¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Ricky

Llevo varios días caminando por los pasillos de la universidad como un fantasma. Tengo la sensación de flotar, como si mis pies hubieran decidido no tocar el suelo y mi presencia estuviera, por el momento, apagada o fuera de cobertura.

Ayer el director me llamó a su despacho para echarme la bronca por mi pésima actitud, ya que en las dos últimas semanas no he pisado ni una sola clase.

Mientras él hablaba, yo asentía cuando tocaba, más que nada para que la cosa no fuera a peor.

Pero, si soy sincero, no escuché ni la mitad de lo que dijo.

Últimamente solo escucho a mi cabeza, que no para de hablarme como si no tuviera nada mejor que hacer que amargarme la existencia, en plan Pepito Grillo ¿Y sabes lo que me dice?

Que no solo he perdido a la mujer de mi vida, sino que la he perdido a manos del hombre que lleva jodiéndome la vida desde que nací.

No sé si la odio o si la quiero más que a mi propia vida. No sé si querría matarla con mis propias manos, aunque decirlo así suene demasiado psicópata. En realidad, no sé ni lo que siento.

Estos días estoy bastante ermitaño, y la pecosa insiste en que no debería automarginarme.

Está muy pendiente de mí: por las mañanas, nada más verme, me pregunta si he dormido bien; al mediodía, si he comido algo; y alguna noche incluso se ha pasado por mi habitación con la excusa tonta de pedirme unos apuntes que sabe perfectamente que no tengo, solo para comprobar con sus propios ojos que sigo vivo.

Pero no tengo ganas de socializar, y menos con ella.

Desde la noche en que estuvo a punto de besarme, la evito más de lo que debería.

No es que no quiera verla, es que cada vez que la tengo cerca noto una tensión incómoda flotando entre los dos.

Sé que le gusto; no hace falta ser un genio para darse cuenta.

Y reconozco que Violeta es guapísima, además de lista, divertida y con carácter, justo como a mí me gustan.

Sé que, si quisiera, podría tener algo con ella sin ni siquiera intentarlo.

Podría comerle la boca y follármela sin remordimientos.

Pero ahora mismo no soy capaz, no mientras tenga a Alice metida en la cabeza.

Hoy, mientras como solo en un rincón apartado del comedor, la veo venir desde la otra punta, esquivando bandejas y sillas. Luego se para delante de mi mesa con una ceja levantada y los brazos cruzados.

—Sabes que existe un concepto llamado «mesa comunitaria», ¿verdad? —dice, señalando con la barbilla la mesa que ocupan Sophie y los demás un poco más allá—. Por si no te suena, es esa en la que la gente come acompañada.

No le contesto. Me limito a mirarla, sin fuerzas ni para seguirle el sarcasmo, y ella, al verme la cara, suaviza el gesto y deja de bromear.

—¿Puedo sentarme contigo? —pregunta, ya en serio—. O, mejor dicho, ¿te vienes tú con nosotros?

—No hace falta. Estoy bien aquí.

Aun así, Violeta se sienta frente a mí, mordiéndose el labio, un poco nerviosa.

—De hecho —añado, apartando la bandeja y haciendo ademán de levantarme—, ya me iba.

—Espera.

Su mano aterriza sobre mi brazo antes de que consiga ponerme de pie.

—Apenas has comido, Ricky.

—Digamos que las lentejas y yo no somos precisamente mejores amigos.

Y, antes de que ella pueda añadir nada más, me suelto y me levanto.

—Nos vemos, pecosa.

No he dado ni tres pasos cuando me llama.

—Ricky.

Me paro en seco, y no sé muy bien por qué. Podría haber seguido andando y hacer como que no la había oído, pero hay algo en su tono que me clava los pies al suelo antes de que mi cabeza decida huir de la conversación que se avecina.

Me giro. Violeta se levanta, se acerca con paso decidido y se planta delante de mí, otra vez cruzada de brazos.

—¿Vamos a hablar de lo que pasó el otro día o vamos a seguir fingiendo los dos que no pasó nada?

Sabía que este momento iba a llegar tarde o temprano, pero llevo días retrasándolo con la excusa de que ya tengo demasiada mierda encima como para lidiar también con esto.

—Violeta...

—No —me corta, levantando una mano—. Déjame hablar a mí primero, por favor, porque, como empieces tú, vas a soltar alguna gilipollez para quitarle importancia al tema, y por una vez me gustaría que no lo hicieras.

Cierro la boca, tal y como me pide, y la escucho. Veo cómo traga saliva, como si dudara de lo que está a punto de decir, hasta que al final lo suelta con la voz un poco temblorosa:

—Me gustas, Ricky. Me gustas muchísimo. Y creo que lo sabes de sobra... Bueno, creo que lo sabe todo el mundo.

Se me encoge el pecho.

—No espero que sientas lo mismo; ya sé que no es así. Sé que estás enamorado de otra persona. Pero me fastidia muchísimo verte así, hecho polvo, por una chica que tuvo la oportunidad de quedarse contigo y eligió irse con otro. Y no con cualquiera, no. Con tu hermano.

