CAPÍTULO 9
Ricky
Al final me he tragado mis propias palabras.
Me prometí por activa y por pasiva que no iba a pisar más el comedor.
Soy cabezón. Lo sé. Pero estoy harto de comer comida basura.
Así que aquí estoy. Con una bandeja de color grisáceo y un plato de pasta a la boloñesa que tiene más pinta de accidente culinario que de plato del día.
Aunque he de reconocer que está algo más sabrosa que los sándwiches de la máquina expendedora.
Me he buscado el sitio más estratégico posible: una mesa al fondo del todo, pegada a la pared, en ese rincón donde la luz llega un poco menos y donde, en teoría, uno puede existir sin que nadie se dé cuenta demasiado.
Pero hay un grupo de chicos de mi clase, a tres mesas de distancia, que llevan un buen rato mirándome y riéndose de algo que, evidentemente, tiene que ver conmigo.
No sé si es por el pelo revuelto que siempre decido llevar, por mi acento americano —que han escuchado esta mañana cuando me ha tocado leer en voz alta un ejercicio— o simplemente porque les he dado mala espina nada más entrar por la puerta.
Empiezo a estar hasta los cojones. Noto cómo algo en mi pecho se va tensando.
Dejo el tenedor sobre la bandeja. Despacio.
Con mucho cuidado. Me apoyo en la silla, calculo la distancia y estoy prácticamente a punto de levantarme e ir a preguntarles muy educadamente qué es lo que les hace tanta gracia, cuando alguien deja caer una bandeja enfrente de mí con un golpe seco.
—Pasa de ellos —dice Violeta, sentándose con naturalidad—. No merece la pena lo que estás a punto de hacer.
La miro.
—¿Perdona?
—Que pases de ellos —repite, señalando con la cabeza hacia el grupo que se está riendo de mí.
—Me están empezando a tocar un poco los huevos con tanta risita.
—Son unos imbéciles. —Pincha un trozo de ensalada de su plato con el tenedor—.
Mira, el que está más a la izquierda, el pelirrojo, es Jacob.
Hijo de un juez importante del país. Básicamente lleva toda la vida creyéndose por encima del resto.
A su lado está Max. Ese es el más idiota de todos, la verdad.
Simplemente se ríe de lo que se ríen los demás porque no tiene personalidad.
Y el tercero, el que lleva las gafas de pasta y finge que no nos está mirando ahora mismo...
ese es George. Es el típico que en clase participa mucho, pero luego en los pasillos es exactamente esto que ves.
—Vaya... veo que conoces bien a toda la universidad.
—Conozco a medio Londres, guapo.
—¿Ah, sí? ¿Por qué será? —digo, con una sonrisa pícara. No es que me extrañe demasiado, teniendo en cuenta lo que he descubierto de ella esta mañana en clase de economía.
—No soy una enchufada —responde, con un tono que mezcla el hartazgo con algo que suena casi a herida vieja.
—¿Ah, no? —La miro, escéptico.
—No.
—Eres la hija del director de una de las universidades más importantes de la ciudad. Y me acabas de confirmar que conoces a medio Londres.
—¿Y qué? No por ello soy la enchufadita. —Pincha otro trozo de ensalada con más contundencia de la necesaria—. De hecho, tengo varias asignaturas suspendidas de primero que me toca recuperar este curso.
Me quedo algo confundido.
—Espera. ¿Estás en segundo?
—Sí.
—¿Con asignaturas de primero pendientes?
—Sí. Economía, por ejemplo. De ahí que estuviera en tu clase esta mañana.
—O sea que la hija del director...
—Ha pasado a segundo arrastrando varias asignaturas de primero. Sí. Exactamente eso. —Me sostiene la mirada sin pestañear—. Mi padre está muy disgustado conmigo. Lo de que su hija «la perfecta» haya resultado no ser tan perfecta no le ha sentado especialmente bien.
Sin poder evitarlo, suelto una carcajada corta.
Violeta me fulmina con la mirada.
