¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Ricky

Hoy es la puta fiesta de compromiso. El gran evento en el que, oficialmente, se va a anunciar que mi hermano y Alice se casan dentro de un par de semanas.

Y por primera vez en mi vida —que conste en acta, porque esto merece salir en la portada del New York Times— llevo puesto un traje decente.

Aunque esta vez no ha sido mi madre quien me ha convencido, sino Violeta.

Me pidió por favor que, solo por hoy, fuera vestido correctamente.

No es que le moleste mi informalidad; de hecho, siempre me dice que le encanta ese toque chulesco que tengo.

Pero lo que no quería era que mis padres le dieran la brasa otra vez por mi culpa, y mucho menos delante de todo el mundo.

Para qué negarlo: el jardín de mi casa está precioso esta noche.

Han colgado guirnaldas de lucecitas doradas entre los árboles, a juego con las estrellas, y han repartido por el césped mesas altas con manteles blancos que ondean con la brisa, cada una con un centro de peonías que desprende un aroma suave y dulzón.

Los camareros van y vienen entre los invitados con bandejas plateadas llenas de canapés diminutos y copas de champán que te rellenan antes de que llegues a vaciarlas.

Todos llevan el mismo uniforme impoluto: ellos, camisa blanca, chaleco negro y pajarita; ellas, blusa blanca remetida en una falda de tubo negra.

Hasta Isabel va impecable, y verla así me resulta rarísimo. Estoy tan acostumbrado a verla con ese delantal lleno de manchas que se niega a tirar, por mucho que mi madre le compre uno nuevo cada dos por tres, que ahora, disfrazada y dando órdenes a los demás empleados, me da hasta risa.

Lo curioso es que la fiesta ya está en marcha, con medio jardín lleno de gente pavoneándose copa en mano, y los protagonistas todavía no han aparecido. Y eso que todo este despliegue se ha montado exclusivamente por y para ellos.

Violeta aparece a mi lado con dos copas de champán y me ofrece una.

—¿Sabes dónde están los novios?

—Ni idea —respondo, echando un vistazo por encima de las cabezas de los invitados—. Tampoco es que me importe mucho, la verdad.

Violeta arquea una ceja.

—¿Estás bien?

—De puta madre. ¿Por qué?

—Porque te noto muy raro estos días —dice, sin apartar los ojos de mí—. Estás como ausente.

Me bebo el champán de un trago, como si así pudiera apagar el fuego que llevo dentro desde que volví a ver a Alice, y dejo la copa vacía sobre la mesa más cercana con un golpe seco.

—Estoy como siempre. No te preocupes.

Ella no contesta. De hecho, se queda mirándome fijamente sin haberse creído ninguna de mis palabras. Pero no me da tiempo a inventarme nada mejor, porque en ese momento un violinista empieza a tocar y el jardín entero rompe en aplausos.

Gabriel y Alice salen por la puerta del salón que da al jardín. La misma puerta, por cierto, contra la que me estampó mi hermano aquella noche por haberme acostado con su novia. Qué bonitos recuerdos guarda esta casa. Todo queda en familia.

Avanzan despacio, cogidos de la mano, saludando a diestro y siniestro como si llevaran toda la vida ensayando este paseo triunfal. ¿De verdad hacía falta este numerito? Cada vez se inventan más chorradas para las bodas.

A medida que se acercan a nuestra zona, la gente los va interceptando para felicitarlos.

Mi hermano sonríe de oreja a oreja. La sonrisa de Alice, en cambio, no engaña a nadie; o al menos a nadie que la conozca de verdad.

Porque yo sé distinguir perfectamente cuándo es sincera y cuándo está sobreactuada, y esta, sin duda, se merece un Óscar.

Cuando pasa a mi lado y me mira de reojo, se me acelera el pulso.

Aprieto la mandíbula y trago saliva, y durante un instante absurdo me planteo en serio preguntarle, delante de mi hermano, de mis padres y del puto violinista, qué coño hace fingiendo que esto es lo que quiere para el resto de su vida.

Violeta se da cuenta; claro que se da cuenta. Noto cómo se tensa a mi lado, aunque no dice nada. Y yo hago lo único que se me ocurre para disimular: levanto la mano para llamar a una camarera que pasa con una bandeja.

—¿Me das otra copa, por favor?

Alice y Gabriel siguen hasta una tarima que han montado junto a la piscina, donde los esperan mis padres, plantados como dos estatuas orgullosas al lado de una mesa cubierta de flores blancas y de un cartel horrendo con las iniciales de los novios entrelazadas en dorado.

Mi hermano coge el micrófono de la mesa, le da un par de golpecitos con el dedo y suelta el típico «¿Hola? ¿Se oye bien?».

—Buenas noches a todos —empieza, con la voz bien modulada—. Gracias por acompañarnos esta noche en uno de los momentos más importantes de nuestras vidas.

Pasa un brazo por los hombros de Alice y la atrae hacia él con ese gesto tan suyo, tan posesivo, como si fuera suya. Como si siempre lo hubiera sido.

—Cuando vi a Alice por primera vez, en la escuela donde trabaja —continúa, mirándola con intensidad—, me enamoré de ella. A primera vista.

Se me revuelve el estómago.

