¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Gabriel

La tengo contra el cabecero de la cama, con el pelo revuelto cayéndole sobre la cara y sus suaves gemidos rozándome el oído.

—Gabriel...

Dice mi nombre entre jadeos mientras yo la penetro lentamente, después de haberle devorado la entrepierna. Me gusta hacer esperar a las mujeres. Me gusta ese segundo exacto antes de ceder, cuando sé perfectamente que lo que quieren es que vaya más allá.

Le sujeto las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y, con la otra, recorro el trayecto hasta llegar a su clítoris, que empiezo a masajear suavemente mientras comienzo a moverme dentro de ella.

—¿Te gusta así? —murmuro contra su oído—. ¿O quieres que pare?

—Ni se te ocurra parar... —dice ella, gimiendo cada vez más fuerte.

Nuestras respiraciones aceleradas inundan la habitación y no puedo evitar excitarme cada vez más al ver el brillo desafiante de sus ojos. Hay algo en esa mirada que me provoca, como si incluso ahora se negara a dejarme tener el control absoluto.

Deslizo una mano por su espalda, recorriendo la curva de su cintura, y la sujeto con firmeza para girarla de golpe.

—Eres muy mala, ¿lo sabías? —murmuro, mientras le agarro el cuello y la sostengo por detrás—. No has parado de provocarme hasta que has conseguido meterte en mi cama.

—Me encanta ser mala con usted, señorito Valera... —dice, gimiendo.

—Pues ahora vas a pagar las consecuencias —gruño.

Nuestros cuerpos chocan cada vez con más fuerza. Ella chilla desesperada mientras se aferra a las sábanas y yo noto cómo está a punto de alcanzar el clímax. Estoy a punto de dejarme llevar también, pero, justo entonces, un zumbido rompe el momento.

Mi móvil vibra sobre la mesita de noche.

Una vez. Dos. Tres.

Cierro los ojos durante un instante y maldigo por lo bajo. Ella deja escapar una risa entrecortada.

—Ni se te ocurra contestar...

Puedo ver de reojo quién me está llamando y eso me descentra por completo. Aprieto la mandíbula mientras, muy a mi pesar, voy frenando el movimiento. El móvil finalmente deja de vibrar y suelto el aire despacio, tratando de recuperar la concentración.

Ella sonríe de medio lado, aunque hay algo de incomodidad en el gesto. Antes de que pueda siquiera pedirle disculpas por haber parado, se da la vuelta y me empuja con suavidad hacia atrás.

El gesto me toma completamente por sorpresa. Sus manos descansan sobre mi pecho mientras busca mi mirada.

—Creo que ya se ha divertido suficiente llevando usted el control... —susurra.

Arqueo una ceja.

—¿Ah, sí?

No me da tiempo a decir nada más. Se acomoda encima de mí, haciendo que vuelva a estar dentro de ella, e inclina la cabeza para morderme el labio inferior.

—¿Está acostumbrado a acostarse con todas las secretarias que ha tenido?

Sus labios se encuentran con los míos entre palabra y palabra, mientras sus dedos se deslizan despacio por mis hombros, manteniéndome cerca.

—No todas han sido tan atractivas como tú, Judith.

Una sonrisa satisfecha se dibuja en su rostro al escuchar mi halago.

Judith entró a trabajar en Valera Global Education hace aproximadamente un año y, desde el primer día, demostró que estaba muy por encima de lo que el puesto exigía.

Nunca hacía falta repetirle una orden dos veces y siempre parecía anticiparse a lo que yo iba a necesitar, incluso antes de que yo mismo fuera consciente de ello.

Siempre me había parecido una mujer atractiva.

Sería absurdo negarlo. Sin embargo, jamás me permití cruzar esa línea.

No porque me faltaran oportunidades. Judith nunca fue especialmente sutil cuando quería captar mi atención, y yo tampoco era tan ingenuo como para no darme cuenta.

Simplemente, no llegó el momento, porque, poco después, Alice apareció en mi vida.

Y, por extraño que resulte admitirlo, dejé de mirar a las demás mujeres.

Era una conclusión tan simple como irritante.

Chicas atractivas seguían cruzándose en mi camino prácticamente a diario, pero ninguna conseguía despertar en mí el más mínimo interés.

Alice había ocupado un lugar muy importante en mi corazón y, sin darme cuenta, se convirtió en el centro de mis días.

Después pasó lo que pasó. Ella se enamoró de mi hermano.

O, al menos, eso fue lo que me dijo. Yo sigo convencido de que aquello no fue amor, sino un simple capricho.

Uno lo suficientemente fuerte como para destrozar todos los planes que quería hacer junto a ella.

Y, por eso, durante estos dos últimos meses, he intentado llenar su ausencia —y aliviar toda la rabia que me provocó esa ridícula historia— de la única forma que parece dictar el sentido común: polvos sin ataduras y nombres que apenas recuerdo al día siguiente.

