¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

Le jode verme con otra. Claro que le jode.

Y una parte retorcida de mí, la más oscura, se alegra un poco de hacerla sufrir.

Le incomoda que yo haya rehecho mi vida tanto como a mí me incomoda que ella haya rehecho la suya.

La diferencia es que yo lo hice porque ella me olvidó primero.

Si hubiera dependido de mí, habría pasado el resto de mi vida a su lado.

—Alice, Gabriel, qué alegría —dice mi madre, yendo hacia ellos.

Mis padres los saludan con total naturalidad, entre besos, sonrisas y comentarios sobre lo guapos que están, lo bien que le queda el traje a Gabriel y lo mucho que se alegran de tenerlos en casa.

Tratan a Alice como si fuera una hija más, y eso es lo que menos entiendo.

Si no recuerdo mal, apenas la soportaban, y menos aún cuando se enteraron de lo nuestro; mi padre llegó a amenazarme con deshacerse de ella si no me alejaba.

Y ahora resulta que la tratan como si llevara toda la vida formando parte de la familia.

Sigo plantado en el mismo sitio, medio embobado, hasta que mi madre se vuelve hacia mí.

—Ricardo, ven a saludar a tu hermano y a Alice, y preséntales a Violeta, por favor.

Carraspeo, me recompongo como puedo y me acerco despacio.

—Gabriel, esta es Violeta —digo deprisa, con ganas de que este momento termine cuanto antes—. Violeta, mi hermano.

—Encantado —dice Gabriel con una sonrisa, y le da dos besos con la elegancia de quien lleva la cortesía grabada en el ADN—. Tengo que reconocer que eres más guapa en persona.

—Muchas gracias —responde Violeta, educada—. El placer es mío.

Luego Gabriel se gira hacia mí y me da un abrazo firme y breve, con la típica palmada en la espalda.

—Cuánto tiempo, hermanito —dice, separándose lo justo para mirarme a los ojos.

—Sí, mucho tiempo —respondo, sosteniéndole la mirada un segundo de más, y dejando que la frase se quede flotando entre los dos con toda la tensión que ambos sabemos que esconde.

Alice se coloca a su lado y el corazón empieza a martillearme en el pecho con fuerza. Siento el pulso en las muñecas, en la punta de los dedos y hasta en los oídos; tengo la boca seca y las piernas flojas, como si de pronto no me sostuvieran.

—Hola, Alice —consigo decir, con la voz rota.

A ella le brillan los ojos.

—Hola, Ricky —responde, con la voz igual de rota que la mía.

No me atrevo ni a darle los dos besos de rigor.

Me quedo ahí como un idiota, calculando la distancia que nos separa como si fuera un campo minado en el que cualquier paso en falso pudiera hacerlo saltar todo por los aires.

Al final ni me acerco: me limito a saludarla con un gesto torpe de la cabeza, como si acabara de conocerla en una fiesta cualquiera y no me hubiera aprendido de memoria cada centímetro de su cuerpo en otra vida.

Antes de que se me note más de la cuenta lo mucho que me afecta tenerla tan cerca, me giro hacia Violeta.

—Mira, Alice, te presento a Violeta, mi novia —digo, carraspeando—. Violeta, ella es Alice. Mi cuñada.

Alice me sostiene la mirada un segundo, molesta por el tono.

—Encantada —dice Violeta, dando un paso al frente para darle dos besos.

—Igualmente —responde Alice, devolviéndole el saludo.

La incomodidad que se instala entre ellas en cuanto se rozan las mejillas se alarga demasiado. Alice mira a Violeta de arriba abajo y Violeta le devuelve el examen, como dos perras a punto de marcar territorio.

Por suerte, Isabel aparece en el salón y corta de raíz ese duelo silencioso antes de que se eternice.

—La cena está lista, señores.

Nos dirigimos a la mesa en una procesión algo incómoda.

Mis padres ocupan cada uno una cabecera, presidiendo la cena como llevan haciendo toda la vida, y para mi sorpresa Alice se sienta justo enfrente de mí, con Gabriel a su lado y Violeta al mío.

Parece un tablero de ajedrez de lo más surrealista, con ella y yo en las dos casillas centrales, cara a cara y sin escapatoria.

En cuanto nos sentamos, los empleados empiezan a servir.

Las bandejas de marisco van llegando una tras otra y quedan alineadas a la perfección: langosta, gambas rojas y un bogavante que huele de maravilla.

Empezamos a cenar entre el tintineo de los cubiertos contra la porcelana y un silencio incómodo que nadie se atreve a romper, hasta que alguien se lanza con la primera frase de cortesía.

—Bueno, contadnos —empieza mi madre—. ¿Cómo van los preparativos de la boda?

—Muy bien, la verdad —responde Gabriel, sonriendo—. Ya hemos elegido las alianzas. Son preciosas, ¿verdad, cariño?

Alice asiente, algo tensa, mirándome de reojo cada dos por tres.

—¡Ay, hijo, qué alegría! —sigue mi madre—. ¿Y tú, Alice, querida? ¿Tienes ya el vestido?

—Sí —responde con una sonrisa—. Fui esta tarde a elegirlo con Claire y mis amigas. Es muy bonito, os va a encantar.

Anuncia ese detalle como si fuera la novia más feliz del planeta, y sus palabras me atraviesan como un cuchillo oxidado que se toma su tiempo en llegar hasta el fondo.

La odio con todas mis fuerzas y, al mismo tiempo, todavía la deseo tanto que no soy capaz de apartar los ojos de ella ni un puto segundo.

Creía que la tenía más que olvidada y que esta noche sería capaz de controlarme, pero ni de coña.

Está preciosa. Lleva el pelo más largo que la última vez que la vi, aunque no es solo eso: hay algo distinto en su manera de sentarse, de sostener la copa, en la seguridad con la que habla delante de mis padres.

Una parte de mí daría lo que fuera por levantarme ahora mismo, rodear la mesa, cogerla de la mano y llevármela a cualquier rincón de esta casa para comerle la boca hasta dejarla sin aliento.

La otra, la que todavía conserva algo de dignidad, solo quiere que se calle de una vez y deje de hablar de vestidos de novia y de anillos.

Me está poniendo de tan mala hostia que aprieto el tenedor hasta clavarme las púas en la palma.

—Qué ilusión, cariño —dice mi madre, apretándole la mano por encima de la mesa—. Seguro que nos encantará.