CAPÍTULO 16 #2
Las respuestas siempre son parecidas. Y siempre igual de inútiles.
Que si provoque una falsa alarma de incendios para generar confusión y aprovechar el caos.
Ya, claro. Como si no fuera a ser yo el primer sospechoso en cuanto empezara a sonar la sirena.
Que si organice algún tipo de distracción social, un evento o reunión que obligue a los vigilantes a dividir su atención entre varias personas a la vez.
Bonita teoría. El problema es que yo no tengo precisamente un ejército de amigos dispuestos a hacerme de señuelo sin hacer preguntas.
Que si estudie sus turnos y rutinas hasta encontrar un patrón, algún hueco de tiempo en el que bajen la guardia.
Lo llevo intentando desde el primer día.
Y lo único que he sacado en claro es que estos tipos son condenadamente metódicos. No fallan ni un minuto.
En fin. En resumen. Estoy perdido y no sé qué hacer.
Desde que estoy aquí, siempre hay alguien cerca, alguien que aparece justo quince minutos después de que yo llegue a cualquier sitio, alguien que sabe todos los horarios de todas mis clases.
Y estoy bastante seguro de que mi padre le ha pagado una fortuna al señor Whitmore para que se encargue de que me esté quietecito.
Cierro la ventana del navegador, frustrado, y me quedo mirando la pantalla en negro un rato, viendo mi propio reflejo. Me froto la cara con las dos manos y me revuelvo el pelo con rabia, como si así pudiera arrancarme de la cabeza toda esta situación de mierda.
Estoy a punto de levantarme y marcharme de nuevo a mi habitación, hasta que noto que alguien se planta justo frente a mí.
Levanto la vista y veo a Violeta mirándome fijamente.
Lleva un par de libros apretados contra el pecho y una carpeta rosa con toques azul turquesa que deja caer sobre la mesa con un golpe seco, como si quisiera dejar claro que no viene precisamente a estudiar conmigo.
—Creo que tenemos una conversación pendiente —dice, sin ningún preámbulo, mientras se sienta en la silla de enfrente.
—No sé de qué me hablas —respondo, haciéndome el despistado.
—Sabes perfectamente de qué te hablo. Del tema de la cartera.
—No hay nada que hablar —digo, apoyando la espalda en la silla—. Antes de irnos del Fabric, volví a meter el dinero dentro y se la di al segurata de la discoteca para que se la devolviera a su dueño. Le dije que me la había encontrado tirada en la calle. Fin de la historia.
—Sí que tenemos que hablar —insiste—. ¿Por qué quieres escaparte, Ricky?
—Ya te lo conté —respondo, borde.
—Ya. Me dijiste que es por una chica —dice, cruzándose de brazos—. Vale. Te creo. Pero ¿cuál es tu verdadero plan de fuga? ¿Cómo piensas escaparte realmente?
—¿Para qué quieres saberlo? —pregunto, entornando los ojos—. ¿Para poder chivarte a tu papá?
—No —dice, sin titubear—. Simplemente me preocupo por ti. No quiero que vayas robando más carteras por ahí.
—¿Ah, sí? ¿Te preocupas por mí? Pero si ni siquiera te has atrevido a mirarme a la cara estos días, desde que pasó lo del Fabric.
Se queda callada un segundo, jugueteando con la esquina de la carpeta rosa.
—No sabía cómo acercarme —admite, bajando un poco la voz—. Me daba miedo esto, exactamente esto. Que me respondieras con chulería y me mandaras a paseo.
—Pues si sabías que iba a pasar esto, ¿para qué te acercas entonces? —pregunto despacio, sosteniéndole la mirada.
—Quiero saber cómo estás. Me caes bien, Ricky.
Suelto una carcajada.
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunta, frunciendo el ceño, un poco ofendida.
—Nada —digo, todavía riéndome—. Mejor aléjate de mí, Violeta. No soy una buena compañía. Además —añado—, no vaya a ser que tu novio Derek se lleve una decepción si descubre que te «caigo bien».
—Derek no es mi novio —dice, con un deje de fastidio en la voz.
—Pues esta mañana me ha dejado bastante claro que sí lo es.
—No —insiste, negando con la cabeza—. Él lleva un tiempo detrás de mí, pero yo...
—Mira, me da igual lo que haya entre vosotros —la interrumpo—. Pero no quiero problemas. ¿De acuerdo?
Hago ademán de levantarme.
—Espera —dice ella, casi en un susurro—. No te vayas todavía. Por favor.
Me quedo. A regañadientes, pero me quedo.
Pasamos un rato los dos en silencio, sin saber muy bien qué más decir, con la biblioteca medio vacía y el ruido lejano de alguien pasando páginas dos mesas más allá.
—¿Cómo es? —pregunta al fin, apoyando la barbilla en la mano—. La chica de la que estás enamorado.
—¿A qué viene esa pregunta?
—No sé —responde, encogiéndose de hombros—. Me gustaría saberlo.
Se queda callada un segundo, como buscando la forma correcta de explicarse.
—El otro día, cuando me hablaste de ella, desesperado, en mitad de la calle... te brillaban los ojos. Se nota que estás muy enamorado.
No estoy acostumbrado a expresar mis emociones.
