¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Ricky

La mochila está abierta sobre la cama, bostezando vacía, mientras decido qué cojones meto y qué dejo fuera.

Creo que con lo básico me bastará: un par de camisetas, una sudadera, los calzoncillos justos para no ir apestando por el camino y la cartera con el DNI, el pasaporte y algo de dinero, entre lo que tenía ahorrado y lo que me ha prestado Violeta.

No pienso cargar con las tres maletas que me traje cuando llegué, como si fuera a quedarme aquí diez años.

Esta noche lo único que me importa es ser rápido y silencioso, y con todo ese equipaje a cuestas me pillarían antes de llegar a la vuelta de la esquina.

Ya le pediré a Violeta que me mande el resto cuando tenga una dirección donde quedarme, que, siendo sincero, todavía no tengo ni idea de cuál va a ser.

Lo que sí tengo clarísimo es lo que voy a hacer: llegar a Nueva York, coger un taxi hasta Greenfield, sacar a Alice de allí y largarnos lejos, a algún sitio donde mi familia no pueda encontrarnos.

Mi padre me amenazó con acabar con ella si no me portaba bien, y no pienso dejar que nadie le toque un pelo.

Si para eso tengo que llevármela al otro lado del mundo, me la llevo y punto.

Me quito la camiseta y rebusco en el armario hasta dar con lo único que de verdad necesito esta noche: ropa negra.

Sudadera negra, vaqueros negros y unas zapatillas que, por suerte, también son oscuras.

Parezco un ladrón de poca monta a punto de atracar una gasolinera, pero bueno, el objetivo de hoy no es dar buena imagen, sino no dar ninguna.

Abro la puerta muy despacio, y me asomo al pasillo.

Vacío y en silencio, perfecto. Salgo y cierro con el mismo cuidado, sujetando el pomo hasta el último milímetro para que no se oiga el clic, y avanzo pegado a la pared con la mochila al hombro y el corazón a mil.

Al llegar a lo alto de las escaleras que bajan al vestíbulo me asomo lo justo y veo a Violeta acercándose al mostrador donde vigila Philip.

Justo donde le pedí que estuviera y a la hora que acordamos. Esta chica es una maravilla.

Bajo escalón a escalón, agarrado a la barandilla y sin hacer ruido, hasta el último tramo, donde me agacho y me escondo en el hueco de la escalera. Desde ahí lo veo todo. Violeta, que sabe de sobra que estoy ahí, me echa una mirada fugaz antes de volverse hacia Philip.

—Buenas noches, Philip —le dice—. Perdona que te moleste a estas horas, pero es que ayer perdí una cosa y no la encuentro por ningún lado. ¿Podrías mirar si la tenéis en objetos perdidos?

El guardia frunce el ceño.

—Sí, claro, señorita Whitmore. ¿Qué ha perdido?

—Un colgante valiosísimo. Me lo regaló mi abuela y, como no aparezca, le va a dar un infarto. —Se lleva la mano al pecho, justo donde debería estar un colgante que, evidentemente, no existe.

—De acuerdo, voy a mirar.

—Te acompaño.

Ahí está: el cebo perfecto. Philip sale de detrás del mostrador y echa a andar hacia el pasillo con Violeta pegada a él.

Justo antes de doblar la esquina, sin dejar de caminar y sin girar la cabeza del todo, ella levanta la mano a la altura de la cadera y me hace un gesto rápido con el dedo. Vía libre.

Salgo disparado de mi escondite. La puerta principal está descartada, porque tiene un par de cámaras que me cazarían al instante, así que voy directo a la de atrás, la que da al jardín trasero y nunca termina de cerrar bien.

La he comprobado mil veces y ahí no hay ninguna cámara que pueda delatarme.

La empujo despacio con el hombro y, en cuanto salgo, el aire de la noche me da en la cara, frío y húmedo, con ese olor a hierba mojada.

Sigo corriendo agachado, pegado a la fachada, hasta meterme entre unos arbustos que hay a pocos metros de la residencia, lo bastante cerca para ver a Violeta y lo bastante lejos para que nadie me vea a mí.

Las ramas se me clavan en los brazos, hay barro donde no debería haberlo y seguramente ya huelo a una mezcla de humedad y pánico que no le deseo a nadie.

Pero me da igual, porque por primera vez en mucho tiempo siento que tengo una oportunidad real de largarme de esta mierda de sitio.

De repente se abre la puerta principal y se me para el corazón, hasta que reconozco la voz de quien sale.

—Muchas gracias de todas formas, Philip —dice Violeta—. Voy a dar una vuelta por aquí fuera, a lo mejor se me cayó en el jardín.

—Claro, señorita Whitmore. ¿Quiere que la ayude?

—No —responde ella demasiado deprisa, aunque enseguida recupera la compostura—. No te preocupes, ya busco yo.

—Está bien, pero no se aleje mucho.

—Prometido —dice con una sonrisa.

Philip vuelve a entrar y la puerta se cierra tras él. Primera parte, conseguida: estoy fuera de la residencia y nadie me ha visto. Ahora viene la segunda, la jodida de verdad, que es salir del campus.

