¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Alice

Ahora mismo estoy rodeada de espejos dorados que ocupan paredes enteras y de sofás de terciopelo color champán, mientras Claire me mira con la paciencia a punto de agotarse, temiendo que rechace también el sexto vestido de novia que me pruebo hoy.

—Y bien, Alice —dice, juntando las manos como si fuera a rezar—, dime que este te gusta, por favor.

¿Que si me gusta? Parezco una tarta nupcial con patas. Pero no quiero herir sus sentimientos, así que sonrío sin abrir la boca y dejo que respondan por mí mis amigas.

—Yo intentaría buscarle uno que no la haga parecer un merengue. Está horrorosa —suelta Zoe, sin pestañear.

Claire asiente muy seria y desaparece entre las cortinas en busca de la dependienta para que nos saque otro vestido. En cuanto se va, Olivia, que está sentada con las piernas cruzadas y una copa de champán en la mano —sí, aquí te sirven champán, así que imagínate el nivel del sitio—, comenta:

—Ali, menos mal que no has elegido ese. Era espantoso.

—Ese y todos los demás —corrige Zoe—. ¿De verdad no había una tienda mejor?

—La ha elegido Claire, no yo —respondo con un suspiro.

—¿Y qué pasa, que no puedes elegir tú la tienda de tu propio vestido de novia? Te recuerdo que la boda es tuya, no de la señorita Rottenmeier.

Así es como Zoe ha bautizado a Claire desde que pusimos un pie en la boutique: «la señorita Rottenmeier», aunque en una versión bastante más glamurosa que la institutriz de Heidi.

—Cállate, Zoe, por favor —interviene Grace—. A ver, Ali, concéntrate. ¿Qué es exactamente lo que buscas?

—Pues... no lo sé —confieso—. No tengo ni idea.

—Algo tendrás en mente, ¿no? —insiste con paciencia.

—Ese es el problema, que no tengo nada pensado —digo, encogiéndome de hombros—. No sé nada de vestidos de novia. Ni siquiera sabría decirte la diferencia entre un escote corazón y uno barco.

Zoe, que parece tener un radar para detectar el momento exacto en que puede meter baza, vuelve a colarse en la conversación levantando una ceja.

—Eso se aprende viendo bodas en las películas, Ali. Es nivel básico de comedia romántica.

—Ya lo sé, pero nunca me he fijado en esas cosas. De hecho, me salto esas escenas. Me dan alergia las bodas.

—¿Y entonces por qué te casas? —pregunta, confundida.

La pregunta se queda flotando en el aire más de lo que debería, y durante ese instante mi cabeza se llena de respuestas desordenadas: «Porque tengo treinta años.

Porque llevo casi un año y medio con Gabriel.

Porque esta relación me da estabilidad».

Ninguna me convence ni a mí, así que las descarto todas y me quedo con la que, en teoría, debería ser la más evidente.

—Pues porque estoy enamorada de Gabriel —carraspeo—. Lo quiero. Es así de simple.

Y es verdad, lo sé. Sin que yo hiciera nada por evitarlo, en todo este tiempo Gabriel se ha ido colando en un rincón de mi corazón, uno pequeño y silencioso que ni siquiera sabía que tenía libre.

—Ya —dice Zoe, alargando la palabra más de la cuenta—. Qué vueltas da la vida, ¿eh? Si hace tiempo alguien me hubiera dicho que ibas a acabar enamorada de ese pijo engreído que se cree el dueño del mundo, no me lo habría creído ni de coña.

—Gabriel ya no es así —protesto—. Ha cambiado mucho.

—La gente no cambia, Ali —replica ella, sin la menor duda—. Se disfraza durante un tiempo, pero tarde o temprano vuelve a ser quien es en el fondo.

—Gabriel es un encanto, Zoe —interviene Olivia, dejando la copa sobre la mesita que tiene al lado con un gesto casi solemne—. Lo comprobamos con nuestros propios ojos. ¿No te acuerdas de la fiesta que organizó en su apartamento hace... qué, cinco meses?

—Seis —la corrijo.

