CAPÍTULO 18
Violeta
El pasillo que lleva al despacho de mi padre es el mismo de siempre.
Lo habré recorrido mil veces: para pedirle dinero, para contarle alguna tontería que había pasado en clase o para enseñarle una nota, buena o mala, y nunca me había temblado el pulso al hacerlo.
Hoy sí, lo reconozco. Llevo la carpeta pegada al pecho, sujeta con las dos manos, y noto que respiro un poco más deprisa de lo normal mientras ese sudor tonto empieza a asomar por todo el cuerpo.
Sé perfectamente para qué me ha llamado, no necesito que me lo explique, y es precisamente por eso por lo que esta situación me gusta cada vez menos.
Me detengo un segundo frente a la puerta antes de llamar con dos golpes secos, como hago siempre.
—Adelante.
Empujo la puerta y asomo la cabeza antes de entrar del todo.
—Me han dicho que me buscabas, ¿no?
Mi padre está sentado frente al ordenador, concentrado. Levanta la vista un momento, aparta las manos del teclado y se recuesta en la silla.
—Sí. Pasa y cierra la puerta, hija, por favor.
Cierro con cuidado y cruzo el despacho hasta la silla que hay enfrente de él.
—Bueno —digo cuando termino de acomodarme—, pues tú dirás.
Me observa fijamente, con esa mirada suya capaz de hacerme sentir en dos segundos que vuelvo a tener diez años y que estoy a punto de quedarme sin postre.
—Cuéntame las novedades de los últimos días —dice—. Por favor.
Aprieto los dientes antes de responder, por si así las palabras duelen un poco menos al salir, y termino suspirando con los ojos cerrados.
—Ricky quiere escapar.
—Eso ya lo sé —responde sin inmutarse—. Y también sabía que lo intentaría la noche que fuisteis a esa discoteca horrenda a la que, por cierto, no soporto que vayas.
—Papá, corta el rollo, ¿quieres?
—En fin, hiciste bien en vigilarlo, hija. Me alegra que hicieras caso al mensaje que te envié aquella noche. —Apoya los codos en el escritorio y entrelaza los dedos—. Pero vamos a lo importante. ¿Ya has hecho lo que te pedí?
—Sí —contesto, tragando saliva—. La otra tarde le dejé mi móvil para que buscara a la tal Alice en Instagram, pero no la encontró.
Bloquearla desde mi cuenta fue un acierto, porque pensó que se había borrado el perfil, así que esa vía para contactar con ella ya puede darla por perdida.
Aunque, la verdad, tampoco se le había ocurrido buscarla por ahí antes. Me lo dijo él mismo.
—Qué chaval más inútil —comenta mi padre por lo bajo—. ¿Y lo otro? ¿También lo has hecho?
—Sí —respondo, nerviosa—. Le he dicho que yo le ayudaré a escapar.
—Perfecto. No nos convenía que lo hiciera aquella noche, porque todavía no estaba todo preparado. ¿Cuándo piensa hacerlo, entonces?
—Aún no lo sé.
Entrecierra los ojos, como quien no se cree ni una sola palabra de lo que está oyendo.
—¿Seguro que no lo sabes?
—No —insisto, quizá demasiado rápido.
—Violeta, no me mientas.
—Vale, está bien, está bien —acabo cediendo, un poco enfadada—. Quiere escaparse dentro de un par de días. El viernes.
Me gustaría ayudar a Ricky de verdad, que se marchara y volviera con la chica a la que quiere, pero está claro que no me lo van a poner fácil. Y, si soy sincera conmigo misma, también me dolería un poco que lo consiguiera, básicamente porque esa chica con la que quiere reunirse no soy yo.
—De acuerdo —dice, asintiendo despacio—. ¿Y sabes a qué hora, más o menos?
—Por la noche, cuando casi todo el mundo se haya ido a dormir.
—Bien.
Por un momento parece casi satisfecho, y no sé por qué, pero eso me sienta peor que si se hubiera enfadado.
—Pues escúchame con atención, porque este va a ser el plan.
Le escucho tal y como me pide, aunque tengo el presentimiento de que cada palabra que salga de su boca me va a incomodar un poco más que la anterior.
—Cuando esté a punto de escaparse, habrá un repartidor esperando fuera, en la puerta, ¿de acuerdo?
—¿Un repartidor por la noche? —le interrumpo.
