¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Violeta

Siempre me gusta arreglarme sola cuando voy a salir de fiesta. No sé si eso dice algo de mí como persona o simplemente significa que tengo el armario organizado por colores y no soporto que Sophie me lo desordene y acabe esparciendo toda la ropa por el suelo.

El caso es que hoy, bueno, mejor dicho, como siempre, se ha empeñado en acicalarse esta noche en mi habitación, y yo le he dicho que sí.

A ver, no iba a decirle que no. Es Sophie.

Es mi mejor amiga. Pero también reconozco que me conviene que venga porque siempre trae su plancha.

Es una maravilla. De esas de color marfil, con cinco temperaturas distintas, que dejan el pelo como si acabaras de salir de una peluquería.

Así que sí, esa es una razón más que suficiente para haberle dicho que podía venir sin problema.

Abro el armario y me quedo mirándolo como si fuera a ayudarme.

Tengo ropa para todas las versiones de mí misma: la que va a clase, la que queda a comer con mi familia y tiene que ir impecable, y la que sale de fiesta hasta las cuatro de la mañana y al día siguiente tiene que fingir que no tiene resaca.

Esta noche, sin ninguna duda, quiero la última opción, pero necesito mejorarla.

Hoy quiero que la gente se gire, me mire y no pueda apartar los ojos de mí ni un instante.

O bueno, más concretamente, quiero que una persona en particular lo haga.

Paso los dedos por las perchas despacio, descartando vestidos sin pensar demasiado.

El Sandro verde no; ya lo llevé la última vez.

El de Maje tampoco; lo veo demasiado formal para ir al Fabric.

Me detengo en el Reformation negro, ese con el escote cruzado que Sophie lleva meses diciéndome que done a alguna ONG porque, según ella, ya lo he llevado demasiadas veces. Nada, lo descarto también.

Al fondo está el Rixo. Azul oscuro, tirantes finos.

De esos vestidos que no necesitan que sepas andar bien, porque ya andan bien por ti.

Lo saco con cuidado y lo sostengo frente a mí un momento, mirándolo.

No sé por qué, pero solo con tenerlo entre las manos ya sé que es el correcto.

Hay cosas que no necesitan demasiada deliberación.

—De acuerdo. Este. Me quedo con este vestido. Sin ninguna duda —murmuro.

Me visto despacio, sin prisa. Primero me pongo el vestido, luego me ato las sandalias, y cuando termino me planto frente al espejo, mirando mi reflejo.

Me quedo un segundo más de lo habitual observándome.

Aunque ahora mismo no esté perfecta, sé que soy guapa.

No lo digo con arrogancia; lo digo porque es un hecho que llevo escuchando desde que era muy pequeña.

Mis padres siempre se han encargado de que lo fuera.

Me llevaban a agencias de modelos infantiles y me compraban ropa de las mejores marcas para que fuera siempre impecable.

Durante años fui su proyecto favorito, su resultado más visible.

Pero cuando llegó Theo a nuestras vidas, algo cambió en la distribución de las cosas.

Las miradas de mis padres, su atención, el peso de sus expectativas, todo gravitó hacia él de una manera que yo tardé un tiempo en entender y más tiempo todavía en aceptar.

Desaparecí del mapa. Así, sin más. Y lo curioso es que nunca supe con certeza si lo que sentí entonces fueron celos o más bien alivio de dejar de ser la prioridad de mis padres.

Aun así, no le guardo rencor a mi hermano.

Ninguno. Todo lo contrario. De hecho, es la persona a la que más quiero de este mundo. Y haría cualquier cosa por él.

De repente, oigo que llaman a la puerta. Tres golpes rápidos, impacientes.

—¡Ya voy! —digo mientras me dirijo hacia allí.

Cuando abro, ahí está Sophie, con su energía alocada de siempre. Lleva cinco vestidos colgados de perchas, sujetos contra el pecho, el neceser bajo el brazo, los zapatos en una mano y la plancha del pelo asomando por el bolso.

—Sophie. ¿Adónde vas con todos esos vestidos?

—¡No sé cuál ponerme, necesito tu ayuda! —dice ella, pasando rápidamente por mi lado mientras se adentra en mi habitación.

Después, lo deja todo sobre la cama.

—De acuerdo, yo te ayudo —digo, cruzándome de brazos—. Pero lo que no entiendo es por qué has traído toda esa ropa si al final vas a acabar poniéndote uno de mis vestidos. Como siempre.

—Esta vez no, te lo prometo. Tengo el outfit clarísimo desde esta mañana. Pero no sé cuál me quedaría mejor de todos estos.

Y sin más preámbulos, coge el primero de los vestidos y se lo pone por encima, mirándose en el espejo.

—¿Este? —me pregunta, girándose hacia mí.

Lo miro un momento, estudiándolo con calma.

—Ese. Sin ninguna duda.

Sophie sonríe y, acto seguido, aparta los otros vestidos sin ceremonia alguna, como si siempre hubiera sabido que iba a ser ese y todo lo demás hubiera sido un puro trámite.

Ahora sí, empieza el ritual. El caos ordenado y perfectamente familiar que es arreglarse con ella.

Se apodera de uno de los tocadores, desplegando el contenido de su neceser con precisión, mientras yo me acomodo en el de al lado y cojo la plancha.

La enciendo. Tarda exactamente treinta segundos en calentarse, que es veinte menos que la mía, y ese detalle por sí solo ya justifica lo feliz que me hace que mi mejor amiga esté aquí conmigo en este instante.

Mi pelo es liso, en teoría. Bastante liso, de hecho.

