CAPÍTULO 17
Alice
Me planto frente al edificio de Valera Global Education a las ocho y media de la mañana.
Nunca antes había pasado por aquí. Es inmenso.
Y una parte de mí, esa parte irónica que nunca se calla ni en los peores momentos, no puede evitar pensar que el tamaño del edificio explica bastante bien el tamaño del ego de sus dueños.
Respiro hondo antes de cruzar la puerta giratoria, aunque lo que de verdad me apetece es dar media vuelta, volver al coche y largarme de aquí.
Porque, para que quede claro: yo no quería venir.
Gabriel me llamó ayer para citarme en su oficina.
Me dijo que le había llegado información de que andaba algo preocupada por el nuevo proyecto de IA y que quería hablar conmigo en persona.
Le dije que no, deletreando bien claras las dos letras. No pensaba ni por asomo venir aquí.
Pero hay cosas que no me cuadran. Detalles pequeños que se me han ido acumulando en la cabeza como piedrecitas en un zapato y que necesitan salir con urgencia.
Así que, aunque me negué al principio, cuando volvió a insistir acabé cediendo.
Intenté convencerlo de que fuera él quien se pasara por la escuela, pero me dijo que no podía hasta la semana que viene.
Y yo quiero respuestas ya. Necesito saber qué está pasando en el colegio.
Enderezo la espalda, me recoloco el bolso en el hombro y camino hacia la entrada con la barbilla bien alta, repitiéndome por dentro que esto es solo una reunión de trabajo.
Que no debo mezclar lo personal con lo profesional.
Que no voy a echarle en cara todo lo que le hizo a su hermano ni voy a estrangularlo por ello.
El vestíbulo me traga en cuanto pongo un pie dentro. Antes de poder dar ni dos pasos, un pitido seco me detiene de golpe. Un chico de seguridad, apostado junto a una especie de arco metálico que corona la entrada, me hace un gesto con la mano para que espere.
—Coloque el bolso en la bandeja, por favor —dice, señalando una cesta de plástico gris.
Obedezco mientras cruzo el arco. Esta vez no suena ningún pitido, confirmando que, oficialmente, no llevo nada peligroso encima. Recojo el bolso, agradezco con un gesto rápido y sigo caminando.
Todo aquí parece diseñado para hacerte sentir pequeña: los techos son altísimos, el suelo de mármol está tan pulido que casi me da miedo resbalarme, y las paredes están cubiertas de pantallas que van pasando fotos de niños sonrientes en distintos colegios del mundo, todos con el logo de Valera Global Education en una esquina.
Me acerco al mostrador, donde un hombre trajeado apenas levanta la vista de la pantalla cuando me detengo frente a él.
—Buenos días. Vengo a ver a Gabriel Valera. ¿Sabría decirme en qué planta está su despacho?
—Planta diecisiete —dice, sin mirarme.
—Gracias —respondo, alejándome con un mal sabor de boca por su «encantadora» educación.
Cómo no, la última planta. Por supuesto que el despacho de Gabriel tenía que estar en lo más alto del edificio. Faltaría más que se conformara con compartir piso con el resto de los mortales.
Camino hacia los ascensores, donde hay un par de guardias custodiando la entrada.
Menos mal que me dejan pasar, porque pensaba que iban a registrarme.
Las puertas se abren con un pitido suave.
Entro, aprieto el botón de la planta diecisiete y me quedo mirando mi propio reflejo distorsionado en el metal pulido mientras el ascensor sube, silencioso, rápido, como si tuviera prisa por escupirme donde tiene que escupirme.
Aprovecho esos segundos para repasar mentalmente todo lo que quiero preguntarle y el tono que quiero mantener: firme, profesional, nada de dejarme enredar por su labia de siempre.
El ascensor frena con suavidad. Un último pitido. Y las puertas se abren.
Al salir me encuentro de frente con un hall amplísimo.
En la pared del fondo, varios carteles de metacrilato señalan direcciones con una letra minúscula y elegantísima: Dirección General.
Subdirección. Departamento Legal. Relaciones Institucionales.
Cada uno con una flechita discreta, como si aquí hasta las indicaciones tuvieran que guardar las formas.
A mi derecha, tras un escritorio demasiado ordenado para ser real, hay una chica que teclea sin parar.
—Hola, buenos días —digo acercándome, con la mejor de mis sonrisas—. He quedado con Gabriel Valera. Debe de estar esperándome.
—¿Su nombre? —pregunta, sin apenas despegar los ojos de la pantalla.
—Alice Bennett.
Y ahí, justo ahí, algo cambia en su actitud.
Deja de escribir, levanta la vista y me repasa de arriba abajo con lentitud.
La blusa. Los vaqueros. Los zapatos. No sé qué he hecho ni por qué me está mirando de esa forma tan descarada, pero, por la cara que se le ha quedado, cualquiera diría que sabe quién soy y que no le caigo precisamente bien.
—Un momento, por favor —dice, dibujando de repente una falsa sonrisa.
Marca una extensión en el teléfono que tiene a su izquierda, murmura dos palabras que apenas alcanzo a oír y, cuando cuelga, vuelve a mirarme.
—Sígame, por favor —dice, todavía con la misma sonrisa puesta.
