¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Es que esta puerta no cierra del todo bien, no sé por qué.

Suspiro profundamente, enfadada. Mi madre desdobla los brazos, se separa del marco y entra despacio en la habitación. Mira a su alrededor un momento, como si a ella también le costara adentrarse aquí. Luego se acerca a la cama y se sienta a mi lado.

Durante un rato, ninguna de las dos dice nada. A mi madre los silencios no le incomodan. A mí, en cambio, una barbaridad. Así que decido desviar la conversación antes de que ella la retome.

—¿Entras aquí a menudo?

—De vez en cuando —hace una pausa—. Yo a veces también necesito hablar con tu hermano. Y reconozco que este es el mejor sitio para hacerlo. Tampoco soy muy fan de ir al cementerio, aunque voy muchas veces a cambiarle las flores.

—Vamos, que has oído toda la conversación desde el principio —digo, un tanto molesta.

Mi madre me sonríe levemente.

—He oído todo lo que tenía que oír, cariño.

Otro silencio. Esta vez un poco más largo.

—¿De verdad te ha pasado todo eso estos últimos meses? —me pregunta al fin—. ¿En serio te has enamorado de un chico al que le sacas diez años y que, encima, es el hermano de ese tal Gabriel?

—No hace falta que digas nada. Ya sé lo que me vas a decir.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te voy a decir?

—Que es una locura enamorarse de alguien tan joven y que debería olvidarme de él. Vamos, justo lo que has dicho hace un momento cuando has entrado por la puerta.

—Es que, Alice, hija, ¿cómo te metes en un lío así? Siendo ellos dos hermanos, además.

—Ya lo sé, mamá. Ya lo sé.

Resoplo. Pero ella ignora el resoplido, que es algo que lleva haciendo desde que tengo uso de razón.

—Me alegra saber por fin toda la historia. Te conozco lo suficiente como para saber que algo no marchaba bien.

—Claro. Ha sido genial saberla al completo mientras espiabas a tu hija.

Mi madre suspira. Se queda mirando la silla de Dani un momento y, cuando vuelve a mirarme a mí, me agarra la mano con cuidado y empieza a hablar despacio, con suavidad.

—Mira, yo no voy a sentarme aquí a decirte que te olvides de ese chico, porque es muy fácil decirlo y muy difícil hacerlo. Pero te voy a decir lo que yo haría.

La miro, atenta.

—Lo que yo haría es dejar de intentar tomar siempre la decisión correcta.

Frunzo el ceño.

—¿Qué significa eso, mamá?

—Significa que llevas toda la vida intentando hacer las cosas bien. Controlándolo todo. Midiendo a cada persona para que no te hiciera daño.

Hace una pausa.

—Y mira, de todas formas, cómo has terminado.

—Gracias, mamá. Muy reconfortante esta última frase.

—De nada, hija, para eso está una madre. Para decir las cosas con claridad.

Resoplo otra vez. Ella vuelve a ignorarlo.

—Lo que intento decirte —continúa— es que hay cosas en la vida que no se pueden controlar. Y el amor es la primera de la lista. Siempre lo ha sido. Incluso a mí me costó aprenderlo.

La miro de reojo.

—¿A ti?

—Sí —asiente, despacio—. Cuando conocí a tu padre, yo tenía una vida perfectamente planeada. Sabía exactamente lo que quería y lo que no. Y tener novio en aquella época no entraba ni por asomo en esos planes. Pero entonces, un día, apareció él de repente.

No había escuchado esa historia nunca. O si la había escuchado, no le había prestado la suficiente atención.

—¿Y qué hiciste?

—Lo que más miedo me daba hacer —se acerca un poco más a mí y me rodea con el brazo—. Dejar de controlarlo todo y dejarme llevar. Y míranos ahora. Más de media vida juntos.

Me quedo un momento en silencio, dándole vueltas a lo que me acaba de contar.

—¿Entonces me estás diciendo que crees que lo mío con Ricky podría funcionar?

Ella me sostiene la mirada. Hay una calma en sus ojos que siempre me ha parecido un superpoder absolutamente injusto viniendo de la misma persona que me pone nerviosa con solo levantar una ceja.

—No lo sé. Y yo, como madre, te aconsejaría que ni lo intentaras. Pero tienes treinta años, hija. Y creo que ya eres lo suficientemente mayor como para tomar tus propias decisiones y elegir a quién quieres como compañero de vida.

Trago saliva.

—No quiero volver a sufrir, mamá.

—Lo sé, hija —me aprieta la mano—. Nadie quiere sufrir. Pero vivir es eso también.

Me quedo un momento quieta. Respirando profundamente. Y entonces, de repente, sin venir a cuento, con la voz un poco temblorosa, digo:

—Lo siento.

Me mira extrañada.

—¿Por qué, hija?

—He sido una cobarde. Siento haber estado años sin aparecer por aquí, sin llamaros lo suficiente —suspiro—.

He estado tan ocupada protegiéndome a mí misma de mi propio dolor que no he pensado en el vuestro.

Y vosotros habéis perdido a un hijo. Eso es...

eso es infinitamente peor que lo que yo haya podido sentir.

No ha sido justo que me perdierais a mí también.

He sido muy egoísta. Y lo siento muchísimo.

Mi madre respira hondo, despacio, y, mientras me mira, hay algo en sus ojos que no se parece en nada al reproche.

—Alice —su mano se posa sobre mi mejilla—. Tu dolor no vale menos que el nuestro por ser distinto. Perdiste a tu hermano. Y tenías dieciséis años.

—Pero vosotros os quedasteis aquí, con todos sus recuerdos. Y yo decidí irme en cuanto pude.

—No hay una forma correcta de sobrevivir a algo así, hija. Simplemente hiciste lo que sentiste que era lo mejor para ti.

—Aun así, debería haber estado más cerca de vosotros estos últimos años.

—Sí. Nos habría gustado tenerte más cerca, no te voy a mentir. Pero también entendimos que necesitabas distancia. Y que volver aquí te costaba.

Hace una pausa.

—Hoy, en cambio, te has atrevido a pisar esta casa de nuevo. Y esta noche has podido entrar en esta habitación, Alice —señala con la cabeza a nuestro alrededor—. Así que eso es exactamente lo contrario de ser una cobarde.

—Ojalá lo hubiera hecho antes.

—Ahora también cuenta.

Me rodea con el brazo de nuevo. Apoyo la cabeza en su hombro. Y nos quedamos así un momento, en silencio, sentadas en la cama.

—Mamá. Por cierto.

—¿Qué?

—La puerta sí que estaba cerrada.

Noto cómo su hombro se mueve levemente cuando se ríe.

—¡Qué sabrás tú!