CAPÍTULO 13
Alice
—Repite conmigo: no pienso mirar el móvil en todo el fin de semana.
—No pienso mirar el móvil en todo el fin de semana.
—Bien. Ahora dilo como si te lo creyeras de verdad.
Zoe me mira por el retrovisor con esa ceja levantada que siempre reserva para cuando sabe que estoy mintiendo antes incluso de que abra la boca.
Y tiene motivos de sobra para desconfiar de mí.
Llevamos quince minutos de viaje y ya he mirado el móvil por lo menos cinco veces, solo para comprobar si Ricky me ha mandado algún mensaje por fin. Últimamente no paro de hacerlo.
—Mira, de hecho, voy a apagarlo, para que te quedes más tranquila —digo, mientras presiono el botón de bloqueo y guardo el móvil en el bolsillo.
—Así me gusta —responde.
—Oye, Grace, ¿confirmas que llevas la lista de todo lo que hay que comprar de comida? —pregunta Olivia, girándose hacia el asiento de atrás, donde Grace va sentada a mi lado.
—Confirmado. Y también me he encargado de preparar el botiquín, por si a alguna se le rompe algún hueso.
—Qué optimista —dice Zoe, sonriendo hacia la carretera.
—Te recuerdo que una vez te torciste la muñeca.
—Sí, pero estaba aprendiendo a esquiar. ¿Recuerdas? Ahora soy bastante profesional.
—Bueno... —responde Grace, con una mueca—, si tú lo dices...
Me río al escucharlas sin poder evitarlo, con la frente apoyada contra el cristal frío de la ventanilla. Es la primera vez que quedo con mis amigas desde que volví de Portland. Todavía no nos había dado tiempo a cuadrar una fecha exacta para vernos las cuatro. Pero aquí estamos por fin. Juntas.
No les he contado nada todavía de lo que ha pasado, pero sí que les he dado lo justo para que dejen de hacerme preguntas incómodas cada cinco segundos.
«Estoy esperando noticias de Ricky.» Grace, que me conoce mejor que yo misma, no ha insistido más de la cuenta.
Olivia y Zoe, por supuesto, sí. Pero ya les he prometido que este fin de semana les contaré todo con detalles.
Solo necesito encontrar el momento adecuado para hacerlo.
El plan, en teoría, es sencillo: dos noches en una cabaña cerca de una pista de esquí que Zoe encontró a buen precio —definitivamente, el algoritmo de esa chica para dar con chollos de última hora sigue siendo un misterio sin resolver— a las afueras de Hunter Mountain, en pleno corazón de los Catskills.
—Oye, Zoe, ¿puedes parar de cambiar de canción cada diez segundos? —protesta Grace.
—Es que no sé cuál poner.
—Normal. Esa playlist debería renovarse urgentemente.
—¿Me estás diciendo que debería renovar a Guns N' Roses o a Green Day?
—Efectivamente. El rock debería estar prohibido.
—Pero serás idio...
Antes de que Zoe insulte a Grace, Olivia levanta una mano, pidiendo turno de palabra.
—Yo propongo que pongamos algo tranquilo. No sé, Ed Sheeran, por ejemplo.
—¿Ed Sheeran? Oli, por favor. Como ponga a Ed Sheeran me duermo al volante y nos estampamos contra un árbol.
Me río otra vez, negando con la cabeza.
—A ver, dejadme intentarlo a mí —digo, estirando el brazo desde atrás para coger el móvil de Zoe.
—Ni se te ocurra poner algo triste, Ali.
—Iba a poner a Harry Styles.
—¿En serio? —pregunta Zoe, riéndose.
—Sí, en serio. ¿Algún problema?
—Ninguno. Te dejo que lo pongas. En realidad, ese cantante tiene temazos.
Cojo el móvil de Zoe, busco a Harry Styles y pongo la primera canción que me aparece.
Los primeros acordes llenan el coche. Olivia empieza a tararear el estribillo con los ojos cerrados y una sonrisa floja en la cara.
Zoe empieza a dar palmadas sobre el volante, al ritmo de la música.
Y Grace se pone a silbar la melodía por lo bajo, mirando fijamente por la ventanilla.
Así que, sin que nadie lo decida oficialmente, empezamos las cuatro a cantar a la vez.
Mal. Fatal, de hecho. Ninguna afinamos, y menos aún nos sabemos la letra de memoria.
Mientras tanto, fuera, el paisaje empieza a cambiar poco a poco.
Los edificios ya han desaparecido hace rato, sustituidos primero por gasolineras y centros comerciales, después por bosques que se espesan a ambos lados de la carretera.
Y ahora por montañas coronadas de blanco a lo lejos, como si alguien las hubiera espolvoreado con azúcar glas.
—Zoe, baja la velocidad —dice Grace de pronto, cortando por completo el canto—. Por esta zona suelen cruzar ciervos por la carretera.
—Vale, vale, voy más despacio —responde.
El paisaje se transforma ya por completo. Ya no se ve un solo trozo de asfalto sin cubrir; la nieve lo ha invadido todo, los arcenes, las ramas de los árboles. Incluso el cielo parece distinto aquí arriba, más bajo, más gris.
—Chicas, creo que voy a tener que parar —anuncia Zoe al cabo de un rato, reduciendo la velocidad hasta detener el coche en un pequeño apartadero cubierto de nieve—. Con este panorama, mejor que ponga las cadenas antes de que la cosa empeore.
