CAPÍTULO 8
Alice
Hay una cosa que nadie te cuenta sobre el primer día de clase después de las vacaciones de Navidad: huele diferente.
No sé si es el frío que se ha colado por las ventanas durante tres semanas, o los últimos rastros de colonia de unos niños a quienes sus madres habrán acicalado esta mañana con más esmero del habitual porque hoy volvían al colegio.
Pero hay algo en ese olor a papel, a pintura seca y a calefacción recién encendida que siempre me hace el mismo efecto: pararme un segundo en el umbral de la puerta y respirar hondo, como si necesitara avisarme de que aquí estoy. De que todo ha vuelto a la normalidad.
Que conste que ha sido una Navidad perfectamente pasable.
Y mira que eso, viniendo de mí, es casi un milagro.
Me he enfrentado a cosas que llevaba mucho tiempo evitando.
A recuerdos de mi hermano que había guardado bajo llave.
Y no ha sido fácil. Pero tampoco ha sido el desastre que me había imaginado durante todos estos años cada vez que pensaba en volver a Portland.
En cambio, el recuerdo de Ricky... esa herida sí que no ha terminado de cicatrizar. No he sabido nada de él en todas las vacaciones. Ni un mensaje. Ni una llamada. Ni una señal de vida desde ningún rincón del mundo —o, mejor dicho, desde Londres, que es donde se supone que está ahora mismo—.
Al principio intenté no preocuparme demasiado.
Intenté convencerme de que era normal. De que las cosas estaban como estaban y de que ahora mismo la situación necesitaba distancia después de todo lo que había sucedido.
Me lo repetí demasiadas veces. Con bastante convicción, incluso.
Pero los días fueron pasando. Y no sé muy bien cuándo dejé de convencerme y empecé simplemente a esperar.
Había una parte de mí —pequeña, terca, completamente ilógica— que seguía pensando que buscaría la manera de ponerse en contacto conmigo.
Que Ricky, que es de los que se saltan las normas con una naturalidad pasmosa cuando le da la gana, encontraría algún resquicio.
Una llamada desde un número desconocido.
Incluso alguna otra carta escrita a mano, o un simple email.
Ni siquiera le he visto activo en Instagram.
Me bloqueó hace casi dos meses y todavía no me ha desbloqueado.
Lo peor no es el silencio en sí. Lo peor es no saber qué significa.
Si es que ha decidido olvidarme definitivamente.
Si es que no puede comunicarse conmigo de ninguna manera.
Si es que esa ciudad inglesa se lo ha tragado entero y ya no queda ni rastro del chico que me miraba como si yo fuera lo único que valía la pena mirar.
—Alice, ¿cojo esta caja o la otra? —me pregunta Abby desde el otro lado del aula, haciéndome volver al planeta Tierra.
—La grande —respondo.
Abby asiente y empieza a desmontar el árbol de Navidad con eficiencia.
La actividad de hoy es esta: quitar los adornos, doblar los manteles de papel de los pupitres y descolgar el mural navideño de la pared del fondo.
Una tarea de mantenimiento, diría cualquiera.
Pero en esta clase nada es solo una tarea de mantenimiento.
Quitar un adorno implica esperar a que los niños estén listos para hacerlo.
Implica tolerar que otra persona coja el copo de nieve que tú querías coger primero.
Implica, en definitiva, un montón de cosas que fuera de estas cuatro paredes la gente hace sin pensar.
Aquí, en cambio, requieren paciencia, tiempo y una cantidad de «muy bien» y «tú puedes» que al final del día me deja la voz un poco ronca.
El mural es lo que más trabajo da. Son veinte copos de nieve recortados a tijera y una cadena de papel de colores que Javi pegó tan fuerte al corcho que Abby necesita ayuda para despegarla sin arrancar también la pintura.
—Tira más despacio —le digo.
—Es que no sale —responde ella, un tanto nerviosa.
—Con más cuidado, por favor.
La cadena sale de golpe y Abby da un paso hacia atrás, casi cayéndose de la pequeña escalera plegable a la que se había subido para despegarla.
—Ya está —anuncia, con alivio.
Cuando la última caja queda cerrada y las mesas vuelven a estar despejadas, la clase parece de repente más grande. Más vacía.
—Muy bien, chicos —digo, girándome hacia ellos—. Lo habéis hecho genial.
Mateo levanta el puño en el aire, celebrándolo a su manera. Charlie asiente con la cabeza, muy satisfecho consigo mismo. Greta ya está mirando hacia otro lado, porque ella funciona así: termina una cosa y su cabeza ya está en la siguiente tarea antes de que nadie haya dicho nada.
