¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Ricky

El vestíbulo de Ashford & Wren huele a dinero. Literalmente. Es como si alguien hubiera enchufado a primera hora de la mañana un ambientador con olor a billetes de cien dólares. Bueno, en este caso serían libras, no dólares. Todavía no termino de acostumbrarme a esos pequeños detalles.

Nos hacen ponernos una acreditación de plástico con nuestro nombre impreso y nos meten en fila para entrar en el ascensor, como si fuéramos ganado de calidad selecta esperando turno para el matadero.

La excursión de hoy es cortesía de Economía Corporativa, la asignatura que comparto con Violeta y que, hasta ahora, solo me había servido para comprobar lo fatal que se me da fingir interés por gráficas de crecimiento trimestral.

El señor Sinclair —nuestro profesor— nos anunció hace dos días que hoy íbamos a visitar una de las gestoras de inversión más prestigiosas de Londres, y que era una oportunidad única para ver el funcionamiento real de los mercados financieros desde dentro.

Traducido a mi idioma: íbamos a pasarnos el día siguiendo a un puñado de capullos trajeados que nos iban a hablar de gilipolleces.

Lo mejor de todo es que se supone que esto nos va a «inspirar» de cara a nuestro futuro profesional.

Qué gracia. Como si a mí me importara lo más mínimo mi futuro profesional. Y menos este.

El ascensor es de esos completamente acristalados, suspendido por fuera de la fachada. Según vamos subiendo, Londres se va quedando pequeña ahí fuera, ordenada, gris y perfecta.

Violeta está justo enfrente de mí. Nos separan algunos compañeros, pero da igual la distancia que haya entre nosotros, porque la noto cerca.

Muy cerca. No hemos vuelto a hablar desde lo del Fabric.

Después de que Sophie y los demás nos encontraran a unos metros de la discoteca —yo en tensión porque sentía que alguien nos estaba espiando a Violeta y a mí—, todo pasó demasiado rápido como para procesarlo bien.

Parece ser que a Chloe le sentaron mal los cinco chupitos que se bebió de golpe y estuvo vomitando en el baño casi diez minutos.

Así que volvimos al campus. Violeta finalmente no llamó a la policía.

Tampoco es que le diera tiempo a hacerlo.

Pero podría haberlo hecho una vez llegamos a la universidad, o incluso durante estos cuatro últimos días.

Las puertas del ascensor se abren por fin en la planta catorce, y todo el mundo empieza a salir en fila.

Frente a nosotros nos espera un hombre trajeado —traje azul noche, corbata perfectamente anudada, sonrisa de las que se entrenan delante de un espejo— que el señor Sinclair nos presenta con un entusiasmo que a mí, personalmente, me parece un poco excesivo para tratarse de un simple tour por unas oficinas.

—Chicos, os presento a Jonathan Reeve, director de estrategia de inversión aquí en Ashford & Wren. Ha tenido la amabilidad de dedicarnos parte de su mañana para enseñarnos cómo funciona todo esto por dentro.

—Un placer teneros aquí. Intentaré que la visita sea lo más didáctica posible y que no os aburráis demasiado —dice el tal Jonathan, con una risa irónica.

Empezamos a caminar por un pasillo interminable de cristal, con vistas al resto de la planta: filas y filas de mesas, pantallas llenas de gráficas verdes y rojas, gente hablando por teléfono con esa urgencia fingida de quien quiere parecer imprescindible.

—Aquí es donde trabaja el equipo de análisis —explica, señalando hacia dentro sin detenerse—. Se encargan de estudiar el comportamiento de los mercados en tiempo real y de elaborar recomendaciones para nuestros clientes.

Seguimos avanzando. Nos enseña una sala de reuniones con una mesa tan larga que parece diseñada para que la gente que se sienta en un extremo no tenga ni que dirigirle la palabra a la del otro.

Luego, una especie de terraza interior con plantas artificiales y sillones de cuero, «para que los clientes se sientan cómodos mientras hablamos de sus inversiones», según sus palabras textuales.

Cada dos minutos suelta un dato que se supone que debería impresionarme: que gestionan no sé cuántos billones de libras, que trabajan con no sé cuántos países, que su fondo estrella lleva no sé cuántos años batiendo al mercado.

Yo asiento. Sonrío. Hago como que tomo notas mentales.

Pero, en realidad, en lo único en lo que estoy pensando es en cuántas veces he escuchado ya este mismo discurso, con casi las mismas palabras exactas, en boca de mi padre.

En cenas con sus socios, en fiestas benéficas, en cualquier ocasión en la que necesite recordarle al mundo entero lo importante que es.

Violeta camina un par de pasos por delante de mí, junto a Sophie, asintiendo educadamente a todo lo que dice Jonathan.

De vez en cuando gira un poco la cabeza, como si necesitara comprobar que sigo ahí.

Derek, que va con ellas, se separa un poco y se coloca a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—Esto es un coñazo tremendo, ¿verdad? —murmura, lo bastante bajo como para que solo lo oiga yo.

