CAPÍTULO 23
Alice
Llevo unos días tirada en el sofá, envuelta en la misma manta y con el mismo pijama, que a estas alturas ya debería estar denunciado a las autoridades sanitarias.
En las manos sostengo un bote de helado de chocolate que, técnicamente, hace rato que dejó de serlo: ahora es un charco frío con forma de depresión.
Qué ironía. La última vez que hice esto fue cuando creí que Ricky me había hecho ghosting y se había olvidado de mí para siempre, y cuatro meses después aquí estoy otra vez, repitiendo la misma rutina.
Qué idiota fui al creerme cada palabra de aquella carta, y qué idiota al pensar que me quería de verdad.
Cada vez que cierro los ojos vuelvo a ver la misma imagen: Ricky con esa chica.
Guapísima, además, y seguramente de su edad.
Está claro que la fantasía de acostarse con una «chica madurita», como me llamó la noche en que nos conocimos, la ha cumplido a rajatabla.
¿Cómo no me di cuenta en todo este tiempo de que yo no era más que eso, una fantasía?
(Eres estúpida, Alice.)
Oigo sonar el teléfono. Es Grace, claro; si no es ella, es el pesado de Gabriel.
Los dos llevan días llamándome y no le he contestado a ninguno.
Grace sabe todo lo que ha pasado, porque el día que salí de aquel acuario con el corazón hecho trizas y las piernas temblando, lo primero que hice al llegar a casa fue llamarla.
Necesitaba llorar, chillar y que alguien como ella me dijera que no había hecho el mayor ridículo de mi vida enamorándome de un niñato de veinte años.
Zoe y Olivia todavía no saben nada. No es que quiera dejarlas al margen —Dios me libre de que se enteren de que les he ocultado algo así—, pero me siento bastante patética y no estoy preparada para que, conociéndolas, empiecen a darme la brasa.
Dejo que el teléfono suene hasta que Grace se rinde, aunque le dura poco, porque casi al instante me vibra el móvil con un wasap suyo.
Tengo un hueco hoy en la consulta. Te espero a las cinco.
Pongo los ojos en blanco.
Alice: No hace falta, en serio. Estoy bien.
Grace: Alice, llevas varios días escribiéndome «estoy bien», y las dos sabemos que no es verdad.
Alice: Está lloviendo. No pienso ir ahora a la ciudad.
Grace: Me da igual que llueva. O vienes por tu propio pie o voy yo a buscarte y te saco de ahí a rastras. Tú decides.
Me quedo mirando la pantalla, sopesando cuál de las dos opciones resulta menos humillante.
Conociendo a Grace, no va de farol, así que me levanto del sofá con la gracia de un zombi y me arrastro hasta el armario.
Tampoco me esfuerzo mucho en arreglarme: unos vaqueros, una sudadera y un moño que se parece más a un nido de pájaro que a un peinado.
Cojo el paraguas de camino a la puerta, salgo de casa, corro hasta el coche y, nada más entrar, cierro de un portazo, como si el pobre tuviera la culpa de mis desgracias.
Luego arranco y pongo rumbo a Nueva York.
Mientras conduzco, con el limpiaparabrisas marcando un ritmo casi hipnótico, empiezo a pensar que a lo mejor no es tan mala idea ir hoy a terapia.
Llevo días hablando con mi perra y dándole vueltas a lo mismo, como una lavadora atascada en el mismo ciclo, y puede que me venga bien que alguien me pare los pies y me diga las cosas claras, sin anestesia, aunque duela.
Y nadie lo hace mejor que mi mejor amiga.
El trayecto, que debería durar cuarenta minutos, se convierte en una odisea de hora y pico gracias a un par de atascos que parecen puestos ahí solo para poner a prueba mi paciencia, que hoy anda bastante escasa.
Tamborileo sobre el volante, tarareo a medias la canción que suena en la radio y maldigo en voz baja a todos los conductores que me rodean.
Cuando por fin llego, aparco en el parking del edificio donde Grace tiene la consulta, y respiro hondo antes de bajarme del coche.
Es uno de esos bloques elegantes del centro, de piedra clara y ventanales enormes, con un portero que saluda a todo el mundo con una pequeña reverencia.
El vestíbulo huele a madera pulida y a las flores del jarrón, que cambian cada semana.
Todo parece pensado para transmitir calma, para que quien entra roto, como yo, empiece a sentirse un poco mejor con solo pisar el mármol.
Subo en el ascensor hasta la cuarta planta. En la puerta de cristal esmerilado hay una placa con letras discretas: «Dra. Grace Sullivan Hastings. Psicóloga infantil». Está claro que, en muchos aspectos, sigo siendo una niña asustada que necesita ayuda.
Llamo con los nudillos, dos golpes flojos, casi tímidos, y me pide que pase.
—Ya era hora —suelta en cuanto me ve, apartando el portátil—. Empezaba a pensar que te habías rajado y que iba a tener que ir a buscarte.
—Había un atasco horrible, como siempre.
—No me cuentes rollos —responde, señalando con la cabeza el sillón de terciopelo verde que hay frente a su escritorio—. Siéntate y dime cómo estás.
Me dejo caer en el sillón y suelto el bolso a un lado de mala gana.
—Estoy bien.
