¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 10
18%

CAPÍTULO 10

Alice

Hay situaciones que te cambian la cara en menos de un segundo.

Y esta, sin lugar a dudas, es una de ellas.

Cuando Margot me ha dicho hace un par de segundos —que creo que es el tiempo exacto que he tardado en bajar volando las escaleras— que «el señorito Valera del Río me esperaba en el hall», en ningún momento se me había pasado por la cabeza que ese señorito pudiera ser Gabriel.

De hecho, lo que menos habría esperado de ese hombre era que quisiera volver a verme.

Las últimas palabras que me dijo en el patio de este mismo colegio, hace un par de meses, no dejaban demasiado margen a la interpretación.

Pero aquí está. Frente a mí. Con el abrigo perfectamente puesto, como siempre, y una expresión que no sé muy bien cómo descifrar.

—Hola, Alice —dice, posando sus ojos marrones en mí.

Mi cerebro procesa la imagen a cámara lenta, como esos ordenadores viejos que se quedan cargando una pantalla durante una eternidad y no terminan nunca de arrancar del todo.

—Gabriel... ¿Qué estás haciendo aquí?

No responde de inmediato. Me analiza de arriba abajo con calma, despacio, como si necesitara recordarme detalladamente antes de dignarse a contestar.

—Gabriel —repito—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Vaya. —Ladea ligeramente la cabeza—. Por tu cara veo que no te alegras mucho de verme.

—Lo último que esperaba hoy era que aparecieras por aquí. Eso es todo.

—Me imagino. —Se mete las manos en los bolsillos del abrigo con una tranquilidad que me resulta exasperante—. Supongo que, cuando te han anunciado que el señorito Valera del Río te buscaba, te habías ilusionado con que fuera mi hermano, ¿no?

Trago saliva.

—Claro que no.

—¿Ah, no? —Una sonrisa muy leve, casi imperceptible, se asoma por sus labios—. Entonces, ¿por qué corrías?

—No corría.

—He oído cómo corrías. —Hace una pausa—. No soy tan idiota como crees.

—¿Qué quieres, Gabriel? —pregunto, desviando la conversación antes de que me entren ganas de cruzarle la cara.

—Nada, simplemente quería comprobar cómo va el proyecto de Estimulación Multisensorial.

Me quedo en silencio un momento, analizando sus palabras.

—¿Has venido a comprobar el proyecto?

—Sí. ¿Qué pasa? ¿No puedo venir a verificar que el proyecto de mi propia empresa funciona correctamente?

—Gabriel —digo, con la voz de quien intenta ser muy paciente y muy razonable—. Hace una semana vino un empleado tuyo a revisarlo. Y se supone que, pasados los seis meses del inicio del proyecto, las visitas iban a ser mucho menos frecuentes. Así estaba acordado.

—Ya lo sé. Pero quería comprobarlo yo mismo de nuevo.

—¿Por qué?

—Mi padre prefiere que vuelva a hacerme cargo personalmente.

¿Cómo? ¿Eso es cierto? ¿En serio que Rafael Valera, el hombre que debe de tenerme en una estima aproximadamente igual a cero, quiere que Gabriel vuelva a estar cerca de mí después de todo lo que ha pasado?

No entiendo nada. Además, esta situación me parece demasiado extraña.

Pero prefiero evitar las preguntas incómodas si la respuesta puede enfadarme más de lo que ya estoy.

Así que, en su lugar, digo:

—Está bien. ¿Qué es exactamente lo que quieres comprobar?

—En realidad, si te soy sincero, hoy estoy aquí por otra razón.

—¿Estás de broma? —digo, medio riéndome—. Hace treinta segundos me has dicho que habías venido a comprobar el proyecto.

—Y sí, también he venido a eso.

—¿Entonces? —pregunto, tensa.

—Relájate, guapa.

¿«Guapa»? No sé si me ha molestado más la palabra en sí o el tono con el que la ha pronunciado.

—Estoy muy relajada. Pero tengo la sensación de que el motivo real de tu visita no es el proyecto, sino espiarme.

Gabriel suelta una carcajada. Una tan fuerte que resuena entre las paredes vacías que nos rodean.

—Mira, piensa lo que quieras. No he venido a espiarte. Solo quería que supieras que, a partir de hoy, va a haber cambios importantes en el proyecto.

—¿Cambios? ¿Qué cambios?

—Si quieres, te lo explico con más calma mientras comemos juntos. ¿Te parece?

Parpadeo.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que quiero invitarte a comer. Así te cuento los cambios tranquilamente y aprovechamos para ponernos al día.

Lo miro durante unos segundos con la expresión de quien está valorando muy seriamente si lo que acaba de escuchar es real o producto del cansancio acumulado de las últimas semanas.

—Hoy me toca vigilar el comedor —digo.

Por supuesto, es mentira. Hoy el comedor le toca a Rachel de tercero, que lleva el turno asignado desde el mes pasado. Pero Gabriel no tiene por qué saberlo. O eso creía yo. Hasta que abre la boca de nuevo.

