¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Ricky

Tres semanas después...

Menudas navidades de mierda. Y mira que lo he intentado ver por el lado positivo.

De verdad que sí. Me he esforzado. He buscado ese famoso lado bueno que la gente siempre menciona cuando las cosas van mal y que, personalmente, creo que es una leyenda urbana inventada por alguien que nunca ha pasado una mala racha.

He estado completamente solo estas tres semanas.

Bueno... solo del todo tampoco. He tenido compañía.

Una compañía muy selecta, eso sí: los guardias de seguridad de la universidad que ha mandado el director a vigilarme mientras él se ha ido a su casa a pasar las fiestas con su familia.

Tres hombres corpulentos que se turnaban para vigilar el campus las veinticuatro horas del día y con quienes, a base de coincidir en los pasillos vacíos a horas intempestivas, he llegado a tener algo parecido a una relación.

El que mejor me cayó fue el del turno de noche.

Philip. Tiene cincuenta y tantos años, dos hijos, un perro que se llama Biscuit y una opinión muy concreta sobre el Arsenal que me ha repetido aproximadamente ocho veces en estas últimas semanas.

Tenía el plan perfecto para huir de aquí.

Lo había calculado todo al milímetro. Incluso había estudiado en profundidad todas las cámaras de seguridad para poder esquivarlas sin problema.

Pero resulta que Philip y sus colegas no tenían nada mejor que hacer que vigilar exactamente los sitios que uno necesita que no estén vigilados.

Por ejemplo, la valla de la entrada principal o la puerta lateral del edificio de residencias que siempre queda entornada.

A saber cuánto dinero habrán pagado mis padres para que el director se tome tantas molestias en tenerme bien vigilado.

Es lunes por la mañana. Las ocho, concretamente. Y la universidad vuelve a tener movimiento. Me dirijo hacia clase con el uniforme puesto. Ni siquiera he querido mirarme en el espejo todavía, porque no quiero comprobar cómo me queda. Debo de estar espantoso.

Me cruzo con gente por el pasillo. Los ignoro a todos, por supuesto.

No tengo nombres para la mayoría de las caras que me rodean, no tengo conversaciones pendientes con ninguna de ellas y no tengo el más mínimo interés en cambiar ninguna de esas dos cosas a estas horas de la mañana. Así que sigo andando.

El aula de economía está al fondo del pasillo de la segunda planta: una sala grande con ventanas que dan al patio interior y una pizarra tan antigua que probablemente tenga más historia que yo.

Entro sin mirar a nadie, evalúo el terreno en aproximadamente tres segundos y tomo la única decisión razonable disponible. Última fila. Siempre la última fila.

Me dejo caer en la silla que hay junto a la ventana, dejo la mochila en el suelo con más fuerza de la necesaria y me recuesto con esa postura pasota que probablemente haría cabrear a mi padre si pudiera verme.

El profesor todavía no ha llegado. Lo cual es, si me paro a pensarlo, bastante humillante: yo, que jamás en mi vida he sido el primero en llegar a clase, acabo de plantar el trasero en esta silla antes que el hombre al que le pagan por estar aquí enseñándonos.

Estoy recostado, mirando el techo sin pensar nada en concreto, cuando una voz me saca de repente de donde sea que hubiera viajado mi mente.

—Vaya. Así que sobreviviste.

Levanto la cabeza. Y ahí está. La chica con pecas en la nariz que conocí el último día, justo antes de las vacaciones.

Va con el uniforme puesto y el pelo recogido en una larga trenza que le llega casi hasta la cintura.

Se sienta en la silla de al lado. Sin preguntar siquiera si el sitio está libre o si me apetece disfrutar de su compañía.

—No me convertí en ese tal Olaf, si es lo que preguntas —respondo, sin cambiar de postura.

—Ya veo. —Me mira un momento, de arriba abajo, sin disimular—. Aunque te habría quedado mejor un disfraz de muñeco de nieve que el uniforme.

—Gracias, pecosa. Tú también estás muy guapa con él.

—Veo que lo de «pecosa» ya va a ser siempre una tradición —dice, escapándosele algo parecido a una sonrisa.

—Las tradiciones son importantes. Hay que respetarlas.

Suelta una carcajada corta.

—¿Cuánto tiempo llevas ensayando esa respuesta?

—Cero segundos. Soy así de bueno en directo.

—Qué modesto.

—La modestia es para la gente que no tiene motivos para no serlo.

Se queda mirándome con una expresión repentinamente seria. No sé si está evaluando si lo que acabo de decir merece una respuesta o simplemente una ceja levantada. Se decide por las dos cosas a la vez, combinación que, tengo que reconocerlo, no le queda nada mal.

—¿Sabes? —dice, apoyando el codo en la mesa—. Cuando te vi sentado en ese banco aquella mañana, pensé que eras un gilipollas.

—Vaya... ¿en serio? Me ofendes.

Me corta antes de que continúe.

—Pero ahora pienso que no eres tan gilipollas como yo creía. Seguro que merece la pena conocerte.

—¿Debería sentirme halagado?

—Siéntete como quieras. Simplemente quería decirte que no pareces mal chico, aunque intentes demostrar serlo todo el rato.

—No te ha dado tiempo a conocerme tanto como para llegar a esa conclusión.

—Me basta con verte por segunda vez para sacarla —dice, encogiéndose de hombros.

—¿Ah, sí? Ese análisis tan certero en tan poco tiempo es muy «psicópata», ¿lo sabías?

—Pareces bastante predecible. Solo eso.

El aula sigue llenándose a nuestro alrededor, mientras alguien abre una carpeta y otro busca un bolígrafo en su estuche.

