CAPÍTULO 6
Alice
Abro la puerta despacio. Centímetro a centímetro, como si necesitara darle tiempo al mundo del otro lado a prepararse también para mi llegada.
Lo primero que percibo nada más entrar es el olor.
No es el de Dani, por supuesto. Ojalá pudiera decir que, al cruzar el umbral, me ha golpeado ese olor suyo tan concreto, tan inconfundible.
Pero no. Es ese otro olor que tienen las habitaciones que llevan cerradas demasiado tiempo, ese que no sabes si es tristeza o simplemente humedad.
Me quedo parada en la entrada con la mano todavía en el pomo y el corazón a mil por hora. El reflejo de la luna se filtra por las rendijas de la persiana. Aun así, aprieto el interruptor. Y, al encenderse la luz, lo veo todo.
A la derecha hay una estantería de madera blanca donde están los cuentos de Dani.
Me acerco despacio hacia ella. Los libros siguen ahí, exactamente donde los dejamos la última vez que volvimos del hospital.
El Principito, con el lomo descolorido de tanto abrirlo.
Donde viven los monstruos, su cuento favorito.
La enciclopedia de animales, que hojeaba durante horas mientras intentaba imitar el sonido de las vacas.
A la izquierda está su cama, con una barandilla en el lateral, junto a una mesita de noche con una lámpara con forma de cohete espacial que proyecta estrellas en el techo.
Me fijo en el póster de dinosaurios que hay colgado encima del cabecero.
Luego, en la manta azul de perritos, doblada al pie de la cama, perfectamente colocada.
Miro hacia el frente, justo debajo de la ventana. Y ahí está. Exactamente donde la vi por última vez. Su silla de ruedas. Con sus ruedas de color azul marino, un poco polvorientas, y el cojín rojo que mi abuela le regaló para que estuviera más cómodo.
Hace años, mis padres la pusieron a la venta.
No creo que fuera para ganar unos cuantos dólares por ella, estoy segura de eso.
Creo que fue porque, por un instante, se convencieron de que desprenderse de las cosas de Dani era lo mismo que avanzar.
Quizás lo era. Quizás lo creyeron durante unos días.
Hasta que alguien llamó, interesado en comprarla.
Vinieron incluso a verla. Yo no estaba aquí cuando ocurrió, y tampoco pregunté demasiado cuando me enteré, lo que ya dice bastante de lo mucho que me costaba entonces hablar de cualquier cosa relacionada con Dani.
Lo que sé es que, al final, mi madre no fue capaz de venderla.
No sé si tomó la decisión correcta o la equivocada.
Pero creo que con el duelo esa pregunta no tiene respuesta.
Creo que con el duelo pocas cosas la tienen.
Me acerco hasta quedarme justo delante de la silla. Apoyo las manos en los reposabrazos y noto el frío subiéndome por las palmas. Y, sin saber muy bien por qué, me agacho poco a poco hasta que mis ojos quedan a la misma altura a la que habrían estado los suyos. Desde donde él miraba el mundo.
Me quedo así un momento. En silencio. Mirando la habitación desde esa perspectiva. Trago saliva. Un nudo en el estómago comienza a apretarme demasiado fuerte. Y empiezo a decir en voz alta todo lo que llevaba dentro desde hacía mucho tiempo.
—Hola, Dani. Me siento un poco ridícula hablando sola en una habitación vacía. Aunque supongo que ya sabes perfectamente que siempre he sido un poco ridícula, así que tampoco es que esto cambie mucho las cosas.
No sé por dónde empezar. Llevo años ensayando mentalmente lo que te diría si alguna vez me atreviera a entrar aquí. Y ahora que estoy dentro, tengo la cabeza completamente en blanco. Típico de mí. Planificar muchísimo y luego improvisar fatal.
Lo más lógico habría sido ir al cementerio, lo sé. Visitar tu tumba. Llevarte flores. Dicen que en esos lugares sientes más cerca a la persona que se ha ido. Pero la verdad es que aquí dentro creo que te noto más presente. Como si algo tuyo siguiera aquí, metido entre estas cuatro paredes.
Supongo que lo primero que tengo que decirte es lo más obvio. Te echo de menos. Cada día. Siempre que estoy con los niños en el colegio, me acuerdo mucho de ti. Me miran igual que tú me mirabas a veces, con esa mezcla de curiosidad y de amor que no necesita palabras para entenderse.
He tardado mucho en venir, lo sé. Han pasado años y no tengo una excusa buena para haberlo dejado pasar tanto tiempo. Pero mira, aquí estoy. En Navidades, la peor festividad del año para mí desde que te fuiste. Siempre he sido un poco masoca.
Me quedo un momento en silencio, mirando la silla, pensando en todo lo que me ha pasado estos últimos meses y en las ganas que tengo de contárselo. En lo mucho que he necesitado a mi hermano para eso exactamente. Para contárselo.
—Ya que estoy aquí, me gustaría contarte algo antes de despedirme para siempre de ti. Una cosa que he llevado muy en secreto y que necesito soltar porque ya no puedo más.
