¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Mi padre volvió a aparecer por la universidad sin avisar, solo que esta vez no venía a soltarme ninguna bomba ni a echarme la bronca.

Venía a decirme que estaba muy orgulloso de mí.

Me dio algo de dinero, que rechacé un par de veces por pura cabezonería antes de acabar aceptándolo, y una caja pequeña y elegante con el último iPhone, uno que en algunos países ni siquiera había salido todavía a la venta.

Me dijo que me lo había ganado, porque llevaba meses demostrando que podía ser algo más que el hijo problemático que siempre se metía en líos.

Me quedé un buen rato con el móvil entre las manos, con la pantalla todavía apagada, y sentí la tentación.

Esa puta vocecita que me decía que ahora podía buscarla, echarle un vistazo rápido a sus redes, solo para ver qué tal le iba y comprobar si de verdad era tan feliz como todo el mundo se empeñaba en decirme.

Estuve a punto, no lo voy a negar. Llegué a desbloquearlo y a abrir el buscador de Instagram, con el pulgar suspendido sobre la pantalla, listo para escribir su nombre.

Pero no lo hice. Primero, porque recordé que su cuenta ya no existía; lo había comprobado el día que Violeta me prestó su móvil para buscarla.

Y segundo, porque le había prometido a mi padre que, si volvía a tener teléfono, no lo usaría para contactar con ella.

Por una vez en la vida, decidí cumplir mi palabra.

Además, ya no me hacía falta. Era feliz. Tenía a Violeta, tenía notas decentes por primera vez y tenía algo parecido a una vida que no giraba en torno a Alice Bennett Peterson.

Varias horas después, el avión por fin aterriza. Violeta se despierta con el frenazo, parpadea confusa y tarda un par de segundos en ubicarse.

—¿Ya hemos llegado?

—Sí, cariño.

Bajamos del avión, cruzamos la pasarela y nos toca aguantar la cola interminable de inmigración, ya que Violeta no es americana. Después recogemos el equipaje y, cuando por fin está todo en orden, salimos a la zona de llegadas.

Allí, cómo no, nos espera Jackson, plantado entre la gente con su traje oscuro impecable.

—Señorito Valera —dice con una leve inclinación de cabeza en cuanto nos ve acercarnos—. Es un placer volver a tenerlo por aquí. —Luego se dirige a Violeta—: Encantado, señorita Whitmore.

—Igualmente —responde ella, con una sonrisa educada.

Yo, en cambio, no soy capaz de guardar las formas. Por mucho que me sacara de quicio tenerlo siempre pegado a mí, hace un año y medio que no lo veo, así que me lanzo a darle un abrazo.

—¡Jackson! Cuánto tiempo, amigo.

En cuanto lo rodeo con los brazos, noto cómo se le tensa todo el cuerpo. Está claro que no se esperaba tanta efusividad por mi parte.

—Señorito Valera, por favor, no hacía falta —dice carraspeando y recuperando la compostura en tiempo récord en cuanto lo suelto.

Violeta se ríe a mi lado, tapándose la boca con la mano.

—Permítanme que les ayude con el equipaje —añade Jackson, cogiendo nuestras maletas sin darnos tiempo a protestar.

Subimos a uno de esos todoterrenos negros con los cristales tintados que mi padre se empeña en usar, como si tuviéramos que ir escoltados igual que un jefe de Estado. En cuanto dejamos atrás el tráfico del aeropuerto y cogemos la autopista, empiezo a reconocer sitios.

Ahí sigue el cartel medio descolorido del McDonald's donde paraba algunas noches al salir de trabajar en el Velvet, igual que siempre, como si el tiempo lo hubiera dejado en paz mientras mi vida se ponía patas arriba.

Un poco más adelante aparece la gasolinera donde Mark y yo comprábamos alcohol antes de ir a cualquier fiesta, y al fondo, entre los árboles, el campo de rugby en el que jugué una temporada cuando tenía dieciséis años.

La valla de la esquina sigue torcida; nunca llegaron a arreglarla.

