CAPÍTULO 23 #2
La conversación se alarga una hora más, a ratos ligera y a ratos tan honesta que duele. Al final, Grace mira el reloj de pared que hay detrás de mí y suelta un suspiro.
—Ali, odio decírtelo, pero tengo otra sesión en diez minutos.
—Vaya, y yo que pensaba que era tu paciente favorita y que me ibas a regalar la tarde entera —digo, fingiendo un puchero.
—Eres mi mejor amiga, que es distinto —responde con una sonrisa.
Me levanto del sillón con pesadez, como si, en lugar de aligerarme, esta hora me hubiera llenado el cuerpo de plomo. Grace se levanta también y me da un abrazo fuerte antes de que me vaya.
—Cuídate, ¿vale? Y si necesitas algo, llámame o pásate por aquí.
—Lo intentaré —murmuro contra su hombro.
Salgo de la consulta con el corazón algo menos destrozado que cuando entré, pero en cuanto bajo al parking y me planto delante del coche, vuelvo a derrumbarme.
Pienso en que, cuando llegue a casa y me siente otra vez en el sofá, todo volverá a ser igual: el silencio, las cuatro paredes y yo sola con unos pensamientos que no dejan de dar vueltas
Así que hago lo que haría cualquier persona emocionalmente inestable en mi situación.
En vez de subirme al coche, decido irme a llorar mis penas a la barra de algún bar.
Recuerdo haber visto uno a un par de manzanas mientras esperaba en un semáforo, con la fachada de ladrillo visto y un letrero de neón algo cutre que parpadeaba la palabra «OPEN».
Camino hacia allí con el paraguas a medio abrir, sin muchas ganas de protegerme, como si una parte de mí quisiera que la lluvia me calara hasta los huesos y apagara, de paso, un poco del incendio que llevo dentro.
A estas horas hay poca gente, cosa que agradezco.
Lo último que necesito es ruido, compañía o miradas curiosas preguntándose qué hace una mujer bebiendo sola un jueves por la tarde.
Me siento en la barra y el camarero, un chico joven con los antebrazos tatuados y cara de aburrimiento, se acerca sin demasiado interés.
—¿Qué te pongo?
—Un gin-tonic, por favor. Bien cargado.
Me lo sirve y me lo bebo demasiado deprisa, casi de un trago, como si el alcohol pudiera borrarme la memoria.
—Otro, por favor.
El chico arquea una ceja, pero no dice nada y me rellena el vaso.
En cuanto me termino el segundo, le pido un tercero, y luego un cuarto, o puede que un quinto; hace rato que he perdido la cuenta.
Noto cómo el calor del alcohol me sube por el pecho y sigo pidiendo, hasta que, en algún momento entre el sexto y el séptimo, el camarero deja de servirme y se queda mirándome.
—Oye, no te lo tomes a mal, pero ¿no crees que deberías parar ya?
Tiene razón. Eso de que el alcohol ayuda a olvidar es una mentira como una catedral.
Llevo no sé cuántos gin-tonics intentando que mi cabeza deje de proyectar la misma película en bucle, y lo único que he conseguido es que todo se vuelva más borroso por fuera y más doloroso por dentro.
Ricky sigue ahí, en cada trago, en el hielo que se derrite despacio en el vaso, en la luz mortecina que cae sobre la barra.
Incluso en el propio camarero, que me devuelve de golpe a la noche en que Ricky y yo nos conocimos.
Se me llenan los ojos de lágrimas y hago un esfuerzo sobrehumano por contenerlas delante de un desconocido.
—Tranquilo, ya me voy.
Dejo un billete sobre la barra y me bajo del taburete tambaleándome.
—¿Seguro que estás bien? —me pregunta, con una preocupación tan sincera que casi me conmueve.
—No, pero gracias por preguntar.
Con esa respuesta, cojo el paraguas y salgo otra vez a la calle.
Me quedo bajo el marco de la puerta, viendo cómo la lluvia cae con más fuerza que antes y forma pequeños ríos en el bordillo, y, por algún motivo que ni yo entiendo, no abro el paraguas.