—Alice es la mujer más fuerte, más inteligente y más generosa que he conocido nunca.

—La voz empieza a temblarle un poco, lo justo para parecer sincero y conseguir que unas cuantas invitadas saquen pañuelos de sus bolsos carísimos y se sequen las lágrimas—.

Ahora mismo no hay nada que desee más que pasar el resto de mi vida cuidándola, protegiéndola y haciéndola tan feliz como ella me hace a mí.

Suelto un suspiro.

—Por eso quiero brindar esta noche. Por nosotros, por nuestra boda y por todos los años que nos quedan por delante, juntos. —Alza su copa hacia la de ella—. Te quiero, Alice.

Ella lo mira, nerviosa, y durante un segundo que a mí se me hace eterno parece que no va a contestar. Pero entonces sonríe y le dice, con un hilo de voz:

—Yo también te quiero.

Todo el jardín suelta un «oooh» enternecido y alguien grita desde el fondo:

—¡Vivan los novios!

Gabriel y Alice entrelazan los brazos para brindar, con ese gesto tan cursi en el que se supone que tienes que mirar a la otra persona a los ojos mientras bebes sin dejar de sonreír como un idiota.

En cuanto termina el brindis, la fiesta arranca de verdad.

El violinista pasa a algo más animado, unas cuantas parejas se ponen a bailar en el césped, abrazadas y meciéndose sin demasiada gracia, y el resto se reparte entre las mesas altas, con una copa en una mano y un canapé en la otra, retomando la eterna conversación de quién se ha comprado qué y quién se está divorciando de quién.

Aburrida, superficial y carísima, como todo lo que organiza mi familia.

Violeta y yo acabamos atrapados con una tía mía que ha venido desde Texas expresamente para la ocasión y que, por lo visto, ha decidido que esta es la noche perfecta para conocer por fin a «la famosa novia» de la oveja negra de la familia, en lugar de darles la murga a los verdaderos protagonistas.

Violeta asiente, sonríe y contesta con educación a cada pregunta indiscreta que mi tía le suelta sin ningún filtro.

Yo, en cambio, tengo la cabeza en otra parte.

Cada pocos segundos, sin poder evitarlo, se me van los ojos unos metros más allá.

No sé cuántas veces pasa en apenas un par de minutos, pero mi mirada se cruza con la de Alice una y otra vez, como si hubiera un imán entre los dos.

Y cada vez que ocurre siento un puñetazo en el pecho.

Algo que no debería sentir o, mejor dicho, que no tengo ningún derecho a sentir, pero que no puedo controlar.

Entonces, en mitad de una frase que lanza mi tía sobre lo mucho que ha cambiado Nueva York desde la última vez que vino, Alice me hace un gesto pequeñísimo con la cabeza. Apenas un movimiento hacia la derecha, camuflado entre una sonrisa y el saludo a alguien que pasa por su lado.

Asiento con un gesto igual de discreto, me acabo la copa de un trago, la dejo en la mesa más cercana y me giro hacia Violeta, que sigue enfrascada con mi tía.

—Ahora vuelvo.

—¿Adónde vas? —pregunta, frunciendo el ceño.

—Al baño.

Me alejo entre la gente procurando no acelerar el paso más de la cuenta y rodeo la casa hasta la parte delantera, mientras la música y las risas se van apagando a mi espalda hasta quedarse en un murmullo lejano.

Alice me espera junto a la fuente, apartada de la luz que sale de las ventanas, con los brazos cruzados.

El corazón me va a mil mientras me acerco, y no sé si es por la adrenalina de hacer esto a escondidas o porque voy a estar a solas con ella otra vez.

—Hola —digo cuando por fin la tengo delante.

—Hola —responde en voz baja, mientras mira a ambos lados para asegurarse de que no hay nadie cerca.

La miro de arriba abajo, sin disimular lo más mínimo.

—Estás preciosa esta noche —le digo, sin poder evitar sonreír como un capullo.

Los ojos le brillan con la poca luz que llega hasta aquí. Por un segundo pienso que va a soltar algo ingenioso, algo cortante, una de esas cosas tan suyas para quitarle importancia al momento. Pero no. Solo asiente y me da las gracias.

—Te sienta muy bien la corbata —añade, con media sonrisa.

Me llevo la mano al cuello, incómodo, y tiro un poco del nudo, como si con eso pudiera aflojar algo más que la tela.

—Que conste que no ha sido idea mía. No me gusta nada.

Ella da un paso hacia mí y me susurra:

—A mí tampoco. Te prefiero con la camisa desabrochada de siempre.

Nos reímos bajito, como dos idiotas que se han quedado sin excusas para no hacerlo.

Pero la risa se va apagando poco a poco y nos miramos sin decir nada más, notando cómo se instala el calor entre los dos.

Al darnos cuenta, apartamos la vista casi a la vez, como si un segundo más fuera a desatar algo que ninguno está preparado para manejar, y mucho menos hoy.

Carraspeo, buscando algo a lo que agarrarme que no sea este silencio, que empieza a pesar demasiado.

—Bueno —digo, metiéndome las manos en los bolsillos—. ¿Qué quieres?

Alice echa otro vistazo por encima de mi hombro antes de responder.

—Necesito hablar contigo.

—¿De qué?