Grace no se molesta en rebatírmelo. Simplemente me mira y espera a que sea sincera.
—Vale, de acuerdo. No estoy bien, estoy destrozada. ¿Contenta?
—Eso está mejor —dice con suavidad mientras coge su cuaderno—. Cuéntame qué has hecho estos días.
Suspiro, y noto cómo el aire me tiembla al salir, como si hasta respirar me costara.
—Si te soy sincera, no lo sé muy bien. Recuerdo que lloré en la ducha hasta que se acabó el agua caliente, y creo que me comí un bote entero de helado sentada en el suelo de la cocina porque no tenía fuerzas ni para llegar al sofá.
También me acuerdo de pasarme horas mirando el techo y pensando en lo mismo una y otra vez.
—¿Y qué es «lo mismo»?
—Las dichosas fotos. —Se me quiebra un poco la voz al decirlo.
—¿Qué sentiste al verlas, Ali?
—Bueno, cuando te llamé para chillarte hasta casi dejarte sorda, creo que quedó bastante claro.
—De acuerdo —dice, sin dejar de tomar notas—. ¿Y ahora cómo te sientes?
—No lo sé. —Me froto la cara con las manos—.
Por un lado, me siento idiota por haber confiado en él y por haberme creído cada palabra de esa carta.
Y por otro, hay una parte de mí que casi siente alivio, como si en el fondo supiera que podía pasar y llevara semanas esperando la confirmación de algo que intuía, pero no quería ver.
Grace deja el bolígrafo sobre el cuaderno, como si quisiera asegurarse de que le presto toda mi atención.
—Voy a preguntarte algo y quiero que seas sincera, ¿vale?
Asiento, un poco nerviosa.
—¿Qué es lo que más te duele de todo esto? No lo que crees que debería dolerte, sino lo que te duele de verdad.
Me quedo callada, dándole vueltas. Podría decir lo obvio: que Ricky esté con otra, que haya pasado página tan rápido, que todo lo que sentía por mí fuera mentira. Pero las dos sabemos que no es solo eso.
—Creo que he vuelto a sentirme abandonada —digo al fin, casi en un susurro—. Siento que siempre acabo siendo la que se queda esperando en la orilla mientras el otro se aleja nadando.
Grace asiente despacio y deja que mis palabras reposen antes de responder.
—Eso que acabas de decir es muy importante, Ali, porque ya no estamos hablando solo de Ricky, sino de un patrón. Y tú sabes de dónde viene, ¿verdad?
Sé perfectamente a qué se refiere.
—Dani —murmuro, bajando la vista hacia mis manos.
—Exacto. Ese miedo se activa cada vez que alguien a quien quieres se aleja. Da igual que sea Ricky, un familiar o cualquier persona importante para ti: la herida es la misma.
—Pues qué maravilla ir arrastrando este trauma toda la vida, ¿no? —respondo con ese tono irónico que se me escapa incluso cuando estoy hecha polvo.
Grace esboza una sonrisa comprensiva.
—No se trata de arrastrarlo, sino de reconocerlo. Cuando entiendes de dónde viene el dolor, dejas de repetir el patrón sin darte cuenta.
—Y lo reconozco —replico, un poco a la defensiva—.
Te recuerdo que estas Navidades fui a casa de mis padres justo para eso, para enfrentarme a los recuerdos de Dani y cerrar esa etapa.
Y creía que lo había superado. De hecho, ahora, cuando pienso en mi hermano, lo hago con una sonrisa, no con una lágrima.
Grace niega despacio con la cabeza.
—No has vuelto al punto de partida, y es importante que lo entiendas.
—Se inclina un poco hacia delante, buscando mi mirada—.
La herida del abandono no desaparece por haber hecho las paces con el recuerdo de tu hermano.
Cicatriza, aprendes a vivir con ella y deja de condicionarte el día a día, pero sigue ahí, latente.
Y cuando ocurre algo que se le parece, aunque tu cabeza sepa que no tiene nada que ver, se reactiva.
Es automático; no depende de la fuerza de voluntad ni de lo mucho que lo hayas trabajado.
—O sea, que voy a caer en una depresión terrible cada vez que alguien a quien quiero se vaya de mi vida —digo, con un deje de resignación que no consigo evitar.
—Vas a tener momentos en los que esa herida despierte, sí. Pero cada vez que la reconozcas y entiendas por qué reaccionas así, te costará menos volver a estabilizarte. No se trata de que deje de doler, sino de que no te sientas perdida cuando duela.
—Entonces tiene fácil solución. No volveré a enamorarme nunca y listo.
—Esa tampoco es la solución. Cerrarte al amor no te protege, solo te aísla. Y no deberías volver a encerrarte en la cueva ahora que estabas empezando a salir.
—La cueva es un lugar maravilloso, te lo aseguro.
—Mira, amiga, te voy a dar un consejo y quiero que por una vez en tu vida me hagas caso.
Cuando superes lo de Ricky, porque lo vas a superar, deberías plantearte construir una vida con alguien que te dé estabilidad.
Alguien de tu edad, por supuesto. Creo que ya va siendo hora de dejar atrás la etapa de los yogurines emocionalmente inmaduros.
—Tampoco te creas que los de nuestra edad son mucho más maduros.
—Lo sé —admite—, pero al menos puede que te den un poco más de estabilidad.