Siempre fuiste mi mayor confidente, aunque ni la mitad de las veces me entendieras. Claro, ¿cómo iba a entender de temas amorosos un niño de doce años y además con parálisis cerebral? Aun así, necesito contártelo.
¿Te acuerdas de Josh, mi primer novio? Al poco tiempo de irte tú, él también se fue.
Y desde entonces no volví a enamorarme. Hasta ahora.
He conocido a un chico. Se llama Ricky. Bueno, se llama Ricardo, pero le gusta que lo llamen Ricky, lo que ya dice bastante de cómo es.
Un poco imbécil. Pero bastante adorable. Y guapo, sobre todo.
El problema es que es bastante más joven que yo.
Diez años menos, para ser más exactos. Y eso ha complicado mucho las cosas.
Aunque, sinceramente, no es eso lo que lo ha estropeado todo.
Me he metido en un follón importante del que he salido bastante mal parada.
Y la verdad es que no me extraña en absoluto. Creo que he hecho las cosas fatal.
Te cuento. Antes de conocerlo a él, conocí a su hermano, Gabriel.
Apareció un día en el colegio con un proyecto de estimulación multisensorial para mis alumnos; a ti te habría encantado, seguro.
El caso es que nos gustamos, o algo parecido a eso, y estuvimos viéndonos unos meses.
No sé muy bien por qué, si te soy honesta.
Porque en el fondo Gabriel no me gustaba lo suficiente como para alargar aquella situación.
Meses después, sin que yo supiera aún que era su hermano, conocí a Ricky una noche.
Estaba en un pub con mis amigas —una de ellas Grace, ¿te acuerdas de ella?
— y él era el camarero. Me tiró la cerveza encima cuando fue a servírmela.
Sí, muy torpe por su parte. Pero cuando lo miré a los ojos algo raro me pasó, algo que no supe identificar en ese momento y que, ahora que lo pienso, ya debería haberme puesto en guardia.
Me acerqué a la barra, en teoría para decirle que no pasaba nada porque me hubiera desparramado la cerveza por toda la blusa, ya que su jefe acababa de echarle una buena bronca por ello delante de todo el mundo.
Aunque creo que en realidad lo hice para estar un poco más cerca de él y volver a mirar esos preciosos ojos que me cautivaron enseguida.
Pero en cuanto me di cuenta de que yo también le había gustado, salí corriendo de aquella situación como pude.
Intenté librarme de él esa noche por lo menos un par de veces. Pero no lo conseguí. Ni mucho menos.
Al día siguiente fue cuando descubrí que era su hermano.
Gabriel me llevó a comer a casa de sus padres, porque quería formalizar lo nuestro, y me encontré con esa gran sorpresa.
Acepté quedarme, aunque ahora no estoy muy segura de por qué.
Supongo que porque me gustaba estar cerca de Ricky, aunque tardara bastante en reconocerlo.
Luego, con el tiempo, seguí haciéndole creer a Gabriel que éramos algo más, con tal de que me llevara a eventos donde pudiera encontrarme con él.
Al cabo de unas semanas, Ricky y yo nos enamoramos enloquecidamente.
Empezamos a vernos en secreto. Hasta que Gabriel, un día, nos descubrió y Ricky desapareció de repente de mi vida, sin darme ni siquiera una explicación.
Me detengo un momento. Respiro.
—Me convencí durante estas últimas semanas de que lo mejor era olvidarme de él.
Pasar página. Pero hace unos días recibí una carta suya en la que me explicaba los motivos de su ausencia.
Su familia le prohibió verme y lo encerró en casa.
Sí, como lo oyes. Y ahora lo han mandado a estudiar fuera.
A Londres. Para mantenerlo lejos de mí, supongo.
Aunque en la carta me ha prometido que volveremos a estar juntos, pase lo que pase.
Y ahora no sé qué hacer, Dani. De verdad que no lo sé.
¿Lo espero? ¿Sigo con mi vida como si no hubiera pasado nada y espero a ver si algún día aparece de nuevo, tal y como me ha prometido?
¿O hago lo sensato de una vez, que probablemente es convencerme de que esto no tiene ningún futuro y olvidarme de él para siempre?
Me incorporo despacio, con las rodillas un poco entumecidas de llevar tanto rato agachada, y me siento en el borde de la cama.
—Sé que no me puedes responder. Sé que esto no funciona así y que probablemente estoy haciendo el idiota. Pero hay una parte de mí que necesita creer que sí me estás escuchando desde alguna parte. Que estás aquí conmigo, atendiendo a cada detalle de lo que te estoy contando. En fin. ¿Tú qué harías?
—Yo me olvidaría de ese chico para siempre.
El corazón me da un vuelco tan fuerte que casi me caigo de la cama. Me giro bruscamente hacia la puerta y ahí está mi madre, apoyada en el marco, con los brazos cruzados, mirándome con una ceja levantada.
—Mamá —consigo decir, cuando por fin recupero el habla—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente.
—No se espían las conversaciones ajenas. ¿Eso no te lo enseñaron de pequeña?
—La puerta estaba entreabierta —dice, sin el más mínimo atisbo de arrepentimiento.
—La puerta estaba cerrada.
—Entreabierta.
—Mamá.