Lo recuerdo perfectamente porque fue justo después de que me pidiera matrimonio. Gabriel quiso celebrarlo por todo lo alto con una fiesta en su casa. Invitó a varios amigos y se empeñó en que yo llevara a las chicas: decía que, si iban a estar los suyos, lo justo era que también vinieran las mías.

Todavía me acuerdo de cómo se quedaron las tres plantadas en la puerta, sin atreverse a entrar, hasta que Gabriel apareció por el pasillo con una sonrisa y no les dio tiempo a dudar.

—Así que estas son tus famosas amigas —dijo, dándoles dos besos a cada una—. Es un placer. Pasad, por favor, estáis en vuestra casa.

La fiesta salió mucho mejor de lo que me había atrevido a imaginar.

Hasta Olivia estaba en su salsa. En un momento de la noche la vi apoyada en la isla de la cocina, riéndose con un chico rubio con traje de Armani y sonrisa de anuncio.

Los amigos de Gabriel eran justo su tipo: empresarios ricos, casi todos solteros y de nuestra edad.

—Es que no tengo tiempo para novias, ¿sabes?

—le explicaba aquel chico, que se llamaba Diego, mientras yo pasaba cerca con una copa en la mano fingiendo descaradamente que no escuchaba—.

Entre los viajes, las reuniones y el gimnasio, no me queda tiempo para nada serio.

Aunque todo puede cambiar de la noche a la mañana, quién sabe.

A lo mejor hoy tengo delante a la futura madre de mis hijos.

Olivia asintió con esa sonrisa tímida que pone cuando cree que por fin ha encontrado a su príncipe azul.

Zoe, en cambio, desapareció del mapa bastante pronto.

La perdí de vista después de la cena y no volví a verla hasta casi una hora más tarde, cuando fui al baño a retocarme el pintalabios y me la encontré manteniendo relaciones sexuales sobre la taza del váter con Paul, que, todo sea dicho, era el más guapo de los amigos de Gabriel.

—Perdón —dije enseguida, y cerré la puerta.

No supe si reírme o llevarme las manos a la cara, así que hice las dos cosas a la vez.

—Vale, sí, aquella noche fue simpático, lo reconozco —la voz de Zoe me devuelve al presente—. Pero eso no quita que sea un pijo egocéntrico.

—¿Egocéntrico? —repite Olivia, casi ofendida—. Zoe, ese chico tiene clase, que no es lo mismo.

—Ya, pero muchas veces van de la mano.

—¿Ah, sí? Entonces, como yo también vengo de una familia con clase, ¿soy una egocéntrica?

Zoe ladea la cabeza con una calma exasperante, como si llevara años esperando esa pregunta para tener preparada la respuesta perfecta.

—Pues mira, a veces lo pareces. Sobre todo cuando te pones así de tontita.

—¿Perdona? —Olivia se endereza en el sofá.

—¡Vale ya, chicas! —las corta Grace, alzando la voz.

Las dos se callan de golpe.

—Estamos en una boutique elegante, no en un mercadillo, y parecéis dos verduleras. Así que, si no os importa, dejamos el debate sobre la genealogía del ego para otro momento, ¿de acuerdo?

Justo entonces se abren las cortinas y aparece Claire con un vestido nuevo entre los brazos, sujetándolo con cuidado.

—¡Alice! —exclama emocionada—. Tienes que probarte este, por favor.

Me acerco a ella, cansada. A estas alturas de la tarde tengo la paciencia bastante más fina de lo normal.

—De acuerdo —digo, respirando hondo—. Voy a probármelo.

Sin decir nada más, echo del probador a mis amigas y a mi wedding planner y corro la cortina.

Me meto el vestido por la cabeza con cuidado de que la tela no se enganche en los pendientes y contengo la respiración mientras me lo ajusto a la cintura.

Cuando llego a la espalda, retuerzo el brazo para alcanzar la cremallera y tiro de ella muy despacio, casi con miedo de que el vestido se rompa si voy demasiado rápido.

Noto cómo el corpiño se me ciñe a las costillas y se adapta a cada curva.

Cuando por fin estoy lista, aparto la cortina, salgo y, de repente, todo se queda en silencio.

