¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 17 #2
35%

CAPÍTULO 17 #2

—Mira —dice, deslizándola hacia mí—. Aquí está toda la documentación del proyecto. Protocolos de seguridad, autorizaciones de los padres, informes de los dispositivos que se están utilizando. Todo revisado y aprobado por comités externos. Échale un vistazo y verás que no hay nada extraño.

Abro la carpeta. Y en cuanto empiezo a leer, no entiendo nada: «encefalografía cuantitativa», «biomarcadores neuronales», «análisis de patrones sinápticos», gráficas con curvas y porcentajes.

Paso una hoja. Luego otra. Arrugo la frente, intentando aparentar que entiendo algo de lo que estoy leyendo.

Al final, harta de fingir, cierro la carpeta de golpe y la lanzo de vuelta en su dirección.

—Esto no explica absolutamente nada —suelto, cruzándome de brazos.

Gabriel arquea una ceja.

—¿Cómo que no?

—No, Gabriel.

Se recuesta un poco en la silla, observándome con una diversión que no se molesta lo más mínimo en disimular.

—No has entendido nada de lo que has leído, ¿no?

—¡Pues claro que sí! —exclamo, indignada—. No soy tan idiota.

—Alice, tranquilízate —dice, inclinándose hacia mí—. No les va a pasar nada malo a los niños. De verdad.

Le sostengo la mirada varios segundos. No me fío ni un pelo, la verdad. Sigo sin entender por qué tienen que estudiarles el cerebro y sacarles sangre. Porque dudo mucho que la visita de Emma aquella primera vez fuera casualidad.

Gabriel se queda pensativo un momento, con la mirada perdida en algún punto del techo, y de pronto algo cambia en su expresión.

—Acompáñame a un sitio —dice, poniéndose de pie.

Lo miro, desconcertada.

—¿Adónde?

—Confía en mí —responde, rodeando el escritorio y tendiéndome la mano.

No tengo ganas de ir con él a ninguna parte.

Es lo que menos me apetece en este preciso instante.

De hecho, ya he hecho suficiente con venir hasta aquí.

Pero si hay una mínima posibilidad de que esto me ayude a entender mejor las cosas, le haré caso.

Si tengo que ir con el mismísimo Lucifer al infierno para proteger a mis niños, iré.

Ignoro su mano tendida y me incorporo.

—Puedo levantarme solita, gracias.

Gabriel se ríe y deja caer el brazo, sin darle mayor importancia. Después, salimos juntos del despacho.

Bajamos hasta el garaje, un espacio tan inmaculado y silencioso como el resto del edificio.

Nos dirigimos hacia un coche negro, grande, con las ventanillas traseras tintadas, aparcado en una plaza reservada.

Un chófer nos espera junto a la puerta del conductor y, en cuanto nos ve acercarnos, inclina levemente la cabeza.

—Buenos días, señorito Valera —saluda, con un tono tan formal que casi resulta incómodo.

—Buenos días, Malcolm. Ya sabes adónde tienes que llevarnos —dice Gabriel, sin apenas detenerse, como quien da por hecho que todo el mundo a su alrededor debería adivinarle el pensamiento.

El chófer asiente, sin hacer ni una sola pregunta, y nos abre la puerta trasera para que subamos. Me acomodo en el asiento sin decir nada, y él se sienta a mi lado, demasiado cerca para mi gusto, dejando ese perfume suyo tan característico flotando entre los dos.

El coche arranca y salimos del garaje. No tengo ni la más remota idea de hacia dónde vamos. Miro por la ventanilla, intentando reconocer algo que me dé una pista, pero Nueva York entera parece un mismo edificio repetido una y otra vez cuando no sabes exactamente qué estás buscando.

—¿Se puede saber adónde me llevas? —pregunto, por segunda vez en lo que llevamos de trayecto.

—Ya lo verás. Paciencia —responde, sin apartar la vista del móvil que tiene entre las manos.

—¿Me estás secuestrando?

Levanta la vista, divertido, y se inclina un poco hacia mí, lo suficiente para que su voz cálida me roce el oído.

—Ojalá te estuviera secuestrando —murmura—. Así podría hacerte mía otra vez sin que tuvieras escapatoria.

Pongo los ojos en blanco, aunque el corazón me da un vuelco que preferiría ignorar. ¿Esa frase me ha incomodado o me ha excitado? Lo segundo, ni por asomo, vaya. Odio a Gabriel Valera del Río. Lo odio con todas mis fuerzas.

—Pero tranquila —añade, echándose de nuevo hacia atrás, con una sonrisa ladeada—. No soy un psicópata.

Estoy a punto de soltarle alguna réplica cuando el coche frena en seco.

—No te voy a ofrecer la mano para bajar —dice, mientras el chófer nos abre la puerta desde fuera—. Ya sé que tú puedes «solita».

—En efecto —respondo con una sonrisa torcida, bajando del coche.

