nuevo.

Al fondo del pasillo está el despacho de mi padre.

En cuanto llegamos, giro el pomo con cuidado y compruebo que la puerta no está cerrada con llave.

Genial. Al menos no voy a tener que echarla abajo a cabezazos.

La empujo despacio y entro, pero Alice se queda parada en el umbral, mirando a su alrededor con desconfianza.

—¿Qué hacemos aquí? Como tu padre nos pille en su despacho, no le va a hacer ninguna gracia.

Enciendo la luz y cierro la puerta despacio detrás de nosotros.

—Si hay pruebas de lo que está pasando en el colegio, tienen que estar aquí.

—A lo mejor tu padre no sabe nada de esto, Ricky —dice, sin moverse del sitio.

Suelto una risa seca mientras echo un primer vistazo al despacho.

—Mi padre es el dueño de Valera Global Education, Alice. Si hay algo raro en ese proyecto, lo sabe. Créeme. —Señalo la puerta con la cabeza—. Vigila. Si oyes a alguien acercarse, avísame.

Alice asiente sin mucho convencimiento, pero se coloca junto a la puerta y pega la oreja al marco, atenta a cualquier ruido que provenga del pasillo.

Mientras tanto, yo empiezo a registrar el despacho.

Primero, los cajones del escritorio, con cuidado de no desordenar nada que pueda delatarnos: papeles de la empresa, contratos, alguna carta sin abrir.

Nada que me llame la atención. Después, la estantería, palpando detrás de los libros más gruesos, esos que dudo que mi padre haya abierto en su vida y que solo están ahí para dar el pego.

Tampoco. Luego, el archivador que hay junto a la ventana, carpeta por carpeta, con los dedos temblándome un poco, no sé si por la adrenalina o por el miedo a que nos pillen con las manos en la masa.

Facturas antiguas, informes de rendimiento...

Nada que tenga pinta de esconder ningún secreto turbio.

Empiezo a pensar que esto ha sido una pérdida de tiempo. En el fondo, no creo que mi padre sea tan idiota como para dejar tiradas por ahí, al alcance de cualquiera, pruebas que puedan comprometerlo.

Pero entonces, casi sin querer, reparo en el cajón pequeño de arriba del escritorio, el que está cerrado con llave y que había pasado por alto porque ni me había planteado poder abrirlo. Hasta que recuerdo dónde guarda la llave.

Mi padre siempre ha sido un hombre de costumbres, y una de ellas, ridícula donde las haya, es esconder las llaves importantes en el sitio más obvio del mundo: pegadas con cinta adhesiva debajo del cajón central, el que siempre está abierto porque solo guarda bolígrafos y cartas.

Lo descubrí por casualidad hace años, buscando su talonario para falsificar su firma en unas notas del colegio.

Abro el cajón central, meto la mano por debajo y despego la llave, pequeña y dorada. La encajo en la cerradura del cajón pequeño y giro. Clic.

Lo abro despacio, casi sin respirar. Dentro solo hay una cosa: una carpeta negra de cuero, elegante. La misma que vi de pasada el día en que mi padre me anunció, con una sonrisa maligna, que a partir de entonces iba a trabajar en el colegio de Alice.

La abro con cuidado. En la primera página, en letras grandes y mayúsculas, como si quisieran dejar claro que lo que tengo entre las manos es algo importante, pone: «PROYECTO GÉNESIS».