Me coloco frente al espejo grande y lo observo con calma.

Tiene un escote corazón —creo que se llama así— sostenido por unos tirantes finísimos que dejan los hombros al descubierto.

El corpiño está bordado con un brillo tan sutil que parece polvo de estrellas atrapado en la tela, y la falda cae en capas y capas de tul vaporoso.

Es el típico vestido de princesa sacado de un cuento de hadas.

—Madre mía, Ali —consigue decir Grace al fin, con la voz rota por la emoción—. Estás preciosa.

—¿Os gusta? —pregunto, girándome un poco hacia ellas.

Las cuatro asienten a la vez, embobadas.

—Alice —dice Claire, acercándose—, sin ninguna duda, este es tu vestido.

Vuelvo a mirarme despacio, fijándome en cada detalle, y por primera vez en toda la tarde no encuentro nada que objetar. Ni un «quizá», ni un «no sé», ni ninguna de las frases que llevo horas repitiendo.

—De acuerdo —suspiro—. Me quedo con este.

—¡Perfecto! —exclama Claire—. Voy a avisar a la dependienta para que nos lo reserve ahora mismo, antes de que alguien más se encapriche de él.

En cuanto Claire vuelve a desaparecer entre las cortinas, Grace se me acerca.

—Ali, ¿de verdad te gusta?

—Claro que sí —respondo, quizá demasiado rápido—. Es precioso, Grace.

Ella entrecierra los ojos y me estudia con esa mirada que usa en el trabajo cuando necesita averiguar si un paciente le está contando la verdad o solo lo que cree que ella quiere oír.

—Ya sé que es precioso, pero no es eso lo que te he preguntado. Te he preguntado si a ti te gusta.

Abro la boca para contestar, pero las palabras se me atascan en la garganta el tiempo suficiente para que Grace levante una ceja sin dejar de mirarme.

—Porque, no sé, Ali —continúa—, se supone que elegir el vestido es de las cosas que más ilusión le hacen a una novia, y yo no veo esa ilusión en tu mirada.

—Grace tiene razón —añade Zoe, ladeando la cabeza—. Estás rara. No se te ve ilusionada.

—Pues claro que estoy ilusionada. ¿Cómo no iba a estarlo?

—Yo estoy de acuerdo con ellas —dice Olivia, sumándose a la encerrona—. Te conocemos, Ali, y no estás feliz.

—Sí que lo estoy —insisto, cruzándome de brazos—. No sé qué queréis que os diga.

—Pues la verdad, básicamente —suelta Zoe.

—Chicas, en serio, dejadlo ya. Os lo repito por décima vez: estoy bien.

Pero no lo dejan. Se quedan las tres plantadas delante de mí, mirándome como si esto fuera un juicio y esperaran que la acusada confesara de una vez todas sus mentiras.

—¿Qué te pasa, Ali? ¿Nos lo vas a contar o no? —pregunta Grace.

—Que estoy bien, de verdad. Tengo muchísimas ganas de casarme con el hombre al que quiero.

—¿Y entonces por qué llevas toda la tarde con esa cara de asco? —insiste Olivia, sin darme tregua.

Esta vez tardo en contestar. Me quedo mirando un punto cualquiera del suelo mientras juego nerviosa con la tela de la falda, buscando la manera de explicarles qué me pasa. Porque tienen razón, como siempre: algo me pasa.

—Vale, está bien —confieso al fin, con un hilo de voz—. Soy feliz, ¿vale? Me hace muchísima ilusión estar aquí con vosotras eligiendo mi vestido, y me encanta el que llevo puesto, de verdad.

—¿Pero...? —preguntan las tres a la vez.

—Pero hoy estoy bastante tensa.

—¿Por qué? —pregunta Grace, frunciendo el ceño, preocupada de verdad.

Respiro hondo y cierro los ojos un momento antes de responder, como si así me fuera a costar menos decirlo.

—Porque esta noche voy a volver a ver a Ricky. Sus padres han organizado una cena en casa para darle la bienvenida y quieren que Gabriel y yo vayamos. Les apetece mucho que volvamos a juntarnos todos después de tanto tiempo.