—No. Hoy no te toca vigilar el comedor.

—¿Perdona?

—Sé que hoy no tienes que realizar esa tarea. Lo he consultado con el director antes de hablar contigo.

—¿Le has preguntado a Alfred mis horarios?

—Sí. Me imaginaba que me ibas a poner alguna excusa para no comer conmigo.

—¿Ves cómo sí que me estás espiando?

—Me gusta tenerlo todo controlado. Eso es todo.

Y lo dice sin el menor atisbo de disculpa. Como quien anuncia un hecho meteorológico y ya está.

—Venga. ¿No te apetece que recordemos viejos tiempos?

Me quedo callada, mirando un punto indefinido del pasillo mientras ordeno mis pensamientos.

Lo que menos me apetece en este mundo es sentarme frente a Gabriel Valera en alguno de esos restaurantes donde la carta no tiene precios y los camareros te doblan la servilleta en el regazo, y hacer como si estos últimos dos meses no hubieran existido.

Por más que lo pienso, mi respuesta tendría que ser no.

Claramente no. No quiero comer con él. No tengo ganas. No quiero.

Pero entonces, cómo no, mi cabeza me juega una mala pasada, y pienso en Ricky.

En su silencio, más que en él. Ese silencio que lleva semanas siendo tan absoluto y tan ensordecedor al mismo tiempo, y para el que sigo sin tener ninguna explicación que me convenza del todo.

Y Gabriel, que es su hermano, está ahora mismo aquí, delante de mí, proponiéndome que comamos juntos.

Ya sé que no es un plan brillante. De hecho, probablemente sea un plan nefasto.

Pero si hay alguien en este mundo que pueda tener información sobre Ricky, es él.

—Está bien —digo al fin, antes de que me arrepienta.

◆◆◆

El restaurante se llama Maison y, como era de esperar, es uno de esos de carta sin precios.

Está en pleno centro de Nueva York, en una de esas calles del Upper East Side donde los toldos son de rayas beige y los porteros de los edificios llevan guantes blancos.

El interior está dominado por la madera oscura, la luz tenue y unas mesas separadas entre sí por una distancia claramente diseñada para que nadie pueda escuchar tu conversación.

—¿Qué te apetece que pidamos? —pregunta Gabriel, mirando la carta con calma.

—No lo sé, todavía estoy mirando —digo, mientras intento calcular mentalmente cuánto puede costar una merluza.

—No te agobies, Alice —dice entonces, como si me hubiera leído el pensamiento—. Pago yo.

Lo miro por encima de la carta.

—¿Esto no será algún plan maquiavélico tuyo para envenenarme o algo por el estilo, no?

Gabriel sonríe. Está a punto de responder cuando el camarero aparece a su lado con la discreción de quien sabe exactamente cuándo interrumpir un momento incómodo.

—¿Qué desean beber, señores?

—Un Barolo del noventa y siete, por favor.

—De acuerdo, señor.

—Yo quiero agua —digo, levantando la mano para llamar su atención.

—Traiga solo el vino, por favor —dice Gabriel, mirando al camarero con complicidad e ignorándome por completo.

—Sí, señor —responde él antes de desaparecer.

—¿En serio vas a obligarme a beber algo que no me apetece? —pregunto, indignada.

—Luego me lo agradecerás. Te va a gustar, hazme caso.

¿Primero me quita la opción de pedir simplemente un vaso de agua y ahora pretende que se lo agradezca?

Bajo de nuevo la vista a la carta y la recorro por segunda vez para decidir de una vez qué voy a pedir.

Hay un risotto de setas que tiene muy buena pinta.

También hay una lubina al horno que parece razonablemente normal para tratarse de este sitio.

Y un tartar de atún que me llama la atención, aunque los tartares y yo tenemos una relación complicada desde aquel incidente de dos mil diecinueve del que prefiero no hablar.

La lubina. Definitivamente, me quedo con la lubina. Cierro la carta con la satisfacción tranquila de quien acaba de tomar una decisión completamente autónoma y adulta.

El camarero aparece entonces con el Barolo, lo descorcha cuidadosamente, sirve una pequeña cantidad en la copa de Gabriel, espera a que lo pruebe, obtiene su aprobación y me sirve a mí después.

—¿Han decidido ya lo que van a tomar? —pregunta, mirándome a mí primero.

—Sí —digo, abriendo la carta de nuevo para señalarle el plato—. Voy a querer la lu...

—El Wellington de ternera para los dos, por favor —dice Gabriel, interrumpiéndome.

El camarero asiente y dice:

—Perfecto. Ha hecho una buena elección, señor. Eso sí, tardará unos veinte minutos en hacerse. ¿Quieren algo para picar mientras tanto?

—No, gracias, esperaremos al plato principal.

El camarero vuelve a asentir y, acto seguido, coge nuestras cartas y desaparece.