—¿Se puede saber de qué te ríes?
—Perdona. Pero es que no me esperaba que la hija del director fuera la típica estudiante que suspende varias asignaturas —digo, intentando recomponerme—. Me imaginaba que...
—¿Que por ser la hija de Benjamin Whitmore iba a ser la favorita de los profesores y me iban a aprobar sin problema?
—Efectivamente. Además, me has dicho esta mañana que a los profesores no les conviene que te cojan manía.
—Sí, y así es. Suelen tratarme con bastante respeto. Eso lo admito. Pero me suspenden igualmente.
La miro durante un momento sin decir nada.
No sé si es compasión lo que siento. En realidad, no la conozco lo suficiente como para sentirla.
Pero sí reconozco algo en esa expresión suya: esa mezcla particular de orgullo y cansancio que tiene la gente que lleva demasiado tiempo intentando demostrarle algo a alguien que nunca va a quedar del todo satisfecho.
Violeta sigue comiendo, ignorándome con bastante dignidad. Hasta que, al cabo de unos segundos, levanta la vista.
—¿Qué?
—Nada —digo.
—Me estás mirando.
—Estoy pensando.
—Pues piensa mirando hacia otro lado. Me incomodas.
—Sé lo que es eso —digo, sin hacerle mucho caso.
Ella deja el tenedor sobre la bandeja.
—¿El qué?
—Ser la decepción de un padre. Y más cuando ese padre es un hombre importante. —Me recuesto en la silla y me cruzo de brazos. Por la cara que pone, sabe perfectamente de qué le estoy hablando.
—¿Tu padre es el dueño de Valera Global Education, verdad? —dice—. Cuando el profesor ha dicho tu nombre completo en clase esta mañana, me he imaginado que eras su hijo.
—Soy su gran error, mejor dicho. Mi hermano Gabriel es «el perfecto», el que heredará la empresa. Yo soy el que quedará de becario, con suerte.
Violeta no dice nada. Y lo agradezco. Hay personas que, cuando les cuentas algo así, sienten la necesidad inmediata de decirte que seguro que tu padre te quiere mucho, que las familias son complicadas y que en el fondo todo tiene arreglo.
En fin. Todo ese discursito de mierda que no sirve absolutamente de nada.
—¿Y por eso estás aquí? ¿Tu padre quiere perderte de vista un rato? —pregunta, directa. Sin rodeos.
—Entre otras cosas.
—Qué típico —dice, con sequedad—. Enviar lejos al que estorba para que no incordie. Si te sirve de consuelo, yo tampoco soy la favorita de mi padre.
—¿Tienes más hermanos? —pregunto.
—Uno. Así que sé perfectamente de lo que hablas.
—¿Y por qué es el favorito? Si puedo saberlo, claro.
—Porque es el pequeño. Y desde que nació, todo ha girado en torno a él. —Hace una pausa—. Además... mis padres tienen una gran debilidad por él.
Frunzo el ceño.
—¿Y eso?
Violeta me mira un segundo con los ojos abiertos, como si acabara de darse cuenta de que ha sacado un tema que no debería haber tocado. Está a punto de decir algo cuando, por detrás de ella, aparece un grupo de chavales que se acerca a nuestra mesa con una energía descontrolada.
—¡Vio! —dice una chica de pelo castaño oscuro, plantándole dos besos sin molestarse en preguntar si interrumpe algo—. ¿Dónde te habías metido? Llevas toda la mañana desaparecida.
—He tenido clase, como tú, básicamente —responde, con una sonrisa irónica.
Son cuatro en total. Además de la chica del pelo castaño —que, por lo que entiendo, se llama Sophie y habla aproximadamente el doble de rápido de lo que el cerebro humano puede procesar—, hay dos chicos y otra chica.
Uno de los chicos es alto, rubio, de complexión atlética.
El otro es moreno, con gafas, y lleva unos auriculares colgados al cuello.
Hace como que escucha música, pero en realidad ni siquiera se está reproduciendo nada.
