CAPÍTULO 19
Alice
Se me hace tarde. Otra vez. Y ni siquiera sé por qué me sorprendo, porque a estas alturas ya no es un imprevisto, sino una tradición: una tradición estúpida y no escrita que mi cuerpo se empeña en celebrar todas las mañanas de mi vida sin excepción.
Miro el reloj de la pared de la cocina, que marca las siete y media, y suelto el aire de golpe, a ver si con un poco de suerte el tiempo decide echarse atrás.
Bella me sigue, todavía agitada y con la lengua fuera, así que le lleno el cuenco de agua a toda prisa mientras intento recuperar el aliento después de los cuarenta minutos de footing que acabamos de hacer juntas por el sendero de siempre.
Una vez hidratada mi perra, me toca a mí, aunque, evidentemente, un vaso de agua no va a ser mi desayuno.
Voy directa a la cafetera, la enciendo y me quedo mirando cómo cae el café, lento y espeso, con toda la parsimonia del mundo, porque, por lo visto, hasta los electrodomésticos se han confabulado para que llegue tarde.
Cuando por fin está listo, me sirvo una taza y le doy el primer sorbo. Bendita cafeína. Qué bien sienta.
Entonces vuelvo a mirar el reloj. Las ocho menos cuarto.
—¡Dios, qué tarde! —grito, y dejo la taza a medias, cosa que debería estar penada por ley.
Corro hacia el baño desnudándome por el camino, sin ninguna elegancia y dejando un reguero de ropa por el pasillo que, obviamente, no pienso recoger hasta la noche.
Me meto en la ducha y me pongo bajo el chorro sin esperar siquiera a que salga caliente.
Me embadurno el pelo de champú a una velocidad que rozaría lo profesional si existieran unas olimpiadas de ducha exprés, y al aclararlo lo hago con tanta prisa que no me da tiempo a cerrar los ojos, de modo que toda la espuma me baja por la cara y se me mete de lleno en ellos.
—¡Ay, ay, ay!
Me los froto sin pensar, que es justo lo que no hay que hacer, y lo único que consigo es empeorarlo.
Manoteo a ciegas hasta encontrar otra vez el agua y dejo que me limpie los ojos hasta que el escozor empieza a remitir.
Luego me echo el gel deprisa, me enjuago sin entretenerme en detalles, cierro el grifo, aparto la cortina y estiro el brazo hacia donde siempre cuelga mi albornoz.
—¿Pero qué…? —murmuro, asomando la cabeza.
Y es entonces cuando me acuerdo de que ayer lo eché a lavar.
—Genial —resoplo mientras salgo de la ducha.
Mi último recurso es el armario del baño, pero dentro solo encuentro unas cuantas toallas pequeñitas, de esas que sirven para secarse las manos y poco más, no para envolver un cuerpo entero de metro sesenta y cuatro que ahora mismo gotea de arriba abajo.
Sin más remedio, me enrollo una como puedo y cruzo el pasillo hasta mi habitación dejando un rastro de huellas mojadas.
Me visto en tiempo récord con el jersey mostaza y los vaqueros azules y me planto delante del espejo con el pelo chorreándome sobre los hombros.
Me paso el peine un par de veces sin demasiada delicadeza y enciendo el secador, sujetándolo con una mano mientras con la otra intento domesticar mi melena.
Cuando por fin lo tengo seco, decido pasarme la plancha para dejarlo decente.
La enchufo, espero los segundos de rigor, meto un mechón entre las placas y… nada. Están frías. Completamente frías.
—No, no, no, no —repito, aporreando el botón de encendido, por si insistiendo resucita por arte de magia.
Pero no. La plancha, cómo no, también ha querido apuntarse al desastre de esta mañana.
—Joder, lo que me faltaba.
Como no tengo ni tiempo ni ganas de guardarle luto, improviso: me recojo el pelo en un moño alto y rápido y lo sujeto con la primera pinza que encuentro en el segundo cajón de la cómoda.
No es el peinado más favorecedor del mundo, pero tampoco estoy en condiciones de ponerme exigente.
Cojo el bolso y la carpeta, voy hasta el recibidor, descuelgo el abrigo del perchero y me pongo a buscar las llaves, que, por supuesto, no están donde deberían.
—¿Dónde demonios se habrán metido ahora las dichosas llaves? —murmuro.
Al final aparecen debajo de las cartas del banco que suelo dejar en la mesita de la entrada.
—¡Aquí estáis!
Antes de marcharme y dejar atrás todo este caos, me agacho para darle un beso rápido a Bella.
—Pórtate bien, ¿vale? Vuelvo a la tarde.
Y, justo al incorporarme, la carpeta que llevaba apretada contra el pecho se me escurre y todos los papeles —fichas, dibujos fotocopiados, la programación de la semana— acaban desperdigados por el suelo.
—¿En serio? —resoplo, dejándome caer de rodillas.
Los amontono sin ningún orden y me prometo que ya los organizaré con calma en el colegio.
Está claro que hoy me he levantado con el pie izquierdo, y ya solo me queda preguntarme qué más me puede pasar.
Recojo las llaves, me levanto dispuesta a salir de una vez por todas y abro la puerta.
