¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Alice

El sol de media mañana cae de lleno sobre el suelo de caucho azul de la zona de juegos. Estoy sentada en el banco de siempre, el de la mancha de pintura verde que nadie ha conseguido quitar en tres años, cuando Abby se deja caer a mi lado con dos cafés de máquina que saben más a cartón que a café.

—Toma, para que sobrevivas hasta la hora de comer —me dice, tendiéndome uno.

—Eres mi persona favorita del mundo, lo sabes, ¿no?

—Lo sé. Por eso te aguanto. —Le da un sorbo al suyo, arrugando la nariz—. Bueno, cuéntame. ¿Cómo van los preparativos de la boda?

Se me escapa una risa cansada. Últimamente esa pregunta se ha convertido en una especie de saludo: la gente me la suelta nada más verme, casi sin pensar.

—Bien —respondo, y sonrío un poco más de la cuenta—. Va todo bien.

—¿Ya lo tenéis todo contratado? ¿Menú, música, flores, el candy bar ese tan cutre que ahora está de moda?

—Sí. Claire se ha encargado de todo.

—¡Qué guay! Pues que sepas que yo ya tengo el vestido —añade, más ilusionada de lo que estaba yo el día que elegí el mío.

—¿En serio? ¿Y cómo es?

—Ya lo verás. No pienso estropearte la sorpresa. —Sonríe—. Lo que sí te digo es que tengo unas ganas terribles de ir a Santa Aurelia. Llevo semanas mirando fotos de la isla como una obsesa.

No me extraña. Abby se derrite con cualquier cosa que tenga arena, sol y agua salada; habla del mar como otros hablan de sus series favoritas. Y esta será la primera vez que pise una playa de verdad, de esas de agua transparente y peces de colores, nada que ver con la que visita cada verano.

Me alegro de haberla invitado. Se lo dije a ella y a Alfred, pero justo en esas fechas el director no podía venir, así que lo taché de la lista.

Por un momento pienso que habría sido bonito invitar también a los niños, verlos jugar en la arena o chapotear en el agua turquesa.

Pero descarto la idea casi tan rápido como se me ocurre.

Sé que sus padres no lo verían con buenos ojos, y los entiendo: un vuelo largo, un sitio nuevo, la música alta, la gente, romper la rutina de golpe.

Para algunos de ellos, cualquiera de esas cosas por separado ya es un reto.

Todas juntas, en una boda con doscientos invitados, sería pedirles demasiado, y lo último que quiero es que un día que debería ser feliz les cause angustia.

—Te va a encantar el sitio —le digo.

—¡Seguro que sí! —exclama, y luego añade—: Oye, ¿pero tú estás bien? Estos días te veo muy apagada.

Le doy un trago al café para ganar un par de segundos.

Claro que estoy apagada. ¿Cómo no voy a estarlo, con Ricky de vuelta, ocupándome la cabeza como si tuviera todo el derecho del mundo a instalarse otra vez ahí?

Y encima, desde lo que hizo la otra noche en la cena, por debajo del mantel, llevo dos días sin pegar ojo.

—Sí, estoy bien —digo, y suspiro—. Un poco cansada y nerviosa por la boda, nada más.

—Ya, es normal. —Se encoge de hombros—. Pero anímate, mujer, que te casas con un hombre guapísimo y millonario. Cualquiera estaría dando saltos en tu lugar.

—Ya lo sé. Y me hace ilusión, de verdad. Es solo cansancio acumulado.

Estoy buscando alguna otra excusa que suene igual de creíble cuando veo por el rabillo del ojo a Patricia agachada junto al parterre, con las manos hundidas en la tierra hasta las muñecas, como si estuviera a punto de dar con un tesoro.

—¡Patricia, cariño, deja de escarbar! —grito, medio levantándome del banco—. ¡Que te vas a poner perdida!

Levanta la cabeza y me dedica esa mirada tan suya de «vale, pesada, ya lo dejo». Luego sale corriendo hacia Javi, que la llama para que se una al partido de fútbol que ha montado con otros niños, y en cuestión de segundos se ha olvidado del tesoro.

—Menos mal —murmuro, volviendo a sentarme—. Como vuelva a casa con las uñas llenas de tierra, su madre me va a llamar la atención otra vez.

Abby se ríe sin dejar de vigilar al resto del grupo. Es algo que se te queda grabado después de tantos años en esto: puedes estar en mitad de la conversación más intensa del mundo y, aun así, desarrollar una especie de sexto sentido que te avisa en cuanto alguien se sube adonde no debe.

—Bueno, a ver —retoma—. Yo entiendo que te hubiera hecho más ilusión casarte con el otro hermano. El malote. El que seguro que folla mejor.

—¡Abby!

—¿Qué? Solo digo lo que pienso. —Ni se inmuta ante mi cara de horror—. Pero tampoco te quejes, que el que te ha tocado no está nada mal.

—¡Que te calles! —le suelto entre risas, notando cómo me arden las mejillas.

Por mucho que me ría, Abby no va desencaminada.

Hubo un tiempo en que habría dado cualquier cosa por casarme con Ricky, por construir una vida con él, con sus días buenos y sus días malos.

Y eso que por aquel entonces la palabra «compromiso» casi me daba urticaria.

Pero él consiguió lo que nadie había logrado: que deseara justo aquello de lo que llevaba toda la vida huyendo.