El teléfono vuelve a vibrar. Una vez. Y otra. Judith deja escapar un suspiro de frustración antes de apoyar la frente en mi hombro.

—No lo cojas, por favor.

Aprieto la mandíbula.

—Tengo que cogerlo.

Ella alza la cabeza despacio, visiblemente contrariada.

—¿Quién te llama a estas horas? No creo que sea tan importante como para dejarme a medias.

La observo unos segundos antes de responder.

—No creo que tenga que darte explicaciones sobre quién me llama a estas horas.

Su expresión cambia al instante. Lo suficiente para comprender que mi respuesta ha sonado más fría de lo que pretendía.

—Vete a la mierda, Gabriel —dice, tuteándome, mientras me aparta con brusquedad.

La ignoro por completo, me incorporo, busco los calzoncillos por el suelo y me los pongo rápidamente, sin apartar la vista del teléfono, que sigue vibrando sobre la mesita de noche. Lo cojo y, al ver una vez más el mismo nombre iluminando la pantalla, inspiro hondo.

Judith permanece sentada en la cama, cubriéndose con la sábana, mientras me observa marcharme. Sin decir una palabra, salgo del dormitorio, atravieso el pasillo y me dirijo al salón. Solo entonces deslizo el dedo sobre la superficie táctil y descuelgo.

—Más vale que lo que tenga que decirme sea importante —gruño, todavía con la respiración algo agitada—. Estaba ocupado.

—Buenas noches, señorito Valera —responde Emma Brown con su habitual educación—. Disculpe que le moleste a estas horas. Ya sé que no tengo que llamarlo a usted, sino a su padre, para informarle de las novedades, pero creo que esto lo tiene que solucionar usted.

Frunzo el ceño.

—¿Ha pasado algo? —pregunto, adoptando un tono mucho más serio—. ¿No han ido bien las cosas esta mañana en Horizonte Azul?

—Sí, sí. Tranquilo. Todo ha salido incluso mejor de lo esperado. El proyecto Génesis va exactamente según lo previsto —continúa—. Ya hemos terminado de analizar las muestras de sangre que obtuvimos durante los reconocimientos médicos del trimestre pasado.

Me apoyo en la encimera de la cocina, cierro los ojos un instante y suelto el aire poco a poco.

—Las secuencias genéticas confirman lo que esperábamos. Hemos encontrado a dos alumnos con los marcadores que necesitábamos. Ahora hemos comenzado la segunda fase: estudiar cómo se comporta esa mutación en sus cerebros.

Permanezco unos segundos en silencio, asimilando sus palabras.

—De acuerdo. Entonces, si todo va tan bien... ¿qué ocurre? ¿Qué es lo que necesita que solucione?

—Tiene que ver con su «amiguita», la profesora.

Abro los ojos de golpe.

—¿Qué pasa con ella?

—El director me ha informado de que, al parecer, está empezando a hacer demasiadas preguntas. Cree que hay ciertas cosas extrañas en el «nuevo proyecto».

El pulso se me acelera.

—¿Ha descubierto algo? —pregunto con voz firme.

—No lo creo. Pero debemos andarnos con cuidado. Convénzala de que el proyecto es completamente seguro. Haga lo que sea necesario para que deje de meter las narices donde no la llaman.

Me masajeo las sienes.

—Justamente a mí no creo que vaya a hacerme demasiado caso —respondo—. Digamos... que no me tiene mucho cariño.

—No me importa. Manténgala alejada de todo esto. No quiero que mi jefe prescinda de nuestra clínica por culpa de esa profesora.

—Tranquila. Mi padre no va a despedirlos.

—No me refiero a su padre. Usted sabe perfectamente de quién estoy hablando.

Sus palabras quedan suspendidas al otro lado de la línea. Aprieto la mandíbula con fuerza y me paso una mano por la cara, intentando ordenar las ideas.

—De acuerdo —respondo al fin, recuperando el tono sereno que tanto me ha costado construir durante años—. No se preocupe. De Alice ya me encargaré yo.

—Eso espero, señorito Valera. Buenas noches.

Sin despedirme, cuelgo con un movimiento seco. La pantalla se apaga entre mis dedos mientras el silencio vuelve a adueñarse del salón.

Me quedo inmóvil unos segundos, contemplando las luces de la ciudad a través del enorme ventanal que tengo justo enfrente.

Se me acumula la faena. No puedo permitir que Alice siga investigando y eche por tierra meses de trabajo.

Mi padre ha decidido confiar en mí para ayudarlo y no pienso decepcionarlo.

Está claro que el Proyecto Génesis no es lo único que debe seguir avanzando. Ha llegado el momento de que avance también el otro plan que llevo un par de meses preparando.