Me quedo mirando a Gabriel con la boca entreabierta en algún punto entre la sílaba que no llegué a terminar y el estupor más absoluto.

—¿Qué acabas de hacer?

—Pedir la comida.

—Has pedido por mí.

—Sí. Ibas a hacer una elección horrible.

—¿Por qué? —La voz me sale un par de tonos más alta de lo que pretendía. Pero la bajo enseguida al ver que, a tres mesas de distancia, una señora con un collar de perlas se ha girado para mirarme con una expresión de desaprobación muy elocuente—. Gabriel, yo quería la lubina.

—El Wellington está mejor.

—No como carne.

—Eso es mentira, Alice.

—¿Qué pasa, que no puedo hacerme vegetariana de repente?

Gabriel no me hace ni caso. Coge la botella de vino y, mientras la inclina hacia mi copa, dice:

—Prueba el Barolo, por favor. Está delicioso.

—No, gracias —digo, mientras aparto la copa rápidamente antes de que le dé tiempo a llenarla.

Sabía que Gabriel podía llegar a ser prepotente; eso nunca ha sido ninguna novedad.

Pero no lo recordaba así de insoportable.

En algunas de nuestras primeras supuestas citas de trabajo, esas que acabaron en todo menos en trabajo, me recomendaba qué plato pedir en un restaurante.

Y siempre había sido eso: una recomendación.

Una sugerencia. Algo que yo podía ignorar tranquilamente si me apetecía.

Pero esto es diferente. Esto es directamente saltarse mi existencia como si fuera un trámite administrativo prescindible.

¿Por qué está actuando así? ¿Quiere humillarme por lo que le he hecho?

Seguramente sea eso. Y la idiota soy yo por aceptar este plan absurdo.

Ni siquiera creo que me diga nada de Ricky.

Es mejor que no le pregunte por él. Más que nada porque no me voy a fiar de lo que me diga.

Seguro que, visto lo visto, me manipularía con cualquier información falsa.

Así que mejor pasemos al grano y acabemos con esta comida de una santa vez.

Quiero que me cuente las novedades del proyecto y marcharme cuanto antes.

—¿Te importaría que, mientras esperamos, hablemos de los cambios que hay en el proyecto?

—Tranquila. Tenemos toda la comida por delante para hablar de ello.

—¿Me lo podrías ir explicando ya, por favor?

—Te veo un poco tensa, Alice.

—No tengo toda la tarde —digo—. Tengo muchos deberes que corregir y tengo que preparar la clase de mañana. Así que, si no te importa, me lo cuentas, comemos y luego cada uno se va por su lado. ¿Te parece?

Hay un silencio breve tras mis palabras. Gabriel me observa fijamente, serio. Y por un momento me pregunto qué estará pensando exactamente. ¿Seguro que no quiere asesinarme?

Coge su copa de vino, le da un sorbo y, después, la deja en la mesa.

—Está bien. Como quieras. Te cuento los cambios —dice, apoyando los antebrazos en la mesa—. A partir de la semana que viene, una médica va a incorporarse al proyecto de forma regular.

Frunzo el ceño.

—¿Una médica? ¿Por qué? ¿Qué pinta una médica en todo esto?

—No tienes nada de lo que preocuparte, Alice.

Solo va a hacer un seguimiento médico de cómo reaccionan los niños a las tablets: pulsaciones, niveles de estrés, fatiga visual, patrones de atención durante las sesiones.

Queremos usar esos datos para desarrollar una aplicación educativa con inteligencia artificial, capaz de detectar en tiempo real cuándo un niño está agotado, frustrado o ha perdido el interés, y adaptar el contenido automáticamente antes de que eso afecte a su aprendizaje.

—Mis alumnos no son cobayas, Gabriel.

—Nadie ha dicho que lo sean.

—Me estás diciendo que queréis experimentar con ellos.

—Es solo un estudio. Queremos entender cómo responde el cuerpo de los niños con discapacidad a esta tecnología, para que la aplicación que estamos desarrollando pueda adaptarse también a ellos, no solo al resto.

—Se dice «diversidad funcional», no «discapacidad» —añado—. ¿Y para crear una nueva aplicación hecha con IA hace falta que haya una médica de por medio?

—Si queremos hacerlo bien, sí. —Me mira directamente—. Quiero que los niños estén seguros, Alice. Eso es todo. La persona que va a asistir a esas clases está cualificada, el protocolo está supervisado y los padres firmarán los consentimientos correspondientes.

Asiento despacio. Supongo que todo lo que ha dicho suena razonable y perfectamente justificado.

Y soy muy consciente de que las cosas avanzan rápido: la inteligencia artificial ya no es una amenaza futura, sino algo que está ahí, instalándose poco a poco en nuestras vidas.

Aun así, ¿seguro que mis alumnos no van a correr ningún riesgo?

Tendré que estar atenta por si acaso, por mucho que me diga Gabriel que van a estar en buenas manos.