Me enamoré tanto que habría tirado por la borda mis principios, mis reglas y todo ese blindaje que tanto me había costado construir, solo por quedarme a su lado.

—Por cierto —dice Abby, como si acabara de acordarse—, ¿qué fue de ese chaval?

La pregunta me pilla entre un sorbo de café y la mentira que ya estoy preparando casi sin darme cuenta.

Nunca le conté lo que pasó de verdad con Ricky.

Sabe que hubo algo entre nosotros, un rollo sin importancia, y poco más.

Le di una versión resumida y aséptica en la que él dejaba de supervisar el proyecto y no volvía por el colegio. Fin de la historia.

—La verdad es que no sé nada de él —respondo.

—¿Cómo que no? —Arquea una ceja—. Alice, es el hermano de tu prometido. Algo sabrás, digo yo.

—Pues no mucho. Me comentaron que se había ido a vivir a otro país, pero poco más.

Abby se queda callada de golpe, con la boca entreabierta y la mirada clavada en algún punto detrás de mí.

—Espera... —dice muy despacio—. Si se ha ido a vivir a otro país, ¿acaba de teletransportarse hasta aquí? ¿O estoy teniendo una alucinación?

—¿Qué dices?

Frunzo el ceño y sigo la dirección de su mirada. Ricky está cruzando la puerta principal del colegio con ese andar chulesco suyo, los rizos revueltos y unas gafas de sol que le dan un toque sexi.

¿Qué demonios hace aquí? ¿Se ha vuelto loco? No tengo ni idea de a qué ha venido, ni de cómo se supone que debo reaccionar, porque me quedo en blanco, con el pulso desbocado.

Los niños lo ven antes de que me dé tiempo a recomponerme.

—¡RICKY!

El grito de Mateo atraviesa el patio y, en un segundo, ya está corriendo hacia él. Detrás lo siguen unos cuantos más, incluidos los que van en silla de ruedas. Mateo se le lanza a los brazos sin pensárselo, y Ricky lo recoge en el aire.

—¿Qué tal estás, campeón? —le pregunta, revolviéndole el pelo.

Mateo lo mira con los ojos muy abiertos.

—Pensaba que no ibas a volver nunca más.

—Yo también lo pensaba, la verdad. Pero os echaba tanto de menos que no he podido evitar venir a veros.

—¡Qué guay! Me acabas de hacer muy feliz —responde Mateo, abrazándolo todavía más fuerte.

Algo se me revuelve por dentro. La forma en que Mateo se aferra a él, como si llevara mucho tiempo guardándose ese abrazo, me encoge el corazón.

Ricky lo deja en el suelo con cuidado.

—Estábamos jugando a superhéroes. ¿Vienes? —añade Mateo, cogiéndole la mano.

—¡Claro! No me lo perdería por nada.

Aun así, antes de irse con él, se agacha para saludar a los demás: choca la mano con unos, le revuelve el pelo a otros y se arrodilla delante de Oliver y del resto de los niños en silla de ruedas para darles un abrazo. Mateo, impaciente, vuelve a agarrarlo.

—Venga, vamos a jugar.

—Espera, campeón, un segundo. —Se suelta con suavidad, sin dejar de sonreírle—. Voy a saludar primero a tus profes, ¿vale? Tú ve tirando, que enseguida voy.

Mateo asiente y sale disparado hacia los demás. Ricky se gira, echa a andar directo hacia nosotras y, en apenas un instante, se me tensan todos los músculos del cuerpo. Abby y yo nos levantamos del banco a la vez, sin necesidad de decirnos nada, y para cuando me doy cuenta ya lo tenemos delante.

Se quita las gafas, se las cuelga del cuello de la camiseta y saluda primero a Abby con dos besos rápidos. Los mismos que todavía no se ha dignado a darme a mí, porque en el fondo es un cobarde. Debe de darle tanta vergüenza lo que me hizo que no se atreve ni a rozarme la mejilla.

—Qué casualidad —dice Abby, sonriendo—, justo le estaba preguntando a Alice por ti.

Ricky me mira con una ceja levantada y esa sonrisa pícara que debería estar prohibida en según qué contextos.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te ha dicho?

—Que vives en otro país —responde ella, ajena a la tensión que acaba de instalarse entre nosotros—. ¿Has venido de visita?

—Claro —dice él, mirándome ahora de reojo, con un tono que solo parezco captar yo—. No me perdería la boda del año por nada del mundo.

—Ah, claro, la boda. —añade ella, como quien encaja la última pieza de un puzle facilísimo.

Mientras Abby sigue asintiendo, Ricky se vuelve hacia mí. Espero los dos besos que le ha dado a ella, pero no llegan. En su lugar, me tiende la mano con una formalidad tan exagerada que resulta casi insultante.

—Hola, «cuñadita».

La palabra me cae encima como un jarro de agua fría. Técnicamente es verdad: dentro de poco lo seré con papeles oficiales de por medio. Pero en su boca suena a otra cosa. Suena a burla y a reproche, como si me echara en cara que sea su hermano quien haya estado conmigo todo este tiempo y no él.

Me quedo mirando su mano un segundo de más, dudando si hacer lo sensato —estrechársela y seguir con la pantomima como una persona adulta— o darme media vuelta con la excusa de que tengo algo urgentísimo que atender en la otra punta del patio.

Al final gana la sensatez, o lo que queda de ella, y se la estrecho.

—¿Tú también vienes a la boda, Abby? —le pregunta de repente, mirándola ahora a ella.