¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Alice

Llevo ya diez minutos intentando que esta clase se parezca en algo a la mía, y empiezo a sospechar que es una batalla perdida.

Nos han cambiado de aula. La nuestra está en reformas, y nos han metido en otra que, en teoría, es exactamente igual, pero que en la práctica es como si alguien hubiera cogido mi clase y la hubiera metido en la lavadora con agua caliente.

He tenido que reorganizar las mesas tres veces esta mañana intentando que quepan todos los niños sin que nadie se quede con la silla pegada a la pared, y aun así algunos siguen teniendo que hacer una especie de maniobra de yoga cada vez que quieren levantarse.

—Profe, aquí no cabe mi mochila —anuncia Greta, plantada en medio de la clase, abrazándola.

—Ya lo sé, cielo. Vamos a dejarla un ratito en la percha de fuera, ¿vale? Solo hasta que nos organicemos.

Greta me mira como si le acabara de pedir que renuncie a algo muy valioso, pero al final cede y sale arrastrando los pies hacia el pasillo.

Suspiro. Sé que no es el fin del mundo. Sé que en un par de semanas la otra aula estará lista y volveremos.

Pero ahora mismo, con las cajas de material todavía sin colocar y la pizarra digital haciendo un ruido raro cada vez que la enciendo, solo puedo pensar en que no me queda otra que adaptarme a la nueva situación.

Como si últimamente no llevara ya meses haciendo precisamente eso. Adaptarme a cosas que no quiero.

Respiro hondo, me centro en lo que tengo que centrarme y decido que ya va siendo hora de que estos pequeños terremotos se pongan a trabajar.

—Muy bien, chicos, vamos a sacar la libreta de matemáticas. Hoy toca terminar la ficha de sumas y restas que empezamos ayer.

Se oye ese coro de quejidos que ya me sé de memoria, esa mezcla de «otra vez no» y «es que odio las mates» que forma parte del paisaje sonoro de mis mañanas desde hace años.

Pero al final, entre protestas y algún que otro suspiro dramático, todos acaban con la libreta abierta y el lápiz en la mano.

Abby se pasea entre las mesas con paciencia, ayudando a Oliver a entender por qué siete más cuatro no son diez, por mucho que él insista en que deberían serlo si lo dice con la suficiente convicción.

Aprovecho que están entretenidos para sentarme y corregir las actividades de ayer que todavía tengo pendientes. Mejor hacerlo ahora, con ellos ocupados, que dejarlo para esta tarde y que se me acumule con el resto de cosas que tengo que hacer.

Es precisamente en ese punto, con la mente medio ocupada corrigiendo cuentos que ellos mismos han inventado, cuando el pensamiento aparece de la nada. O no. Si soy sincera conmigo misma, lleva rondándome desde el fin de semana pasado, agazapado en algún rincón de mi cabeza.

«Ve a Londres. Búscalo. Como bien te he dicho, a lo mejor le ha pasado algo y no puede ponerse en contacto contigo. Así que te animo a que vayas tú a comprobar qué está pasando».

Suena tan fácil… ¿verdad, Zoe? Como si coger un vuelo a Londres fuera lo mismo que decidir si voy a coger el coche para venir al trabajo.

Dejo el bolígrafo un segundo sobre la mesa.

Miro hacia la ventana sin fijarme realmente en nada, ni siquiera en ese trocito de patio que se ve desde aquí.

Solo pienso en ese plan. Y cuanto más le doy vueltas, más ganas tengo de llevarlo a cabo.

Pero también más miedo me da. Porque, vale, imaginemos que lo hago.

Que un día, de repente, hago la maleta y cojo un vuelo a Londres.

¿Y luego qué? Ni siquiera sé en qué universidad está.

No sé absolutamente nada de su vida allí, y aun así me atrevo a fantasear con presentarme en ese lugar como si esto fuera una película romántica y no la vida real.

En fin. Puede que sea una locura. Puede que sea la peor idea que se me ha ocurrido en años, incluida aquella vez que pensé que teñirme el pelo de rosa era fascinante.

Pero, aun así, sin poder evitarlo del todo, siento cómo la mano se me va sola hacia el móvil, que descansa en el bolsillo de mi pantalón.

Solo voy a mirar. Nada más. Ni siquiera tiene por qué significar nada.

Solo quiero saber cuánto costaría un billete de avión Nueva York-Londres.

Pero justo cuando estoy a punto de teclear la primera palabra, tres golpes secos suenan en la puerta de la clase. Levanto la vista rápidamente, dejo el móvil boca abajo en la mesa, como si eso fuera a borrar cualquier rastro de lo que estaba a punto de buscar, y carraspeo antes de contestar.

—Adelante.

La puerta se abre despacio, y por ella entra una mujer que me resulta un tanto familiar.

Rubia, con una coleta alta y perfecta, y vestida con un conjunto impecable que probablemente cueste más que mi sueldo de un mes entero.

Los niños, que hasta hace un segundo estaban entregados en cuerpo y alma a la ficha de sumas y restas, levantan la cabeza al unísono, con curiosidad.

—Buenos días —dice ella, con una voz suave, medida—. Siento interrumpir la clase. Pero me han mandado hoy a hacerles un control médico a los niños. Creo que el señorito Valera ya le informó del nuevo proyecto que están llevando a cabo con inteligencia artificial.

