¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Emma abre el maletín. Y, mientras yo sigo con un ojo puesto en los niños y otro en ella, la veo sacar una bata blanca, ponérsela con naturalidad y calzarse un par de guantes de látex.

Después saca unos aparatos. Un par de artilugios extraños, con cables finos y una especie de banda ajustable.

Se acerca a Mateo y a Michael y, sin darme tiempo apenas a reaccionar, empieza a colocarles esos cacharros en la cabeza.

—Espera, espera —digo, acercándome rápidamente hacia ella—. ¿Qué es eso? ¿Qué estás haciendo?

—Tranquila —responde, ajustando suavemente la banda en la cabeza de Michael—. Es un dispositivo para estudiar la actividad cerebral. Registra lo que están pensando los niños mientras hacen los ejercicios.

No sé ni qué responder. No me está gustando nada esto.

—No te preocupes, cielo —dice Emma, agachándose hasta quedar a la altura de Michael—. No te va a doler, te lo prometo. Es como llevar una diadema.

Michael no parece muy convencido. Frunce el ceño, se remueve en la silla y mira el aparato como si fuera a morderle en cualquier momento. Mateo, en cambio, sonríe de oreja a oreja en cuanto se lo coloca.

—Parezco un superhéroe —anuncia, orgulloso, girándose hacia sus compañeros para que todos puedan admirar su nuevo look.

Me quedo plantada en mitad de la clase sin saber muy bien qué hacer.

No puedo quedarme aquí de brazos cruzados, viendo cómo le ponen aparatos rarísimos en las cabezas a mis alumnos sin que nadie me dé una explicación que se sostenga por sí sola.

¿En serio se necesita hacer todo esto para diseñar una aplicación educativa hecha con inteligencia artificial?

Necesito hablar con Alfred. Ahora mismo.

—Voy a salir un momento —anuncio, procurando que la voz me salga tranquila, neutra.

Emma ni siquiera levanta la vista del todo. Está demasiado concentrada ajustando el último cable del aparato de Mateo.

—Claro —dice, sin más.

Aprovecho el momento en que está de espaldas para buscar la mirada de Abby.

Le hago un gesto rápido con la cabeza, señalando disimuladamente hacia los niños, como si le dijera: «échales un ojo y no la pierdas de vista a ella tampoco».

Abby asiente, apenas con un movimiento de barbilla, pero lo suficiente para que sepa que ha entendido mi mensaje.

Sin decir nada más, salgo de clase, cierro la puerta con cuidado detrás de mí y camino deprisa hasta el despacho del director. Cuando llego, llamo a la puerta con los nudillos, un par de golpes secos.

—Adelante —responde su voz desde dentro.

Abro la puerta y entro en el despacho. Alfred está sentado tras su escritorio, rodeado de esa cantidad ingente de papeles que siempre parece tener encima y que, sospecho, nunca disminuye por mucho que él insista en que está «poniéndose al día».

—Hola, Alice —dice, quitándose las gafas y dejándolas sobre la mesa—. ¿Ocurre algo?

Por un segundo no sé ni por dónde empezar. Pero respiro hondo y me lanzo.

—Perdona que te moleste, Alfred, me imagino que estarás muy ocupado.

Pero necesitaba comentarte que ha venido una médica a mi clase.

Emma Brown. Dice que forma parte de un nuevo estudio de inteligencia artificial que Valera Global Education quiere implementar en la escuela.

Pero les ha puesto a Mateo y a Michael unos aparatos rarísimos en la cabeza.

Dice que son para medir su actividad cerebral mientras hacen los ejercicios.

Hago una pausa, buscando en su cara alguna reacción que me diga si esto le suena de algo o si, como a mí, le está pillando completamente por sorpresa.

—Alfred, ¿tú sabías algo de esto?

—Sí —responde, asintiendo con tranquilidad—. Ya estaba al tanto de todo.

—¿Y te parece normal? —pregunto, asombrada.

