CAPÍTULO 28
Ricky
Llevo puesto un polo azul marino y unos vaqueros oscuros, y a mi madre casi le da un infarto cuando me ve salir así de la habitación.
—Es una cena familiar, Ricardo, no una fiesta universitaria.
Sinceramente, no entiendo qué tiene de malo mi ropa. Vamos a ser seis personas, seis, y no creo que haga falta ponerse un esmoquin para comer marisco con tu propia familia.
Bajo las escaleras y voy directo hacia la cocina, porque necesito beber algo antes de que empiece la película de terror. Nada más entrar, me encuentro a Isabel en medio del caos, dando órdenes a los cocineros como un general en plena batalla.
—¿Qué hace aquí, señorito? —me suelta en cuanto me ve.
—Tranquila, tata, solo he venido a robar algo de la nevera.
—¿A robar el qué?
Abro la nevera y rebusco entre las bandejas de gambas tapadas con papel film hasta dar con lo que quiero.
—La botella de cava.
Isabel deja lo que está haciendo y me mira con cara de preocupación.
—Esa botella está reservada para la cena.
—Bueno, no pasa nada porque la abra ya para ponerme una copa, ¿no? —le digo mientras la descorcho.
Saco una copa del armario y me sirvo.
—Sabe que el alcohol no arregla nada, ¿verdad? —dice ella, bajando la voz—. Tarde o temprano iba a tener que ver a la señorita Alice.
Al oír su nombre me bebo el cava de un trago, casi sin respirar, y dejo la copa sobre la encimera con tanta fuerza que el golpe resuena en toda la cocina. Hasta los cocineros levantan la vista un momento antes de volver a lo suyo.
—Por lo menos, si voy un poco contentillo, llevaré mejor la situación —respondo, sin poder evitar una sonrisa irónica.
—Eso no funciona así, señorito, y usted lo sabe —dice, secándose las manos en el delantal mientras se acerca—. El alcohol no va a hacer que la olvide.
—Ya la olvidé hace tiempo, tata —replico, molesto.
—Ya...
—¿Cómo que «ya»? —pregunto, y noto cómo se me tensa la mandíbula.
—Que lo conozco desde que llevaba pañales y sé cuándo me miente —responde, cruzándose de brazos, sin la menor duda en la voz—. Y esta es una de esas veces.
—Pues te equivocas.
—¿Ah, sí? ¿Y entonces para qué necesita beber? Si de verdad la hubiera olvidado, no le haría falta ni una gota de alcohol. Cenaría tranquilo y ni se daría cuenta de que la tiene sentada enfrente.
No sé qué contestar. Se me seca la garganta y todos los argumentos que tenía preparados para defenderme se me esfuman de golpe.
—Lo que tú digas, tata —murmuro al final, sin ganas de seguir con una discusión que, en el fondo, sé que tengo perdida.
Guardo la botella en la nevera y me dirijo a la puerta con la intención de salir de allí antes de que a Isabel le dé por seguir hurgando en la herida.
Sin embargo, justo antes de cruzar el umbral me detengo.
Hay una pregunta que llevo demasiado tiempo cargando, y solo Isabel puede responderme, así que vuelvo sobre mis pasos con las manos metidas en los bolsillos.
—Por cierto, tata, tengo que preguntarte una cosa —carraspeo—. Nunca he dejado de darle vueltas y, aunque a Alice la tenga más que olvidada, necesito saberlo.
Isabel se gira hacia mí.
—¿El qué?
—¿Le diste aquella carta que le escribí?
Tarda un segundo en reaccionar y después asiente despacio con la cabeza.
—Vale —respondo, con un suspiro—. Gracias, tata.
—Anda, mucha suerte, señorito —me dice con media sonrisa—. Usted puede con esto. Y que sepa una cosa: la señorita Violeta me cae muy bien. Es buena chica.
Le guiño un ojo y vuelvo hacia la puerta, pero antes de salir doy media vuelta, esta vez con paso rápido, y la abrazo por detrás, tan torpemente que la pillo desprevenida.
—Y no me llames señorito —le susurro al oído antes de darle un beso en la mejilla.
Ella se echa a reír, me aparta de un manotazo y por poco me saca a patadas de la cocina.
—¡Fuera de aquí, insensato, que tengo trabajo!
Camino hacia el salón, aunque la cabeza se me ha quedado unos metros atrás, en ese gesto tan simple con el que Isabel me ha confirmado que sí, que la carta llegó a manos de Alice.
La parte más patética y cobarde de mí llevaba tiempo aferrada a la posibilidad de que no la hubiera recibido nunca. De que Alice creyera que la había abandonado sin darle ninguna explicación y que por eso, solo por eso, hubiera acabado en los brazos de mi hermano.
Pero no. Se supone que leyó cada palabra que escribí con las manos temblando la noche antes de irme, cada frase que me costó lágrimas, cada «te quiero» que disfracé de mil maneras para que no sonara tan cursi como en realidad era. Y, aun así, decidió no esperarme y seguir con su vida.
Algo espeso y caliente se me revuelve por dentro. Aprieto los puños y acelero el paso. Pero cuando estoy a punto de entrar en el salón, donde ya se oye a los empleados preparando la mesa, su voz me llega desde la escalera.
—¡Ricky!
Me doy la vuelta y veo a Violeta bajando con cuidado, agarrada a la barandilla para no matarse con los tacones.
