CAPÍTULO 26
Ricky
El avión lleva una hora en el aire y ya me he comido tres paquetes de cacahuetes del carrito de la azafata.
—Como sigas engullendo así, vas a tener que pedir el cinturón de seguridad extragrande —dice Violeta sin levantar la vista del libro.
—Tengo hambre.
—Ya lo veo. Pero relájate, que al final te van a sentar mal.
Tiene razón. Si sigo comiéndome los cacahuetes de tres en tres, voy a acabar vomitando en la bolsita del asiento de delante. El problema es que estoy nervioso, y cuando estoy nervioso, me entra ansiedad y me da por comer.
Hace un año y medio que me fui de Nueva York y, sinceramente, no tengo ningunas ganas de volver. Tiene gracia, porque hubo una época en la que habría dado lo que fuera por subirme a un avión como este.
En menos de seis horas estaré en casa con la sonrisa falsa que llevo meses ensayando delante del espejo.
El plan es sencillo: abrazar a mi madre en cuanto la vea, estrecharle la mano a mi padre con la distancia justa para no parecer ni frío ni demasiado cercano, y fingir durante los próximos días que me hace muchísima ilusión la boda de mi hermano con Alice.
Va a ser el papel más difícil de mi vida.
—Además —añade Violeta, cerrando el libro y dejándolo sobre las piernas—, la que debería estar nerviosa soy yo, no tú.
La miro de reojo.
—¿Y por qué ibas a estarlo tú?
—Ricky... —Me lanza esa mirada que pone cuando cree que estoy siendo idiota y quiere que yo también me dé cuenta—. ¿Hace falta que te recuerde que voy a conocer a toda tu familia?
Me quedo callado, porque no se me había ocurrido verlo así. Estoy tan metido en mi propio drama que he olvidado que para ella esto también es un salto al vacío.
—No van a comerte, tranquila —digo, cogiéndole la mano.
—Eso espero. —Se ríe, un poco tensa—. Con todo lo que me has contado de ellos, la verdad es que me imponen bastante.
—Les vas a encantar. Eres la hija de Benjamin Whitmore, y mi padre se lleva muy bien con el tuyo. Ya verás como sale todo bien.
—Ojalá.
Entrelazo mis dedos con los suyos y se los acaricio despacio con el pulgar. Violeta baja la vista hacia nuestras manos y, cuando vuelve a mirarme, su expresión ha cambiado por completo.
—Hay otra cosa que me preocupa todavía más —dice, seria.
—¿El qué?
—Verte así. Sé que estás nervioso porque vas a volver a ver a tu ex.
—Cariño...
—¿Estás seguro de que hacemos bien yendo a esa boda? —me corta.
—No tienes nada de qué preocuparte, en serio. Alice ya es historia.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
—Entonces, ¿por qué estás así? —insiste.
—Porque te recuerdo que la última vez que estuve con mi hermano me dio una paliza. Lo último que me apetece es volver a verlo.
—Eso no va a pasar otra vez. —Me coge la cara entre las manos—. No voy a dejar que te toque, ¿está claro?
Asiento y sonrío. Me encanta cuando saca las garras de tigresa para defenderme de lo que sea.
—Y si en algún momento te sientes incómodo y quieres volver a Londres, nos vamos y punto. Nadie nos obliga a quedarnos en esa boda.
—Vale. Lo tendré en cuenta, no te preocupes.
Violeta se inclina y me da un beso corto en los labios.
—Te quiero —murmura, tan bajito que su voz casi se pierde entre el zumbido de los motores.
—Y yo a ti, pecosa.
Apoya la cabeza en mi hombro, se acomoda y, al cabo de unos minutos, su respiración se vuelve lenta y pausada. Se ha quedado dormida, sin tener ni idea de la tormenta que se me ha desatado dentro en el momento en que le he dicho que Alice ya es historia.
¿He sido del todo sincero con ella? ¿Estoy preparado para volver a ver a Alice?
¿Para verla casarse con Gabriel, con mi propio hermano?
Con el mismo hombre al que, según me confesó una tarde entre lágrimas y bajo la lluvia, solo utilizaba para estar cerca de mí.
Se me revuelve el estómago solo de pensarlo.
No entiendo cómo pudo mentirme así. La odio con todas mis fuerzas.
Menos mal que este último año he rehecho mi vida en vez de quedarme estancado, compadeciéndome de mí mismo hasta consumirme.
Todo empezó a cambiar el día en que mi padre se presentó por sorpresa en la universidad. No se anduvo con rodeos, porque nunca lo hace: me confirmó lo que yo ya me temía desde que vi aquellas fotos. Alice y Gabriel habían vuelto a ser novios.
Esa tarde algo se apagó dentro de mí. Pero la pecosa estuvo a mi lado para sostenerme, aunque al principio me costara verlo.
Ese mismo día, cuando la besé por primera vez, las cosas dieron un giro de ciento ochenta grados: empecé algo nuevo con Violeta para sacarme a Alice de la cabeza de una vez por todas.
No sé si hice bien o mal. Está claro que no es justo utilizar a una chica para olvidarte de otra.
