CAPÍTULO 21
Ricky
Del sobre saco varias fotografías en perfecto estado, como recién reveladas, y las giro hacia la luz de una de las farolas para verlas bien.
En cuanto me fijo en ellas, no puedo creer lo que tengo delante: alguien les ha estado haciendo fotos a Alice y a mi hermano a escondidas, como si les hubieran puesto un detective privado para seguir cada uno de sus pasos.
La primera me golpea directamente en el pecho, igual que un puñal clavado a sangre fría.
Alice y Gabriel, sentados uno frente al otro, comiendo juntos en un restaurante.
Y no en uno cualquiera, sino en el Maison; lo reconozco al instante por el ventanal enorme del fondo con las cortinas doradas.
Es el restaurante favorito de mi hermano, el sitio al que siempre se empeña en ir para celebrar su cumpleaños o cualquier cosa que para él sea importante.
Lo que no entiendo es qué hacen ahí los dos.
A lo mejor es una foto antigua, de cuando eran «novios», pienso, hasta que reparo en la fecha que aparece en la esquina inferior.
Está hecha casi un mes después de que yo me fuera.
Me quedo mirando esos números como un idiota, como si a fuerza de clavarles los ojos pudieran cambiar y convertirse en una fecha de hace meses, de antes incluso de que Alice y yo nos conociéramos.
Pero ahí siguen, tercos, sin moverse ni un milímetro. ¿Qué cojones significa esto?
Paso a la siguiente. En esta no sale Gabriel, solo Alice en la nieve con sus amigas, los esquís puestos y un gorro de lana que le queda increíblemente bien.
Se la ve feliz. Demasiado feliz. Y, aunque no debería, eso me jode, porque yo llevo semanas siendo un despojo humano: sin dormir, sin comer en condiciones, arrastrándome por los pasillos como un fantasma, pensando en ella cada minuto del día y sintiéndome culpable por haberme ido, por no poder volver y hasta por respirar.
Y mientras tanto, ella tan tranquila, como si ya se hubiera olvidado de mí.
La siguiente me deja sin aire. Alice bajándose del asqueroso coche de empresa de Gabriel, mientras él la espera de pie junto a la puerta, con las manos en los bolsillos del abrigo y esa sonrisa de medio lado que se le pone cuando cree que tiene a la chica de sus sueños comiendo de su mano.
Busco la fecha por puro acto reflejo y el corazón me da un vuelco todavía peor que antes: es de hace un par de semanas.
Hace dos putas semanas. ¿En serio me están diciendo estas fotos que mi hermano y Alice han vuelto a verse?
En la siguiente tardo un par de segundos en entender siquiera dónde está hecha: quien la sacó estaba escondido detrás de una puerta que apenas deja ver nada.
Pero parece una habitación de hospital, y por la fecha es del mismo día que la del coche.
¿Qué hacen en un hospital? ¿Le habrá pasado algo a Alice?
Porque si es a mi hermano, la verdad, me da bastante igual.
Aunque cuanto más la miro, menos me cuadra que haya pasado algo grave.
La escena es demasiado tierna para ser una urgencia: Gabriel está de pie, inclinado sobre ella, cogiéndole las manos, con las caras a pocos centímetros la una de la otra.
¿Por qué coño tienen que estar tan cerca? Me estoy poniendo de muy mala hostia.
Paso a la siguiente casi sin darme cuenta, como si los dedos se me adelantaran a la cabeza, porque una parte de mí necesita ver más aunque sepa que le va a doler.
Es la última. Mi hermano en el porche de Alice, tendiéndole un ramo de rosas, y no uno cualquiera, sino uno de esos enormes envueltos en papel caro que solo compra quien quiere que quede claro lo que se ha gastado en el puto detalle.
Y Alice lo coge. Sonriendo. Con esa sonrisa que yo creía que solo me regalaba a mí, la que se le va dibujando despacio, como si le costara dejarla salir, hasta que al final se le escapa.
Miro la fecha ya sin ganas, temiéndome lo que voy a encontrar, y veo que es de hace tres días. ¡Hace tres días!
Noto cómo se me hincha la vena del cuello, latiéndome con fuerza contra la piel, y empiezo a temblar. Aprieto el puño izquierdo hasta clavarme las uñas en la palma, pero la rabia ya me ha subido hasta la garganta y no hay forma humana de tragármela.
