¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

—Solo un poco despistada. No hace falta que te insultes —añade Grace.

Olivia, por su parte, es la única que consigue vestirse con elegancia: pantalón de nieve blanco impoluto, chaqueta rosa palo a juego con los guantes, y un gorro con pompón que probablemente cueste más que todo mi equipo junto.

Después de una batalla considerable contra cremalleras y botas rígidas que no hay manera humana de abrochar bien a la primera, por fin conseguimos salir de la cabaña convertidas en cuatro bolas de ropa de abrigo.

El camino hasta la estación de esquí es corto, tal y como prometía Zoe, aunque cada paso sobre la nieve compactada con las botas puestas es toda una odisea.

Vamos las cuatro en fila, tambaleándonos, agarrándonos las unas a las otras cada vez que alguna pierde el equilibrio.

A nuestro alrededor, el paisaje empieza a llenarse de gente: familias con esquís al hombro, grupos de adolescentes gritando entre risas.

Entre la multitud, veo también pasar a un par de huskies tirando de un trineo, y a un pastor alemán esperando pacientemente a que su dueño salga de la cafetería, con el pelaje cubierto de copos de nieve.

Sonrío al verlos, y enseguida pienso: menos mal que no he traído a Bella a este lugar.

Se habría hundido en la nieve nada más bajarse del coche.

Seguro que estará mejor donde está ahora, calentita junto a la chimenea en casa de la señora Matilde, que se ofreció a cuidarla un par de días mientras yo estoy aquí.

—Vale, chicas, seguidme —dice Zoe, abriéndose paso hacia el mostrador, cuando entramos en el edificio principal de la estación.

Nuestra intención es alquilar todo el material que vamos a necesitar, así que el proceso es más largo de lo que esperaba: nos toman las medidas de los pies, nos preguntan por nuestra estatura y peso, y nos van entregando, poco a poco, las botas, los esquís y los bastones.

Es entonces cuando aparece él. El monitor que nos han asignado para la clase de esquí.

Un chico de unos veintilargos, alto, con el pelo rubio despeinado y una sonrisa de anuncio de pasta de dientes que hace que Zoe se enderece de golpe, como si le hubieran puesto una vara en la espalda.

—Hola, chicas. Soy Mike, y hoy seré vuestro monitor —se presenta, con un acento que delata que no es de por aquí, quizás australiano, quizás simplemente demasiado guapo para pertenecer a este planeta—. ¿Alguna tiene experiencia previa esquiando?

—¡Yo! —dice Olivia, levantando la mano con seguridad—. De pequeña iba a esquiar con mis padres a Aspen. Así que, técnicamente, tengo una buena base.

—¿En serio? —pregunta Mike, interesado.

—Sí. Aunque llevo un tiempo sin practicar, así que estaría genial que me echaras una mano.

Antes de que Mike pueda responderla, Zoe se planta literalmente entre los dos, apartando a Olivia con un movimiento de cadera demasiado descarado.

—A mí también me vendría genial que me echaras una mano. Estoy muy verde —suelta, tendiéndole la mano a Mike—. Por cierto, soy Zoe, encantada —añade, dándole dos besos a continuación.

—Un placer, Zoe —responde, con una media sonrisa.

Olivia se cruza de brazos, mirando a Zoe con enfado, sabiendo perfectamente que le ha quitado a su posible ligue de hoy.

—Bueno, chicas —añade él—, si me acompañáis, empezamos ya con la clase.

La pista que Mike elige no es la de principiantes, sino una que está un poco más arriba, de nivel intermedio.

—Como me habéis dicho que ya tenéis algo de base, vamos a hacer un repaso rápido de técnica, ¿de acuerdo? —explica, colocándose frente a las cuatro con los esquís ya puestos—. Rodillas flexionadas, peso hacia delante y giros en cuña para controlar la velocidad. Nada que no sepáis ya, ¿no?

—Nada que no sepamos —confirma Olivia, con una sonrisa.

—Vale, empezamos —anuncia Mike, y todas nos colocamos en fila para bajar detrás de él, siguiendo sus giros como si fuéramos patitos torpes detrás de su madre.

◆◆◆

Ya es de noche cuando por fin conseguimos quitarnos de encima toda la ropa térmica y nos ponemos el pijama.

Las cuatro terminamos sentadas en círculo frente a la chimenea, cada una envuelta en su propia manta, con una taza de chocolate caliente entre las manos que Grace ha insistido en preparar.

El fuego chisporrotea suavemente delante de nosotras, proyectando sombras cálidas por toda la habitación, y durante un rato la conversación fluye tranquila, saltando de un tema a otro sin ningún orden concreto: que si Olivia quiere comprarse una nueva casa, que si Grace está preocupada por una niña que acude a su consulta, que si a mí me toca cambiar de aula la próxima semana porque van a reformar la que tengo ahora.

Me doy cuenta de que Zoe lleva un buen rato callada. Demasiado callada para tratarse de ella. Tiene la mirada clavada en la pantalla del móvil, los pulgares moviéndose rápido sobre el teclado, y una sonrisilla pequeña, casi tímida, que le baila en los labios cada vez que le llega una respuesta.

—Zoe —Grace la mira con los ojos entrecerrados—. ¿Con quién estás chateando?

Zoe levanta la vista un segundo, como si la hubieran pillado haciendo algo que no debía, y vuelve a bajarla enseguida hacia la pantalla.

—Con nadie. Simplemente estoy respondiendo un mensaje de trabajo.

—Ya, claro..., un mensaje de trabajo... —responde Grace, sin creerla.

Antes de que Zoe pueda añadir nada más, Olivia, que lleva toda la tarde con un pique silencioso instalado en el pecho, dice:

—Estará hablando con Mike, seguro... Porque claro, no contenta con quitarme el único chico guapo que había en toda la estación, encima ahora tiene que restregármelo por la cara.

—Oli, no te lo he quitado. Simplemente le he gustado más yo.

Olivia suelta un gemido dramático y se deja caer hacia atrás, tapándose la cara con el cojín que tiene al lado.

—A ver —intervengo yo, dejando la taza en el suelo—, ¿pero estás chateando con Mike ahora mismo? ¿Sí o no?

Zoe levanta la vista del móvil y me lanza una mirada pícara.

—Vale, sí. Me habéis pillado.

—¡Lo sabía! —Olivia se incorpora de golpe, señalándola con el dedo.

—¿Y cuándo os habéis dado los números? —pregunto, curiosa.

—Al final de la clase, cuando vosotras estabais recogiendo el material. Me ha preguntado si tenía Instagram porque quería enviarme unos vídeos suyos esquiando, y entre tema y tema, pues me ha pedido el número de teléfono.

—Qué originalidad la suya —murmura Olivia.

—Para ya de enfadarte conmigo y asume la derrota, amiga.

Olivia se remueve en su sitio y se envuelve mejor con la manta.

—En fin, cambiemos de tema. Estoy harta de escuchar tonterías —añade de repente, clavando su mirada en mí a continuación—. Se acabó lo de escaquearte, Ali. Nos prometiste que este fin de semana nos contarías qué ha pasado finalmente con Ricky.

—Es verdad —dice Grace, incorporándose un poco—. No aguanto ya más. ¿Qué ha pasado?

Zoe, que hasta hace un segundo tenía toda su atención puesta en chatear con Mike, deja caer el móvil sobre el sofá sin ni siquiera mirar dónde cae.

—Es verdad. Cuenta, cuenta. Necesito saber qué demonios ha pasado con ese crío.