CAPÍTULO 29 #3
Ricky y yo nos abrazamos casi sin darnos cuenta, con ese alivio tan intenso que llega cuando el miedo que llevas horas cargando deja de golpe de tener sentido.
Al separarnos, me llevo las manos a la cara y noto el rastro seco de todas las lágrimas que se me han ido escapando a lo largo de la mañana.
Me las limpio con el dorso de la mano, intentando recomponerme.
—Pero hay algo en las pruebas que me inquieta —añade el médico.
—¿El qué? —pregunto, nerviosa.
—Hemos encontrado en su sangre trazas de un compuesto sintético catalogado con el código H-14. —Frunce el ceño—. Por su estructura, parece diseñado para actuar sobre la actividad sináptica, quizá con fines de estimulación neuronal.
Ricky levanta una mano.
—Perdone, doctor, ¿nos lo puede traducir al cristiano?
El médico esboza algo parecido a una sonrisa cansada.
—Que alguien le ha dado al niño una sustancia para estimularle el cerebro.
Hace que ciertas zonas trabajen más de lo normal, y a corto plazo eso puede provocar picos de actividad que el cuerpo no está preparado para gestionar.
En un niño, y más si tiene autismo, ese sobreesfuerzo acaba pasando factura. Como hoy.
Me quedo callada, dándole vueltas a algo que no termina de encajar.
—¿Sabe si ha empezado a tomar alguna medicación nueva últimamente?
—me pregunta, observándome con atención—.
A veces, cuando un niño con autismo tiene dificultades de concentración o de procesamiento, algunos padres, con la mejor intención del mundo, recurren a suplementos o tratamientos alternativos para «ayudar» al cerebro.
Y sin darse cuenta se pasan con la dosis o mezclan cosas que no deberían mezclarse.
—Que yo sepa, no. —Niego con la cabeza—. Solo toma risperidona para la irritabilidad. Nada más, que yo tenga constancia.
El médico apunta algo en la carpeta.
—Sea como sea, les recomiendo que averigüen cuanto antes quién se la está dando. Una exposición puntual puede no tener consecuencias graves, pero si se repite, a la larga podría poner en peligro su vida.
—De acuerdo —digo, con el estómago revuelto—. Muchísimas gracias, doctor.
—Es mi trabajo. —Cierra la carpeta—. En un par de horas le darán el alta y podrán llevárselo a casa. Eso sí, hoy que descanse. Nada de esfuerzos.
Se despide con un gesto breve y se marcha, dejándonos a Ricky y a mí con miles de preguntas suspendidas en el aire.
—¿Pero quién coño quiere que un niño de diez años piense más rápido? —suelta Ricky, entre incrédulo y furioso—. Eso es una puta salvajada, Alice.
Su pregunta se queda flotando entre nosotros y, poco a poco, empieza a encajar con otras piezas sueltas que llevaban tiempo inquietándome.
—El proyecto de IA —murmuro.
Ricky frunce el ceño.
—¿Qué proyecto de IA? ¿De qué hablas?
—El que llevan tiempo haciendo en las clases de estimulación multisensorial.
Lo pongo al día de todo lo que ha cambiado en esas clases durante el último año: la aplicación educativa con IA que ha diseñado la empresa de su familia para ayudar a los niños a estudiar con más facilidad, la médica que ha estado al frente del proyecto y aquellos aparatos tan raros que les pusieron en la cabeza a Mateo y a Michael la primera vez.
Según Emma Brown, servían para «registrar su actividad cerebral», y desde entonces se los siguen colocando cada vez que hay que actualizar la aplicación.
Lo que no entiendo es cómo ha podido acabar una sustancia así en la sangre de Mateo. ¿Le estarán dando algún tipo de medicamento a mis espaldas, además de estudiarle el cerebro con ese cacharro?
—Espera. ¿Has dicho Emma Brown? —me corta Ricky en seco.
—Sí. —Lo miro, extrañada—. ¿Por qué? ¿La conoces?
Ricky echa un vistazo a los lados, casi por instinto, como si el pasillo pudiera estar lleno de oídos, y baja la voz.
—Alice, escúchame bien. —Me sostiene la mirada, nervioso—. No te fíes de esa mujer. Emma Brown no es quien dice ser.
—¿Pero qué estás diciendo?
—Hazme caso, por favor. Necesito que confíes en mí. Ten mucho cuidado con ella.
—¿Cuidado? ¿Por qué? —Lo agarro del brazo antes de que pueda apartar la mirada—. ¿Quién es?
—Alice...
—¿Quién es esa mujer? —insisto.
Aprieta la mandíbula y, por un momento, creo que va a contármelo. Pero se limita a negar con la cabeza.
—Ahora no te lo puedo contar. Aquí no.
—Joder. —Se me quiebra la voz y me tapo la cara con las manos—. Sabía que no era de fiar. Desde el primer día que pisó mi clase me dio mala espina.
Las lágrimas vuelven a salir, esta vez con más fuerza.
—Alfred y tu hermano me dijeron que confiara en ella —sigo—. A lo mejor tampoco saben nada. A lo mejor están tan engañados como yo. Tenemos que contárselo, Ricky.
—No. —Su voz suena tajante—. No se lo cuentes a nadie, Alice. Ni a Alfred, ni a mi hermano, ni a nadie que tenga que ver con el colegio o con la empresa de mi padre.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Te lo contaré todo, con detalle, en otro momento. Aquí, rodeados de gente, no. Además, quiero reunir algunas pruebas antes de confirmarte nada. Vamos a averiguar qué está pasando. Te lo prometo.