—Por cierto —dice ella entonces, tendiéndome la mano—. No te he dicho cómo me llamo. Soy Violeta. Encantada.

La miro un segundo, dudando si devolverle el saludo. Hasta que, finalmente, le tiendo la mano.

—Ricky.

—Ricky —repite, como si lo estuviera archivando en algún sitio de su memoria—. ¿De Enrique?

—¿Cómo que Enrique? —digo, como si me hubieran llamado de la peor forma posible—. Ricky de Ricardo, no de Enrique.

—Bueno... —dice, sonriendo—. Tampoco es que Ricardo sea muy moderno.

—Exactamente. Parece que tú también has llegado a la misma conclusión, así que, si no te importa, llámame Ricky.

Nos miramos un instante con esa tensión ridícula de dos personas que están a punto de reírse, pero ninguna quiere ser la primera. Hasta que, finalmente, nos sale a los dos a la vez, sin que ninguno pueda evitarlo.

No sé exactamente en qué momento ha pasado, pero mientras la miro reírse con esa nariz arrugada y las pecas juntándose, me doy cuenta de que esta chica me está empezando a caer bastante bien.

Pero nada más allá de lo que podría ser un ligue.

Reconozco que el Ricky de hace unos meses habría puesto en marcha ese plan de ligoteo que tan buenos resultados le había dado hasta entonces.

Una sonrisa en el momento exacto. Un comentario en el tono correcto.

Pero ese Ricky se quedó perdido en algún sitio por el camino.

Desde que conocí a Alice, ese plan ya no funciona dentro de mi cabeza.

No porque no existan más mujeres atractivas en el mundo, sino porque el radar sencillamente ha dejado de buscarlas.

No sé si querer solamente a una chica me hace mejor persona.

Pero, desde luego, me hace una persona completamente distinta a la que era antes de todo esto.

De repente, la puerta del aula se abre bruscamente. El profesor entra corriendo con el abrigo todavía puesto. Deja el maletín sobre la mesa con un golpe seco, saca unos papeles y empieza a hablar antes de que nadie haya terminado de ponerse recto en la silla.

—Buenos días a todos. Siento el retraso. Espero que hayan disfrutado de las vacaciones navideñas y que vengan descansados y con las pilas cargadas, porque este segundo trimestre no va a ser fácil.

Hace una pausa.

—Antes de entrar en materia, me gustaría hacer una pequeña reflexión sobre la importancia de la economía en el mundo actual.

Vivimos en una sociedad globalizada donde los mercados financieros determinan en gran medida el devenir de las naciones, y comprender los mecanismos que los regulan no es simplemente una cuestión académica, sino una responsabilidad cívica que...

Dejo de escuchar más o menos aquí. No es una decisión consciente. Es que mi cerebro tiene un sistema de filtrado bastante eficiente para este tipo de charlas y lo ha activado de forma automática.

Violeta se inclina ligeramente hacia mí.

—Este —me susurra, sin apartar los ojos del profesor— es el peor de todos.

La miro de reojo.

—Ya, puedo imaginarlo con solo verle las pintas.

—No, no te lo imaginas. Todavía estás en la fase de pensar que es tolerable. Espera diez minutos a conocerlo un poco más.

—¿Mejora?

—Empeora. Exponencialmente.

El profesor sigue hablando. Ahora dice algo sobre la responsabilidad individual en un sistema capitalista. O eso creo escuchar. No estoy del todo seguro.

—Y una cosa más —añade Violeta—. Como te coja manía, la cagas. En serio. El año pasado suspendió a media clase en el primer examen parcial por pura animadversión personal.

Me río bajito, sin poder evitarlo.

—Vaya... ¿Y a ti te tiene manía, pecosa?

Se queda callada exactamente un segundo de más.

—No le conviene tenerme manía.

—¿Y eso? —pregunto con curiosidad.

Abre la boca para responder. Pero no llega a hacerlo.

—Señorita Whitmore.

La voz del profesor corta el aire del aula como un cuchillo afilado. Seca. Directa. Violeta se endereza en la silla despacio.

—Más le vale que atienda si no quiere volver a suspender esta asignatura —continúa él—. Si no se calla, tendré que mandarla al despacho de su padre.

Proceso la amenaza que acaba de soltarle el profesor. Y entonces caigo en la cuenta. ¿Ha dicho «señorita Whitmore»? ¿El director no se apellida Whitmore también? ¿En serio que la pecosa es hija del director?

El profesor desplaza entonces la mirada hacia mí. La sostengo sin parpadear. Una habilidad que he perfeccionado a lo largo de los años practicando con mi propio padre.

—Y usted —dice, con ese tono de quien acaba de identificar a una nueva presa—. Usted es el alumno nuevo, ¿verdad?

—El mismo —respondo, guiñándole un ojo.

Baja la vista hacia sus papeles y empieza a repasar la lista en busca, seguramente, de mi nombre. Se detiene.

—¿«Ricardo... Valera del Río»?

—Ricky —le corto.

Toda la clase suelta una carcajada al escuchar mi nombre. No entiendo por qué.

El profesor levanta la cabeza.

—¡Silencio! —grita.

Me mira de nuevo. Serio.

—De acuerdo, Ricky. Pues usted —continúa, desplazando la mirada hacia Violeta— y la señorita Whitmore, ¿podrían atender, por favor?

A mi izquierda noto que Violeta abre su cuaderno aparentando prestar atención.

Yo hago lo mismo. El profesor retoma su explicación como si nada hubiera pasado.

La clase recupera ese silencio denso y aburrido.

Alguien escribe. Alguien pasa una página.

Alguien bosteza intentando que no se note y consiguiendo exactamente lo contrario.

Y yo simplemente miro la pizarra y finjo atender.