¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Hasta que, sin poder evitarlo, pienso en Ricky. En todo lo que ha hecho su familia para separarnos y, sobre todo, en la paliza que le dio el hombre que ahora mismo me sujeta la mano. Así que la retiro con suavidad, sin pensármelo dos veces, porque de repente su contacto me revuelve el estómago.

—Pues podrías hacer lo mismo con tu hermano, ¿no? —digo, incapaz de contenerme—. Perdonarle, digo. Y, por cierto, la paliza que le diste fue totalmente innecesaria. No hacía falta llegar a esos extremos.

Gabriel gira la cabeza hacia mí con el ceño un poco fruncido.

—¿Cómo sabes que nos pegamos?

La pregunta me pilla desprevenida y el corazón me da un vuelco.

Joder. No tendría que haber dicho eso, porque Ricky me lo contó en la carta que me escribió a escondidas, una carta de la que se supone que nadie sabe nada. Así que improviso como puedo.

—Te recuerdo que cuando viniste al colegio a romper conmigo tenías la cara llena de golpes —respondo, encogiéndome de hombros—. Tampoco había que ser un genio para deducir que Ricky y tú os habíais peleado.

Gabriel suelta una risa breve y seca.

—¿Y por qué das por hecho que fui yo quien le dio la paliza? ¿Eso piensas? ¿Que fui yo el que empezó?

—Pues… sí.

—Pues no, Alice, no fue así —dice, negando con la cabeza, con un tono tan convincente que cuesta no creerle—.

Fue él quien empezó. La tarde que os vi, cuando te llevó a casa, lo seguí para pedirle explicaciones.

—Mantiene la vista fija en la carretera—.

Quería hablar con él de buenas maneras, de verdad.

Solo quería entender qué había entre vosotros.

Hace una pausa, como si le costara seguir.

—Pero ya sabes cómo se pone mi hermano cuando oye algo que no le gusta. Perdió los papeles por completo. Empezó a gritarme que yo no tenía ningún derecho a meterme en su vida, que él te quería más que yo, y antes de que pudiera contestarle siquiera, me pegó.

Lo miro con los ojos como platos, intentando procesar lo que acaba de contarme.

—¿En serio fue él quien empezó?

—Te lo juro —responde sin dudar.

Parece sincero. Demasiado sincero, quizá, para estar mintiendo, y eso es justo lo que más me descoloca.

—No sé… Es que no me imagino a Ricky empezando una pelea así.

—Porque no lo conoces de verdad, Alice —dice con un deje de tristeza—. Yo me he criado con él, y te aseguro que puede llegar a ser muy violento cuando pierde el control.

Me quedo callada, intentando que las piezas encajen.

En la carta, Ricky me contó que había sido su hermano quien le había dado la paliza, pero no puedo pasar por alto un detalle importante: Gabriel también apareció al día siguiente en el colegio con la cara llena de golpes.

Y eso solo puede significar que, en algún momento de la pelea, empezara quien la empezara, Ricky también se defendió y le devolvió los puñetazos.

Además, si soy honesta, tampoco sería tan raro que Ricky se hubiera metido en una movida así.

No es la primera vez que lo veo fuera de control, dejándose arrastrar por la rabia sin pensar en las consecuencias.

Todavía me acuerdo de aquella noche en Santa Aurelia, en la fiesta del tal Alex Harris, cuando lo encontré medio muerto en el jardín.

Así que no me cuesta tanto imaginármelo perdiendo los papeles con su hermano.

Y, por mucho que esté enamorada de él, esa faceta suya no me gusta ni un pelo.

Después del trayecto más largo de mi vida, llegamos por fin al colegio.

—Puedes aparcar en mi plaza, si quieres —le digo, señalando el único hueco libre.

—Perfecto, gracias —responde con amabilidad.

Aparca con cuidado, apaga el motor y es entonces cuando caigo en algo en lo que no había pensado hasta ahora.

—Espera… Tú no te vas a quedar aquí toda la mañana, ¿no? —pregunto, girándome hacia él.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque, como no he traído mi coche, no tengo forma de volver a casa luego. Bueno, puedo volver andando, tampoco está tan lejos. Aunque odio caminar por estas calles con zapatos de tacón.

—No te preocupes —dice, quitándole importancia con un gesto—. Te espero lo que haga falta y luego te llevo. Hoy me he pedido el día libre.

Lo miro con la boca medio abierta, procesando lo que acabo de oír.

