CAPÍTULO 24 #2
Sentado, con ese porte tan impecable que parece que hasta el aire se acomoda a su alrededor para no arrugarle el traje, está mi padre.
El mismísimo Rafael Valera en persona. Aquí, en Londres, en el despacho del director de mi universidad, como si fuera lo más normal del mundo presentarse un miércoles por la tarde y no tuviera media docena de empresas reclamando su atención al otro lado del océano.
Me quedo plantado en el umbral, con la mano todavía en el pomo, sin saber si entrar del todo o dar media vuelta y salir corriendo.
—Hola, hijo —dice con una voz cálida, casi cariñosa, mientras se levanta y viene hacia mí con los brazos abiertos—. ¿No te alegras de ver a tu padre?
Una parte de mí, la que sigue siendo un crío de siete años esperando a que su padre le haga un poco de caso, quiere correr hacia él y dejarse abrazar sin pensárselo.
Pero la otra, la que lleva años aprendiendo a base de hostias que los abrazos de Rafael Valera casi nunca salen gratis, se queda quieta y alerta.
Antes de que pueda decidir cuál de las dos gana, ya lo tengo encima.
Me rodea con los brazos y me da un par de palmadas firmes en la espalda, mientras yo sigo rígido como una estatua.
No le devuelvo el abrazo. Ni siquiera lo intento.
—¿Qué coño haces aquí? —le suelto, apartándome de él.
Veo cómo se le tensa la mandíbula, aunque lo disimula enseguida, con la misma facilidad con la que disimula todo lo demás. Antes de que pueda contestarme, el director carraspea para recordarnos que no estamos solos y que, gracias a mi tono chulesco, la situación empieza a ser un poco incómoda.
—Bien —dice, levantándose de su silla—. Creo que lo mejor será que los deje a solas para que puedan hablar con tranquilidad.
Rodea la mesa y, de camino a la puerta, se detiene un segundo junto a mi padre para estrecharle la mano con fuerza.
—Señor Valera, es un placer tenerlo aquí. Para cualquier cosa que necesite, estamos a su entera disposición.
—Muchas gracias, Benjamin —responde él con una sonrisa—. Tutéame, por favor, que ya hay confianza.
—Por supuesto, Rafael. Disculpa.
Luego sale y cierra la puerta tras de sí, y el silencio que se instala en el despacho pesa más que cualquiera de los gritos que nos hemos dado nunca. Mi padre me observa un momento, como si yo fuera una empresa más que valorar antes de decidir cuánto invertir en ella.
—Siéntate, por favor —dice al fin, señalando una de las sillas.
—Prefiero estar de pie —respondo, sin moverme del sitio.
Me mira un segundo, sopesando si merece la pena discutir por algo tan tonto, y al final cede.
—De acuerdo. Como quieras.
Se apoya en el borde de la mesa del director, se cruza de brazos y me repasa de arriba abajo, deteniéndose en mi cara un instante más de la cuenta.
—¿Estás bien? Tienes los ojos un poco rojos.
—Estoy bien —contesto, rápido y seco.
—¿Has llorado? —insiste.
—Papá —le corto antes de que siga—, explícame qué haces aquí y terminemos con esto cuanto antes.
Suspira profundamente, como si aguantar mis quejas fuera la tarea más agotadora de toda su agenda.
—El director me ha informado de que llevas dos semanas sin ir a clase.
Suelto una risa seca.
—¿En serio has cogido un avión y te has plantado aquí para reñirme por no ir a clase?
No dice nada. Se limita a mirarme, serio.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —continúo, acercándome a él despacio—. ¿Castigarme una semana sin paga? ¿O sin móvil? Ah, no, espera, que no tengo móvil.
Me planto frente a él, lo bastante cerca como para que note que ya no me impone tanto como hace un par de minutos.
—Esas máquinas son innecesarias, hijo —responde con una sonrisa burlona.
—Claro —me río—. Por eso llevas en el bolsillo de la chaqueta un móvil que cuesta más de tres mil dólares.
Algo cambia en su expresión y la sonrisa se le borra de golpe.
—¡Ya está bien, Ricardo! —Se aparta de la mesa y sube el tono un par de decibelios—. He venido simplemente a ver cómo estabas. El director me llamó para decirme que llevas días paseándote por la universidad como un zombi. Hasta su hija, Violeta, le ha dicho que está preocupada por ti.
