¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Me quito los zapatos y me tumbo en la cama con los brazos extendidos y los ojos fijos en el techo. El viaje ha sido largo. Agotador, en realidad. Y ese agotamiento, mezclado con todo lo demás, me hace caer en un sueño profundo.

◆◆◆

Me despierto de repente y veo que ya es de noche.

No sé qué hora es ni cuánto rato he estado durmiendo.

Decido sacar el móvil del bolsillo para comprobarlo y me encuentro con dieciséis notificaciones.

Tres de Olivia. Dos de Zoe. Nueve de nuestro grupo de las cuatro.

Y los dos últimos de Grace, preguntándome si he llegado bien a Portland y pidiéndome que le dé un beso a mis padres de su parte.

Ningún rastro de Ricky entre los mensajes. Confiaba en que quizás hubiera conseguido hacerse con algún móvil en Londres para poder ponerse en contacto conmigo.

Los dos mensajes de Grace me llaman especialmente la atención ahora mismo. Básicamente porque creo que debo tener una seria conversación con ella después de lo que me he enterado hace unas horas. Marco su nombre en la lista de contactos y me llevo el teléfono a la oreja. Descuelga al segundo tono.

—¡Hola, Ali! ¿Cómo estás? ¿Has llegado bien? ¿Cómo están tus padres?

—Mis padres están bien. Mi madre, muy emocionada de tenerme por aquí y, sobre todo, dispuesta a sonsacarme todo lo que pueda sobre «GAbrIEL» —digo, deletreando el nombre con toda la ironía que soy capaz de concentrar en tres sílabas.

Silencio.

—¿Ah, sí? —pregunta Grace, sorprendida.

—Sí, no te hagas la idiota. Mi madre sabe lo de Gabriel, Grace.

—Pues no entiendo cómo ha podido enterarse...

—¿Tal vez porque se lo has contado a tu madre?

—La voy a matar... —continúa Grace, después de una breve pausa y un suspiro profundo.

—No. A ti es a quien voy a matar.

—¡Lo siento, Ali, estaba preocupada por ti! —suelta de repente, a la defensiva—. Un día mi madre me preguntó cómo estabas, y se lo conté sin ninguna mala intención. Necesitaba desahogarme con alguien antes de que acabara dándote un guantazo por tonta.

—¿Tonta yo?

—Sí, tonta tú. Y ya sabes perfectamente por qué.

—Eso es asunto mío.

—Solo me preocupo por ti.

—Y te lo agradezco. Pero mis asuntos me los arreglo yo, ¿de acuerdo?

Suspiro. Me quedo un momento en silencio, sintiendo cómo la angustia se asienta en algún lugar entre el pecho y el estómago. Y casi de inmediato me arrepiento de haberle respondido de esa forma. Conozco a Grace. La conozco demasiado bien como para creer que lo hizo con mala intención.

—Lo siento —dice ella, al fin, con una voz que ahora sí suena genuinamente arrepentida.

—Está bien, te perdono. Pero la próxima vez que necesites contarle algo a alguien, cómprate un diario —digo, con un tono irónico y más relajado.

Ella suelta una carcajada breve.

—Prometido.

Cierro los ojos un momento.

—Oye —susurro—. ¿Le has contado algo más a tu madre?

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes a qué me refiero.

—¿Lo de Ricky?

—Sí.

—No —responde ella, sin dudar—. Le conté lo de Gabriel a mi madre bastante antes de que conocieras a Ricky. Así que puedes estar tranquila.

Dejo escapar el aire despacio por la nariz.

—Vale —murmuro.

—Oye, Ali...

—Estoy bien —le corto enseguida.

—¿Seguro?

—Sí. Necesito poner unos días de distancia con los recuerdos y solucionar primero los que tengo aquí. Pero en cuanto vuelva de Portland quedamos. Tengo algo que contaros.

Todavía no les he contado nada a las chicas sobre la carta de Ricky. Y creo que hay cosas que es mejor contar en persona.

—¿Ha pasado algo?

—Ya os lo contaré cuando vuelva.

—Ali...

—Tranquila, Grace. Cuando pasen las Navidades quedamos las cuatro y os lo cuento todo. Lo prometo.

—De acuerdo. Te tomo la palabra —dice Grace. Y, antes de colgar, añade—: Por cierto, me imagino a qué has ido allí. Y quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti, amiga.

—Lo sé. Gracias —digo, con una sonrisa.

Cuelgo la llamada y me quedo un momento con el teléfono apoyado sobre el pecho, tumbada.

Después me incorporo despacio. Debería bajar a cenar.

Mis padres deben de estar esperándome. De hecho, me sorprende un poco que mi madre no haya subido todavía a comprobar si estoy bien.

Llevo horas aquí arriba y ella, que en circunstancias normales habría aparecido por la puerta con alguna excusa razonablemente transparente, no ha dado señales de vida.

O está respetando mi espacio, o está abajo tramando algo.

Las probabilidades de que sea lo segundo son considerablemente más altas.

Y la verdad es que no estoy preparada para que me pregunte más sobre Gabriel.

Prefiero someterme a una cirugía dental sin anestesia.

Me levanto, me estiro un poco, abro la puerta de mi habitación y salgo al pasillo.

Me dirijo hacia las escaleras. Pero antes de que mi pie baje el primer escalón, mi cabeza gira de forma automática hacia la habitación de mi hermano, que está justo al lado de la mía.

Algo que antes, cuando he subido, no me he atrevido a hacer.

Lleva años cerrada. Intacta. Hay quien vive el duelo así: dejando las cosas exactamente donde estaban.

Como si dejar ese cuarto igual fuera una forma de mantener también con vida a la persona que lo habitó.

Uno de los motivos por los que apenas me he atrevido a venir durante todos estos años ha sido precisamente para evitar este momento.

Sabía perfectamente que, si veía esa puerta, querría abrirla.

Y no he sido capaz de hacerlo desde que Dani murió.

No debería ser tan difícil hacerlo, ¿no?

Es solo una puerta de madera pintada de blanco, con un pomo de color azul en el centro y las letras de su nombre todavía pegadas en ella.

Pero para mí no representa eso. Cruzarla significaría enfrentarme a lo que hay al otro lado.

Significaría aceptar, de una vez y sin escapatoria, que él ya no va a volver.

Esta es la verdadera razón por la que estoy aquí.

He venido a despedirme de mi hermano de la forma que más me duele.

Mirando sus cosas. Respirando el aire de esa habitación.

Y prometiéndole, de alguna manera, que su recuerdo no me va a doler más.

O, al menos, no de la misma forma. Llevo a Dani desde hace años como una herida abierta en lugar de como lo que realmente es: mi hermano.

El que me acompañó en los primeros dieciséis años de mi vida.

Y con el que sé que algún día volveré a encontrarme en alguna parte del universo.

(Alice, creo que ya va siendo hora de que entres en esa habitación.)