La sigo por un pasillo tan silencioso que puedo oír el repiqueteo de sus tacones. Se detiene frente a una puerta acristalada, llama con los nudillos —dos golpes secos— y abre sin esperar respuesta.
—Señorito Valera, ya está aquí la señorita Bennett —anuncia, con voz seria.
—Gracias, Judith —responde Gabriel, mirándola con incomodidad.
La tal Judith se aparta para dejarme pasar, aunque no sin antes lanzarme una última mirada asesina, y cierra la puerta bruscamente detrás de mí. No sé por qué, pero intuyo que entre ellos dos ha pasado algo y que a ella le molesta que yo esté ahora mismo a solas con Gabriel en este despacho.
—Alice —dice él, poniéndose de pie—. Gracias por venir.
Señala con la mano una de las dos sillas que hay frente a su escritorio.
—Siéntate, por favor.
Obedezco a desgana. Me acomodo en el borde del asiento, con la espalda demasiado recta y el bolso todavía sobre el regazo.
Gabriel, en cambio, no se sienta. Rodea el escritorio con calma y camina hacia un mueble bajo, pegado a la pared, donde reposan varias botellas de cristal alineadas con una precisión casi obsesiva.
Coge una de ellas y la sostiene en el aire, mirándome.
—¿Te apetece algo de beber?
Frunzo el ceño.
—Son las nueve menos cuarto de la mañana, Gabriel. No me parece sano beber alcohol a estas horas.
Se ríe. Una risa corta, grave, que retumba un poco entre las paredes del despacho.
—Tienes razón —dice, sin dejar de sonreír.
Y aun así, como si mi advertencia le hubiera entrado por un oído y le hubiera salido por el otro, se sirve un vaso de whisky con un solo hielo.
Rodea de nuevo el escritorio y deja el vaso sobre un posavasos junto al teclado, con cuidado, como si el mueble fuera a demandarle si se le ocurre dejar alguna marca.
Se sienta, se recoloca la chaqueta con un gesto rápido, casi automático, y cruza una pierna sobre la otra.
Silencio. Un silencio que se alarga más de la cuenta, mientras él me observa detenidamente, con calma. No sé cómo lo hace, pero siempre consigue ponerme de los nervios.
—¿Qué quieres, Gabriel? —pregunto, directa, rompiendo el silencio.
Deja escapar un suspiro lento, casi teatral, y durante un segundo aparta la mirada hacia la ventana, como si estuviera buscando ahí fuera, entre los rascacielos, la forma correcta de empezar la conversación.
—Quería hablar contigo —dice al fin—. Ha llegado a mis oídos que has estado algo preocupada con el nuevo proyecto de estimulación multisensorial.
—¿Y quién te ha dicho eso? —pregunto, entrecerrando los ojos—. ¿Alfred? ¿O tu amiguita Emma Brown?
Su boca se curva, apenas, en algo que no llega a ser del todo una sonrisa.
—¿Estás celosa?
—¿Perdona? —suelto, casi con una carcajada indignada—. Por supuesto que no.
—Entonces, ¿a qué viene ese tono? —insiste, ladeando la cabeza.
—A que me pones nerviosa, Gabriel.
—¿Y por qué te pongo nerviosa? ¿Es que acaso todavía sientes algo por mí?
—No —respondo, tajante.
Él asiente despacio, sin dejar de mirarme, y da un pequeño sorbo al whisky antes de volver a hablar.
—¿Alguna vez me amaste, Alice? —pregunta, y por primera vez en toda la conversación su voz pierde ese barniz de ironía que lo caracteriza—. Porque yo a ti sí. Sabes de sobra que yo te habría hecho mil veces más feliz que el idiota de mi hermano.
—Gabriel. —Su nombre me sale más afilado de lo que pretendía—. ¿Podemos limitarnos a hablar del proyecto, por favor?
Me remuevo en la silla, incómoda, sin saber muy bien dónde meter las manos ni hacia dónde mirar.
No entiendo a qué viene esto. No entiendo por qué, de repente, después de dos meses guardando las distancias y sabiendo de sobra que de quien estoy enamorada es de su hermano, y no de él, decide preguntarme eso.
—Tienes razón. Discúlpame.
Cruza las manos sobre el escritorio, entrelazando los dedos, y me mira con atención.
—Cuéntame. ¿Qué es exactamente lo que te inquieta del proyecto?
Respiro hondo y empiezo a hablar.
—Pues mira, para empezar: ¿por qué de la noche a la mañana han pasado de una sesión al mes a dos por semana, sin avisarme con antelación?
La tal Emma Brown se presentó en mi clase sin que nadie me dijera que iba a venir.
Les ha puesto a dos de mis alumnos unos aparatos en la cabeza que, según ella, sirven para «medir su actividad cerebral», y nadie me ha explicado bien qué implica exactamente eso.
Alfred me dijo que todo estaba controlado y que era seguro, pero no me fío.
Me da que le estáis tomando el pelo. A él y a mí.
Gabriel asiente despacio mientras me escucha, sin interrumpirme ni una sola vez. Cuando termino, se inclina hacia la derecha, abre un cajón y saca una carpeta gruesa, llena de papeles perfectamente ordenados con separadores de colores.