¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Ricky

Si tuviera que hacer una lista de las cosas que menos me apetecen en este mundo, sería pasar la noche con un grupo de universitarios pijos a los que no conozco de nada.

Violeta me propuso el pasado miércoles salir con ella y sus amigos a una discoteca llamada Fabric, y no he encontrado ninguna excusa coherente que ponerle para no ir. Básicamente porque no tengo otros planes mejores que hacer en este sitio de mierda.

Lo único que hago desde que estoy aquí es pensar en cómo volver.

Junto a ella. Junto a Alice. El problema es que «volver» es una palabra muy bonita para algo que, en la práctica, no tengo ni idea de cómo ejecutar.

Y llevar varios días encerrado en mi propia cabeza tampoco está siendo especialmente productivo.

En algún momento, obsesionarse con lo mismo deja de ser pensar y empieza a parecerse mucho a ahogarse en tierra firme.

Así que, pensándolo bien, igual no es tan mala idea lo de salir a tomar algo y despejarme un poco para poder verlo todo con otra perspectiva.

Me pongo unos vaqueros oscuros, las New Balance blancas y un jersey fino de cuello redondo que encontré doblado en el fondo de la maleta.

Salgo de la habitación y me dirijo hacia las escaleras con las manos en los bolsillos.

Hemos quedado a las nueve y media y en mi reloj ahora mismo marcan las diez menos cuarto.

Me imagino que ya estarán todos esperándome, pero la puntualidad y yo nunca hemos sido grandes amigos.

Es uno de mis defectos más consistentes, qué le voy a hacer.

Bajo las escaleras y, nada más llegar al último escalón, los localizo junto a la entrada. Me acerco al grupo con calma, como si me diera bastante igual haber llegado quince minutos tarde.

—Qué puntual... —dice Sophie, con una sonrisa irónica en cuanto me ve.

—Soy un hombre de costumbres —respondo, guiñándole un ojo.

Pone los ojos en blanco, se ríe y, sin importarle demasiado mi prepotencia, me agarra fuerte por los hombros y me planta dos besos.

La verdad es que su brusquedad ahora mismo me tensa un poco.

Quién me iba a decir a mí que una chica tan guapa como Sophie me fuera a incomodar.

Y encima por dos simples besos. Definitivamente estoy amargado.

Triste. Enfadado. Enamorado. Un cóctel de demasiadas emociones a la vez que todavía no sé cómo manejar.

Sophie se separa y señala al resto con un gesto amplio, como si me estuviera presentando a los miembros de un espectáculo.

—Mira, «chico nuevo». Estos son Derek, Marcus y Chloe. Creo que el otro día no os presentamos en condiciones.

Reconozco que está bien saber sus nombres por fin.

No podía bautizarlos toda la vida como «el chico rubio», «el de los auriculares» y «la de las trenzitas».

Lo que también espero es que algún día ellos dejen de llamarme «chico nuevo».

Sé que es muy hipócrita por mi parte ponerle motes a todo el mundo y luego no soportar que me los pongan a mí.

Pero es que ese, especialmente, me toca un poquito los cojones.

—Encantado, soy «Ricky» —digo, remarcando bien mi nombre.

—Ya sabemos cómo te llamas. Puedes ahorrarte el numerito —dice Derek, el chico rubio, con un tono de burla.

¿Será gilipollas?

Antes de que pueda responderle a ese idiota algo medianamente ingenioso, Sophie gira la cabeza hacia Violeta, la agarra del brazo y la empuja ligeramente hacia mí.

—Oye, por cierto. ¿Has visto qué guapa va mi amiga esta noche?

Violeta se pone roja en aproximadamente medio segundo.

—Sophie, para —dice, con la voz temblorosa.

—¿Qué? Solo digo la verdad.

Violeta clava la vista en el suelo, mordiéndose el labio, como si deseara que el mármol se la tragara por completo.

—¿Qué tal estás, pecosa? —pregunto.

—Bien —dice, con la voz todavía un poco temblorosa.

He de reconocer que Sophie tiene razón y esta noche Violeta está espectacular.

Más arreglada de lo que la había visto hasta ahora.

Más... no sé. Diferente. Lo que no entiendo es por qué está teniendo esta reacción tan extraña conmigo.

Las pocas veces que he estado con ella desde que llegué a esta universidad, ha sido todo lo contrario a esto.

Directa. Sin filtros. De las que te sueltan lo que piensan antes de que tú termines de formular la pregunta.

Incluso suele vacilarme sin importarle lo más mínimo cuál va a ser mi respuesta.

Pero ahora parece que tiene vergüenza de tenerme delante.

—Venga, chicos, deberíamos irnos ya o se nos va a hacer tardísimo —dice Marcus, mirando el Rolex de su muñeca.

—Sí, sí, tenéis razón. Vámonos, que el Uber ya debe de estar fuera esperándonos —responde Sophie, guardándose el móvil en el bolso y echando a andar hacia la puerta.