Las tres intercambian una mirada rápida, llena de sorpresa, que ni se molestan en disimular.

—¿En serio ha vuelto Ricky? —pregunta Olivia, con los ojos como platos.

—Sí —confirmo, asintiendo despacio.

—Espera, espera —interviene Grace—. Con lo mal que acabaron las cosas entre vosotros, no pensaba que fuerais a invitarlo a la boda. Y, sinceramente, me sorprende que Gabriel y él se hablen.

—No ha sido cosa nuestra —admito, encogiéndome de hombros—. Según Gabriel, sus padres se empeñaron en que viniera. Al fin y al cabo, es su hermano.

—¿Y por qué ha venido ya? —la interrumpe Zoe, frunciendo el ceño—. Si la boda es dentro de un mes.

—Porque está de vacaciones, y sus padres querían que pasara una temporada en casa. Así, de paso, le enseña la ciudad con calma a su novia antes de volver a Londres.

—¿Cómo? ¿Que encima ha venido con su novia? —salta Zoe.

—Sí —confirmo, con la voz un poco apagada.

—No me lo puedo creer —dice, llevándose una mano a la frente.

—Es lo que hay. No puedo hacer nada.

—Pues yo creo que no pinta nada en la boda, por mucho que sea el hermano de Gabriel —opina Olivia—. Después de cómo te utilizó y de todo lo que te hizo pasar...

—Bueno, tampoco fue todo culpa suya —empiezo a decir, aunque ni siquiera tengo claro que quiera defenderlo ahora mismo—. Yo también lo hice fatal en su momento. Será el karma.

—Da igual, Ali. El caso es que te hizo daño, y ahora va a estar ahí como si nada, en primera fila con su nueva novia, viendo cómo te casas. Manda narices.

—Bueno, míralo por el lado bueno —interviene Zoe, con un brillo travieso en los ojos—. Si va a estar aquí unos días, podríamos aprovechar y contratarlo de stripper para tu despedida de soltera.

—Ni hablar —le suelto, horrorizada, aunque no puedo evitar que se me escape una risa nerviosa.

—¿Qué? A mí me parece buena idea.

—Zoe, por favor, no es momento para bromas —dice Grace, y vuelve a cogerme las manos—. Mira, Ali, sientas lo que sientas ahora mismo por tener que volver a verlo, es completamente normal. Estuviste muy enamorada de él.

—Ya lo sé —murmuro, con la vista clavada en nuestras manos.

—Yo te aconsejaría que mantuvieras las distancias —continúa—. Y que, a partir de ahora, intentes verlo no como el chico del que estuviste enamorada, sino como tu futuro cuñado. Ponle esa etiqueta en la cabeza, aunque al principio te cueste.

Asiento despacio, aunque por dentro una vocecita bastante insistente me recuerda que las etiquetas nunca se me han dado bien, y menos aún si se trata de Ricky.

—Y, sobre todo —añade, apretándome un poco más las manos—, no te machaques por algo que todavía no ha pasado. A lo mejor lo ves, os saludáis con educación y ya está. No hace falta convertir esta noche en un drama antes de que empiece.

Grace tiene razón, claro. No debería precipitarme ni ponerme a imaginar catástrofes sobre una cena que todavía ni ha empezado.

Pero, aun sabiéndolo, y aunque me repito sus palabras como un mantra mientras Claire vuelve para decirnos que el vestido ya está encargado y que dentro de un par de semanas haremos la prueba definitiva, siento que algo se me encoge en el pecho, como un puñetazo silencioso.

No sé ponerle nombre a esa sensación. Podría ser rabia, y motivos no me faltan después de todo lo que pasó.

Podría ser vergüenza. O podrían ser, simplemente, los restos de algo que me costó muchísimo apagar: las brasas de un fuego que juré haber extinguido hace más de un año y que, por lo visto, solo necesitaban oír su nombre para demostrarme que nunca llegaron a apagarse del todo.

No lo sé. Pero tengo la sensación de que esta noche voy a descubrirlo, quiera o no.