—Sí —dice, sin dudarlo—. Lo he estudiado todo a fondo, Alice. Se necesita ese material para poder llevar a cabo el nuevo proyecto correctamente.

—¿Y en qué consiste exactamente ese «nuevo» proyecto?

Alfred me mira como si la respuesta fuera obvia.

—Ya lo sabes, ¿no? Te lo explicó Gabriel. Para estudiar la estimulación multisensorial más a fondo y desarrollar nuevos programas educativos que ayuden a procesar la información de una forma más eficaz.

—Ya, sí, todo eso lo sé. Pero sigue pareciéndome muy extraño que les pongan aparatos en la cabeza a niños de diez años.

—Alice —dice, con ese tono paternal que usa cuando quiere que deje de darle vueltas a algo—, son cosas modernas de hoy en día. La tecnología avanza muy rápido, y nosotros, como colegio, tenemos que actualizarnos si queremos seguir a la vanguardia en la educación de estos niños. Confía en mí.

—¿Y los padres están al tanto de esto?

—Por supuesto —responde, sin la más mínima duda—. Han firmado todo lo que tenían que firmar. Está todo en regla, Alice.

Vale. Pues supongo que eso debería tranquilizarme un poco.

Aunque no del todo. Porque, ¿de verdad que la inteligencia artificial necesita llegar a esos extremos?

Sé que sí, en realidad. Sé que hoy en día se hacen cosas con la IA que dan bastante miedo si te paras a pensarlo, cosas que hace cinco años ni siquiera nos habríamos imaginado.

Pero una cosa es leerlo en una noticia y otra muy distinta es verlo con tus propios ojos.

—¿Me puedo quedar tranquila entonces? —insisto, necesitando escucharlo de su boca.

—Sí —dice, y esta vez su voz suena todavía más firme, más segura, como si quisiera que no me quedara ni un resquicio de duda—. No les va a ocurrir nada malo a los niños. Te lo prometo, Alice.

Asiento, todavía un poco intranquila, aunque bastante menos que hace cinco minutos.

Confío en Alfred. Lo conozco desde hace años, desde que llegué a este colegio siendo una recién graduada asustada.

Y siempre le he visto llevar este colegio con mano firme y, sobre todo, con un corazón enorme.

Es un buen hombre. Quiere a estos niños casi tanto como los queremos los profesores que estamos con ellos todos los días.

Así que, si él me dice que todo va a salir bien, tengo que creerle.

Ya con la mano en el pomo de la puerta, a punto de salir, se me viene una duda a la cabeza. Una que lleva unos meses retenida y que no se había liberado hasta ahora.

—Ah, espera, una cosa más —digo, girándome de nuevo hacia él—. Lo del análisis de sangre de hace unos meses, cuando vino Emma la primera vez. ¿Fuiste tú quien la llamó?

Alfred frunce el ceño.

—¿Qué día dices?

—Tú no estabas. Estabas fuera, en un congreso. Intenté localizarte varias veces, pero no hubo manera de dar contigo.

Y entonces, como si hubiera recuperado la memoria de repente, asiente despacio.

—Ah, sí. Sí, es verdad. Fue cosa mía, lo organicé yo antes de irme.

—¿Y por qué no me avisaste? —pregunto, sin poder evitar que se me note cierta incomodidad en la voz—. Sueles avisarme de los controles médicos que les van a realizar a los niños todos los años. Además, ya se hizo uno al inicio de curso. No entiendo por qué se volvió a hacer.

—Los análisis de sangre del primer control salieron mal y me comentaron que había que repetirlos. Descartamos a esa clínica por incompetentes y me recomendaron esta. Simplemente no quería molestarte, Alice.

—¿Y tú se la recomendaste después a la familia Valera?

—Correcto, así es.

Asiento, aunque no termino de quedarme del todo convencida con la explicación. Después salgo del despacho y cierro la puerta detrás de mí.