—¿Ha dicho que nos está esperando un Uber? —pregunto en voz baja a Violeta.

—Sí, ¿sabes lo que es un Uber? ¿En Nueva York no existen?

—Sí, claro. Pero ¿por qué necesitamos un coche para ir hasta esa discoteca? ¿Dónde está exactamente?

—En el centro de Londres —dice, escueta.

Y, a continuación, echa a andar rápido y se reincorpora al resto del grupo. Me quedo un momento parado, analizando la situación mientras los demás salen al exterior, ajenos por completo a lo que me está pasando por la cabeza.

¿Ha dicho que está en el centro de Londres?

No sé por qué, pero me había imaginado que sería la típica discoteca universitaria de esas que están a dos manzanas del campus, con cerveza barata en vasos de plástico y todo el mundo bailando canciones que conoce de memoria.

Entonces, ¿en serio vamos a salir de aquí?

¿En serio vamos a coger un coche para ir hasta la ciudad y vamos a mezclarnos con gente que no tiene nada que ver con este sitio?

¿Vamos a existir fuera de esta burbuja de ladrillo y césped perfectamente cortado en la que llevo semanas atrapado?

¿Tengo delante la oportunidad de escaparme esta noche?

Los vigilantes no vienen con nosotros. Sería el momento perfecto para hacerlo.

La idea aparece antes incluso de que termine de formularla, y una vez que está ahí ya no hay manera de ignorarla.

Llevo semanas esperando el momento adecuado. ¿Y si resulta que es este?

◆◆◆

El Fabric no es lo que esperaba. Tal y como van vestidos Violeta y compañía, me había hecho a la idea de que sería uno de esos sitios con barra de mármol, luces tenues color ámbar y camareros con camisa blanca que te sirven cócteles con nombres en francés.

Pero no. El Fabric es un antiguo almacén industrial que se ha reconvertido, a día de hoy, en el corazón de la ciudad.

El techo es tan alto que la música electrónica que está sonando en este preciso instante rebota antes de llegar a tus oídos.

Y las luces van cambiando de color sin seguir ningún patrón concreto, como si el DJ también llevara el control de la iluminación y estuviera improvisando sobre la marcha.

Frente a nosotros, en la barra, hay seis chupitos de tequila alineados que Sophie se ha encargado de pedir en cuanto hemos llegado.

—¡Vamos a brindar, chicos! —dice, repartiendo los vasitos.

—¡Por nosotros! —añade Violeta.

Los vasitos chocan entre sí con entusiasmo.

—¡Y por el «chico nuevo»! —añade Sophie, levantando el suyo en mi dirección con una sonrisa.

—Ricky —digo, antes de beber.

—Ay, qué susceptible —dice, riéndose.

—Por Ricky, entonces —añade Chloe.

Me bebo el chupito de un trago, y joder, qué bien sienta.

No recuerdo cuándo fue la última vez que me bebí uno como este.

Entre que hace tiempo que no salgo de fiesta y que prácticamente he estado estos dos últimos meses encerrado, se me había olvidado por completo ese quemazón bajando por la garganta, tan molesto como satisfactorio, que solo el tequila sabe dar.

Y aunque lo echaba de menos, y ahora mismo tengo ganas de beberme por lo menos diez chupitos más, no puedo.

Necesito tener la cabeza despejada esta noche.

Si de verdad voy a intentar escaparme, si de verdad este es el momento que llevo tiempo esperando, no me puedo permitir llegar a ese punto en el que el alcohol toma decisiones por ti y tú simplemente las ejecutas sin pensar demasiado.

Saco la cartera del bolsillo disimuladamente y hago un repaso rápido de lo que llevo encima, mientras los demás hablan de tonterías que ahora mismo no me importan demasiado.

Dentro está mi pasaporte y el documento de identidad.

También algunos billetes y un par de monedas.

Mis padres, en un gesto que supongo que querían que pareciera generoso, me dieron algo de dinero en efectivo antes de enviarme a Whitmore. Por si necesitaba algo, dijeron.

El problema es que son dólares. Todavía no los he cambiado a libras, y no es precisamente algo que se pueda hacer de un momento a otro, y menos a estas horas de la noche.

Así que, por mucho que lleve dinero encima, ahora mismo no me sirve absolutamente de nada.

Aparte de que lo que llevo no me daría ni para comprarme un simple billete de avión en turista.

Pero la desesperación tiene esa cualidad tan particular de hacerte considerar cosas que en otras circunstancias ni se te pasarían por la cabeza.

(Ni de coña. ¿Eres idiota? No puedes hacer esto, Ricky. Sabes que no puedes).

Me aparto un poco del grupo con la excusa de pedir algo y apoyo los codos en la barra.

Intento disimular y mantener la mente fría, aunque esté muy desesperado.

La gente se mueve a mi alrededor al ritmo de la música, bailando.

Nadie me presta atención. Nadie me mira.

Ni siquiera mis supuestos nuevos «amigos».

Y entonces me fijo en el que creo que es ahora mi candidato perfecto.