—Sí, Violeta. Hay mensajerías exprés que trabajan las veinticuatro horas del día —responde, serio, antes de continuar—.
Tienes que asegurarte de que le entregue un sobre a Ricky.
Por eso necesito que seas tú quien le ayude a escapar: quiero que estés presente, que compruebes que se lo da y, sobre todo, que Ricky vea lo que hay dentro.
No me fío de que ese chico lo tire a la basura sin abrirlo siquiera.
—¿Un sobre? ¿Qué sobre?
—Cuanto menos sepas, mejor, hija. Pero te aseguro una cosa: en cuanto vea lo que contiene, no querrá volver con esa mujer. Ni esa noche ni ninguna otra. Se quedará aquí, quietecito.
—Tengo derecho a saber qué hay dentro.
Mi padre suelta una carcajada corta y seca, la que reserva para las cosas que le parecen más ingenuas que graciosas.
—No. No tienes ningún derecho a saberlo.
—Claro que lo tengo —insisto, y noto cómo se me endurece la voz—. Te estoy ayudando con todo esto, así que lo mínimo que puedo pedir a cambio es saber qué vais a darle.
—Cuanto menos sepas, mejor —repite.
—Pero, papá —añado, preocupada—, lo que hay en el sobre… ¿le va a hacer daño?
Me sostiene la mirada un instante antes de contestar.
—Sí, seguramente. Pero eso no tiene por qué importarte.
—Pues me importa.
—¿Por qué?
—Porque… —empiezo, y las palabras me salen torpes, a trompicones—. Porque Ricky me cae bien. Es un buen chico y no se merece lo que le estáis haciendo.
Mi padre se echa hacia atrás en la silla y se cruza de brazos sin dejar de mirarme.
—¿Te estás enamorando de él?
—Claro que no —respondo, demasiado rápido—. Simplemente me cae bien.
—No te enamores de él, Violeta. No puedes enamorarte de Ricardo Valera. —Se inclina de nuevo hacia delante, apoya los antebrazos en la mesa y me señala con el dedo.
—¡Que no estoy enamorada de él, papá! —repito, levantando la voz.
—Más te vale —dice, sin apartar los ojos de los míos—. Cuando te pedí que te hicieras su amiga, no era para que acabaras sintiendo algo por él. Tu futuro ya está escrito con Derek, con los Ashford, y no podemos fallarle a esa familia. ¿Me oyes?
Los Ashford son la otra gran familia de Londres, la que lleva tres generaciones compitiendo codo con codo con la nuestra.
Son dueños de una de las navieras más grandes del país, con contenedores y rutas comerciales que conectan sus puertos con medio mundo, pero, sobre todo, tienen a Derek, el hijo mayor y heredero, al que mi padre lleva años señalando como si fuera un trofeo que solo hay que pasar a recoger.
Desde hace tiempo quieren diversificar su negocio más allá de la logística, y el sector educativo les interesa como inversión a largo plazo, entre otras cosas porque abre la puerta a las familias más influyentes de Londres, que son también sus futuros clientes más valiosos.
Al final todo se reduce a eso: ellos ponen el capital; nosotros, el nombre y el prestigio, y una boda entre Derek y yo sería la manera más limpia de sellar el acuerdo, como si se fusionaran dos empresas y no dos personas.
—No podemos fallarles a los Ashford —empiezo a enumerar—, ni a los Valera del Río… Nunca podemos fallarle a nadie.
—Exacto —responde él, como si yo acabara de darle la razón sin querer.
—Y ya que también tenemos tratos importantes con los Valera del Río —continúo, envalentonada de repente—, ¿por qué no puedo ser, yo qué sé, la futura mujer de Ricky en lugar de la de Derek?
Mi padre suelta el aire despacio, como si la pregunta le agotara antes incluso de contestarla.
—No es lo mismo, Violeta. Con los Ashford tenemos un acuerdo de negocios, pero con los Valera del Río el trato es mucho más grande y mucho más importante, y no puede salir nada mal. No voy a permitir que todo se vaya a la basura por un capricho tuyo con ese chico.
—No es ningún capricho —murmuro.
—¿No decías que no estabas enamorada de él?