Violeta coge el camino principal, el que lleva directo a la salida, y camina tranquila sin mirar ni una sola vez hacia los arbustos, como si no tuviera ni idea de que la estoy observando. Pero lo sabe, claro que lo sabe.

En cuanto se aleja lo suficiente del edificio y de cualquiera que pudiera estar mirando por una ventana, me toca moverme a mí.

La residencia está al fondo del campus, así que para llegar a la salida tengo que cruzarlo prácticamente entero.

Lo que pasa es que yo no puedo ir por donde va ella, porque por ese camino es muy fácil toparse con algún vigilante haciendo la ronda, así que no me queda otra que bordearlo todo.

Es más largo, pero es la única forma de esquivar tanto a los guardias como a las cámaras.

La primera cámara importante está en la biblioteca, justo encima de la puerta, y la evito cortando por detrás, pegado al muro de piedra, donde el ángulo no me pilla ni de coña.

La siguiente está en la fachada del edificio de Historia, apuntando a la entrada principal, y esa la sorteo colándome entre los contenedores de reciclaje y el generador eléctrico, un tramo que apesta a basura pero que, por suerte para mí, a nadie se le ocurre vigilar.

Cruzo el patio central agachado y freno en seco al llegar al comedor, donde hay dos cámaras que se cubren el ángulo muerto la una a la otra.

Esa combinación me costó semanas de estudio, hasta que di con el único hueco por el que se puede pasar sin que te grabe ninguna: pegado a la pared del edificio de al lado, casi rozando el contenedor de aceite usado de las cocinas.

El olor es una puta mierda, pero prefiero oler a fritanga rancia a que me pillen.

Sigo corriendo con el pecho ardiendo y las piernas cada vez más pesadas, pero no me puedo permitir parar, porque cada segundo que pierdo aquí es un segundo menos para llegar hasta Alice.

Por fin veo la verja al fondo, iluminada por una farola amarillenta que le da a todo un aire bastante siniestro, y me acerco a hurtadillas, escondiéndome donde puedo. Solo me queda el último tramo, el más expuesto de todos.

Y tal como esperaba, Violeta ya está allí, apoyada en la garita y soltándole al guardia de la entrada la misma historia del colgante de su abuela palabra por palabra, como si se hubiera aprendido el guion de memoria.

—Es que ese colgante significa muchísimo para mí. ¿Te importaría ayudarme a buscarlo, Arthur? Aunque sea un momentito.

A cualquier otra alumna, a estas horas, le habría caído un no como una casa, porque los guardias de este sitio no se levantan de la garita ni para el simulacro de incendios si no es estrictamente necesario.

Pero Violeta no es cualquier alumna: es la hija del director, y aquí dentro eso cambia todas las reglas del juego.

Arthur no se lo piensa dos veces. Sale de la garita, descuelga la linterna del cinturón y empieza a peinar la zona, agachándose de vez en cuando para apartar hojas con la punta de la bota, mientras Violeta se queda un paso por detrás señalando sitios al azar, como si de verdad tuviera idea de dónde se le pudo caer algo que no ha llevado nunca.

Yo sigo agachado, aguantando la respiración, viendo cómo Arthur se aleja poco a poco. Diez metros. Veinte. Treinta. Cuarenta.

Ahora.

Salgo de detrás de los setos sin hacer ruido.

La cámara de la garita está justo encima de la caseta, apuntando al camino principal que lleva a la verja, así que en vez de ir en línea recta bordeo pegado al muro lateral, fuera de su ángulo.

Noto el metal frío de la puerta en la mano cuando la empujo unos centímetros, lo justo para colarme por el hueco sin que chirríe, y de pronto, por fin, estoy fuera.

Me quedo un momento pegado a la valla, respirando a trompicones, sin terminar de creerme que lo he conseguido.

A lo lejos todavía oigo la voz de Violeta, diciéndole a Arthur que ojalá aparezca el colgante.

En mitad de toda esa función, gira la cabeza hacia donde estoy y, cuando sus ojos se cruzan con los míos y ve que estoy fuera, a punto de irme, sonríe.

Es una sonrisa pequeña, de alivio, de las que solo te salen cuando algo que llevabas rato temiendo que se torciera acaba bien.

Yo le devuelvo la misma, y en esos dos segundos de mirada le digo todo lo que no me da tiempo a decirle en voz alta: «Gracias por esto, y por todo.

Por no haberme fallado ni una sola vez desde que llegué aquí.

Gracias por ayudarme a escapar, pecosa».

Ella lo entiende. Lo sé porque asiente de forma casi imperceptible y luego se vuelve hacia el guardia para seguir buscando como si nada.

Me quedo un segundo más, grabándome su imagen en la cabeza antes de darme la vuelta hacia la carretera.

No sé si volveré a verla algún día, aunque espero que sí, porque voy a deberle lo que ha hecho por mí durante el resto de mi vida.

