CAPÍTULO 25
Alice
Son casi las dos del mediodía y llevo desde las nueve paseando por Nueva York con Claire pegada a mí como una sombra. Va subida a unos tacones de aguja y no suelta la tablet ni un segundo.
Claire es mi wedding planner, aunque lo de «mi» lo digo con bastante ironía, porque en realidad la contrató Gabriel.
Ella me recuerda cada dos por tres que está aquí «para que Alice disfrute del proceso, no para que lo sufra», y la verdad es que es buena en su trabajo; eso no se lo puede quitar nadie.
En la tablet guarda una carpeta con más de doscientas fotos de flores, centros de mesa y tipografías para las invitaciones que a mí me parecen todas la misma letra cursiva con distinto nombre.
Me habla de paletas de color como si me estuviera explicando física cuántica, y cuando se pone a diferenciar un blanco marfil de un blanco hueso lo hace con una pasión que roza lo religioso.
—Este tono —dice, deteniéndose frente a un mostrador de manteles— es mucho más cálido. Con la luz del atardecer en Santa Aurelia va a quedar precioso.
Yo asiento, sonrío y le digo que me encanta, que confío plenamente en su criterio. Y en parte es verdad, porque después de cinco tiendas de mantelería he perdido la capacidad de opinar sobre cualquier cosa que tenga que ver con mi propia boda.
Cuando Claire da por terminada la reflexión sobre el mantel, me señala con la cabeza la puerta de cristal que tenemos enfrente.
—Vamos, Alice. Es la última parada, te lo prometo.
Nada más entrar me encuentro con rollos de tela colgados en perchas doradas, ordenados en una gama que va del blanco puro a un beige tan oscuro que dudo que tenga nombre.
Ninguno lleva el precio a la vista, y a estas alturas ya sé que eso solo significa una cosa: aquí dentro todo cuesta una fortuna.
Gabriel me ha repetido por activa y por pasiva que el dinero no es un problema, pero a mí me sigue incomodando moverme entre precios así.
Nos recibe la encargada, una mujer que se presenta como Adele y que tiene un acento francés tan marcado que sospecho que es más de atrezo que de origen. Nos lleva a una salita privada al fondo, donde hay una mesa redonda montada con vajilla, cristalería y cubertería.
—Para una boda en la costa, yo apostaría por texturas naturales —dice mientras extiende sobre la mesa un mantel de lino crudo increíblemente suave al tacto.
Claire asiente con solemnidad, le hace una foto con la tablet y la compara con las que ya tiene guardadas.
—Este color quedaría precioso. ¿Tú qué opinas, Alice?
—Me gusta. —confirmo.
—Excelente elección —responde Adele con una sonrisa—. El lino crudo en este tono es de lo más solicitado para bodas en la playa al atardecer.
Saca una libreta de cuero de un cajón escondido bajo la mesa y empieza a tomar notas.
—Eso sí, necesito que me confirmen el número exacto de mesas con un par de semanas de antelación. Nosotros nos encargamos de todo: la confección, el planchado y la entrega en el lugar de la celebración dos días antes de la boda.
—En principio seremos unos doscientos invitados —dice Claire—, pero ya le confirmaré las mesas, porque todavía no hemos decidido cómo vamos a sentar a la gente.
Mientras Adele termina de anotar la reserva y cierra la libreta, yo ya estoy calculando cuánto me queda para poder sentarme en algún sitio con aire acondicionado y comer algo que no sea una muestra de tela.
—Claire, tengo hambre. ¿Podemos irnos ya a comer? —le pido, agotada.
—Claro, por supuesto. —Mira el reloj de su muñeca—. Además, en una hora hemos quedado con Gabriel para elegir los anillos, así que vamos a tomar algo rápido antes, ¿vale?
En cuanto salimos, el calor de la calle me da de lleno en la cara. Camino detrás de Claire hacia un restaurante que, seguro, también ha elegido ella, y aprovecho el paseo para quedarme un rato en silencio dentro de mi cabeza, pensando en cómo he llegado hasta aquí.
Hace un año y medio yo era una chica que lloraba en el sofá de su casa con el corazón hecho pedazos porque un chico de veinte años había decidido irse con otra. Y ahora estoy preparando mi boda con el hombre que, por aquella misma época, rechazaba sin pensármelo dos veces.
Todo empezó la noche en que, después de unos cuantos gin-tonics, me presenté sin avisar en el apartamento de Gabriel y le pedí, hablando mal y pronto, que me follara.
Quería que me hiciera olvidar durante unas horas todo lo que llevaba días intentando sacarme de la cabeza; necesitaba que otro hombre me tocara para mantener a Ricky lo más lejos posible de mis pensamientos.
Pero, siendo sincera, acostarme con su hermano no fue la mejor estrategia para conseguirlo, porque Ricky estuvo presente toda la noche.
