CAPÍTULO 22
Alice
Tardo varios segundos en ubicarme al despertar, en recordar que estoy en mi cama y no en ese jardín interminable donde corría detrás de Ricky.
Acabo de soñar con él, aunque «soñar» es una palabra demasiado bonita para lo que ha pasado dentro de mi cabeza, porque no ha sido precisamente un sueño con final feliz.
Caminaba por un jardín precioso, uno que no había visto en mi vida, buscándolo.
A lo lejos lo distinguía de espaldas, y el alivio de reconocerlo me duraba exactamente lo que tardaba en darme cuenta de que no conseguía acercarme.
Lo llamaba, gritaba su nombre hasta quedarme sin voz, pero no se giraba ni una sola vez, y cuanto más corría yo, más se alejaba él.
Hasta que por fin lograba rozarle el hombro con la punta de los dedos, notando incluso el calor de su piel a través de la tela, y entonces se daba la vuelta.
Pero no era Ricky, sino un chico al que no había visto nunca. Me miraba extrañado, sin reconocerme, y me preguntaba quién era ese tal Ricky. Y antes de que pudiera contestarle, me he despertado, agitada y empapada en sudor.
A mi lado, Bella suelta un suspiro somnoliento y se revuelve entre las sábanas, como si mi despertar brusco le hubiera cortado también a ella algún sueño de persecuciones de ardillas o de galletas robadas de la encimera.
Alargo la mano y le acaricio la cabeza despacio, con los dedos todavía temblorosos enredándose en su pelo.
Ella se acurruca contra mi costado y apoya el hocico justo en el hueco de mi cintura.
—Tú también lo echas de menos, ¿verdad?
Bella no responde, claro. Solo suelta un resoplido bajito por la nariz y vuelve a cerrar los ojos, como si la pregunta le pareciera tan absurda que ni mereciera la pena mover la cola por ella.
Han pasado ya tres meses. Tres meses enteros desde que Ricky se marchó y todavía no he recibido ni una llamada, ni un mensaje, nada.
¿Se habrá olvidado de mí? Ojalá que no, porque yo lo echo de menos cada día.
Lo echo de menos cuando me pasa algo gracioso y mi primer impulso es coger el móvil para contárselo, antes de acordarme de que no puedo.
Lo echo de menos en los silencios, en esos huecos del día en los que antes, sin darme cuenta, iba guardando todo lo que le contaría cuando volviera a verlo.
Y lo echo de menos incluso cuando estoy con Gabriel, cosa que, si lo pienso con honestidad, debería preocuparme bastante más de lo que me preocupa.
Pero no puedo evitarlo: son hermanos, se parecen físicamente, y cada vez que Gabriel me roza o me mira con esa cara de compasión, siento por un instante que tengo a Ricky cerca.
Y ya no lo soporto más. Así que se acabó.
Se acabó esperar a que suene el teléfono, se acabó mirar el correo, Instagram y WhatsApp cuarenta veces al día por si me llega algo suyo.
Y se acabó fingir delante de todo el mundo que soy una mujer adulta con la vida perfectamente encarrilada, cuando en realidad llevo meses sujetándome con alfileres para no deshacerme.
Ha llegado el momento de tomar la iniciativa y hacerle caso al consejo que me dio Zoe aquel fin de semana en la nieve: si él no viene a mí, iré yo a buscarlo. Y esta vez no pienso echarme atrás.
Me levanto y busco a tientas mis zapatillas de estar por casa, esas horribles y calentitas que mis amigas llaman «zapatillas de abuela» cada vez que las ven, pero que a estas horas son literalmente lo único que me apetece llevar puesto.
Arrastro los pies hasta el salón, todavía medio dormida a pesar de la adrenalina que me ha dejado la pesadilla, y enciendo el ordenador.
Mientras la pantalla parpadea y tarda una eternidad en arrancar, le pongo el desayuno a Bella, que se abalanza sobre el cuenco de pienso como si llevara una semana sin comer, cuando hace menos de ocho horas se zampó las sobras de mi ensalada de pollo. Después me preparo el café.
Es el mismo ritual de todas las mañanas, aunque un poco distinto, porque hoy es sábado. Eso significa que no tengo que salir corriendo hacia el colegio y que puedo permitirme retrasar el footing para invertir este ratito en algo bastante más importante que quemar calorías.
Me siento frente al ordenador con la taza humeante calentándome los dedos y el corazón dándome golpes contra el pecho, abro el buscador y tecleo: «vuelos Nueva York-Londres».
En cuestión de segundos la pantalla se llena de opciones, y las miro con la misma cara de pánico con la que miraría la factura del gas en pleno invierno.
El precio del billete de ida no está mal; la vuelta ya me preocupa un poco más, sobre todo porque todavía no sé cuántos días voy a quedarme.
Aunque, en realidad, el problema no es ese.
El problema es que no tengo ni la más remota idea de dónde buscarlo.
Ni siquiera sé qué está estudiando. Lo que sí dudo mucho es que se haya matriculado en Filología Inglesa, porque si algo tengo claro es que su padre no lo mandó a Londres para que se pasara el día leyendo poesía.