—De acuerdo, te echo una mano —comenta Grace, desabrochándose el cinturón para bajar a ayudarla.
Olivia y yo nos quedamos dentro, calentitas, observando a través del cristal cómo Zoe se pone de rodillas junto a la rueda delantera.
Entre risas, algún que otro insulto cariñoso y una lucha considerable contra el frío, consiguen colocar las cadenas en las dos ruedas delanteras.
Luego vuelven al coche tiritando y con las mejillas rojas.
—Vale, ya podemos continuar —dice Zoe, frotándose las manos frente a la calefacción antes de arrancar de nuevo.
Retomamos la marcha, más despacio esta vez, con la nieve empezando a caer sobre el parabrisas y la música todavía sonando de fondo.
Después de unos veinte minutos, llegamos a nuestro destino.
Un cartel de madera medio cubierto de nieve nos da la bienvenida al lugar: Silver Pines Mountain Resort.
Tomamos un pequeño camino que nos lleva hasta una zona con varias cabañas de madera repartidas entre los pinos, cada una separada de la siguiente por un buen puñado de metros de nieve.
Y, al fondo, asomando entre dos colinas nevadas, se adivinan ya los remontes de la estación de esquí.
—¡Ya hemos llegado, chicas! —anuncia Zoe, dando un pequeño bote en el asiento—. Bienvenidas a nuestro pequeño refugio de este fin de semana. ¡Lo vamos a pasar en grande!
Aparcamos, bajamos las cuatro a la vez del coche y luego sacamos el equipaje del maletero.
—Antes tenemos que pasar por recepción a por la llave —dice Zoe, señalando una casita de madera que hay a unos metros de distancia, donde pone en letras grandes «RECEPCIÓN».
Caminamos hacia allí arrastrando las maletas por la nieve, y cuando llegamos, empujamos la puerta, que suelta una campanilla aguda.
Dentro nos recibe una mujer de unos sesenta y pico años —con el pelo blanco recogido en una trenza que le cae por encima del hombro y unas gafas colgando de una cadenita—, sentada tras un mostrador de madera lleno de folletos turísticos amontonados sin ningún orden aparente.
—Buenos días —decimos al unísono.
—Buenos días —responde ella, levantando la vista de su cuaderno.
—Teníamos una reserva para este fin de semana —dice Zoe, acercándose al mostrador.
—Claro, cielo. ¿A nombre de quién está hecha la reserva?
—Zoe Collins.
Ella pasa el dedo por la lista de su cuaderno, buscando el nombre entre las líneas apretadas de tinta, hasta que lo encuentra y lo tacha con un trazo rápido. Después, sin decir nada, abre uno de los cajones del mostrador y saca una llave.
—Perfecto, aquí tenéis la llave de la cabaña.
Nos la entrega atada con un cordel de cuero y un llavero de madera tallado a mano con el número de nuestra cabaña grabado —la número siete— y nos suelta una pequeña charla sobre los horarios del resort, la ubicación exacta de la leña extra por si se nos acaba la de la chimenea, y una advertencia muy seria sobre no dejar comida fuera de la nevera «por los mapaches, que este año están espabilados».
—Que tengáis un fin de semana precioso, chicas —se despide, ya con la vista puesta de nuevo en su cuaderno.
—Muchas gracias —respondemos con amabilidad.
Salimos de allí con la llave en la mano y caminamos hasta la cabaña.
Por dentro es justo como prometían las fotos: paredes de madera oscura, una chimenea ya preparada con troncos esperando a que alguien les prenda fuego, un sofá enorme cubierto de mantas de cuadros escoceses y, al fondo, una pequeña zona con dos literas de madera pegadas a la pared.
En cuanto Zoe las ve, suelta la maleta en mitad del salón y sale disparada hacia allí.
—¡La cama de arriba es mía! —grita.
—Perfecto, yo me pido la de abajo —dice Olivia, dejando la maleta junto a su cama—. Me da muchísimo miedo dormir arriba.
—Oli, tiene barandilla. No te vas a caer —responde Zoe, riéndose.
—Ya, pero prefiero no arriesgarme, gracias.
—Bueno, pues entonces yo me quedo con la otra de arriba —añade Grace, dando una palmadita a la estructura de madera como si la estuviera inspeccionando antes de confiarle su vida durante dos noches.
Eso me deja a mí con la única cama libre: la de abajo, justo debajo de Grace, en la litera contraria a la de Zoe y Olivia.
Dejamos las maletas medio deshechas —con la ropa desparramada por todas partes como si hubiera pasado un huracán— y nos ponemos manos a la obra con el tema más urgente del día: vestirnos como si fuéramos a sobrevivir a una expedición en el Polo Norte.
—¿Alguien me explica por qué necesito ponerme cuatro capas de ropa para deslizarme por una montaña? —pregunto, mientras lucho por subirme un pantalón térmico que se ha quedado atascado en las rodillas.
—Porque si no, te congelarás y morirás —responde Grace con ironía, ya enfundada en su equipo completo.
—Qué manera tan alentadora de explicarlo —añado.
Zoe, mientras tanto, se pasea con unos calzoncillos térmicos y un gorro de lana con orejeras, buscando sus guantes entre el caos de su maleta.
—¿Alguien ha visto mis guantes?
—Los tienes puestos, Zoe.
Se mira las manos, sorprendida, como si acabaran de aparecer por arte de magia.
—Vale. Definitivamente, soy idiota.