De hecho, me cuesta empezar. Las primeras palabras me salen atropelladas, torpes.
Pero, poco a poco, mientras Violeta me escucha sin interrumpirme ni una sola vez, con los codos apoyados en la mesa y toda su atención puesta en mí, la historia empieza a salir sola.
Le hablo de Alice. De cómo la conocí aquella noche en el Velvet, mientras yo trabajaba de camarero; de las peleas absurdas que tuvimos al principio; de cómo se me metió bajo la piel poco a poco sin que yo pudiera evitarlo.
Le cuento que era la novia de mi hermano y que eso lo complicó todo.
Le confirmo cuál es su verdadera edad. Le hablo de mi padre, de cómo se enteró, de la paliza que me dio Gabriel, de los meses que estuve encerrado en mi casa y de cómo mi padre finalmente me separó de ella mandándome aquí.
—Vaya historia... —dice, soltando un suspiro largo.
Hace una pausa, dudando, como si estuviera sopesando si vale la pena decir lo que viene a continuación.
—Pero ¿de verdad merece la pena, Ricky? Digo, estar enamorado de una chica mayor que tú, y que encima fue la novia de tu hermano... Eso puede acabar muy mal, ¿no?
—Estoy harto de esos consejos —respondo, con más rabia de la que pretendía—.
La quiero. Y voy a hacer lo que sea necesario para estar con ella.
Me da igual la diferencia de edad. Me da igual que mi familia intente separarnos.
Quiero pasar el resto de mi vida junto a ella. Y eso no lo va a cambiar nadie.
Violeta suspira y asiente, levantando las manos en son de paz.
—Vale, vale. Tranquilo. Solo te estaba dando un consejo. Con la mejor intención, además.
—Pues métete el consejo por donde te quepa —suelto, cortante, sin pensarlo dos veces.
Veo cómo el brillo de sus ojos se apaga por completo. Se queda callada, mirando la mesa, con los dedos jugueteando otra vez con la esquina de la carpeta.
Me doy cuenta de que me he pasado respondiéndole de esa manera.
Violeta no tiene la culpa de que esté tan amargado e insoportable últimamente.
Lo único que ha hecho desde que yo llegué aquí ha sido preocuparse por mí.
Y yo se lo he pagado como pago siempre las cosas: a la defensiva, con rabia y mordiendo a quien tengo más cerca.
—Oye —digo, bajando el tono—. Perdona. No debería haberte hablado así. Tú no tienes la culpa de mis problemas. Lo siento muchísimo.
Alargo la mano, casi sin pensarlo, y le cojo la suya un segundo.
Nuestras miradas se cruzan. Ella se pone nerviosa y sonríe al notar mi piel rozando la suya.
Y yo, para qué mentir, también me pongo nervioso, aunque no tenga ni la más remota idea de por qué.
Separamos las manos casi al mismo tiempo, como si a los dos se nos hubiera ocurrido la misma idea: esto se estaba alargando un poco más de la cuenta y estaba empezando a resultar bastante incómodo.
Violeta carraspea, se recoloca un mechón de pelo detrás de la oreja sin necesidad real de hacerlo y tarda un par de segundos en volver a mirarme.
—¿Has hablado con ella? ¿La has llamado por teléfono? —pregunta.
—No —respondo—. Te recuerdo que no tengo móvil. Mi padre me lo quitó.
—Puedes usar el mío, si quieres —dice, sacándolo del bolsillo de la chaqueta, dispuesta a dejármelo.
—No me sé su número de memoria.
—¿No? —pregunta, riéndose, como si le pareciera hasta gracioso el pequeño detalle de que no me sepa de memoria el número de la mujer que amo.
—No —repito, esta vez serio del todo—. Si me lo supiera, ya la habría llamado hace tiempo desde cualquier otro teléfono.
Violeta capta el cambio en mi tono al instante y deja de sonreír.
—Vale, pues descartemos esa idea —dice, pensativa—. ¿Has probado a contactar con ella por Instagram?
No. Esa idea ni se me había pasado por la cabeza. ¿Soy idiota? ¿Cómo no he caído antes en algo tan básico?
—Hostia, no. No lo había pensado —digo, con esperanza.
Me pasa su móvil con una pequeña sonrisa.
—Anda, búscala y mándale un mensaje. Seguro que está deseando saber de ti.
Entro en Instagram y tecleo su nombre en el buscador con los dedos torpes, casi temblando, como si el simple hecho de escribirlo letra a letra fuera a materializarla al otro lado de la pantalla. Espero. Y entonces...
Nada. No aparece.
Vuelvo a intentarlo, por si me he equivocado en alguna letra. Pero no. El resultado es el mismo. No hay ningún perfil con su nombre. Ni rastro de ella.
Me quedo mirando la pantalla, decepcionado. ¿Habrá desactivado su cuenta?
—No la encuentro. No aparece por ningún lado.
—Qué raro —dice, extrañada.
Me quedo en blanco, sin saber muy bien qué hacer, y le devuelvo el móvil a Violeta, sin decir nada más.
—Oye —dice, con voz suave—. No te preocupes, que volverás a estar con ella.
Hace una pausa, mira a su alrededor para comprobar que nadie nos está escuchando y vuelve a mirarme.
—Yo te voy a ayudar a escapar. ¿De acuerdo?