CAPÍTULO 29 #2
—¡Sí! Tengo muchísimas ganas, hace siglos que no voy a una boda. Justo le estaba diciendo a Alice que me muero por ir a Santa Aurelia. Me ha dicho que tenéis una casa preciosa allí.
—Bueno, técnicamente es de mi abuela. Pero sí, es una casa muy guay. —Hace una pausa—. Aunque el calor de esa isla es espantoso. Y te van a comer viva los mosquitos, porque la boda es por la noche, ¿no, Alice?
No sé a qué viene eso ni desde cuándo es el portavoz oficial de los inconvenientes climáticos de mi boda, pero asiento de todas formas.
—Ay, yo odio los mosquitos —dice Abby, con cara de asco.
—Pues imagínate lo que será aquello. ¿De verdad te merece la pena ir? Santa Aurelia no es tan maravillosa como la pintan.
—¿No? —pregunta ella, desinflándose.
No sé qué pretende, si sembrar dudas, aguarle la ilusión a mi compañera o tocarme las narices por el placer de hacerlo, pero no pienso quedarme a averiguarlo con público delante.
—Abby, ¿nos disculpas un segundo? Necesito hablar un momento con Ricky. A solas.
—Sí, claro.
Lo agarro de la mano sin pensarlo demasiado y tiro de él hacia el rincón, lo bastante lejos para que nadie pueda vernos ni oírnos desde el patio. En cuanto nos quedamos solos, me cruzo de brazos.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—No sé a qué te refieres —responde, con esa cara de inocente que ya me sé de memoria.
—Claro que lo sabes. —Le sostengo la mirada—. ¿Qué haces aquí? ¿A qué has venido?
—Tenía ganas de ver a los niños. —Se encoge de hombros, como si fuera lo más evidente del mundo—. Les cogí cariño en el poco tiempo que estuve trabajando aquí.
Se me escapa una risa burlona.
—Bueno, eso de «trabajar» es mucho decir.
—¿Cómo dices?
—Nada. —Carraspeo—. Que la próxima vez avises antes de presentarte así.
—Ah, ¿entonces quieres que venga más veces?
—¡Yo no he dicho eso! —protesto, elevando la voz.
—Bueno, bueno, vale... Pero tranquilízate, ¿no? Te noto un «poquito» nerviosa.
—Oye, ¿tú no deberías estar con tu novia? —le respondo, obviando su chulería—. Enséñale la ciudad, haced un poco de turismo...
—¿Qué pasa, que estás celosa? —me corta, riéndose.
—¿Cómo? Por supuesto que no, idiota.
—Uy, qué maleducada —dice con una sonrisa traviesa—. Pues sí, he de decir que me encantaría irme por ahí con mi chica a dar una vuelta. Pero hoy se ha ido con mi madre a comprarse un vestido para la boda, así que yo he aprovechado para hacer un par de recados.
—¿Y uno de los recados era venir a amargarme la existencia?
—Te he dicho que venía a ver a los niños. No seas tan flipada. No tengo ningún interés en verte a ti.
Pero nadie lo diría, por cómo me mira, como si estuviera memorizando cada centímetro de mi cuerpo.
Y yo, que me había prometido no volver a caer en sus jueguecitos provocadores, me pierdo en esos ojos color miel que tantas veces me desarmaron.
Durante un segundo, solo uno, dejo de pensar con claridad.
Todo se desvanece a nuestro alrededor y solo existimos él y yo en ese pequeño rincón del mundo donde nos hemos escondido.
Hasta que, de repente, un grito estalla a lo lejos y lo corta todo de inmediato.
—¡ALICE!
La voz de Abby nos sobresalta. Y, sin decir una palabra, echamos a correr los dos de vuelta hacia el patio.
Cuando llegamos, ya no queda nada de la tranquilidad de hace unos minutos.
Hay un corro de niños alrededor de algo, y el murmullo alegre de antes se ha convertido en algún que otro sollozo.
