¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Le hablé de mis padres, de lo que les costaba llegar a fin de mes y de las horas extra que hacía mi madre limpiando casas ajenas.

Cuando por fin me armé de valor y lo llevé a Portland para que los conociera, no sabía muy bien qué esperar.

Llevaba semanas preguntándome cómo se tomaría alguien como él, acostumbrado a mansiones y chóferes, la casa pequeña y el barrio sencillo en el que me crie.

Pero desde el primer momento se comportó como si hubiera estado allí toda la vida.

Se sentó a la mesa de mis padres con toda naturalidad, alabó el guiso de mi madre sin que nadie se lo pidiera y hasta se ofreció a ayudar a mi padre a arreglar la valla del jardín, que llevaba meses medio caída.

No hubo ni un gesto de condescendencia ni esa mirada incómoda que tanto temía encontrarme.

Para él, mis padres eran mis padres, y con eso bastaba.

También le hablé de Dani. Le confesé que no era mi padre, como le había dicho la primera vez que salió su nombre, sino mi hermano, y que había muerto de una neumonía hacía años.

Le conté que todavía hay días en los que su ausencia me pesa como si se hubiera ido ayer.

Y creo que fue después de abrirme así, de confiarle lo más íntimo y doloroso de mi vida, cuando nuestra relación dio el gran salto.

Me pidió matrimonio a finales de año, durante un viaje exprés a un rincón precioso de Costa Rica.

Nos alojamos en una villa literalmente colgada sobre la selva, con una terraza que parecía flotar entre los árboles y vistas al Pacífico.

Por las mañanas nos despertaban los monos aulladores, el océano sonaba de fondo a todas horas y hacía un calor húmedo y pegajoso que, para mi sorpresa, no me molestaba en absoluto.

Había algo en aquel lugar que me hacía sentir desconectada del resto del mundo, y por una vez no me pareció mal.

La última tarde, Gabriel me dijo que quería enseñarme algo antes de que anocheciera.

No soltó prenda por mucho que insistí durante todo el camino, agarrada a su brazo y exigiéndole pistas.

Bajamos por un sendero entre la vegetación hasta que, de repente, los árboles se abrieron y apareció una cala pequeña, casi secreta, con la arena todavía tibia y el agua de color turquesa.

No había nadie más que nosotros, el rumor de las olas y un cielo que empezaba a teñirse de naranja.

—Gabriel, ¿qué hacemos aquí? —le pregunté, notando cómo se me aceleraba el corazón.

No me contestó. Me cogió de la mano, me llevó hasta la orilla y allí mismo se arrodilló, con la arena mojándole las rodillas del pantalón, sin que pareciera importarle lo más mínimo.

Recuerdo que en ese instante todo lo demás desapareció: el sonido de las olas, el calor de la tarde, el graznido lejano de algún pájaro que nos sobrevolaba.

Solo existía Gabriel, con una cajita en la mano y una expresión que nunca le había visto.

No sé si «vulnerable» es la palabra; era algo más limpio, como si por una vez se hubiera quitado todas esas capas de seguridad y aplomo con las que siempre se protegía.

—Alice Bennett Peterson —empezó, y le tembló la voz, algo tan raro en él que solo eso ya bastó para emocionarme—. ¿Te quieres casar conmigo?

Me quedé en shock mientras un millón de pensamientos se atropellaban en mi cabeza.

No era la primera vez que Gabriel pensaba en casarse conmigo.

De hecho, el día que vino al colegio a dejarme me confesó que había pensado pedirme la mano, solo que aquella mañana, en lugar de ponerme el anillo en el dedo, estuvo a punto de tirármelo a la cara.

No me dio tiempo a darle demasiadas vueltas, así que respondí por impulso:

—Sí, quiero.

Era una locura, lo sé, pero ¿por qué no?

Ya tenía edad para casarme y formar una vida con alguien.

Y esa estabilidad que tanto había necesitado, esa calma que llevaba toda la vida buscando sin saber muy bien dónde, había llegado por fin de la mano del último hombre del mundo del que me lo habría esperado.

Volví a Greenfield con el anillo en el dedo y una ilusión extraña en el pecho.

Lo único que no me hizo ninguna gracia fue que Gabriel me llevara otra vez a comer a casa de sus padres.

No me apetecía nada, pero supongo que era necesario.

Teníamos que anunciar el compromiso, y los primeros en saberlo debían ser ellos.

No había vuelto a ver a mis futuros suegros desde que pasó todo aquello, y no sabía cómo iban a mirarme a la cara después de haberme acostado con sus dos hijos.

Estaba convencida de que, en el fondo, tendrían ganas de matarme en cuanto me vieran.

Pero no pudo ir mejor. Me recibieron como si nunca hubiera pasado nada, como si aquellos meses oscuros no hubieran existido.

Su madre me abrazó en la puerta con una calidez que no esperaba, y su padre, ese hombre al que había llegado a odiar con todo mi ser, se pasó buena parte de la comida bromeando conmigo como si me conociera de toda la vida.

Con el tiempo me di cuenta de que eran buena gente, y hasta llegué a pensar que al principio se habían mostrado tan insoportables porque tenían a Ricky cerca.

Seguramente la oveja negra de la familia les amargaba la existencia, así que, visto desde esa perspectiva, mandarlo lejos de todos nosotros fue lo mejor que pudieron hacer.

No entiendo cómo pude enamorarme de aquel niñato que solo me utilizó para echar un polvo.

A día de hoy, cuando pienso en él, solo siento asco y rechazo.

Ese es, en resumen, el camino que me ha traído hasta aquí. Y, en el fondo, me hace mucha ilusión organizar mi boda, de verdad. Pero lo que nadie te cuenta cuando dices que sí es que, a partir de ese momento, vas a vivir estresada las veinticuatro horas del día.

Claire y yo entramos en un restaurante que está a dos calles de la tienda de manteles.

—Este sitio es increíble. Hacen unas ensaladas de queso de cabra buenísimas.