Y la otra chica, pelirroja y con trenzas, permanece un paso por detrás de los demás, asintiendo a todo lo que dice Sophie con la cadencia de un metrónomo.
Los cuatro se dirigen exclusivamente a Violeta. Ni siquiera me miran.
—El sábado salimos —anuncia Sophie—. Vamos al Fabric. ¿Vienes o no?
Violeta no responde de inmediato. Simplemente me mira a mí.
—¿Tú tienes plan el sábado?
Los demás giran la cabeza en mi dirección al mismo tiempo.
—No —respondo, seco.
Violeta vuelve a mirar a Sophie.
—Viene con nosotros, ¿vale?
Abro la boca para responder.
—No, gracias.
—Acabas de decir que no tienes plan.
—No tener plan no significa automáticamente que quiera tener el vuestro.
—¿Por qué no? —pregunta ella, cruzándose de brazos.
—Porque no os conozco de nada.
—Me conoces a mí.
—Esta es la tercera vez que hablamos.
—Tiempo suficiente.
—Paso —digo.
Sophie interviene entonces, inclinándose ligeramente hacia mí con una sonrisa que, debo admitirlo, está bastante bien ejecutada.
—Venga, chico nuevo. El Fabric es una discoteca increíble. Seguro que te lo pasarás genial con nosotros.
Los cinco me miran fijamente, esperando que ceda. Intento resistir unos segundos más, pero me resulta bastante complicado mientras me acosan con la mirada.
—De acuerdo —digo al final, señalando a Violeta—. Pero si me aburro, ten claro que me iré.
Violeta sonríe de medio lado. Lo justo para que yo me dé cuenta de que le ha hecho gracia mi advertencia.
—Nadie se aburre en el Fabric, chico nuevo —dice Sophie.
—Me llamo Ricky. No hace falta que me llames más «chico nuevo».
Una carcajada colectiva recorre la mesa.
—De acuerdo, «Ricky» —repite Sophie—. Nos vemos el sábado.
El chico rubio le da un beso de despedida a Violeta en la mejilla. El de los auriculares levanta una mano sin mirar atrás. La otra chica dice algo de «hasta luego» con una voz tan suave que casi no llega a percibirse. Y Sophie, antes de girarse para irse, señala a Violeta con el dedo.
—Vio, mételo en el grupo de WhatsApp.
—Vale —responde ella.
Los cuatro desaparecen entre las mesas con la misma energía descontrolada con la que llegaron, dejando atrás el rastro de una conversación que no he pedido y un compromiso que tampoco. El silencio vuelve a instalarse entre Violeta y yo.
Ella saca el móvil, teclea algo y, a continuación, me mira.
—Dame tu número y te meto en nuestro grupo.
—No tengo teléfono.
Violeta para de teclear. Me observa con una expresión que mezcla el desconcierto con algo parecido a la incredulidad, como si acabara de decirle que no sé leer o que me desplazo en burro.
—¿Cómo que no tienes teléfono?
—No.
—¿Por qué?
—Es una larga historia.
Me aguanta la mirada dos segundos más, como evaluando si merece la pena tirar del hilo. Pero, por el momento, decide que no.
—Bueno, no importa —dice, guardando el móvil—. Como supongo que nos vamos a ver a diario, ya te avisaré de los detalles de la quedada. ¿De acuerdo?
Antes de que pueda responder, recoge la bandeja, se cuelga la mochila al hombro y se levanta con la misma naturalidad con la que se sentó.
—Nos vemos, Ricky.
Y se marcha, teniendo el bonito detalle de guiñarme un ojo justo antes de alejarse.
Me quedo mirando el hueco que ha dejado en la silla de enfrente durante un par de segundos. Luego pincho un trozo de pasta fría y me lo llevo a la boca sin demasiado entusiasmo.
Quizás Londres no sea tan horrible como pensaba. Creo que he tenido la suerte de toparme con la única persona de toda esta universidad capaz de hacer que la tortura resulte, por lo menos, un poco más llevadera.