Doy un paso adelante y dejo que el agua me empape entera.
No sé adónde ir. Coger el coche queda descartado, a no ser que quiera acabar detenida, en el hospital o directamente en el cementerio.
Volver a casa tampoco me apetece, y a Grace no pienso molestarla más, que bastante murga le he dado ya por hoy.
Me siento perdida, y no porque no sepa qué calle coger, sino porque no tengo ni idea de qué hacer conmigo misma.
Lo único que quiero es que este dolor pare, aunque sea un rato.
Así que echo a andar sin rumbo y sin mirar siquiera el Google Maps.
Dejo que me guíen los pies, porque mi cabeza no está ahora mismo para tomar decisiones que merezcan la pena.
Paso por delante de escaparates iluminados, de gente que corre a resguardarse bajo toldos y marquesinas, de parejas que se besan bajo un mismo paraguas.
Las lágrimas empiezan a mezclarse con la lluvia sin ningún pudor, porque en medio de este diluvio, ¿quién va a darse cuenta de que estoy llorando?
El paseo se me hace eterno, aunque probablemente no hayan pasado ni veinte minutos desde que salí del bar. Y de repente, sin saber muy bien cuándo ha ocurrido, mis pies se detienen. Levanto la vista y me encuentro delante del edificio donde vive Gabriel.
No sé si mis piernas me han traído hasta aquí de forma inconsciente o si, en algún rincón oscuro de mi cabeza, siempre supe que acabaría aquí.
Busco su balcón entre todos los demás, ese que tantas veces he visto desde dentro, y veo la luz encendida, cálida, recortada contra la oscuridad de la fachada. Está en casa.
Debería dar media vuelta. Cualquier persona con un mínimo de sentido común cogería un taxi, se iría a casa a dormir la borrachera y al día siguiente fingiría que esta noche no ha existido.
Pero hoy yo no soy esa persona, así que, sin pensarlo mucho —en realidad, sin pensarlo nada—, cruzo la calle y entro en el edificio.
El portero, un hombre mayor que me conoce de otras veces, levanta la vista del mostrador y durante un segundo no disimula la sorpresa.
No me extraña: estoy empapada de arriba abajo, con el rímel corrido hasta vete tú a saber dónde y una pinta que no tiene nada que ver con la Alice que se paseaba por aquí hace unos meses.
Entonces tampoco es que sonriera mucho, pero al menos mi aspecto entraba dentro de lo normal.
—Señorita Bennett —dice, carraspeando—. Cuánto tiempo sin verla. ¿Va todo bien?
—Sí, sí, todo genial —miento descaradamente—. Gabriel está en casa, ¿no?
Él asiente, yo le doy las gracias y me dirijo al ascensor sin decir nada más. Mientras subo, el espejo pulido me devuelve el reflejo. Estoy horrible, pero ahora mismo me da exactamente igual.
Cuando llego a la octava planta, camino hasta su puerta con el pulso acelerado y me quedo un segundo delante, respirando hondo. Luego, antes de arrepentirme, pulso el timbre.
Gabriel abre con un batín de seda oscuro mal anudado a la cintura, que deja entrever su torso definido. Tiene el pelo algo revuelto, como si acabara de levantarse del sofá.
—Alice. —Pronuncia mi nombre despacio mientras me mira de arriba abajo—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
No le respondo, porque no tengo ganas de hablar del tema.
En lugar de eso, antes de que pueda seguir preguntando, acorto la distancia que nos separa y le beso con toda la rabia, el dolor y la confusión de estos días, buscando en su boca algo que me alivie o que, al menos, me haga dejar de pensar un momento en todo lo que ha pasado.
Gabriel se queda paralizado durante un segundo, pero enseguida sus manos encuentran mi cintura, casi por instinto.
Me aparto tan bruscamente como me he acercado y le miro con la respiración agitada y el corazón desbocado.
—¿A qué viene esto? —pregunta, desconcertado—. ¿Has bebido, Alice?
—Cállate —le corto—. Y fóllame, por favor.