Lo más probable es que estudie Administración de Empresas o algo parecido, ya que Rafael Valera quiere que su hijo entre algún día en el negocio familiar, igual que hizo Gabriel en su momento.
Ricky me lo contó más de una vez cuando estábamos juntos.
Así que empiezo por ahí. Escribo «Administración de Empresas Londres» y la lista de universidades se multiplica por diez: London School of Economics, Imperial College, King's College, Whitmore University…
Ni idea de en cuál puede estar. Es como buscar una aguja en un pajar del tamaño de una ciudad.
Pero bueno, siempre puedo ir universidad por universidad preguntando si conocen a un tal Ricardo Valera, como una auténtica acosadora. Tampoco es mal plan.
Arranco una hoja de la libreta que guardo en el primer cajón del escritorio y apunto todas las universidades que imparten ese grado.
Luego me toca decidir cuándo irme. Podría pedir unos días libres en el colegio; me quedan bastantes vacaciones acumuladas y Alfred me daría esos días sin hacer demasiadas preguntas si le suelto alguna excusa vaga sobre un asunto familiar.
Estoy a un clic de comprar el billete para el sábado que viene, ese que con toda probabilidad va a cambiar el rumbo de mi vida, cuando oigo el móvil sonar a lo lejos. Me lo he dejado en la mesita de noche, así que me levanto corriendo a cogerlo, y al mirar la pantalla veo su nombre: Gabriel.
¿Qué narices querrá un sábado a las nueve de la mañana?
Me quedo mirando el teléfono mientras vibra en mi mano, dudando si dejarlo sonar y volver al salón.
Hasta que pienso que a lo mejor es algo del dichoso proyecto de IA, y esa sola posibilidad hace que el dedo se me vaya solo hacia el botón verde.
—Dime, Gabriel —contesto, con un suspiro que no es precisamente de alegría.
—¡Buenos días, guapísima! —suelta él, entusiasmado—. Necesito que te vistas y me esperes fuera en veinte minutos.
Parpadeo, todavía procesando la información.
—Espera, ¿qué? No, Gabriel, esta mañana no puedo quedar. Tengo cosas que hacer.
(Como, por ejemplo, comprar un billete de avión para ir a buscar a tu hermano al otro lado del océano. Pero eso, evidentemente, no pienso decírtelo).
—Alice, venga, no seas así —insiste—. Te va a encantar el sitio al que te voy a llevar.
—¿Y se puede saber adónde me vas a llevar, exactamente?
—Es una sorpresa.
¿Una sorpresa, en serio? Miedo me dan sus sorpresas.
Me quedo callada unos segundos, sopesando si merece la pena aceptar, y él, que nota perfectamente mi indecisión, vuelve a la carga.
—Venga, Alice. Te prometo que te va a encantar. No te voy a decepcionar.
Me lo pienso un poco más y, al final, cedo.
—De acuerdo. En veinte minutos estoy lista.
—¡Genial! No sabes lo feliz que me haces.
Paso por alto su efusividad.
—¿Tengo que ir arreglada?
—No hace falta, ve informal si quieres. Tú estás preciosa, te pongas lo que te pongas.
Pongo los ojos en blanco ante el piropo innecesario y cuelgo con un «vale» bastante más seco de lo que pretendía.
Me visto en tiempo récord y saco a Bella un momento a la acera de enfrente para que haga sus cosas.
Al dejarla de nuevo en casa, echo un último vistazo al salón: el ordenador sigue encendido, con el vuelo esperando pacientemente a que termine de reservarlo.
Dudo un segundo entre hacerlo ahora, deprisa y corriendo, o esperar a la vuelta, y al final me decido por lo segundo.
No cierro la pestaña; solo la minimizo y apago la pantalla.
◆◆◆
Estoy sentada frente a Gabriel, en una mesa llena de cuencos enormes de fruta tropical perfectamente cortada, un par de zumos recién exprimidos de colores vibrantes y una bandeja de cruasanes y ensaimadas que huelen de maravilla.
No estamos en un restaurante cualquiera, ni siquiera en uno de esos sitios pijos a los que suele llevarme él.
Una pecera circular gigantesca envuelve toda la sala como una burbuja submarina.
Estamos, literalmente, dentro de un acuario, rodeados de agua por todas partes.
La luz azulada y tenue se refleja sobre el mantel blanco y sobre la cara de Gabriel, dándole a todo un aire casi irreal, como si estuviéramos desayunando dentro del sueño de otra persona.
Por encima de nuestras cabezas, una manta raya se desliza despacio, con toda su elegancia, y un poco más allá un par de tortugas marinas pasean entre corales artificiales.
Incluso me ha parecido ver algo con unas aletas demasiado grandes para ser un pez normal.
Sería emocionante que fuera una sirena; por fin se confirmarían mis años de sospechas sobre su existencia.
Y, aunque me fastidie reconocerlo, Gabriel tenía razón: este sitio me encanta.
—¿Y bien? —pregunta él, sonriendo—. ¿Te gusta?
—No está mal —respondo, haciéndome la indiferente.
Gabriel bebe un poco de zumo sin dejar de observarme por encima del vaso.