¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 28 #3
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CAPÍTULO 28 #3

—¿Y ya sabéis adónde os vais de luna de miel? —pregunta mi padre con su seriedad habitual.

—A Bali —responde Gabriel mientras corta un trozo de langosta—. Lo tenemos todo reservado.

—Bali es precioso —dice mi madre antes de darle un trago al cava—. Tu padre y yo fuimos hace años. Tiene unas playas maravillosas.

La conversación sigue por esos derroteros y yo me limito a masticar en silencio, con la vista clavada en el plato, como si las gambas pudieran decirme cómo sobrevivir a las próximas semanas. Hasta que mi madre, por fin, se olvida de la boda y se vuelve hacia la otra invitada estrella de la noche.

—Y tú, Violeta, háblanos de ti, cariño. Mi hijo apenas nos ha contado nada.

Violeta se endereza un poco en la silla, preparándose para el interrogatorio de tercer grado que acaba de iniciar la gran Belinda del Río.

—Pues no hay mucho que contar —dice, algo cortada—. Estudio en Whitmore University, igual que Ricky.

—Tu padre es el director, ¿no? —interviene Gabriel—. ¿Benjamin Whitmore?

—Sí. ¿Lo conoces? —pregunta Violeta, con curiosidad.

—En persona no, pero mi padre me ha hablado muy bien de él y de tu familia.

Violeta le sonríe, supongo que agradecida.

—¿Y qué estudias exactamente? —continúa mi madre.

—Lo mismo que tu hijo. Mi padre quiere que algún día sea yo quien dirija la universidad; soy su sucesora, por así decirlo.

—Vaya —dice mi madre, con las cejas levantadas y visiblemente impresionada—. Dirigir Whitmore no es moco de pavo. Es una de las universidades más prestigiosas del Reino Unido.

—Desde luego —añade mi padre, asintiendo—. Benjamin ha hecho un trabajo excelente al frente de esa institución.

Violeta sonríe, incómoda con tanto halago, y remueve la comida en el plato sin llevarse nada a la boca.

—¿Y no tienes más hermanos que puedan ayudarte con esa responsabilidad? —pregunta mi madre.

—Sí, tengo uno, pero es pequeño. Aunque no creo que vaya a ayudarme a dirigir la universidad en el futuro.

—¿Por qué no?

La pregunta se queda en el aire un segundo de más y veo cómo a Violeta se le tensan los hombros.

En todo el tiempo que llevamos juntos apenas me ha hablado de su hermano; cada vez que el tema salía de refilón, cambiaba de conversación enseguida, y yo nunca quise darle más importancia ni seguir preguntando.

Cuando empezamos a conocernos me contó que él era el hijo favorito, así que a lo mejor no le tiene mucho aprecio, igual que me pasa a mí con el mío.

Antes de que Violeta tenga que comerse el marrón de responder, mi padre interviene.

—Belinda, querida, deja de acribillar a la pobre chica a preguntas. ¿No ves que está nerviosa?

Mi madre parpadea, sorprendida, y por un momento parece a punto de defenderse. Al final, sin embargo, se limita a asentir con una sonrisa, como si acabara de comprender que ese no es un tema para sacar delante de todos.

—Tienes razón. Perdona, querido, a veces me puede la curiosidad.

Cambia de tema y se pone a hablar del catering y de unos primos que vienen desde Boston para la boda, pero yo hace rato que he desconectado. Asiento cuando toca, suelto algún «ajá» sin saber muy bien a qué, y mientras tanto mis ojos van a lo suyo, que es volver a ella una y otra vez.

Alice juguetea con el pie de la copa, haciéndola girar entre los dedos mientras se ríe de algo que ha dicho Gabriel.

Cuanto más la miro, más la odio y más ganas tengo de largarme de aquí.

Entonces se muerde el labio inferior, me mira, y todo mi cuerpo se enciende de golpe, tanto que abrasaría a cualquiera que me tocara la piel en este momento.

No sé por qué cojones voy a hacer lo que estoy a punto de hacer. Puede que sea por las cuatro copas de cava que llevo encima o por la rabia que he ido acumulando durante tanto tiempo, pero estiro el pie hacia ella y le rozo el tobillo con la punta del zapato, apenas un roce.

Alice se queda con la frase a medias. Veo cómo se le acelera la respiración y cómo sus dedos aprietan la servilleta.

Tiene la mirada clavada en la mía y no consigue disimular esa mezcla de pánico y deseo que todavía le provoco.

No aparto los ojos de los suyos ni un milímetro.

Le sostengo la mirada con calma mientras subo el pie despacio, a propósito, hasta rozarle la pantorrilla.

—¿Estás bien, cariño? —le pregunta Gabriel, completamente ajeno a lo que ocurre bajo la mesa.

—Sí... sí, perfectamente —responde ella con la voz un poco más aguda, mientras me da una patada disimulada por debajo del mantel.

Esbozo una sonrisa mínima, apenas una curva en la comisura de la boca, pero suficiente para que ella la vea y sepa lo que significa.

Por mucho que la deteste, y aunque sé que estoy jugando con fuego, hay algo muy parecido a la victoria en comprobar que, después de tanto tiempo y tanta distancia, y de que cada uno haya seguido su camino, mi cuerpo sigue sabiendo cómo ponerla nerviosa.

No pienso dejar que disfrute de las semanas que voy a pasar aquí. Voy a hacerle la vida imposible.

(Te vas a arrepentir de lo que me hiciste, Alice Bennett).