—Y no lo estoy —contesto, demasiado nerviosa para sonar convincente—. Pero reconozco que es un chico del que podría llegar a enamorarme, papá. Es bueno, es guapo, es dulce…
—Te lo digo por tu bien, hija —responde, con un tono más suave aunque igual de firme—. Por lo que me ha llegado, ese chico es bastante conflictivo y no te conviene. Hazte a la idea de que tu futuro está junto a Derek Ashford.
—Yo no quiero a Derek, papá —digo con firmeza.
—Pues aguántate y haz un esfuerzo. Con el tiempo acabarás queriéndolo, ya lo verás. A mí me pasó lo mismo con tu madre: tuve que casarme con ella por asuntos de negocios entre nuestras familias, y hoy es la persona a la que más quiero en el mundo, junto a tu hermano y a ti.
Siento que se me forma un nudo en la garganta y un picor en los ojos que no sé si es rabia o simple tristeza. Bajo la mirada hacia mis manos, que siguen aferradas a la carpeta que ni siquiera he abierto en toda la mañana.
—¿Necesitas algo más de mí? —pregunto, casi sin mirarle.
—No, solo eso. Asegúrate de que Ricky reciba el sobre esa noche y de que lo abra.
—Una última pregunta —digo antes de levantarme—. ¿Por qué tiene que recibirlo justo en ese momento?
—No hagas más preguntas, hija, por favor.
Se gira hacia el ordenador, dando la conversación por terminada.
—Puedes volver a clase.
—De acuerdo —respondo en voz baja.
Me levanto y, mientras cruzo el despacho hacia la puerta, noto que las piernas me pesan más de lo normal.
—Violeta.
Me detengo con la mano ya en el picaporte y me giro lo justo para verlo por el rabillo del ojo.
—Sé que esta situación está siendo dura para todos, pero recuerda por qué lo hacemos. Es importante que todo salga bien.
—Lo sé —respondo, y esta vez la voz no me tiembla—. Pero que te quede claro que, si acepté ayudarte con este plan desde el principio, no fue por ti.
No espero su respuesta. Salgo, cierro la puerta a mi espalda y me quedo un instante apoyada en ella, respirando hondo, intentando que el aire llegue a algún rincón de mis pulmones.
Los ojos se me llenan de lágrimas casi sin avisar y, antes de que pueda pensarlo demasiado, echo a correr por el pasillo sin saber muy bien hacia dónde voy.
Lo único que sé es que necesito salir de aquí y poner distancia entre ese despacho y yo.
Atravieso el vestíbulo a toda prisa, empujo la puerta principal y salgo al jardín con la carpeta todavía apretada contra el pecho y las lágrimas resbalándome por la cara.
No paro hasta llegar a un banco de piedra que hay al fondo, lejos de las ventanas de la universidad y de cualquiera que pueda verme en este estado.
Me dejo caer en él de golpe y, por fin, suelto todo lo que llevo aguantando desde hace unos minutos o, mejor dicho, desde hace casi tres meses, desde el día en que mi padre me contó el dichoso plan.
Lloro con rabia y doy una patada al suelo, y luego otra, y la tierra que levanto me mancha los zapatos, pero me da igual. Después cojo la carpeta y la estampo contra el suelo con todas mis fuerzas. Los papeles se desparraman, el viento se lleva algunos y ni siquiera hago el gesto de recogerlos.
—¡Joder! —grito, aunque no haya nadie que pueda oírme aparte de unas cuantas hortensias y un pájaro que sale volando, asustado.
Me tapo la cara con las manos. Siento el pulso martilleándome en las sienes y la respiración entrecortada, y no puedo dejar de pensar en Ricky, en la cara que pondrá cuando abra ese sobre, y en mí, en qué se supone que voy a hacer cuando lo vea derrumbarse al descubrir lo que hay dentro.
¿Tendré que consolarlo con un simple abrazo?
¿O le dará directamente un infarto y al día siguiente me tocará ir a su funeral?
No sé cuánto tiempo me quedo así, dejando que las lágrimas me caigan por las mejillas sin intentar frenarlas, preguntándome cuánto más va a durar esta pesadilla.
Por muchas vueltas que le dé, hay algo que sigo sin entender.
Mis padres llevan meses hablándome de un proyecto del que nunca me han dado detalles; lo único que sé es que es muy importante que salga bien, y yo soy la primera que quiere que así sea.
Pero no alcanzo a comprender qué tiene que ver ese proyecto con hacerle la vida imposible a Ricky.
¿Qué estarán tramando de verdad los Valera del Río?