Y entonces, a medida que la carretera va subiendo hacia las afueras, lo veo a lo lejos, en lo alto de la colina: el mirador al que llevé a Alice una tarde.

Desde allí se ve todo Nueva York, como en una postal.

Me acuerdo de su cara al ver cómo se encendían las luces de la ciudad una a una mientras anochecía.

Me dijo que nunca había visto nada tan bonito, y yo pensé que lo más bonito de aquella vista, con diferencia, era ella.

El coche enfila el camino de grava que lleva hasta la entrada de casa y, en cuanto veo la fachada, se me encoge algo por dentro.

No sabría decir si es tristeza, alivio o rabia contenida.

Probablemente un poco de todo. Cuando aparcamos frente a la puerta principal, miro por la ventanilla y veo que nos han preparado un comité de bienvenida en toda regla: mis padres en lo alto de las escaleras y, detrás de ellos, un pequeño ejército de empleados listos para encargarse del equipaje.

Pero antes de que me dé tiempo a bajar, la veo salir por la puerta lateral que usa el servicio, con el uniforme de siempre y esos rizos desordenados, como los míos. Es, sin ninguna duda, la persona a la que más he echado de menos.

No me lo pienso ni dos segundos. Me da igual lo que se supone que debería hacer, que sería saludar primero a mis padres. Salgo disparado del coche.

—¡Tata! —grito mientras corro hacia ella.

Se le ilumina la cara al instante y suelta lo que llevaba en las manos sin mirar siquiera dónde cae.

La envuelvo en un abrazo que la levanta un poco del suelo, y ella protesta por lo bajo diciendo que ya no tengo edad para estos numeritos.

Aun así, no me suelta. Al contrario, me abraza con fuerza y hunde la cara en mi hombro un segundo más de la cuenta, como si necesitara comprobar que soy yo de verdad y no un recuerdo.

—Deje ya de crecer, por favor —me dice al separarse, mirándome de arriba abajo.

—Que no me llames de usted —le respondo con una sonrisa, dándole una palmadita en el hombro.

—Cuántas ganas tenía de verte, mi niño. —Tiene los ojos brillantes y me pellizca la mejilla—. Pero ahora ve a saludar a tus padres, antes de que tu madre quiera asesinarme por acapararte. Ya nos pondremos al día, ¿vale?

Asiento, le doy otro abrazo rápido y me dirijo hacia la entrada. Violeta sigue junto al coche, justo donde la he dejado, y mis padres continúan en lo alto de las escaleras con la misma postura rígida de hace un par de minutos.

—Ricardo —dice mi madre, con ese tono tan frío que la caracteriza—. ¿Es esto lo primero que se te ocurre hacer al llegar? ¿Salir corriendo a saludar a una empleada y dejar tirada a tu invitada? Bonito recibimiento le estás dando a la pobre chica.

—Qué exagerada eres, mamá...

—Tu madre solo te está pidiendo que tengas un poco más de educación —añade mi padre, con los brazos cruzados—. Se llama tener modales, hijo.

Genial. No llevo ni cinco minutos en casa y ya me están echando la bronca.

—Hola, mamá. Hola, papá. Yo también tenía muchas ganas de veros —digo con ironía, dándole un abrazo a mi madre primero y un apretón de manos a mi padre después.

Antes de que la cosa se ponga más tensa, mi madre baja los últimos escalones con elegancia y va directa hacia Violeta para darle los dos besos de rigor.

—Tú debes de ser Violeta. Encantada, cielo. Soy Belinda del Río, la madre de Ricardo.

—Encantada, señora del Río —responde Violeta, un poco nerviosa.

—Por favor, llámame Belinda.

Mi padre también se acerca, más serio y comedido, y le tiende la mano en lugar de arriesgarse con los dos besos.

—Rafael Valera. Un placer tenerte por fin en casa. Benjamin nos ha hablado maravillas de ti.

—El placer es mío, señor Valera.

Y así, entre presentaciones formales y la sonrisa que mi novia mantiene clavada en la cara con una fuerza de voluntad que empiezo a admirar de verdad, arranca oficialmente la gran obra de teatro que voy a tener que representar durante los próximos días.