CAPÍTULO 24 #3
—Lo he hecho porque quería demostrarte que esa mujer no es de fiar —continúa, con calma—. Tu hermano me contó que, en cuanto te fuiste, ella fue a buscarlo y le dijo, con estas mismas palabras, que lo que había pasado entre vosotros había sido un error. Que a quien quería era a él.
—Alice nunca haría eso —replico, tajante, sin dejarle ni un segundo de margen—. De hecho, nunca quiso a Gabriel. Me quería a mí.
Él niega despacio con la cabeza.
—No, Ricardo. Esa mujer le dijo a tu hermano que lo vuestro fue un calentón, nada más.
Tu hermano puede darle un futuro, una vida estable.
¿Y tú qué le ofreces? ¿No te das cuenta de que un chico de veinte años que todavía depende de mi tarjeta de crédito hasta para pagarse un café no es lo que querría ninguna mujer a esa edad?
Estar contigo no le iba a traer nada bueno, y en el fondo lo sabes.
No sé qué contestar. Y lo peor es que creo que tiene razón.
¿Qué vida podría darle yo? Mi plan, desde el principio, había sido tan simple como estúpido: escaparme lejos con ella y empezar de cero en algún sitio donde mi familia no pudiera encontrarnos.
Pero, si soy sincero conmigo mismo por primera vez en todos estos meses, no habríamos llegado ni a la vuelta de la esquina.
No tengo dinero, ni trabajo, ni absolutamente nada que ofrecerle más allá de un puñado de promesas bonitas y un amor que, por muy real que sea, no paga alquileres ni llena neveras.
—Alice y tu hermano vuelven a ser pareja —continúa—, y, por lo que tengo entendido, están más enamorados que nunca. Así que lo mejor que puedes hacer es pasar página, seguir con tu vida aquí en Londres y centrarte en los estudios.
Entonces es verdad. Las fotos que me envió mi padre son reales, y Alice y mi hermano están juntos de nuevo, como si yo nunca hubiera existido en esa historia.
Con un nudo en la garganta, levanto la vista hacia él.
—¿Me puedo ir ya? —pregunto con la voz apagada.
—Sí —responde, asintiendo despacio—. Pero escúchame bien, Ricardo. Quiero que vuelvas a clase y que hagas los exámenes. Y, sobre todo, que no vuelvas a intentar escaparte. No me decepciones más, porque, como lo hagas, te aseguro que lo vas a pagar muy caro.
Ni siquiera respondo a la amenaza. No me quedan ganas. Me levanto de malas formas, voy con paso firme hacia la puerta y salgo sin mirar atrás, dando un portazo que retumba por todo el pasillo.
Necesito salir de aquí y respirar aire puro, así que voy directo al jardín, a ver si el frío me despeja un poco la cabeza.
En cuanto salgo, veo a Violeta a unos metros, en corro con Sophie, Chloe y un par de chicas más.
No sé muy bien qué me pasa, pero mis piernas echan a andar solas hacia ellas, deprisa, como si algo dentro de mí hubiera decidido por su cuenta que necesito acercarme ahora mismo.
Mientras avanzo, voy captando retazos de la conversación: que si el examen ha sido más fácil de lo que esperaban, que si a Chloe seguro que le ha ido genial porque esa asignatura se le da muy bien, que si a alguien le ha salido fatal la última pregunta y tendrá que ir a la recuperación de junio.
Cuando llego, me planto delante de todas sin saludar siquiera. Violeta me mira con una ceja levantada, sorprendida por mi brusca aparición.
—¿Estás bien, Ricky?
—¿Podemos hablar a solas, por favor? —le suelto sin rodeos.
—Sí, claro.
Se despide de las demás con un gesto rápido. Luego, sin pensarlo, la cojo de la mano y tiro de ella, casi arrastrándola.
—¿Qué pasa? —pregunta, con la voz entrecortada por las prisas—. ¿Adónde vamos?
No le respondo. No tengo ni idea de cómo explicarle lo que se me está pasando por la cabeza, así que ni lo intento.
En cuanto encuentro un hueco entre dos columnas, medio escondido de las miradas de cualquiera que pase cerca, la empujo contra la fachada de piedra del edificio de ciencias y la beso.
Desesperadamente, descargando con la lengua toda la rabia y la tristeza que llevo acumuladas en el pecho.
Cuando nos separamos, los dos respirando más rápido de lo normal, nos miramos. En sus labios se dibuja una sonrisa pequeña, casi tímida, como si no terminara de creerse lo que acaba de pasar. Como si para ella todo esto fuera un sueño.
—Tenías razón —le digo, todavía con la respiración agitada—. No merece la pena estar así por una chica que me ha dejado para irse con mi hermano. —Hago una pausa, buscando las palabras exactas, y me acerco otra vez hasta rozarle la boca—. Quiero conocerte a ti, pecosa. Tú también me gustas un poco.
Su sonrisa se ensancha, y esta vez es ella quien toma la iniciativa. Me agarra de la nuca, tira de mí y vuelve a besarme. Me muerde despacio el labio inferior, arrancándome un gemido bajo que ni siquiera intento disimular, y yo la aprieto más contra la pared, como si quisiera fundirme con ella.
Es el principio de algo bonito. El comienzo de una relación que Violeta y yo viviremos, este curso y el siguiente, como si fuera lo más emocionante que nos ha pasado nunca.
Lo que todavía no puedo imaginarme es que, año y medio después, iré con ella a la boda de la primera mujer de la que me enamoré, y la primera que me rompió el corazón en mil pedazos.