—¿Tú? ¿Gabriel Valera del Río pidiéndose un día libre?

—Efectivamente —confirma entre risas—. Hoy mi prioridad es estar aquí y ayudarte todas las horas que haga falta.

¿Perdona? ¿Esto es una broma? ¿Desde cuándo la prioridad de este hombre es ayudar a alguien?

Salimos del coche y subo las escaleras del colegio a paso rápido, con Gabriel pisándome los talones.

Pero en cuanto llego al piso de arriba y abro la puerta de mi clase, no doy crédito a lo que veo: hay acuarela por todas partes.

En las mesas, en el suelo, en un par de sillas e incluso en la camiseta de Javi, salpicada de un azul tan intenso que dudo mucho que salga con una simple lavadora.

Y en medio de todo el caos está Abby, con un trapo en una mano y un bote de agua sucia en la otra.

—Abby… —suspiro, plantada en el umbral sin saber por dónde empezar a asimilar el desastre—. ¿Qué es todo esto?

Ella levanta la vista, con un mechón de pelo pegado a la frente por el sudor, y me lanza una mirada que no augura nada bueno.

—Quería tenerlos entretenidos hasta que llegaras. No paraban de preguntar por ti y ya no sabía qué inventarme para que se estuvieran quietos.

—Ya, lo entiendo, pero podrías haberlos entretenido de otra manera. Contándoles un cuento, por ejemplo. Cualquier cosa menos darles acuarelas sin mi supervisión.

Abby deja de limpiar en seco y se incorpora, con el trapo todavía chorreando.

—¿Un cuento? —repite, con una risa amarga—. Alice, llevo aquí sola desde las ocho con quince niños con diversidad funcional porque a ti te ha dado la gana llegar tarde otra vez. Así que perdona si no se me ha ocurrido la solución más pedagógica del mundo.

Su tono me desconcierta, porque no me lo esperaba, aunque en el fondo sé que tiene todos los motivos para hablarme así, para qué nos vamos a engañar.

—Oye, no hace falta que te pongas así. Solo digo que…

—Lo que digas ahora mismo me da un poco igual, la verdad —me corta, agachándose otra vez para seguir frotando una mesa—. La próxima vez, simplemente, intenta ser puntual.

—Bueno, bueno, chicas, tranquilas —interviene Gabriel, levantando las manos en son de paz—. No hace falta enfadarse. Cuanto antes nos pongamos todos a limpiar, antes terminamos y antes puede empezar la clase.

Me giro hacia él, incrédula.

—¿En serio te vas a poner tú a limpiar?

—Por supuesto —responde con una sonrisa de oreja a oreja.

—No hace falta, de verdad —insisto, casi horrorizada solo de imaginar lo que pasaría si una sola gota de pintura le rozara el traje.

—Claro que hace falta. Os ayudo encantado.

Se quita la chaqueta sin ningún miramiento, la cuelga en la percha de la entrada y se remanga la camisa hasta dejar los antebrazos al aire antes de acercarse a Abby con una tranquilidad pasmosa.

—Dame ese trapo, anda. Yo me encargo de las mesas del fondo.

Abby lo mira un poco confundida, pero se lo da sin rechistar.

Yo, en cambio, me quedo un momento más en la puerta, observando la escena.

Gabriel empieza por el fondo del aula, tal y como ha dicho, y va limpiando las mesas.

Aunque lo que de verdad me sorprende es que, mientras limpia, se detiene a saludar a cada niño.

A Mateo le choca la mano como si fueran colegas de toda la vida; a una de las más pequeñas, que lo observa con timidez, le revuelve el pelo con suavidad y le dice algo que no llego a oír, pero que le arranca una sonrisa preciosa; y con Sam, que va en silla de ruedas, se agacha hasta quedar a su altura para preguntarle por el dibujo que tiene en la mesa, y lo escucha con muchísima atención.

No tenía ni idea de que a Gabriel le gustaran tanto los niños.

Ya me di cuenta el otro día en el hospital, cuando aquel pequeño al que la quimio estaba dejando destrozado acabó vomitando justo delante de nosotros.

Cualquiera habría apartado la mirada, pero Gabriel se arrodilló a su lado sin pensárselo y le habló con una calma que me dejó completamente anonadada.

Sigo sin entender de dónde sale esta faceta suya, pero tengo que reconocer que, cada vez que la veo, la rabia que le tengo pierde un poco más de fuerza.