Abby está en el centro, agachada, con las manos temblando en el aire como si no supiera dónde ponerlas.
Me abro paso a trompicones, con Ricky pisándome los talones, y cuando por fin llego hasta ella, veo a Mateo tirado en el suelo, inmóvil, con los ojos cerrados.
—¿Qué ha pasado? —consigo preguntar mientras me dejo caer de rodillas a su lado.
—No lo sé. —A Abby se le rompe la voz—. Estaba jugando y de repente se ha desplomado.
Le busco el pulso en el cuello y cuento los segundos como si me fuera la vida en ello.
—Tiene pulso —digo, agarrándome a eso—. Se ha desmayado. Hay que llevarlo al hospital, no podemos esperar a una ambulancia.
Antes de que pueda añadir nada más, Ricky ya lo ha cogido en brazos para llevarlo hasta mi coche. Corremos hacia el aparcamiento, y el corazón me late tan fuerte que apenas puedo pensar.
—Voy con vosotros —dice Abby, detrás de nosotros.
—No. —Me giro hacia ella un segundo—. Quédate, por favor. Cuida de los demás y avisa a Alfred de lo que ha pasado.
Asiente con los ojos llenos de lágrimas.
—Mantenme informada, Alice.
—Te llamo en cuanto sepamos algo. Te lo prometo.
Ricky se sube detrás, con Mateo bien sujeto entre los brazos, y yo arranco con las manos temblando sobre el volante.
◆◆◆
La sala de espera está casi llena a estas horas. Ricky está sentado en una de esas filas de sillas azules pegadas unas a otras, con los codos apoyados en las rodillas y la vista clavada en el suelo.
Yo no soy capaz de quedarme quieta. Llevo el móvil pegado a la oreja desde que hemos llegado, recorriendo el pasillo de un lado a otro y contando los tonos uno a uno. Nada. Otra vez el buzón de voz. Cuelgo con rabia.
—No lo coge —le digo a Ricky.
—¿Y su padre? Prueba a llamarlo a él.
—El padre de Mateo murió de cáncer hace unos años.
—Me dejo caer en la silla de al lado, agotada—.
Desde entonces su madre lo saca adelante sola.
Por las mañanas trabaja de camarera en una cafetería de Manhattan y allí no la dejan tener el móvil encima.
Seguramente ni sabe que tiene quince llamadas perdidas mías.
Ricky me mira, serio.
—Lo siento. No lo sabía.
—No es culpa tuya —murmuro—. Nunca te lo había contado.
Nos quedamos un rato en silencio. Sigo temblando, agarrada al móvil con tanta fuerza que temo partirlo en dos, cuando de repente noto su mano en mi rodilla, un roce suave, casi tímido.
—Oye —me dice en voz baja—. Ese crío se va a poner bien. Ya lo verás.
Me aparto con un gesto que espero que parezca casual y no lo que es en realidad: pánico ante lo que ese simple contacto me provoca. Ahora mismo no puedo permitirme sentir nada que no sea preocupación por Mateo.
Ricky no insiste. Se recuesta en el respaldo y deja la mano sobre su propia rodilla, como si hubiera entendido el mensaje sin que yo tuviera que decir nada.
Los minutos siguientes se estiran de una forma casi cruel, hasta que por fin se abre una puerta al fondo del pasillo y aparece un médico con bata verde, mirando una carpeta.
—¿Familiares de Mateo Rodríguez?
Ricky y yo nos levantamos a la vez y nos dirigimos hacia él.
—Somos nosotros —digo, y enseguida me corrijo para que no haya malentendidos—. Bueno, soy su profesora.
El médico levanta la vista de la carpeta con expresión neutra.
—¿Y sus padres?
—Estoy intentando localizar a su madre, pero no me coge el teléfono. Supongo que estará trabajando.
—De acuerdo, no se preocupe.
—¿Cómo está? —pregunto, casi sin dejarle terminar.
—Ya está consciente. Ha sufrido un desmayo, pero está fuera de peligro y se va a recuperar sin problema.