Pero la humedad de Londres lleva años empeñada en demostrarme que «liso» y «encrespado» son conceptos mucho más relativos de lo que parecen.

Así que me paso la plancha mechón a mechón, dejando que el calor haga su trabajo, mientras Sophie, frente al espejo, se recoge el pelo en un moño perfecto.

—¿Recogido o suelto? —me pregunta mientras se lo hace.

—Recogido —digo, sin dudarlo—. Con ese vestido, definitivamente te queda mejor un recogido.

Asiente, satisfecha, y sigue colocándose horquillas mientras yo termino con el último mechón. Luego dejo la plancha enfriándose sobre el tocador. Me analizo detalladamente de nuevo en el espejo y después la analizo a ella.

—Sophie.

—¿Qué?

—¿No crees que nos estamos arreglando demasiado esta noche? El Fabric no es precisamente una gala de los Óscar.

Se queda callada un segundo. Casi nada, pero lo suficiente para reconocer esa pausa que Sophie hace siempre antes de soltar algo que sabe que va a dar que hablar.

—Es que hay un chico que me gusta...

—¿Perdona? ¿Qué chico?

—Uno de cuarto curso. Nos conocimos en la fiesta de invierno el año pasado, antes de las vacaciones de Navidad, y esta noche sé que va a estar en el Fabric con sus amigos.

—Y supongo que no vas a limitarte a saludarle, ¿no?

Sophie me devuelve la mirada con una expresión de inocencia completamente impostada.

—¿Pero por quién me has tomado, Vio?

Me río, porque no puedo evitarlo. Mi amiga nunca ha sido lo que se diría una chica tímida.

Hecho que quedó más que demostrado en la fiesta de final de curso de primero, cuando desapareció durante una hora y volvió con el pelo ligeramente deshecho y una sonrisa que no necesitaba ninguna explicación adicional.

—De acuerdo —digo, cogiendo el rímel para maquillarme las pestañas—. Entonces tiene sentido que te estés arreglando tanto.

—Esta noche Eric tiene que derretirse en cuanto me vea —confirma ella, mientras empieza a pintarse los labios.

¿Eric? ¿Eric Halsworthy? ¿Ese chico tan alto, con mandíbula de anuncio, el típico que en una película sería el protagonista sin que nadie tuviera que explicar por qué?

Claro que sé quién es. Su familia es una de las más poderosas de Inglaterra.

No es que lo conozca especialmente. Pero recuerdo que en una cena con mis padres escuché su nombre aparecer en medio de la conversación.

Mi padre estaba muy satisfecho de que un chico como Eric Halsworthy estudiara aquí.

—Y tú, ¿por qué vas tan arreglada esta noche? —me pregunta de repente.

—¿Cómo?

—Que tú tampoco sueles ir vestida así al Fabric —dice, con una sonrisa pícara.

—Simplemente quiero ir guapa. ¿Eso es un delito ahora?

—No, no... Pero seguro que el chico nuevo no tiene nada que ver con que te hayas puesto ese «modelito», ¿no?

—No sé de qué me hablas.

—Vio, está clarísimo que ese chico te gusta.

—No me gusta —digo, con una sonrisa que sospecho que no estoy ejecutando del todo bien.

—Esa sonrisa te delata, cariño.

—No me gusta. ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? —insisto.

—Pero si no te culpo por ello. El chico está buenísimo.

—¡Sophie!

—¿Qué? Solo digo la verdad.

Me quedo en silencio un momento, con el brillo de labios en la mano y la vista fija en el espejo, perdiéndome poco a poco en mis propios pensamientos.

La verdad es que sí. Tengo que reconocer que Ricky es guapo. Bueno, guapo no, guapísimo. Me fijé en él desde el primer momento en que lo vi sentado en aquel banco, tiritando de frío, aunque él intentara disimularlo.

No soy tonta. Sé perfectamente lo que es esto.

No es la primera vez que empiezo a sentir mariposillas en el estómago por un chico.

Pero saberlo no cambia nada. Si acaso, lo complica.

Ricky no puede ser nada más que lo que tiene que ser ahora mismo.

Un «objetivo». El problema es que nadie me avisó de que iba a tener los ojos demasiado bonitos.

—Vamos a llegar tarde, deberíamos irnos —digo, volviendo al mundo real.

—Sí, vamos —confirma Sophie, guardando el pintalabios en el neceser—. Los demás nos deben de estar esperando ya abajo.

Cojo el bolso de la silla, me lo coloco al hombro y echo un último vistazo a la habitación para asegurarme de que no me dejo nada, antes de apagar la luz.

Mientras cierro la puerta con llave y Sophie camina por delante en el pasillo, noto cómo el móvil vibra dentro del bolso.

Lo saco en un gesto automático. La pantalla se ilumina en la penumbra del pasillo y veo el nombre antes de abrir el mensaje.

Papá.

Mi padre nunca me escribe para preguntarme cómo estoy y mucho menos a estas horas. Así que algo importante querrá. Y, no sé por qué, me huelo lo que es.

Ya sabes lo que tienes que hacer esta noche. No me falles.

Me paro en mitad del pasillo, con el teléfono en la mano, leyendo el mensaje una y otra vez.

Respiro despacio. Dejo que el peso de esas palabras se asiente en algún rincón donde no estorbe demasiado, y cierro los ojos un instante.

Solo un instante. El tiempo justo para recordarme a mí misma por qué estoy haciendo esto y por qué es importante que lo haga.

—¡Vio, venga, que llegamos tarde! —me llama Sophie desde el final del pasillo.

—Ya voy —digo.

Y echo a andar tras ella.