Me acerco a mi mesa y cojo la caja de actividades que preparé ayer en casa.
Dentro hay un montón de tarjetas. En cada una aparece dibujada una cara con una emoción distinta: alegría, tristeza, calma, miedo, enfado, sorpresa, vergüenza.
Colores vivos, dibujos claros, fáciles de reconocer.
No son tan realistas como los que aparecen en las tablets de Valera Global Education, pero al menos estas están dibujadas a mano y con cariño.
Y no por una máquina que no entiende de emociones, por mucho que me intenten convencer de lo contrario.
—Venga —digo, colocándome en el centro de la clase—. Ahora que ya hemos recogido todo, vamos a hacer una actividad muy divertida.
Eso capta la atención de todos, incluida Anastasia, que levanta la vista de su mesa por primera vez en toda la mañana.
—Las Navidades ya se han acabado —continúo—. Y me gustaría saber cómo las habéis vivido. ¿Qué os han parecido? ¿Cómo os habéis sentido?
Rodrigo levanta la mano.
—Yo muy bien.
—¿Sí? ¿Te lo has pasado bien, Rodri? —le pregunto.
—Sí. Santa Claus me ha traído un montón de regalos.
—Cuánto me alegra escuchar eso. —Cojo la tarjeta donde está dibujada la cara feliz y se la enseño—. ¿Entonces te has sentido así?
—Sí —dice sonriendo.
Le entrego la tarjeta y Rodrigo la acepta con las dos manos, mirándola con satisfacción.
—¿Y los demás? ¿Cómo os habéis sentido estas vacaciones?
Michael es el siguiente en levantar la mano, despacio. Le acerco el abanico de tarjetas y las observa una por una, sin prisa, con los ojos moviéndose de izquierda a derecha como si estuviera leyendo algo muy importante. Al final señala la de la tristeza.
—¿Has estado triste, Michael?
Asiente.
—¿Quieres contarme por qué?
Niega con la cabeza. Le doy la tarjeta y la deja sobre la mesa, mirándola un momento antes de apartar la vista hacia la ventana.
Patricia, sin esperar a que yo le pregunte, estira el brazo y coge directamente una tarjeta del montón que llevo en la mano.
—¿Has estado enfadada, Patricia? —le pregunto al ver cuál ha cogido.
—¡Sí! Mi primo me rompió el puzle que me regaló Santa Claus —dice, con una contundencia que no deja espacio para ningún tipo de matiz.
—Vaya. Eso no estuvo bien por su parte.
Patricia refunfuña algo más por lo bajo. Pero mi cabeza sigue en Michael. Me he quedado preocupada y me giro de nuevo hacia él: sigue mirando por la ventana con la tarjeta boca arriba sobre la mesa y los dedos rozando el borde, como si no terminara de decidir si agarrarla del todo o no.
Me acerco despacio y me arrodillo hasta quedarme a su altura.
—Michael, cariño. No tienes que contarme nada si no quieres. Pero si necesitas hablar, aquí estoy. ¿Lo sabes, no?
Silencio. Pasan unos segundos. Varios. Los suficientes como para que yo ya esté pensando en levantarme y dejarlo tranquilo. Pero entonces habla.
—Estoy triste porque se murió mi perro hace unos días.
Me lo cuenta casi sin mirarme, con la vista todavía fija en la ventana.
—Vaya... Lo siento muchísimo. ¿Cómo se llamaba?
—Rufus —dice, con los ojos lagrimosos—. Mi madre dijo que era muy mayor y que ya había vivido mucho tiempo. Pero yo no quería que se fuera todavía.
—Es normal que estés triste —le respondo—. Rufus era importante para ti. Y echarlo de menos no tiene nada de malo. Al contrario.
Michael baja la vista hacia la tarjeta.
—¿Algún día volveré a verlo, profe?
Trago saliva.
—Sí —respondo, con toda la convicción que puedo—. Estoy segura de que algún día volverás a verlo, igual que sé que algún día yo me reencontraré con mi hermano.
El silencio que viene después es de esos que pesan demasiado en el aire. Y Javi, por supuesto, es el primero en romperlo.
—¿Tú tienes un hermano, seño?
Levanto la vista y me encuentro con todos los ojos de la clase puestos en mí.
Todos quietos. Todos mirándome. Incluso Abby.
Podría esquivar el tema. Sé hacerlo de sobra.
Llevo años haciéndolo con una habilidad que ya quisiera tener para otras cosas.
Pero, como bien me prometí hace unas semanas, a partir de ahora pienso hablar de mi hermano con normalidad.
—Sí —digo—. Tenía un hermano. Se llamaba Dani.