Me mira fijamente, con los ojos vidriosos.

—No te merece, Ricky. ¿Es que no te das cuenta?

Me quedo callado. No porque no tenga nada que decir, sino porque sé que en el fondo tiene razón, aunque mi corazón todavía no esté dispuesto a verlo. Violeta espera una respuesta coherente, pero lo único que consigue sacarme es esto:

—Eso es decisión mía.

Veo cómo algo se le rompe un poco en la mirada al escucharlo.

No sé si es decepción, rabia o una mezcla de las dos, pero tampoco pregunto.

No tengo nada más que decir, al menos por ahora, así que me doy media vuelta y me alejo, con mi respuesta todavía suspendida en el aire.

Seguramente no era la que esperaba. O quizá sí.

A estas alturas, después de los meses que llevo aquí, ya se habrá dado cuenta de que soy bastante capullo.

◆◆◆

Son las cinco de la tarde cuando me dirijo a la sala de ocio.

La verdad es que apenas la conozco; la habré pisado un par de veces como mucho, para jugar al billar con los amigos de Violeta.

Pero, desde que a Derek se le cruzó el cable y me amenazó para que me alejara de ella, la cosa entre nosotros se ha enfriado tanto que ahora ya ni nos saludamos.

Mejor, porque paso de relacionarme con imbéciles.

Hoy la sala está completamente vacía. Estamos en época de exámenes y todo el mundo se ha encerrado en la biblioteca, cosa que agradezco, porque prefiero estar solo.

Me acerco a la diana que cuelga al fondo, cojo tres dardos del soporte que hay al lado —nuevos, casi sin usar— y me quedo un segundo mirándola, dejando que me atrape por completo.

Luego retrocedo hasta la línea marcada en el suelo, lanzo el primero con fuerza, casi sin pensar, y le doy de lleno en el centro. Siempre he tenido buena puntería.

El segundo lo sostengo un poco más entre los dedos antes de soltarlo, y de repente lo que veo dibujado en el centro ya no es un círculo de colores, sino la cara de mi hermano, con esa sonrisa maquiavélica con la que va por la vida convencido de que todo le pertenece, ella incluida.

Lo lanzo todavía más fuerte que el anterior y se clava justo donde debería estar su asquerosa sonrisa.

Algo dentro de mí se afloja. No mucho, pero lo suficiente como para coger el tercero con más ganas.

Esta vez, sin embargo, la cara que aparece delante de mis ojos no es la de mi hermano, sino la de Alice, con esos preciosos ojos verdes que en algún momento me miraron como si yo fuera lo mejor que le había pasado en la vida.

Me quedo demasiado tiempo con el dardo suspendido en el aire.

La imagen se vuelve cada vez más nítida, y siento que me juzga con la mirada, como si no entendiera por qué quiero lanzarle un trozo puntiagudo directo a la cara.

Sé que no debería llegar a este extremo.

Nunca podría hacerle daño a la mujer de la que sigo enamorado, y creo que eso es precisamente lo que más me jode: seguir completamente enamorado de ella después de lo que me ha hecho.

Al final no lo lanzo. No puedo. En vez de eso, aprieto el dardo entre los dedos hasta que la madera cruje y se parte. Tiro los pedazos al suelo, furioso Las dos mitades rebotan contra el parqué y ruedan hasta perderse debajo del futbolín.

—¿Por qué? —le grito a la diana, con la vena del cuello a punto de estallar—. ¿Por qué me has hecho esto, Alice?

Sé que es ridículo hablarle a un trozo de corcho colgado en la pared, pero mi cabeza la proyecta ahí, delante de mí, tan real que casi puedo oírla respirar. ¿Me estaré volviendo loco?

—Yo pensaba que lo nuestro sería para siempre —sigo, con la voz rota.

Rompo a llorar. Otra vez. Ya ni sé cuántas veces he llorado esta semana; nunca había llorado tanto, ni siquiera cuando mis padres me tuvieron secuestrado en casa.

Una traición de este calibre no se olvida así como así, y no tengo ni idea de cuánto tiempo voy a necesitar para que deje de dolerme cada vez que respiro.

Estoy ahí, hecho polvo y soltando insultos al aire, cuando la megafonía del edificio suena por encima de mis pensamientos:

«Ricardo Valera del Río, acuda al despacho del director, por favor».

Genial. Lo que me faltaba. A saber qué querrá ahora el señor Whitmore.

Seguro que me espera otra charla motivacional sobre lo importante que es asistir a clase y mantener una actitud positiva, o una bronca porque no me estoy presentando a ningún examen, que promete ser el tema estrella de la conversación.

Me seco las lágrimas con las manos antes de que decidan quedarse más tiempo del necesario y respiro hondo un par de veces, intentando recomponer algo parecido a una expresión normal, porque lo último que necesito es que el director me vea en este estado.

Cuando por fin creo que tengo la cara medio decente, voy hacia allí.

Llamo dos veces a la puerta con los nudillos.

—Adelante —se oye la voz del señor Whitmore desde dentro.

Abro, entro y, nada más pisar el despacho, se me corta la respiración. No me puedo creer lo que tengo delante.