Pero, poco a poco, Violeta fue conquistándome sin que yo me diera cuenta.
Las primeras semanas nos veíamos a escondidas para enrollarnos entre clase y clase.
Quedábamos en la biblioteca para estudiar juntos, aunque muchas veces nos costaba bastante centrarnos en los apuntes.
Paseábamos al atardecer por los jardines de Whitmore, dando vueltas sin rumbo hasta que se hacía de noche y a ninguno de los dos le apetecía volver a su habitación.
En primavera nos apuntamos a la excursión que organiza cada año la universidad, esa ruta de senderismo por las montañas que todo el mundo hace al menos una vez antes de graduarse.
Todavía me acuerdo de cuando, a mitad de la subida, agotados y sudando como pollos, me agarró del brazo, me llevó detrás de un árbol y me besó como si no hubiera nadie más a nuestro alrededor.
A medida que iba pasando el tiempo, todo empezó a volverse realmente mágico.
Día tras día. Semana tras semana. Mes tras mes.
Pero, sin duda, el momento más especial llegó el fin de semana que nos fuimos de acampada con su grupo de amigos.
Una de esas noches nos quedamos despiertos hasta tarde, hablando dentro de un saco de dormir en el que apenas cabíamos los dos, con el resto del grupo dormido a unos metros y el fuego casi apagado.
Entre susurros y risas ahogadas contra una mochila que hacía de almohada, hicimos el amor por primera vez.
Fue una noche muy bonita porque, más allá del deseo, había mucha confianza entre nosotros.
Con cada caricia descubríamos algo nuevo, y con cada beso se nos olvidaba un poco más que no estábamos solos, hasta el punto de que más de una vez tuvimos que ahogar los gemidos para no despertar a nadie.
Después nos quedamos abrazados dentro del saco, sin decir nada, escuchando el crepitar de las últimas brasas.
Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho y yo le acariciaba el pelo mientras contaba sus pecas a oscuras, aunque no pudiera verlas.
Recuerdo que pensé que hacía mucho tiempo que no me sentía tan en paz.
Que, por primera vez en meses, no había un hueco dentro de mí esperando a que Alice lo llenara.
Esa noche no dormí casi nada. Y a la mañana siguiente, cuando la vi desperezarse con el pelo revuelto y una sonrisa medio dormida, supe que aquello ya no era un simple rollo entre clase y clase.
Un par de semanas después le pedí que fuera mi novia. Estábamos sentados en el césped del campus, con el atardecer tiñendo el cielo de naranja.
—Sé que no soy precisamente un buen partido, por mucho que mi familia esté podrida de dinero —le dije, medio en broma, medio en serio—. Pero me gustaría que fueras mi novia. Oficialmente, quiero decir. Se acabó lo de escondernos entre clase y clase como si estuviéramos haciendo algo malo.
Se quedó callada un momento, mirándome con los ojos brillantes.
Luego sonrió y me dijo que sí, que llevaba esperando que se lo pidiera desde la primera vez que me vio en aquel banco, a punto de convertirme en Olaf.
Por cierto, unos días después me obligó a ver la dichosa película en su habitación.
Obviamente, no llegamos hasta los créditos finales.
Una cama da para mucho más que para quedarse tumbado viendo a un muñeco de nieve cantar.
Desde entonces dejamos de jugar al escondite. Se acabaron las miradas cómplices desde la otra punta del comedor, fingiendo que no pasaba nada. Empezamos a ir de la mano por los pasillos sin que nos importara quién nos viera, y dormíamos juntos casi todas las noches, en su habitación o en la mía.
A Derek, por supuesto, no le hizo ninguna gracia nuestra relación.
Llevaba meses rondándola como un buitre paciente, y hasta llegó a amenazarme en aquella excursión a Ashford & Wren para que me apartara de ella.
Pero Violeta me contó que le había dejado muy claro que no quería nada con él, que nunca lo había visto de esa forma por mucho que él insistiera.
Lo que yo no sabía era que aquello iba bastante más allá de un simple capricho de Derek.
Según me contó Violeta, su padre llevaba tiempo queriendo emparejarla con él por temas de negocios, con la idea de que acabaran casándose cuando terminaran la carrera.
Un acuerdo muy bonito sobre el papel para estrechar lazos entre dos familias ricas.
Pero Violeta se negó a seguir con ese juego y se enfrentó a su padre, algo que imagino que no le resultó nada fácil.
Y, contra todo pronóstico, el señor Whitmore acabó aceptando que yo fuera su pareja, aunque no le hiciera ni pizca de gracia.
Supongo que el apellido Valera jugó a mi favor.
Todavía no entiendo qué tiene mi padre para que el director lo trate casi como a un dios al que hay que rendir pleitesía.
Con el tiempo, la noticia llegó también a oídos de mi familia.
Y no solo lo de Violeta, sino también que, por primera vez en mi vida, estaba sacando buenas notas.
Todo gracias a ella, que se empeñó en sentarse conmigo horas y horas hasta que conseguí aprobar el primer curso, mientras ella recuperaba las asignaturas que tenía pendientes.