—¡Ese es el nombre que aparece escrito en tu pulsera! —dice Patricia, señalando mi muñeca izquierda con los ojos muy abiertos.
—Sí. Es él.
—¿Y qué le pasó, profe?
La pregunta se queda en el aire. Directa, limpia, sin ninguna maldad detrás. Solo la curiosidad honesta de alguien que todavía no ha aprendido que hay preguntas que los adultos preferimos no responder.
—Un día se puso muy malito y se tuvo que ir al cielo —explico, de la forma más dulce y menos dolorosa posible.
—¿Y le echas de menos? —pregunta Michael, con la voz muy bajita.
—Todos los días —respondo—. Pero hace poco aprendí algo: que echar de menos a alguien no tiene por qué ser algo malo.
Al principio duele muchísimo, como una herida muy grande que no sabes si va a cicatrizar bien.
Pero con el tiempo, si la cuidas, lo va haciendo.
Y entonces el recuerdo deja de ser solo dolor y empieza a ser también algo bonito.
Como una luz pequeña que siempre va a estar ahí.
Michael frunce el ceño, procesando mis palabras.
—¿Como una lamparita? —añade.
—Exacto. Como una lamparita que no se apaga nunca.
—¿Y dónde vas a volver a verlo? ¿En el cielo?
—Espero que sí.
Michael asiente despacio. Luego coge la tarjeta que tiene sobre la mesa y la deja boca abajo. Como si ya no la necesitara.
Miro hacia Abby. Me está mirando desde el otro lado del aula con una expresión que no sé cómo describir.
Llevamos casi dos años trabajando juntas.
Dos años de cafés compartidos, de lunes difíciles y de viernes que se celebran aunque no haya ningún motivo especial para hacerlo.
Y en todo ese tiempo, Abby me preguntó una vez por la pulsera.
Solo una. Señaló el nombre con la mirada y me preguntó quién era Dani.
Le dije lo que le digo a casi todo el mundo: que es mi padre.
Ella me creyó. O, al menos, no hizo más preguntas.
Pero, por cómo me mira ahora, sé que sabe que aquel día no fui del todo sincera.
Aunque no hay reproche en sus ojos. Es como si me diera a entender que hay cosas que uno tarda en poder contar no porque no quiera, sino porque todavía no sabe cómo hacerlo.
Aprieta los labios en una sonrisa pequeña y callada.
Y yo se la devuelvo, dándole las gracias por entenderme.
—Venga —digo, carraspeando—. ¿Quién más quiere contarme cómo ha sido su Navidad?
Tres manos se levantan a la vez, y estoy a punto de ceder la palabra al siguiente cuando unos golpes suaves en la puerta cortan el momento. La puerta se abre despacio y aparece Margot, asomando la cabeza sigilosamente, como siempre.
—Alice, perdona —dice, en voz baja—. Siento molestar. Pero ha venido el señorito Valera del Río. Quiere hablar contigo. Te está esperando en el hall.
El corazón se me para de repente. Y luego arranca de nuevo, demasiado rápido, demasiado fuerte. ¿Ricky? ¿Es Ricky? ¿Ha venido? No sé cómo consigo que mi cara no delate todo lo que estoy sintiendo en este preciso momento.
Me aclaro la garganta, asiento como si lo que acabara de decirme Margot fuera algo perfectamente normal y cotidiano, y me giro hacia Abby.
—¿Te quedas un momento con ellos? Ahora vuelvo.
Abby me mira emocionada, sabiendo perfectamente lo importante que es para mí esa visita.
—Corre —dice, en voz baja, con una sonrisa.
Salgo al pasillo. Y en cuanto la puerta se cierra a mi espalda, echo a correr.
Me da igual que se me note la desesperación.
Incluso me da igual quedar como una auténtica quinceañera ridícula que está deseando ver de nuevo al chico que le ha roto el corazón.
Bajo las escaleras con una velocidad que casi me cuesta cara cuando el pie derecho no encuentra bien el escalón y tengo que agarrarme a la barandilla para no rodar hasta abajo.
Llego al hall casi sin aliento. Y me paro en seco.
Porque la persona que está de espaldas junto a la entrada, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo oscuro perfectamente planchado, no tiene nada que ver con lo que me había imaginado bajando las escaleras.
Es más alto. Con el pelo pulcramente peinado y una postura que no es la de alguien que se ha saltado medio mundo para llegar hasta aquí, sino la de alguien que está acostumbrado a que el mundo espere a que él decida moverse.
Se gira cuando escucha mis pasos. Y el corazón, que hace tres segundos me latía demasiado rápido, se congela de inmediato.
—Hola, Alice.
—Gabriel... —tartamudeo—. ¿Qué estás haciendo aquí?