Y lo que me encuentro al otro lado lo supera todo con creces.
Gabriel está plantado en el porche, impecable como siempre, con un ramo de rosas rojas entre las manos y esa sonrisa asquerosa suya que parece sacada de un anuncio de pasta de dientes. Me quedo paralizada, con la mano todavía en el pomo.
—Buenos días, Alice —dice, acercándose para tenderme las flores con toda la elegancia del mundo.
—Definitivamente, hoy no es mi día —murmuro.
—¿Cómo? —pregunta, ladeando la cabeza.
—Nada, nada —me apresuro a responder, con la mejor sonrisa falsa que soy capaz de fabricar—. Que buenos días.
Cojo el ramo con muy pocas ganas.
—¿Se puede saber qué haces aquí?
—El otro día te prometí que me pasaría por el colegio para comprobar que el proyecto va bien —responde, encogiéndose de hombros—, así que he pensado en recogerte y llevarte yo, y así no tienes que malgastar gasolina tontamente.
Vaya, qué detalle. Me alivia muchísimo saber que se preocupa por mi situación económica, que tampoco es que vaya mal, aunque, obviamente, va bastante peor que la suya.
—¿Y las rosas eran necesarias?
—Por supuesto que sí —dice, dando un paso hacia mí—. Te mereces estas rosas y muchas más.
Retrocedo casi por instinto y le devuelvo el ramo.
—Gracias, de verdad, pero no hacía falta. —Cierro la puerta a mi espalda antes de que le dé tiempo a protestar—. ¿Nos vamos? Llego tarde.
Gabriel sujeta el ramo con las dos manos y, durante una fracción de segundo, me parece ver algo parecido a la decepción cruzándole la cara.
—Como quieras —dice, apartándose para dejarme pasar—. Después de ti.
Camino hacia su coche arrastrando los pies mientras sopeso la opción de irme en el mío, porque, sinceramente, me encantaría ahorrarme los próximos diez minutos encerrada con él en un espacio tan pequeño.
Pero miro la hora en el móvil, las ocho y veinte, y calculo rápidamente que ponerme a discutir con él ahora solo me hará perder más minutos de los que ya he tirado a la basura esta mañana.
Así que me rindo y me subo sin decir nada más.
En cuanto arranca, se instala entre nosotros un silencio denso e incómodo, de esos que pesan más que cualquier conversación.
Miro por la ventanilla fingiendo un interés desmedido por unas casas que me sé de memoria, y aun así noto de vez en cuando cómo sus ojos se posan en mí. No me hace falta girarme para sentirlo.
—¿Sabes? —dice de pronto, con la voz suave—. Me alegro de que hayamos limado asperezas. Si te soy sincero, te echaba de menos, Alice.
Me vuelvo hacia él, un poco sorprendida.
—¿Y en qué momento exacto hemos limado asperezas tú y yo? Porque no me acuerdo —pregunto, arqueando una ceja.
—A veces no hace falta decirlo. Basta con una mirada, con un gesto… Y creo que los dos sabemos que desde hace unos días las cosas entre nosotros ya no están tan tensas.
—¿Ah, sí? —No consigo disimular la ironía.
—Sí —responde, apartando un instante la vista de la carretera para mirarme.
—Entonces, ¿eso significa que ya no te parezco una «zorra»? —suelto, sin ningún filtro.
Gabriel aprieta la mandíbula al oír la palabra.
—Siento mucho lo que te dije aquel día, Alice. Estaba enfadado y no pensaba con claridad. No debí hablarte así, y mucho menos delante de todo el mundo.
Me quedo muda, sin saber muy bien qué hacer con una disculpa que no esperaba recibir a estas horas de la mañana y, desde luego, mucho menos de Gabriel Valera del Río.
Suelto un suspiro largo, de esos que salen desde el fondo de los pulmones, y dejo que se me relaje un poco la expresión.
Él me mira de reojo cada pocos segundos sin descuidar la carretera, esperando alguna reacción por mi parte antes de atreverse a decir nada más.
—En realidad… entiendo que me llamaras así —digo, jugueteando con el asa del bolso que llevo sobre las piernas.
Como él se limita a escucharme, sigo hablando antes de arrepentirme.
—Yo tampoco me porté demasiado bien contigo. La situación se me fue de las manos y no supe gestionarla. Tendría que haber sido sincera desde el principio y haberte dicho que estaba enamorada de tu hermano y no de ti. Perdóname.
Las palabras me salen con más facilidad de la que esperaba, y hasta me sorprende haber sido capaz de decirlas. No sabía que tuviera una pizca de valor escondida en algún rincón de mí.
—Todos cometemos errores, Alice, así que no te preocupes por eso. De verdad. Te perdono.
Estira el brazo despacio, me coge la mano, entrelaza sus dedos con los míos y deja las dos manos apoyadas sobre mi pierna.
Me quedo mirándolas un momento, bastante descolocada, sin tener claro qué hacer con esta versión de Gabriel tan comprensiva y tan dulce, tan distinta de la que yo conocía.
Ahora mismo me siento cómoda e incómoda a la vez, dos cosas que en teoría no deberían poder convivir, pero que hoy, por lo visto, han decidido compartir piso dentro de mí.