—¡¿QUÉ COJONES ES ESTO?! —grito, con la voz rota.
Tiro todas las fotos al suelo de golpe y se desparraman por el césped, con Gabriel y Alice sonriendo hacia arriba como si se estuvieran riendo de mí.
Las piernas dejan de sostenerme y caigo de rodillas.
Y lloro como no recuerdo haber llorado nunca, mientras golpeo la hierba mojada con los puños una y otra vez.
—¡Ricky! —grita Violeta, corriendo hacia mí.
Se agacha a mi lado y me agarra las manos para que deje de hacerme daño, apretándomelas con fuerza contra su pecho.
—¡Ricky, para! ¿Qué pasa?
No puedo contestarle. No me sale ni una palabra, solo un llanto que no controlo y que me deja sin aire cada vez que intento respirar entre sollozo y sollozo.
Violeta baja la vista hacia las fotos esparcidas entre nosotros.
No sabe quiénes son Alice y Gabriel, pero no le hace falta saberlo para entender que son ellos los que me tienen así.
Se queda mirándolas con la boca entreabierta, sin saber qué decir, y al final, sin hacerme ninguna pregunta ni pedirme explicaciones que ahora mismo no podría darle, me abraza fuerte.
Deja que me derrumbe del todo contra ella mientras me acaricia la cabeza despacio, en silencio.
Al cabo de un par de minutos me pide con suavidad que la mire.
—Ricky —dice, secándome las lágrimas con el pulgar—, vámonos de aquí, a algún sitio más apartado, ¿vale?
Asiento y dejo que tire de mi brazo mientras hago fuerza con unas piernas que todavía me tiemblan. En cuanto consigo ponerme en pie, le aparto la mano con cuidado.
—Puedo yo solo, tranquila.
Echo a andar con la cabeza gacha y los nudillos destrozados mientras ella se queda atrás, recogiendo las fotos del suelo una a una.
Llego hasta un banco apartado, medio escondido entre dos árboles que apenas dejan pasar la luz de las farolas, y me dejo caer en él.
Me arranco la mochila del hombro y la tiro al suelo sin que me importe una mierda dónde caiga.
Apoyo los codos en las rodillas y me froto la cara con las dos manos, respirando entre los dedos, intentando que el aire me llegue a los pulmones de alguna forma.
Al rato oigo sus pasos acercándose y noto cómo se sienta a mi lado con las fotos en la mano.
—Ricky… —dice en voz baja, con muchísimo cuidado, como quien pisa entre cristales rotos—. Los de las fotos son la tal Alice y tu hermano, ¿no?
Asiento sin mirarla. Ella se queda callada, pasando las fotos una y otra vez, como si buscara alguna explicación de por qué han acabado en mis manos.
—Se han pasado siete pueblos —murmura, tan bajito que casi no la oigo.
—¿Qué has dicho? —pregunto, levantando un poco la cabeza, todavía con la voz rota.
—Que quien te haya mandado esto —repite, más alto y con algo de rabia en la voz— se ha pasado siete pueblos.
Le quito las fotos sin decir nada y, todavía inclinado hacia delante, las miro otra vez, todas, una por una y despacio, como si necesitara grabármelas bien antes de destrozarlas. Cuando termino, las rompo en pedazos y lanzo los trozos al aire, que caen a mi alrededor como una nevada de papel.
—Tendría que haber hecho esto en cuanto las he visto —le digo mientras ella mira los restos esparcidos por el suelo.
—Tiene que haber una explicación.
—Claro que la hay: que mi hermano y Alice han vuelto. Ya está, esa es la explicación.
—No sé, Ricky. A mí no me cuadra.
—¿El qué no te cuadra?
—Pues que, con todo lo que me has contado, se nota que esa chica está tan enamorada de ti como tú de ella. No tiene sentido que haya vuelto con tu hermano. Si tú mismo me dijiste que estuvo con él solo para estar cerca de ti.
Se me escapa una risa amarga, más parecida a un resoplido que a otra cosa, mientras me enderezo.
—Eso creía yo también, pero parece que me equivoqué.
—Pero fue ella la que te dijo que había utilizado a tu hermano para llegar hasta ti —insiste.
—Pues me mintió —respondo, seco—. Seguramente yo solo fui un calentón y ya está.