Doy dos pasos hacia la calzada convencido de que por fin me voy para siempre, y entonces, de la nada, un par de faros me ciegan de lleno. Una furgoneta viene directa hacia mí, y el ruido del motor rompe el silencio de golpe.

Por el rabillo del ojo veo a Arthur incorporarse con la linterna todavía en la mano y girarse hacia aquí.

—¡Eh! —grita—. ¿Tú qué haces ahí?

No contesto. Me he quedado en blanco, con las piernas clavadas al suelo, porque mi cuerpo ha decidido por su cuenta que salir corriendo ahora sería lo peor que podría hacer.

—¡Ni se te ocurra moverte! —insiste mientras se acerca, con Violeta corriendo detrás de él y la cara desencajada.

Me doy la vuelta, resignado, porque a estas alturas hacerme el loco no me va a servir de nada.

—Ah, es usted, señorito Valera, cómo no —dice con una sonrisa burlona, plantándose delante de mí con los brazos cruzados—. ¿Se puede saber adónde cree que va?

Como no abro la boca, se vuelve hacia Violeta, esperando que ella le dé alguna explicación convincente.

—¿Usted tiene algo que ver con esto, señorita Whitmore?

Antes de que pueda responderle, antes de que se invente otra mentira sobre la marcha para salvarme el culo una vez más, me adelanto.

—Ella no tiene nada que ver —digo con la voz firme.

Violeta me mira de reojo, entre sorprendida y asustada, como si quisiera decirme que no hace falta que la proteja, que ella sabe apañárselas solita. Pero no pienso dejar que cargue con este marrón.

—Esto ha sido cosa mía —insisto—. Solo mía.

Se hace un silencio incómodo. Arthur me mira a mí, luego a Violeta y luego otra vez a mí.

—Vayan para dentro, por favor, antes de que me entren ganas de llamar al director —dice al final, haciendo la vista gorda.

Está claro que ser amigo de la hija de Benjamin Whitmore tiene sus ventajas.

Estamos a punto de obedecer a regañadientes cuando se abre la puerta de la furgoneta, que se ha detenido justo delante de mí, y los tres nos giramos a la vez.

De ella baja de un salto un chaval joven con gorra y el uniforme de una de esas mensajerías que reparten a cualquier hora, y viene directo hacia nosotros con algo en la mano.

—Buenas noches. Traigo un envío urgente para… —Baja la vista al papel que lleva—. Ricardo Valera del Río. ¿Alguno de vosotros es él?

Lo miro sin entender qué cojones está pasando ni por qué un repartidor me busca a estas horas.

—Soy… soy yo —consigo decir, trabándome un poco.

—Perfecto. Pues fírmame aquí, que tiene que quedar constancia de la entrega.

Me pasa una tablet con la pantalla rajada en una esquina y un lápiz digital colgando de un cordón gastado, y firmo donde me indica sin quitarle ojo al sobre que lleva en la otra mano. No tiene remitente ni nada escrito por fuera, aparte de mi nombre completo en mayúsculas.

—Aquí tienes —dice, dándomelo por fin—. Que tengas buena noche.

Y sin esperar respuesta, sin darse cuenta siquiera de la tensión que hay en el ambiente, se sube a la furgoneta, arranca y desaparece carretera abajo.

—Para dentro, por favor —repite Arthur.

No nos queda otra. Violeta y yo caminamos hacia la puerta en silencio, uno al lado del otro, con Arthur siguiéndonos de cerca hasta asegurarse de que la cruzamos. Solo entonces se aparta y vuelve a su garita refunfuñando entre dientes.

En cuanto se aleja, se me cae el mundo encima. El plan en el que llevaba semanas trabajando se ha ido a la mierda en menos de diez minutos. Esta noche no voy a llegar a Nueva York, y empiezo a pensar que no voy a llegar hasta Alice nunca.

—Oye —dice Violeta, poniéndome una mano en el hombro y con la voz suave—. Lo siento mucho, Ricky. De verdad.

—No ha sido culpa tuya, no te preocupes. Tú has hecho todo lo que tenías que hacer. Gracias por ayudarme.

Asiente, aunque no parece muy convencida, y durante un rato nos quedamos ahí plantados sin saber qué decir, mientras la adrenalina se va apagando y en su lugar solo quedan el cansancio y la rabia. Entonces bajo la vista al sobre que sigo teniendo entre las manos, y Violeta también lo mira.

—¿Y eso quién te lo ha mandado? —pregunta, frunciendo el ceño.

—Ni idea. No pone remitente.

Le doy vueltas entre los dedos, notando lo poco que pesa y tratando de adivinar qué habrá dentro. Violeta da un paso atrás casi sin darse cuenta.

—Ábrelo —dice—. Yo me aparto, no quiero ser cotilla.

Ni siquiera le contesto. Sigo medio en shock, intentando asimilar todo lo que acaba de pasar, así que rasgo el sobre por un lado sin pensármelo mucho y saco lo que hay dentro.

Y en cuanto veo lo que es, se me para el corazón.

¿Qué coño es esto?