¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Un chico de unos treinta años, solo, apoyado en la barra a unos metros de mí.

Traje oscuro sin corbata, camisa azul con los dos primeros botones desabrochados.

El tipo de persona que ha salido directamente de una cena de trabajo y ha decidido alargar la noche por su cuenta, sin darse cuenta de que aquí desentona a kilómetros entre tanta gente más joven.

La cartera le asoma por el bolsillo del pantalón.

Un bulto rectangular, perfectamente visible cada vez que se gira para llamar al camarero.

No debería hacer esto, joder. Soy muchas cosas, pero no soy un ladrón. Ni siquiera sé cómo robar una cartera. Nunca lo he hecho.

Me acerco hacia él despacio, como si simplemente estuviera intentando conseguir turno para pedir una copa.

El camarero está al fondo, atendiendo a un grupo de chicas.

La música sube de intensidad justo en este momento, como si la sala entera conspirara a mi favor sin saberlo.

El chico del traje gira ligeramente la cabeza hacia la derecha, distraído, mirando a la gente que está bailando en la pista.

Extiendo los dedos despacio, con calma, como si una parte de mí supiera exactamente lo que está haciendo, aunque el resto de mi cuerpo esté temblando de pánico.

El índice y el corazón entran en el bolsillo con suavidad.

La sujeto despacio. Ya la siento entre las yemas de los dedos.

Dejo que el peso de la propia cartera haga el resto del trabajo.

Un segundo. Dos. Tres.

La saco del bolsillo. Y desaparece dentro del mío antes de que yo mismo haya procesado lo que acabo de hacer.

Me separo de la barra despacio, sin mirar atrás.

El corazón me late tan fuerte que durante un momento pienso que alguien podría escucharlo por encima de la música.

Cuento los pasos hasta la salida, como si eso pudiera ayudarme a no salir corriendo.

Empujo la puerta suavemente y salgo a la calle.

Miro a mi alrededor y veo a un par de personas fumando, y al portero con los brazos cruzados mientras vigila que nadie se cuele en la discoteca.

Me escondo en el primer callejón que encuentro a unos metros de la entrada, y saco del bolsillo la cartera que acabo de robar.

La abro rápidamente. En su interior hay varias tarjetas de crédito.

Visa, Mastercard, alguna de empresa con el logo de una compañía británica.

Luego la documentación: el carné de identidad, el de conducir.

Y dinero en efectivo. Paso los billetes entre los dedos, contándolos rápido, casi sin pensar.

Y a punto estoy de soltar un grito de alegría, aunque consigo contenerme justo a tiempo.

Hay dinero más que suficiente para comprarme un billete de avión.

Genial. Ahora tengo que encontrar un taxi que me lleve hasta el aeropuerto. No creo que sea difícil. Estamos en el centro de Londres. Es prácticamente imposible que no pase uno en los próximos dos minutos. Y si no tuviera suerte por lo que fuera, siempre puedo hacer autoestop.

Guardo los billetes en mi bolsillo, no en la cartera robada —ya que tengo pensado tirarla en la primera papelera que encuentre—, y echo un último vistazo a los lados antes de salir del callejón. Perfecto. Es el momento. No pasa nadie.

Salgo a la acera con paso decidido y giro hacia la izquierda, en dirección a la avenida. En unas horas todo esto habrá quedado atrás, como una pesadilla de la que por fin me despertaré. Estoy a punto de conseguirlo.

Pero, de repente...

—¿Ricky?

Me paro en seco. La voz femenina que oigo detrás de mí me resulta muy familiar. Me doy la vuelta despacio. Y veo a Violeta de pie, con el móvil en la mano y los ojos clavados en mí.

—¿Adónde vas? —pregunta, confusa.

—A ninguna parte. Es que no me encuentro muy bien —digo, con la calma forzada de quien lleva toda la vida mintiendo y sabe que la clave está en no sobreexplicarse—. Necesitaba tomar el aire.

Violeta frunce el ceño ligeramente y da un paso hacia mí.

—¿Estás bien? ¿Necesitas algo? ¿Te ha sentado mal el tequila?

—Estoy bien, en serio —respondo, levantando una mano para frenar su avance—. Solo necesito dar un paseo y despejarme un poco.

—¿Te acompaño?

—¡No! —digo nervioso, pero enseguida intento rebajar el tono—. No te preocupes. Luego voy.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Anda, vete.

Violeta asiente despacio. Da media vuelta y se dirige de nuevo hacia la discoteca. Solo entonces suelto el aire que llevaba conteniendo desde que me ha pillado en mitad de mi alocado plan de huida.