No sé muy bien qué esperar de él, la verdad. Desde que llegué no hemos tenido precisamente la mejor relación del mundo —esa manía suya de llamarme «chico nuevo» cada dos por tres me sigue tocando los cojones—, así que este acercamiento repentino me pilla un poco por sorpresa.

—Sí, lo es —respondo, sin comprometerme demasiado.

—Yo quería estudiar Psicología —añade, encogiéndose de hombros.

¿Derek, Psicología? ¿Me está tomando el pelo?

—Pero mi padre me obligó a meterme en esta carrera —continúa.

—¿Y por qué te obligó? —pregunto, picado por la curiosidad.

—Para que acabe trabajando en la empresa familiar, evidentemente.

—¿Ah, sí? —pregunto, con una sonrisa de medio lado.

Sin duda, esa historia me suena bastante.

—Sí —contesta, escueto—. Me imagino que tú, siendo hijo de Rafael Valera, también heredarás la suya, ¿no?

—Lo dudo mucho —digo, riéndome—. Ese marrón se lo dejo a mi hermano, el «don Perfecto».

—¿Y de qué es exactamente la empresa de tu padre?

—Se encarga de gestionar colegios, básicamente —respondo—. Internados de élite, programas bilingües, campus de verano e invierno... Ese tipo de cosas. Educación de lujo para hijos de gente forrada, para que te hagas una idea.

—Suena interesante —continúa—. La de mi padre es de logística.

Transporte marítimo, sobre todo. Contenedores, rutas comerciales.

Vamos, aburridísimo. Pero, claro, cuando tu apellido lleva pegado el nombre de la empresa desde hace tres generaciones, no tienes mucho margen para negarte a trabajar ahí.

Reconozco que sus palabras cada vez me interesan menos y me aburren todavía más.

—¿Y tú? ¿Qué harás exactamente en la de tu padre cuando entres a trabajar allí?

Esta situación ya me está empezando a dar mala espina. No entiendo por qué quiere saber tanto sobre mi vida. Así que me paro en seco y me giro hacia él.

—Oye. ¿Por qué me estás haciendo tantas preguntas? ¿Qué es lo que quieres?

—Tranquilo, chico nuevo —dice Derek, levantando las manos como si se rindiera ante un pelotón de fusilamiento—. Solo intentaba ser amable. Quería conocerte un poco mejor.

Como me vuelva a llamar «chico nuevo», le voy a romper los dientes.

—Dudo mucho que quieras conocerme mejor y ser mi amiguito, Derek. A la gente como tú la tengo calada desde el minuto uno —respondo, sin ninguna intención de suavizar el tono—. Así que dime ya de una puta vez qué es lo que quieres exactamente y terminemos con este numerito.

Nos quedamos ahí, plantados en mitad del pasillo, frente a frente, mientras el resto del grupo sigue avanzando unos metros por delante.

—Simplemente quiero saber a qué atenerme —dice, con la sonrisa completamente borrada de la cara—. Saber cuál es mi competencia.

—¿Competencia? —repito—. Las empresas de nuestros padres no tienen absolutamente nada que ver la una con la otra.

—No me refiero a eso.

Derek gira la cabeza y señala con la mirada hacia Violeta, que sigue caminando a lo lejos, junto a Sophie y el resto, sin tener ni idea de que acaba de convertirse en el tema central de la conversación.

—Violeta es mía —suelta, sin rodeos—. Va a ser mi mujer algún día. Y no quiero que otro chico que tenga más dinero que yo venga a quitármela. Así que hazme un favor y apártate, si no quieres que te acabe partiendo la cara.

Me quedo mirándolo un segundo, procesando la absoluta amenaza que acaba de salir de su boca. Suelto una carcajada que no puedo contener, le doy un par de palmaditas condescendientes en la cara y niego con la cabeza.

—Tranquilo, «amigo» —digo, con una sonrisa cansada—. No tienes de qué preocuparte. No me interesa Violeta lo más mínimo. Ya tengo novia, y desde luego no pienso meterme entre vosotros dos ni loco. Toda para ti.

Y a continuación lo dejo ahí plantado, con su cara de suficiencia empezando a resquebrajarse un poco, mientras echo a andar hacia el resto del grupo sin mirar atrás.

◆◆◆

La excursión termina a media tarde.

De vuelta en el campus, dejo caer la mochila en mi habitación y bajo directo a la biblioteca.

Con intención de «estudiar», claro. Pero, en realidad, lo que busco cuando entro allí son los ordenadores del fondo, los que están medio escondidos entre las estanterías de enciclopedias de Derecho Mercantil.

Llevo ya un tiempo viniendo aquí para hacer prácticamente lo mismo. Abrir el navegador, entrar en ChatGPT y escribir la misma pregunta que llevo semanas haciéndole con distintas palabras: cómo salir de un sitio en el que te tienen vigilado casi las veinticuatro horas del día sin que te pillen.