CAPÍTULO 22 #2
—Sé que te gustan mucho los animales —dice después del último sorbo—. Este zoológico marino es prácticamente nuevo en la ciudad, y pensé que te haría ilusión ser de las primeras en verlo.
—Gracias, Gabriel. Es un detalle precioso, la verdad —respondo, carraspeando.
Y lo es, no puedo negarlo, por mucho que me pese admitirlo delante de él.
—Prueba esto, está buenísimo —dice, pinchando un trozo de fruta del dragón y tendiéndome el tenedor por encima de la mesa.
—No hace falta, de verdad —respondo, apartando un poco la cara.
—Insisto, Alice.
—Que no, Gabriel, que no hace falta —protesto.
Él, por supuesto, me ignora y acerca el tenedor un poco más, hasta casi rozarme los labios.
Resoplo, resignada, y acabo inclinándome para morder la fruta directamente de su tenedor, sintiéndome un poco ridícula por lo íntimo que resulta el gesto en mitad de un restaurante lleno de gente.
El sabor me sorprende: dulce, fresco y con una textura crujiente que no tiene nada que ver con lo que imaginaba de algo con un aspecto tan exótico.
—¿Y bien? —pregunta, atento a mi reacción.
—Está… bueno —admito—. Muy bueno, la verdad.
—Sabía que te gustaría —dice, con una sonrisa de oreja a oreja.
Sigo masticando despacio mientras se instala entre los dos un silencio incómodo. Lo observo, analizando cada uno de sus gestos.
—Gabriel, ¿por qué estás haciendo todo esto?
Frunce el ceño y ladea la cabeza, como si de verdad no entendiera a qué me refiero.
—¿El qué?
—Ser tan detallista conmigo —enumero—. Las flores, invitarme a comer cada dos por tres, ayudarme con el proyecto del colegio, traerme a un sitio como este sabiendo perfectamente que me iba a encantar… ¿Qué pretendes exactamente?
Se queda callado, mirándome con una expresión que no sé muy bien cómo interpretar, y luego se encoge de hombros.
—Simplemente quiero ser amable contigo.
—Ya —digo, sin conseguir sonar ni remotamente convencida—. No me creo que no me odies ni un poquito por todo lo que pasó con tu hermano.
Gabriel suspira y apoya los codos en la mesa.
—Eso es agua pasada, Alice. Ya te dije que te perdonaba.
—Te conozco, Gabriel —le digo sin apartar la mirada—, y sé que no eres de los que perdonan fácilmente. Así que, por favor, sé sincero y dime qué quieres de mí.
Esboza una sonrisa torcida.
—Solo intento cambiar, Alice. Ser mejor persona. Todos nos merecemos una segunda oportunidad para hacer las cosas de otra manera, ¿no crees?
Lo cierto es que, si me paro a pensarlo, sí que está cambiando.
Hasta su ropa es distinta. El Gabriel que yo conozco no sale de casa sin un traje perfectamente planchado y una corbata a juego con los gemelos.
Hoy, en cambio, lleva unos vaqueros oscuros, un jersey de punto fino y unas zapatillas, lo que cualquier persona normal se pondría un sábado por la mañana.
Ya sé que es una tontería, que una prenda no cambia a nadie por dentro, pero viéndolo aquí sentado, tan distinto de como suele presentarse ante el mundo, no puedo evitar preguntarme si, debajo de esa fachada tan cuidada, de verdad hay alguien diferente.
—Además… —añade de pronto, muy serio—, todavía te quiero, Alice. Y voy a hacer lo que haga falta para que vuelvas conmigo.
Me quedo completamente en blanco. No sé qué decir, ni siquiera sé qué cara estoy poniendo, aunque por cómo me mira intuyo que no debe de ser muy favorecedora.
Algo me olía, la verdad, porque no era normal que se estuviera portando tan bien conmigo últimamente.
Debería haberlo visto venir y haberme apartado mucho antes de acabar desayunando con él rodeada de peces.
Ya la fastidié bastante el año pasado, cuando me aproveché de él para acercarme a Ricky sin que se enterara de lo que yo sentía de verdad.
Le hice daño sin querer, o queriendo a medias, que probablemente es peor, y no pienso cometer el mismo error dos veces.
Así que respiro hondo, reúno todo el valor que puedo y decido ser sincera.
—Gabriel, lo siento muchísimo, pero yo no siento lo mismo por ti.
Aprieta la mandíbula.
—Estoy enamorada de tu hermano —continúo, con la voz temblorosa—. Aunque ahora no estemos juntos, sé que tarde o temprano voy a estar con él, por mucho que os opongáis todos. Necesito que lo sepas, y necesito que dejes de hacerte ilusiones conmigo, porque no es justo. Ni para ti ni para mí.
Se hace un silencio pesado, roto solo por el murmullo de las mesas de alrededor, que siguen a lo suyo. Gabriel no dice nada. Coge la servilleta de tela y empieza a doblarla y desdoblarla entre los dedos, una y otra vez, en un gesto nervioso.
—Di algo, por favor —le pido, incapaz de aguantar ese silencio ni un segundo más.
Levanta la mirada despacio.
—Mi hermano se fue a Londres a estudiar, Alice, y no piensa volver.
Eso ya lo sé. Lo que él no sabe es cómo me enteré.