Sí. Recuerdo aquella comida con Gabriel en aquel restaurante donde me obligó a comer un trozo de ternera —que, al final, no fue para tanto— en vez de la lubina que estaba deseando pedir.

Me soltó, como quien no quiere la cosa, que iban a incorporar a una médica al proyecto de estimulación multisensorial para crear una nueva aplicación educativa hecha con IA.

Alguien «de máxima confianza», dijo. Recuerdo perfectamente que aquella idea no me gustó nada.

Que le pregunté un par de veces qué necesidad había de meter a una médica en todo esto, y que él, con esa habilidad suya para convencer a los demás, me dijo que era estrictamente necesario para que el proyecto funcionase mejor.

—Claro, pasa —digo, obligándome a sonreír.

La mujer entra con paso seguro. Me pongo de pie y salgo de detrás de mi mesa para recibirla como es debido.

—Encantada, soy Alice Bennett —digo, tendiéndole la mano—. Soy la tutora de este grupo.

—Emma Brown —responde ella, estrechándomela con un apretón firme—. Un placer.

Y entonces, al escuchar su nombre en voz alta, caigo. Ya sé de qué me suena.

—Espera —digo, frunciendo el ceño—. Tú eres la médica que vino el año pasado a hacerles a los niños los análisis de sangre, ¿verdad?

—Sí —responde ella, sin dudarlo ni un segundo—. Buena memoria.

—¿Y aquella vez también venías de parte de Valera Global Education?

—No —dice, negando con la cabeza, todavía con esa sonrisa impecable clavada en la cara—. Aquello fue algo puntual.

Me quedo mirándola un segundo de más.

—Qué casualidad, ¿no? —suelto, sin poder evitarlo, con ese tonillo mío que se me escapa cuando algo no me cuadra y no consigo disimularlo del todo.

—Sí —admite ella, encogiéndose de hombros con naturalidad—. Creo que tu director contactó con Valera Global Education para recomendarnos. Somos una de las mejores clínicas médicas de Estados Unidos.

Sigo sin entender nada. Me parece todo demasiado extraño.

Hay algo en la forma en que lo cuenta, en lo perfectamente hilada que suena la explicación, que me deja con más preguntas que respuestas.

Como si me hubiera entregado una caja bien envuelta con un lazo precioso, pero que suena hueca cuando la agito.

Me quedo callada un instante, asintiendo despacio, como si aquello me pareciera de lo más normal.

No me lo parece. No me lo parece en absoluto.

A ver. Puede que sea simple casualidad, coincidencias que se acumulan sin más misterio que la mala suerte de que todo pase a la vez.

Pero, aun así, hay algo que no me encaja.

—No sabía que venías hoy —digo, con una ceja levantada—. No tenemos clase de estimulación multisensorial hasta la semana que viene.

—Lo sé —responde ella, sin inmutarse lo más mínimo—. Pero son órdenes de arriba. Necesito hacer una sesión hoy.

—¿Ah, sí?

—Sí. Y, a partir de ahora, vamos a pasar a dos sesiones por semana en lugar de una cada quince días.

Parpadeo un par de veces, procesando la información.

—¿Dos por semana? —repito, sin poder evitar que se me note la sorpresa en la voz.

—Sí —dice ella, con seguridad—. El proyecto tiene que avanzar rápidamente. Así que necesitamos realizar más sesiones.

¿Avanzar más rápido? ¿Para qué? Decido guardarme las preguntas para otro momento.

Este no es el lugar, y desde luego los niños tampoco son la audiencia adecuada para que me ponga a interrogar a una desconocida sobre las decisiones que una empresa multimillonaria ha decidido tomar sin importar en absoluto mi opinión.

—De acuerdo —digo al fin, forzando una sonrisa que espero que resulte convincente.

—Abby —digo, girándome hacia ella—, ¿puedes guardarles a los niños los cuadernos de sumas y restas y sacar las tablets? Vamos a hacer la clase de estimulación multisensorial.

Abby me mira confundida.

—¿Ahora? Pero si no tocaba hasta…

—Ahora —corto, con una sonrisa y una mirada que espero que transmita el mensaje de «luego te lo explico, ahora no preguntes».

Abby capta la indirecta y les anuncia a los niños el cambio de actividad.

—Chicos, ¿vamos a guardar los cuadernos, de acuerdo? Vamos a trabajar ahora con las tablets.

La reacción es inmediata. Un aplauso espontáneo y alguna que otra exclamación de «¡bien!» inundan la clase. Mientras Abby las reparte, Emma observa todo con una mirada analítica.

—¿Dónde puedo colocarme? —pregunta, girándose hacia mí.

Miro a mi alrededor. Entre las mesas amontonadas, las cajas todavía sin abrir y el espacio reducido de esta aula, la respuesta honesta es que no hay demasiadas opciones entre las que elegir.

—Donde puedas —respondo, con un gesto vago.

Emma se coloca al fondo, en el único hueco libre que queda, y deja el maletín que lleva en la mano sobre la esquina de la mesa de Patricia sin pedir permiso siquiera. La niña la mira con los ojos como platos, con una mezcla de fascinación y desconfianza.