¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

—Hace unos meses nos enteramos de que un niño de uno de los colegios que patrocinamos había fallecido a causa de un tumor cerebral.

Tenía solamente nueve años —explica, con la voz más suave—.

Y a raíz de eso, decidimos destinar buena parte del capital de Valera Global Education a proyectos de investigación contra el cáncer infantil.

Financiamos parte del equipo médico de este hospital, becas para investigadores que están intentando desarrollar nuevos tratamientos, y también ayudamos a costear los gastos de las familias que no pueden permitírselo.

Hace una pausa, aparta la vista de mí y la posa en uno de los niños, el más pequeño, que está jugando con unos muñecos de superhéroes mientras el gotero sigue haciendo su trabajo en silencio.

—Mi padre siempre ha dicho que Valera Global Education tiene que dar algo más que educación de calidad —continúa, con un tono reflexivo—.

Así que, si de verdad queremos marcar la diferencia en la vida de estos niños, no basta solo con darles una buena educación.

También hay que estar ahí cuando la vida se les complica de verdad.

Me quedo mirando a mi alrededor, todavía asimilando todo lo que acabo de escuchar. De Valera Global Education esperaba muchas cosas. Pero desde luego no esperaba encontrarme con esta vena tan humanitaria, escondida en algún rincón de sus podridos corazones.

—Yo... —empiezo, sin saber muy bien cómo seguir la frase—. No sé qué decir.

—No hace falta que digas nada —dice, con una media sonrisa.

—Pero no lo entiendo, Gabriel —insisto, negando ligeramente con la cabeza—. ¿Qué tiene que ver todo esto con el proyecto de estimulación multisensorial? ¿Por qué me has traído aquí?

—Nada —responde, simplemente—. No tiene nada que ver.

Se acerca a mí, despacio, un paso detrás de otro, sin dejar de mirarme a los ojos ni un solo instante.

Y entonces, sin previo aviso, me coge de la mano.

Estoy tan en shock por todo lo que acabo de ver, por todo lo que se me ha removido por dentro en esta última media hora, que ni siquiera aparto la mía.

—Solo quería que vieras que en mi empresa nuestros proyectos son seguros, Alice —dice, con la voz baja, casi rota—. Que jamás les haríamos daño a los niños. Y que nunca les vamos a hacer nada malo a los tuyos.

Nos miramos, sin decir nada más, y el corazón se me acelera a un ritmo que ya no sé ni cómo justificar. Sin soltarme la mano que ya tiene cogida, Gabriel busca con la otra la que me queda libre y la envuelve también.

—Confía en mí. El nuevo proyecto de IA es completamente seguro. Te lo prometo.

Quiero decirle algo. De verdad que lo intento. Pero las palabras se me quedan atascadas en algún punto entre el pecho y la garganta, y no consigo que salga ninguna.

Gabriel me suelta una mano y me acaricia la mejilla, despacio, con un gesto tan suave que por un instante me olvido hasta de respirar. Noto que estamos cerca. Demasiado cerca. Así que me aparto de inmediato, dando un paso hacia atrás.

—Vale, está bien. Te creo. Me quedo más tranquila. ¿Contento?

Gabriel deja caer la mano junto al costado, y algo parecido al arrepentimiento le cruza la cara.

—Perdona. Siento haberte incomodado con este último gesto.

—No pasa nada —respondo, sosteniéndole la mirada un segundo—. Pero no lo vuelvas a hacer.

Un fuerte sonido nos hace girar la cabeza a ambos hacia la derecha.

Uno de los niños se ha incorporado de golpe en el sillón y vomita en la palangana que tiene al lado, con el cuerpo entero sacudiéndose por el esfuerzo.

Una de las enfermeras acude enseguida y le sujeta la frente con una mano mientras le murmura palabras que no llego a distinguir desde aquí, pero que reconozco perfectamente por el tono.

Ese tono que se usa para decirle a alguien que va a estar bien aunque, en ese preciso instante, no lo esté en absoluto.

Se me encoge el estómago solo de mirarlo.

Gabriel, sin decir una sola palabra, se acerca también al sillón. Se agacha a la altura del niño, apoyando una rodilla en el suelo, y le pone una mano en el hombro con delicadeza.

—Eh, campeón —dice, con la voz baja—. No pasa nada. Es normal que esto ocurra en una sesión de quimio. Enseguida pasará. Te lo prometo.

El niño, todavía pálido, con los ojos llorosos, asiente débilmente, y Gabriel se queda ahí, a su lado, sin moverse, hasta que la enfermera termina de acomodarlo de nuevo contra el respaldo del sillón.

Y yo, unos metros más atrás, miro la escena, completamente muda.

¿Qué está pasando aquí? Porque esto no tiene ningún sentido.

¿En serio ese es Gabriel Valera? ¿El mismo chico pijo, egocéntrico, rico hasta decir basta, que parece llevar la palabra «sentimientos» tachada del diccionario?

¿El mismo que le partió la cara a su hermano solo porque, según él, yo le pertenecía?

¿Dónde ha quedado ese Gabriel? Porque el que tengo delante ahora mismo, agachado junto a un niño con cáncer, hablándole con una ternura que jamás le había visto emplear con nadie, no se parece en nada a la persona que yo creía conocer.