—¿En serio has venido a ver cómo estoy? —pregunto, sin molestarme en disimular el escepticismo.
—Eres mi hijo, Ricardo —contesta, como si la respuesta fuera tan obvia que casi resultara ofensivo tener que decirla en voz alta.
¿Desde cuándo le preocupa a mi padre que su hijo pequeño esté pasando una mala racha?
Se hace un silencio breve y tenso, hasta que añade:
—Además, me interesa que te recuperes cuanto antes. No estoy pagando una fortuna por esta universidad para que desaproveches las clases de esta manera.
Vale. Esa explicación ya me cuadra más. Está claro que no ha venido hasta aquí porque le importe cómo estoy, sino porque le preocupa estar tirando su dinero a la basura por mi culpa.
—Si tanto te preocupa que desperdicie tu dinero, sácame de aquí. Así de fácil.
—No —responde, tajante—. Vas a estudiar la carrera aquí, te guste o no. —Hace una pausa y se cruza de brazos—. Además, sabes perfectamente por qué estás en Londres. No hace falta que te lo recuerde otra vez.
—No quiero hablar de Alice —le corto de inmediato, antes de que saque el dichoso tema.
Mi padre entorna los ojos, como si analizara mi respuesta con lupa.
—¿Y ese cambio tan repentino? Por el tono que acabas de usar, cualquiera diría que ya no quieres saber nada de esa chica.
—No quiero saber nada de nadie —respondo, enfadado.
No tengo ganas de seguir hablando con él ni de verle la cara, así que me doy la vuelta y echo a andar hacia la puerta, dándole la espalda.
—Vuelve a Nueva York, papá —le digo sin mirarlo—. Y déjame en paz, joder.
Ya tengo la mano en el pomo cuando su voz me alcanza por detrás, tranquila y precisa, como un cuchillo apuntándome directamente a la espalda.
—¿Qué pasa, hijo? ¿Que no te han gustado las fotos? ¿Por eso estás así?
Me quedo paralizado, con los dedos agarrotados sobre el pomo y el corazón latiéndome con fuerza.
Me giro despacio, muy despacio, como si así pudiera ganar tiempo para convencerme de que he oído mal y de que mi cabeza me está jugando una mala pasada.
Pero la cara de mi padre no miente. Esa forma tan suya de mirarme, como si acabara de ganar una partida de póker, me lo confirma todo sin necesidad de que diga una palabra más.
—¿Has sido tú? —pregunto, con la voz temblándome de rabia—. ¿Has sido tú, hijo de puta?
—Ricardo, por favor. —Su tono se vuelve severo de repente—. Así no se le habla a un padre.
Sinceramente, me importa bien poco cómo se supone que hay que hablarle a un padre, y menos a uno como este. Cruzo en dos zancadas la distancia que nos separa y lo agarro de las solapas de la chaqueta con ambas manos, apretando la tela entre los puños con tanta fuerza que me tiemblan los brazos.
—¿Has sido tú? —repito, mientras las lágrimas empiezan a caerme por las mejillas sin que pueda hacer nada por evitarlo—. ¿Por qué, papá? ¿Por qué me has hecho esto?
Mi padre me empuja hacia atrás con fuerza, lo justo para que mis manos se suelten de un tirón.
—Que sea la última vez que te comportas así —me advierte, apuntándome con el dedo—. O te prometo que la próxima te doy una bofetada que no vas a olvidar en la vida.
Me quedo quieto, con los puños todavía cerrados en el aire. No le respondo; no puedo. Las lágrimas siguen cayendo, una detrás de otra, y por primera vez en mi vida no me molesto en disimular delante de mi padre que estoy destrozado.
Sin fuerzas para nada más, retrocedo hasta la silla que antes he rechazado y me dejo caer en ella con la cabeza gacha.
Él se acerca despacio, se sienta en la silla de al lado y me apoya una mano en la rodilla.
Supongo que el gesto pretende ser paternal, cercano, pero a mí me repugna tanto como todo lo que viene de él.
—Lo he hecho por tu bien, hijo.
En cuanto lo oigo, le aparto la mano de un golpe, sin pensarlo
—¿Contratar a un detective privado para espiar a Alice ha sido por mi bien? —le suelto, con la voz cargada de odio.