Violeta no contesta. Me recuesto contra el respaldo del banco, con la mirada perdida, y nos quedamos un buen rato sin decir nada, dejando que el silencio se mezcle con el frío húmedo de esta puta noche inglesa.
—¿Y si están hechas con inteligencia artificial? —suelta de repente.
Lo pienso un segundo, de verdad que lo pienso, agarrándome a esa idea como a un clavo ardiendo. Pero niego con la cabeza.
—No creo. El restaurante, el coche, la casa de Alice, sus amigas… Lo conozco todo demasiado bien como para no notar si fuera un montaje.
—Pues no sé… A lo mejor…
—No hace falta que sigas —la corto—. Las fotos son reales y punto.
Alarga la mano despacio y me coge la mía con cuidado.
—Lo siento mucho, Ricky. Me siento fatal.
La aparto. Y no porque no quiera que me toque —al contrario, probablemente es lo único que me sentaría bien ahora mismo—, sino porque tengo tanta rabia dentro que no me fío ni de mí.
Si cierro el puño sin darme cuenta, podría hacerle daño, y lo último que necesito esta noche es hacerle daño a la hija del director.
—Tranquila, tú no tienes la culpa —le digo, dándole un par de golpecitos suaves en la pierna.
Ella asiente en silencio.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—No lo sé.
—¿Quieres ir a Nueva York a hablar con ella? Podría volver a ayudarte a escapar, si quieres.
Me paro a pensarlo, aunque en realidad no hay mucho que pensar.
Mis planes se han ido a la mierda, y lo único que se mantiene en pie en medio de todo el caos que tengo en la cabeza es que no quiero ver a Alice.
Puede que cuando se me pase un poco el cabreo me apetezca, pero solo para pedirle explicaciones, para que me mire a los ojos y me diga que nunca me quiso y que de quien estaba enamorada de verdad era de mi hermano.
—No lo sé, Violeta. Ahora mismo estoy demasiado cabreado para pensar con claridad.
Vuelvo a inclinarme hacia delante y me tapo los ojos, porque las lágrimas empiezan a caer otra vez sin que pueda hacer nada para pararlas.
Violeta se acerca despacio, me rodea con los brazos y deja que hunda la cabeza en su hombro, y me acuna en silencio, como a un crío al que hay que consolar después de una pesadilla.
Cuando por fin levanto la cabeza, todavía con los ojos empapados, la miro.
—Gracias por todo —susurro—. No sé qué habría hecho aquí dentro estos meses sin ti. Eres una amiga increíble, Violeta. De verdad.
Ella sonríe de medio lado y me acaricia la mejilla despacio.
—Para eso estamos, ¿no?
Nos quedamos así un momento, mirándonos, y hay algo distinto en el aire, una cercanía que nunca había habido entre nosotros.
Violeta traga saliva, nerviosa, sin apartar los ojos de los míos, y muy despacio empieza a acercarse a mis labios.
Nuestras bocas se quedan a apenas un centímetro y, durante una fracción de segundo, con todo lo que tengo dentro hecho pedazos, ni siquiera reacciono. Estoy a punto de besarla.
Pero mi cuerpo reacciona antes que yo y me aparto de golpe, echando la cabeza hacia atrás, porque la cara de Alice me ha saltado a la mente antes de que me dé tiempo a pensar nada.
Violeta se queda paralizada, con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas, dándose cuenta al instante de lo que acaba de pasar.
—Perdón, Ricky, no sé en qué estaba pensando, yo… —murmura.
—No pasa nada —respondo, carraspeando—. Lo mejor será que me vaya a dormir, que ahora mismo no quiero hacer nada de lo que luego me pueda arrepentir.
Me levanto sin decir nada más, cojo la mochila del suelo y me alejo hacia la residencia, dejándola sola en el banco con la disculpa todavía flotando entre los dos.
Hace apenas un par de horas tenía un plan perfecto, uno solo, claro y sencillo, aunque costara llevarlo a cabo.
Y ahora ni siquiera sé si sigue teniendo sentido.
Entro en mi habitación sin hacer ruido y cierro despacio, como si todavía tuviera que esconderme de alguien, y me tiro en la cama boca abajo, vestido.
Necesito dormir. Necesito que este día se acabe de una puta vez.
Cierro los ojos, aunque sé, incluso antes de intentarlo, que esta noche no voy a pegar ojo.