Va preciosa. Lleva un vestido verde esmeralda, ajustado hasta la cintura y con una falda de caída sencilla, el pelo suelto sobre los hombros y unos pendientes pequeños y dorados que completan el conjunto sin recargarlo.
A medida que se acerca, noto cómo la rabia se me va deshaciendo. Se para delante de mí y me mira con una ceja levantada.
—¿Estás bien?
—No hacía falta que te arreglaras tanto —le digo, ignorando la pregunta mientras la miro de arriba abajo con una sonrisa—. Es una cena informal.
—Pues no será tan informal cuando tu madre te ha echado la bronca por cómo vas vestido.
—Mi madre solo sabe amargarme la vida a mí —respondo, poniendo los ojos en blanco—. A ti no te habría dicho nada.
—Ya, bueno... Por si acaso, he preferido no arriesgarme.
Miro a un lado y a otro para asegurarme de que no hay moros en la costa, la cojo de la cintura para acercarla a mí y le doy un beso rápido en los labios.
—Estás guapísima —le susurro al separarme.
Violeta sonríe y me da un pequeño empujón en el pecho, negando con la cabeza, aunque el rubor de las mejillas la delata.
—Anda, pelota, calla y vamos.
Entramos juntos en el salón. Mis padres ya están de pie junto a la mesa, esperándonos como si llevaran horas listos para la ocasión, cosa que, conociéndolos, seguramente sea verdad.
Los dos van de gala, por supuesto: mi padre con un traje oscuro impecable y mi madre con un vestido de noche que rezuma elegancia por cada costura.
—¡Violeta, cariño! —exclama mi madre en cuanto la ve, y se acerca con los brazos abiertos—. Estás preciosa.
Le da uno de esos abrazos que solo reparte cuando alguien le cae bien de verdad, nada que ver con los protocolarios que va regalando en las cenas de empresa.
Luego me mira a mí, y por su expresión está claro que se está mordiendo la lengua para no repetirme el sermón del vestuario delante de Violeta.
Si ella no saca el tema, lo saco yo, porque me encanta provocarla.
—Una pregunta. ¿Esta noche es la pedida de mano?
—No —responde mi padre mientras se sirve un whisky en la mesa auxiliar—. La pedida es dentro de una semana, hijo.
—¿Entonces por qué vais todos vestidos como si fuerais a una cena de gala con el capitan de el Titanic? —suelto con una sonrisa burlona.
—Porque, Ricardo —me corta mi madre—, hay ocasiones en las que hay que guardar las formas, cuidar la imagen y comportarse como corresponde a esta familia. No todo en la vida es ir en vaqueros y camiseta.
—Pero si no llevo camiseta, mamá. Llevo un polo de Ralph Lauren.
—Tampoco es ocasión para un polo, Ricardo, pero allá tú —dice ella, levantando las manos en señal de rendición—. No pienso discutir contigo esta noche.
Se vuelve hacia Violeta y la sonrisa se le suaviza al instante.
—Perdona el comportamiento de mi hijo, cariño.
—No pasa nada —contesta Violeta, riéndose por lo bajo y lanzándome una mirada de reojo.
Por muy pija que parezca por fuera, con ese vestido de diseño y esos modales que tanto le gustan a mi madre, en el fondo mi novia es más informal que yo.
Le importa bastante poco todo este circo de protocolos y apariencias del que mi familia parece vivir; la diferencia es que ella sabe disimularlo y yo prefiero rebelarme.
De repente, suena el timbre. Un sonido de lo más cotidiano, pero suficiente para que se me dispare el pulso.
—Ya están aquí —susurra mi madre, y enseguida llama a gritos a una de las empleadas—: ¡Amelia! Abre la puerta, por favor.
Trago saliva e intento que no se me note la tensión en la cara, aunque debo de estar haciéndolo fatal, porque Violeta me lanza una mirada que no me gusta nada.
Amelia cruza el recibidor a paso rápido y abre.
—Señorito Valera, señorita Bennett, es un placer tenerlos de nuevo aquí —dice con una voz impecable.
—Gracias, Amelia —oigo decir a mi hermano.
Los pasos se acercan, acompañados por el repiqueteo inconfundible de unos tacones, y todo mi cuerpo se queda helado mientras espero a que se abra del todo la puerta del salón y entren los invitados estrella.
Gabriel aparece primero, como siempre, ocupando el espacio antes incluso de pisarlo. Va impecable, cómo no: traje azul marino, corbata a juego y ni un pelo fuera de sitio. Aun así, apenas le presto atención, porque justo detrás entra ella.
Alice.
Con un vestido burdeos que le queda jodidamente bien y el pelo recogido hacia un lado, dejando al descubierto ese cuello que en su día devoré mientras le hacía el amor.
Pero lo que más me remueve son esos ojos, esos putos ojos verdes de los que me enamoré como un loco y que se clavan en los míos en cuanto cruza el umbral.
Me quedo atrapado en su mirada, con la sensación de que alguien me ha puesto una soga al cuello y tira de ella despacio hasta dejarme sin aire.
No sabría decir cuánto dura: dos segundos, tal vez veinte.
Mientras la miro, todo lo demás se difumina y solo queda ella, con ese parpadeo de más que se le escapa mientras me estudia con disimulo y esa sonrisa que se le apaga en cuanto se da cuenta de quién está a mi lado.