Incluso mientras Gabriel me penetraba con ganas en el sofá, mirándome a los ojos, una parte de mí seguía pensando en él, en cómo me hizo el amor aquella noche junto a la chimenea, en lo placentero que era sentirlo dentro.
Y precisamente gracias a eso Gabriel consiguió, en apenas unos minutos, llevarme al orgasmo.
Nunca antes lo había logrado, nunca había sentido con él esa corriente de placer que me recorrió por dentro con tanta intensidad que me dejó sin aliento.
Después de aquella noche volvimos a caer en una especie de rutina, como al principio de conocernos.
Nos acostábamos de vez en cuando y, cada vez, había una parte pequeña y traicionera de mí que necesitaba pensar en Ricky para llegar al clímax.
No sabía si eso era bueno o malo. Por un lado funcionaba, porque por fin me sentía satisfecha en el sexo, algo que no había conocido hasta que me acosté con Ricky por primera vez.
Pero por otro era la prueba de que no había conseguido lo que fui a buscar aquella primera noche, que era olvidarlo.
Pasé varias semanas así, hasta que una noche, casi por casualidad, todo cambió. Estábamos en la cama después de hacer el amor; Gabriel miraba las redes sociales en el móvil y yo, medio dormida, tenía la cabeza apoyada en su hombro cuando, de repente, se rio.
—Vaya... Parece que mi hermano no pierde el tiempo —dijo con retintín, alargando la última palabra.
—¿A qué te refieres? —le pregunté, incorporándome.
—Mira.
Me enseñó la pantalla y allí estaba Ricky, con la misma chica de las fotos que había visto aquel día en el acuario.
Los dos sonreían y se miraban como si estuvieran completamente enamorados.
Seguí deslizando el dedo y aparecieron más fotos: una cena en un italiano, un concierto de Taylor Swift con el Big Ben de fondo, un selfie tonto en el que ella le sacaba la lengua a la cámara mientras él la miraba a ella en lugar de al objetivo.
Se le veía feliz, y la miraba con los mismos ojos brillantes con los que antes me miraba a mí.
Esperaba sentir lo de siempre, esa opresión en el pecho que me acompañaba cada vez que su nombre aparecía en cualquier parte, por pequeña que fuera la mención.
Pero no llegó. En su lugar sentí un alivio extraño, una calma que al principio no supe reconocer porque hacía tanto tiempo que no la sentía que casi había olvidado cómo era.
Ricky estaba bien, era feliz, y esa misma noche decidí, sin dramas, dejarlo ir para siempre y seguir con mi vida.
Era lo mejor que podía hacer, sobre todo porque él ya se había olvidado de mí por completo.
A partir de ahí, Gabriel y yo empezamos a hacer más planes aparte de acostarnos: una cena en un restaurante nuevo del que llevaba semanas hablándome, un paseo por Central Park un domingo cualquiera, un desayuno improvisado en su cocina mientras él hacía el ridículo intentando preparar unas tortitas que siempre se le quemaban por el mismo lado.
Se notaba que no sabía cocinar, algo lógico en alguien que ha tenido un chef a su servicio toda la vida, pero se esforzaba por parecer un chico normal y no el pijo engreído que conocí al principio.
Parecía otro Gabriel. O quizá era el de siempre y simplemente me estaba enseñando una parte de sí mismo que yo, demasiado cegada por su hermano pequeño, nunca había tenido la paciencia ni las ganas de conocer.
Así que, sin proponérmelo, fui bajando la guardia.
No sabría decir en qué momento empecé a sentir algo por él; fue como el agua que se calienta despacio en una olla sin que se note el cambio hasta que ya está hirviendo.
Empecé a esperar sus mensajes de buenos días, a sonreír cuando veía su nombre en la pantalla del móvil y a sentirme, por primera vez en mucho tiempo, tranquila y segura.
A los pocos meses ya había ido dejando cosas mías en su apartamento, primero un cepillo de dientes y después algún vestido.
Incluso dejó que Bella entrara en su casa, y eso me sorprendió más que todo lo demás, porque Gabriel odiaba a los perros, o al menos eso aparentaba al principio.
Fue un alivio ver que empezaba a querer a mi perra como si fuera una parte más de nuestra relación.
Así que, por esa época, empezamos a salir oficialmente.
Poco a poco fuimos aprendiendo el idioma del otro.
Descubrí que a Gabriel le horrorizaba la cebolla cruda, pero que se comía un plato entero si venía frita; que se ponía de un humor insoportable cuando perdían los Yankees, y que tenía la manía de comprobar dos veces que había cerrado la puerta con llave aunque acabara de hacerlo.
Él, por su parte, aprendió que yo no soportaba que me despertaran antes de las nueve un fin de semana, que hablaba en sueños cuando estaba estresada y que, después de un mal día, necesitaba quedarme callada un rato antes de poder contarlo.