—Algo me comentó Alfred —miento—. Los niños no paraban de preguntar por él, y tu padre le confirmó al director que Ricky no iba a volver porque se había ido a estudiar a Londres.
—Pues entonces, si ya lo sabes, no entiendo cómo sigues encaprichada de él.
—No es un capricho, Gabriel. Lo quiero. Y voy a ir a buscarlo a Londres.
—¿Cómo? —pregunta, sorprendido.
—Que pienso ir a Londres a buscarlo. De hecho, en cuanto vuelva a casa voy a comprar los billetes —insisto, con una firmeza que ni yo sabía que tenía—. Me voy el sábado que viene, y no pienso pedirte perdón por ello, porque es lo que necesito hacer.
Gabriel hace una mueca extraña, algo a medio camino entre la resignación y el dolor, y deja la servilleta quieta sobre la mesa, como si de repente hubiera perdido todo el interés en seguir estrujándola.
Luego suelta un suspiro largo y profundo, de esos que anuncian que lo que viene después no va a ser nada bueno.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—No quería hacer esto, Alice, de verdad que no. Pero no me dejas otra opción. Creo que mereces saber la verdad.
Frunzo el ceño y noto cómo se me acelera el pulso de golpe.
—¿Qué verdad? ¿De qué estás hablando?
No me responde enseguida. Estira el brazo hacia el abrigo colgado en el respaldo de su silla y rebusca en el bolsillo con una parsimonia que me pone de los nervios. Al final saca un sobre y lo deja encima de la mesa, entre los dos, junto a los restos de cruasán.
—¿Qué es esto?
Gabriel se pasa la mano por la cara antes de responder, como si necesitara armarse de valor.
—Mi padre no se fía de mi hermano, así que, para asegurarse de que se porta bien allí, le puso un detective privado en cuanto llegó a Londres. Quería que alguien vigilara todos sus movimientos.
Parpadeo, intentando asimilarlo.
—¿Y? —pregunto, aunque una parte de mí ya empieza a intuir, con una especie de terror sordo instalándose en el estómago, que lo que hay dentro de ese sobre no me va a gustar nada.
—Pues que no creo que mi hermano te quiera, Alice.
Las palabras se quedan flotando entre los dos, suspendidas en la luz azulada del restaurante.
—¿Por qué dices eso? —pregunto, trabándome.
—Compruébalo tú misma —responde, señalando el sobre con la mirada.
Observo ese trozo de papel sobre el mantel blanco, tan quieto y tan inofensivo como si no tuviera el poder de partirme en dos.
Una parte de mí, la cobarde, la que lleva tres meses aferrándose a la esperanza de que no me ha olvidado y de que va a volver, no quiere abrirlo, porque sabe perfectamente que en cuanto lo haga ya no habrá vuelta atrás.
Pero la otra parte, la que esta misma mañana decidió que estaba harta de esperar y que quería comprar un billete de avión, es la que acaba ganando.
Necesito saber de una vez por todas qué hay dentro.
A lo mejor, por fin, me da alguna explicación de por qué no ha vuelto a mi lado.
Cojo el sobre y lo abro deprisa, casi con torpeza, y en cuanto saco lo que contiene, el corazón se me detiene en seco. Son varias fotografías en papel satinado, con esa nitidez fría y clínica propia de quien se dedica a espiar la vida de los demás.
En la primera, Ricky está en clase, sentado al lado de una chica rubia, guapa, con una melena perfecta; los dos se ríen y se miran con complicidad.
En la siguiente salen los dos comiendo en lo que claramente es el comedor de una universidad, con las bandejas olvidadas entre risas y la mano de ella apoyada con toda la naturalidad del mundo sobre el brazo de él.
En otra están abrazados, de noche, en una calle oscura; al fondo, un poco a lo lejos, brilla el neón de un cartel enorme en el que se distingue la palabra «Fabric».
Y la última, la que más me cuesta mirar, la que me deja un nudo brutal en la garganta, es de los dos sentados en un banco, con los ojos cerrados y las bocas a apenas unos centímetros, a punto de besarse.
Me quedo mirando la foto del banco durante lo que me parece una eternidad, notando cómo algo dentro de mí se rompe en silencio sin que nadie a mi alrededor se dé cuenta.
—¿Qué significa todo esto? —le pregunto a Gabriel, intentando contener las lágrimas.
—Que mi hermano ya ha rehecho su vida, Alice —afirma—, y tú deberías hacer lo mismo.
—No puede ser —digo, tirándole las fotos.
—Te lo he dicho muchas veces: mi hermano es un crío que no sabe querer a nadie. Es mejor que te olvides de él.
No sé qué más decir. En realidad no hay nada que decir, porque no existe ninguna palabra capaz de arreglar lo que acabo de ver. Así que hago lo único que se me ocurre, lo que hago siempre que algo se me escapa de las manos y no sé cómo enfrentarme a ello: huir.
Me levanto de golpe y camino deprisa hacia la salida, esquivando mesas y camareros.
—¡Alice! —La voz de Gabriel se alza a mi espalda por encima del murmullo de la gente—. ¡Espera, por favor! No te vayas así.
No me detengo. Sigo andando con la vista nublada, llorando sin consuelo, mientras oigo cómo Gabriel paga la cuenta a toda prisa antes de echar a correr detrás de mí.