Me giro. Doy el primer paso. Pero al segundo, vuelvo a oír su voz.

—Oye, Ricky.

Me paro.

—¿A ti de pequeño no te enseñaron que coger las cosas de los demás sin preguntar primero está muy mal?

El silencio entre los dos dura exactamente lo que tarda mi cerebro en procesar que acaba de decir lo que acaba de decir. Me doy la vuelta muy despacio.

—¿A qué te refieres? —pregunto, con la voz neutra.

—A que no eres muy bueno robando carteras —dice ella, con sonrisa burlona—. O sea, el robo en sí... no ha estado mal. Reconozco que has sido bastante hábil. Pero, Ricky, llevártela en el bolsillo del pantalón a la vista de todo el mundo no es exactamente lo que se dice una estrategia brillante.

Me quedo mirándola.

—No sé de qué me estás hablando.

—Claro que no —dice.

Da un paso hacia mí. Luego otro. Hasta que hay aproximadamente un centímetro de distancia entre los dos.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto, incómodo.

Violeta no responde. Simplemente baja los ojos hacia el bolsillo de mi pantalón. Y en un movimiento tan rápido y tan limpio que no me da tiempo ni a procesar, saca la cartera robada.

—¿Y esto qué es? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Quédatela. Ya no la necesito.

—Creo que debería llamar a la policía.

—Haz lo que quieras. Llámala. Pero yo me marcho ya de una puta vez de esta ciudad de mierda.

Me giro y echo a andar con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada, sin mirar atrás. Pero la voz de Violeta me sigue de cerca, pisándome los talones.

—¡Ricky, para! ¿Se puede saber qué estás haciendo?

—Irme. Que es lo que llevo semanas queriendo hacer.

—¡Has robado una cartera! ¿Te das cuenta de lo que has hecho?

—Perfectamente.

—¡Pues no lo parece!

Sigo andando. Ella sigue detrás.

—Sabía que eras un poco rebelde. Pero esto no me lo esperaba.

—Pues ya lo sabes. Actualiza tu opinión sobre mí.

—¿Cómo puedes ser tan...?

—¿Tan qué? —la interrumpo, sin girarme—. ¿Tan cabrón? ¿Tan niñato?

—¡Ricky, por favor, para! —grita Violeta.

Me paro en seco. Me doy la vuelta de nuevo, y la miro a los ojos.

—¿Qué te pasa? —pregunta, preocupada.

Se acerca y me acaricia la mejilla. Me quedo totalmente quieto tras su contacto, como una estatua.

El pulso me late en las sienes. En la garganta.

En todas partes. Noto cómo algo que llevaba semanas comprimido dentro del pecho empieza a aflojarse de repente, sin que yo lo haya decidido y sin que pueda hacer nada para evitarlo.

Y entonces ocurre lo que más odio que ocurra.

—Necesito volver a Nueva York, Violeta —digo, empezando a llorar—. La chica de la que estoy enamorado está allí, esperándome. Y llevo semanas atrapado aquí, sin poder hacer nada, sin poder siquiera mandarle un mensaje porque mis padres me quitaron el puto móvil.

Me revuelvo los rizos con la mano y aparto la vista, porque mirar ahora mismo a la chica que tengo justo enfrente me resulta demasiado incómodo.

Odio llorar delante de la gente. Lo odio con todas mis fuerzas.

Y más delante de alguien a quien apenas conozco.

No es exactamente el momento de mayor dignidad de mi vida.

Violeta sigue sin decir nada. Pero entonces, sin previo aviso, da el último paso que quedaba entre los dos y me rodea con los brazos.

No sé cómo reaccionar a esta muestra de cariño.

Me quedo rígido durante un segundo, con los brazos pegados al cuerpo.

Violeta me aprieta con fuerza. Y algo en ese gesto, en esa sencillez absoluta y completamente inesperada, hace que el resto deje de importarme.

Levanto los brazos despacio, devolviéndole el abrazo. Apoyo la cabeza en su hombro, cerrando los ojos. Nos quedamos así un buen rato. Sin hablar. Sin movernos. Con el ruido sordo de la ciudad de fondo y el frío de Londres pegándose a nuestros cuerpos.

Hasta que un pequeño ruido, de repente, hace que me aparte bruscamente. Empiezo a recorrer la calle con la mirada. Las fachadas oscuras. Los coches aparcados en fila. El callejón que he abandonado unos metros atrás.

—¿Qué pasa? —pregunta Violeta en voz baja, siguiendo mi mirada hacia la oscuridad con el ceño fruncido.

—No lo sé —respondo, sin dejar de mirar—. Pero tengo la sensación de que alguien nos está espiando.