¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

Pedimos enseguida. Ella, la ensalada que me ha recomendado con tanto entusiasmo nada más sentarnos; yo, una hamburguesa que lleva de todo, porque con la ansiedad que tengo una ensalada no me quitaría el hambre ni de broma.

La comida llega rápido y devoro la hamburguesa a una velocidad poco recomendable para alguien que dentro de un mes tiene que entrar en un vestido de novia.

Debería estar a dieta, pero me da igual.

Necesitaba esto: aire fresco, comida basura y cinco minutos sin tener que opinar sobre nada.

Claire vuelve a mirar el reloj, casi por instinto.

—Tenemos que ir a la joyería. Gabriel ya debe de estar allí.

Asiento mientras mastico el último bocado.

Pagamos y, en cuanto salimos, el calor vuelve a caerme encima como si no hubiera habido tregua.

Recorremos las pocas manzanas que nos separan de la joyería y, antes incluso de entrar, veo a Gabriel a través del escaparate.

Está de pie junto al mostrador, muy erguido, hablando con un hombre que le va enseñando bandejas de terciopelo negro llenas de anillos que brillan bajo las luces.

Cuando suena la campanilla de la puerta, levanta la vista y nos sonríe.

—Ya pensaba que os habíais perdido —dice, dejando sobre el mostrador de cristal la bandeja que tenía en las manos.

—Hemos parado un momento a comer —le respondo mientras me acerco.

Me da un beso rápido en los labios y me rodea la cintura con el brazo antes de girarse hacia el mostrador.

—Bueno, ¿empezamos a mirar anillos, cariño?

El dependiente, un hombre mayor con unas gafas pequeñas, nos atiende con mucha amabilidad.

—Buenas tardes, señorita. Enhorabuena por su compromiso.

Nos pasamos la siguiente media hora mirando bandeja tras bandeja, y los anillos empiezan a mezclarse en mi cabeza igual que me ha pasado esta mañana con los manteles: oro blanco, oro amarillo, platino, distintos anchos y acabados, algunos lisos y otros con un tallado tan sutil que hay que mirarlo casi con lupa para notarlo.

—Este me gusta —dice Gabriel, cogiendo una alianza de platino cuajada de diamantes talla baguette alrededor de todo el aro—. Es precioso.

—Gabriel, es demasiado... —dudo, girándolo entre los dedos—. Para el día a día, quiero decir. No sé si podría lavarme las manos con esto puesto sin miedo a que se me vaya una piedra por el desagüe.

Él se ríe y le quita importancia con un gesto.

—Alice, son nuestros anillos de boda. Tienen que ser espectaculares.

—Ya, pero...

—Además —añade, cogiéndome la mano y deslizándome el anillo en el dedo—, mira. Te queda perfecto.

—No sé, Gabriel...

—Cariño. —Me mira fijamente a los ojos—. Por favor, deja que le regale este anillo a la mujer de la que estoy completamente enamorado.

Y ahí, delante de Claire y del dependiente, que finge estar muy concentrado reorganizando otra bandeja para darnos algo de intimidad, acabo cediendo.

—Vale, está bien.

Gabriel sonríe satisfecho, como si acabara de ganar una negociación mucho más importante de lo que en realidad es.

—Nos gustaría grabarlos por dentro —le dice al dependiente, sin soltarme la mano—. Con nuestros nombres y la fecha de la boda, por favor.

—Por supuesto —responde el hombre, apuntándolo en una pequeña ficha—. ¿Tienen alguna tipografía en mente o prefieren que les enseñe algunas opciones?

—Algo elegante y clásico, por favor —añade Claire.

El dependiente asiente, desaparece un momento detrás del mostrador y vuelve con una cinta métrica flexible.

—Si me lo permiten, les tomo las medidas ahora y lo dejamos todo listo.

Le tiendo la mano, me rodea el dedo con la cinta y apunta la medida. Después le toca a Gabriel, que extiende la mano con total naturalidad.

Con las medidas tomadas y la promesa de que los anillos estarán listos unos días antes de la boda, salimos por fin de la tienda.

El sol de la tarde vuelve a darnos en la cara, pero por primera vez en todo el día veo la luz al final del túnel: por hoy se han acabado las tiendas.

Lo único que quiero es llegar a casa, quitarme estos zapatos y no volver a pensar en nada relacionado con la boda hasta mañana.

Ya en la puerta nos despedimos de Claire, que está guardando la tablet en el bolso con esa eficiencia tan suya. Pero, justo cuando me giro para coger a Gabriel del brazo y echar a andar hacia su coche, él se detiene.

—Claire, espera un segundo, casi se me olvida. Tienes que añadir dos invitados más a la lista.

—Claro, sin problema —responde ella, volviendo a sacar la tablet—. ¿Familia o amigos?

—Familia —dice Gabriel en un tono tan natural que parece que le dé exactamente igual—. Perdona por no habértelo dicho antes, pero no tenía claro que fueran a venir. Mandé la invitación hace seis meses y hasta hoy no me han contestado.

—No te preocupes. Dime los nombres.

—Ricardo Valera, mi hermano, y Violeta Whitmore, su novia.

Durante un segundo, el mundo se detiene.

Claire teclea los nombres a toda prisa y Gabriel sigue hablando de algo, pero yo ya no escucho. Su voz me llega de muy lejos, amortiguada, como si de pronto hubiera metido la cabeza debajo del agua.

¿Ricky y su novia van a venir a la boda?

Nunca pensé que Gabriel fuera a invitar a su hermano, y menos sin consultármelo. Aunque supongo que es lo normal, por mucho que no se soporten. Es una cuestión de cortesía, como diría mi madre.

No me puedo creer que vaya a volver a verlo después de tanto tiempo, después de todo lo que me hizo y de todo lo que me costó enterrarlo en un rincón de mí que creía bien sellado. ¿Estoy preparada para reencontrarme con él?