Cuando por fin piso la acera y levanto la vista, me quedo un segundo paralizada. Delante de mí se alza el Hospital Meridian, uno de los mejores de toda la ciudad. Lo sé porque he leído sobre él más de una vez en la prensa.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto, girándome hacia Gabriel, completamente desconcertada.

Él no responde enseguida. Se limita a mirar el edificio un momento. Traga saliva, casi imperceptiblemente, antes de volver a posar los ojos en mí.

—Acompáñame —dice simplemente—. Ya lo verás.

Cuando entramos, el vestíbulo huele a desinfectante y a café de máquina, esa mezcla tan particular que solo se encuentra en estos lugares y que a mí siempre me deja un poso raro en la garganta.

Odio estos sitios. Desde que mi hermano murió, creo que no he vuelto a pisar ningún hospital.

Bueno, salvo aquella vez que me torcí la muñeca y tuve que ir a urgencias sí o sí.

Gabriel camina con paso decidido, como si conociera este sitio de memoria, y se detiene frente a los ascensores.

Entramos los dos. Se coloca detrás de mí, dejándome delante para que pueda salir primero cuando lleguemos arriba.

Aprieta el botón de la tercera planta. Las puertas se cierran y, de pronto, el espacio se me hace diminuto.

Noto su mirada posarse en mi nuca, lenta, recorriéndome de arriba abajo.

Me remuevo, incómoda. Me fijo en los números que van cambiando encima de la puerta, en mis uñas, que empiezo a morder sin parar.

El ascensor frena con un pequeño traqueteo. Y las puertas se abren, por fin, dejando entrar un poco de aire, que buena falta me hacía. Salgo del ascensor y, justo enfrente de nosotros, hay un cartel colgado del techo que me deja el corazón hecho trizas.

PEDIATRÍA.

—Por aquí, por favor. Sígueme —dice, dirigiéndose hacia el pasillo de la derecha.

No hago preguntas. Lo sigo por el pasillo y, en cuanto avanzamos unos metros, todo cambia por completo.

Las paredes, tan blancas y asépticas en el resto del hospital, aquí están cubiertas de dibujos: animales de colores, nubes con caras sonrientes, un arcoíris que alguien ha pintado torcido, seguramente a propósito.

Se nota que se han esforzado en que este trocito de hospital no se parezca en nada al resto del edificio.

En que dé un poco menos de miedo y angustia estar aquí.

Algunas puertas están entreabiertas. No puedo evitar mirar de reojo al pasar: veo a una niña con la cabeza envuelta en un pañuelo estampado de flores, sentada en la cama, dibujando algo en un cuaderno; un poco más adelante, a un niño enganchado a un gotero, viendo dibujos animados en la televisión mientras su madre duerme en la butaca de al lado.

Se me hace un nudo en el estómago bastante desagradable.

Porque reconozco que, sin poder evitarlo, todos los recuerdos de mi hermano se me vienen encima de repente.

Dani. Con su pijama de dinosaurios. Muy delgado.

Cada día más. Apenas consciente la mayor parte del tiempo, hundido en ese duermevela constante en el que pasó buena parte de sus últimas semanas de vida, entre medicación y más medicación.

Trago saliva con fuerza, intentando que no se me note en la cara todo lo que se me está removiendo por dentro.

Cuando llegamos al final del pasillo, Gabriel se detiene frente a una puerta y la empuja con suavidad.

Entramos en una sala amplia, dividida en pequeños espacios independientes mediante cortinas de colores pastel, la mayoría recogidas a un lado.

En cada uno de ellos hay un sillón reclinable, una silla para el acompañante y, junto a la cabecera, un soporte de goteros del que cuelgan varias bolsas transparentes conectadas a un catéter.

Hay varios niños repartidos entre los sillones.

Algunos, con gorros de colores o pañuelos cubriéndoles la cabeza; otros, sin ningún tipo de pudor por su calvicie, con la cabeza al descubierto.

Uno de ellos, que no debe de tener más de diez años, juega con una tablet mientras el líquido gotea despacio por el tubo hasta su brazo.

Otro, algo mayor, tiene los auriculares puestos y la mirada perdida en algún punto del techo.

Las paredes están decoradas con más dibujos, con fotografías de niños sonriendo junto a enfermeras y con una gran pizarra donde alguien ha escrito con rotulador verde: «Hoy es un buen día para ser valiente».

Si mi corazón ya estaba empezando a hacerse pedacitos, ahora mismo se ha roto por completo.

Gabriel se detiene en el centro, mirando a su alrededor con los ojos brillantes. Una mirada que nada tiene que ver con el hombre calculador que yo conocía hasta ahora.

—Gabriel —digo en voz baja—, ¿me puedes explicar qué estamos haciendo aquí, por favor?

Se gira hacia mí y, por un segundo, parece que le cuesta encontrar las palabras.

—Bienvenida a otro de los nuevos proyectos que hemos puesto en marcha en Valera Global Education.

Frunzo el ceño, sin entender absolutamente nada.

—¿Y se puede saber qué tiene que ver una sala de quimioterapia infantil con una empresa educativa?