CAPÍTULO 5
Alice
Mi madre aparece desde la cocina con una bandeja entre las manos y la deposita con cuidado en el centro de la mesa, donde mi padre y yo permanecemos sentados en silencio después de nuestro emotivo reencuentro.
Tres tazas de chocolate caliente humean frente a mí, con ese color oscuro y espeso que consigue que se te haga la boca agua con solo mirarlo.
Y en el plato que hay justo al lado, esas sabrosas galletas de mantequilla que mi madre siempre sirve.
Esas que vienen en una lata redonda de color azul que, si la abres con demasiadas esperanzas, a veces resulta ser un simple costurero.
—Mamá, no hacía falta que sacaras nada —digo, mirando la bandeja.
—Claro que hacía falta —responde ella, como si mi comentario no mereciera demasiado análisis.
—No tengo hambre.
—Alice, ¿cómo no vas a tener hambre? ¿De verdad te vas a resistir a una taza de chocolate caliente y a unas galletas de mantequilla? Era tu merienda favorita cuando eras pequeña.
Dicho así, suena como si yo acabara de rechazar algo completamente irrechazable. ¿Cómo podría negarme a comer la merienda favorita de mi infancia? Creo que mi madre no es consciente de que los gustos pueden cambiar con los años, aunque reconozco que este plato nunca va a dejar de gustarme.
—En serio, mamá, no tengo hambre —insisto, aunque mis manos han tomado ya la decisión por mí y están rodeando la taza sin que yo les haya dado permiso para hacerlo.
Mi madre se sienta, apoya los codos en la mesa y me mira fijamente, frunciendo ligeramente el ceño.
—Estás muy delgada, cariño.
—Mamá...
—No, en serio. —Se inclina un poco hacia delante y empuja el plato de galletas en mi dirección—. ¿Estás comiendo bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, mamá. Como todos los días.
—Pues no lo parece.
Miro las galletas, cojo una para que mi madre se calle y, a continuación, le doy un pequeño mordisco.
Obviamente llevo semanas sin comer demasiado.
Creo que he perdido hasta unos cuantos kilos.
Pero es lo que tiene que te rompan el corazón.
No sé por qué las personas dejamos de tener hambre cuando vivimos un drama amoroso.
Es como si el estómago decidiera ponerse en huelga solidaria, como si procesar comida fuera un lujo que una no puede permitirse cuando tiene otras cosas más urgentes que gestionar.
Mastico despacio, sin apartar los ojos de la taza, mientras noto cómo me analizan en silencio. Levanto la vista y ahí están los dos, con esa mirada que solo tienen los padres. La de «sabemos que pasa algo, pero vamos a esperar a que nos lo cuentes tú solita cuando estés preparada».
—¿Qué? —digo, con la boca llena.
Mi madre rodea su taza con las manos y ladea un poco la cabeza.
—Alice, cariño... ¿por qué has venido?
—A ver, que no nos importa, hija —aclara mi padre enseguida—. Pero nos parece muy extraño que hayas aparecido por aquí de repente.
—Exactamente —continúa mi madre—. Y más en estas fechas. Teníamos pensado ir nosotros a pasar la Navidad contigo a Greenfield, como todos los años.
Termino de tragar el último mordisco y bebo un sorbo largo de chocolate caliente antes de responder. Tan largo que incluso noto cómo me arde la lengua.
—Me apetecía daros una sorpresa —digo, medio carraspeando.
—Y nos ha encantado, cariño. —Mi madre hace una pausa breve—. Pero eres mi hija. Te conozco. En catorce años solo te has atrevido a aparecer por aquí un par de veces. Sé que algo te ocurre. ¿Todo bien? ¿Has tenido algún problema?
Tiene razón. En todos estos años apenas he venido de visita.
Siempre tengo alguna excusa razonablemente buena que dar: que si tengo planes, que si me da miedo el avión —aunque esta, reconozco, es completamente cierta—, que ya si eso iré en verano.
Pero no. Este año era diferente. Este año tenía la urgencia de cerrar, por fin, el capítulo más doloroso de mi vida.
—Sí, todo bien, mamá. No he tenido ningún problema —digo, asintiendo con más convicción de la que siento.
Mi madre me mira. Mi padre me mira. Yo, en cambio, miro la taza.
—¿Seguro? —insiste mi madre.
—Seguro.
—Pues tienes una cara...
—Mamá, estoy bien. Solo estoy cansada del viaje.
Mi padre da un sorbo tranquilo a su chocolate y deja la taza sobre la mesa.
—¿Y cómo van las cosas por Greenfield? —pregunta él, cambiando de tema.
—Bien. Como siempre.
—¿El colegio? —continúa mi madre.
—Bien.
—¿Las chicas? ¿Grace, Olivia, Zoe?
—Bien, bien y bien.
Mi madre coge otra galleta de la bandeja, pero no le da un mordisco. Solo la sostiene entre los dedos y me observa con atención antes de hacerme la gran pregunta.
—¿Y con Gabriel?
El chocolate se me va por el conducto equivocado.
De hecho, me atraganto de una forma tan poco elegante que tengo que taparme la boca con la servilleta para evitar vomitar sobre el mantel.
Toso un par de veces, me limpio la comisura con cuidado, intentando recuperar algo de dignidad, y levanto la vista hacia mis padres.
Mi padre mira a mi madre, extrañado, como si no supiera de qué está hablando.
Y mi madre me mira a mí, como si acabara de lanzarme una piedra y estuviera esperando a ver exactamente dónde cae.
—¿Cómo sabes quién es Gabriel? —consigo decir, con la voz todavía algo afectada por el atragantamiento.
—Cariño, si dependiera de ti, nos enteraríamos de tu vida por las noticias. Menos mal que Eleanor me tiene informada.
Tardo exactamente tres segundos en procesar ese nombre antes de que todo encaje en su sitio con una precisión irritante.
¿Eleanor? ¿Eleanor Hastings? ¿La madre de Grace? Eleanor y mi madre son amigas desde que Grace y yo íbamos juntas a la guardería, y nunca, jamás de los jamases, han dejado de serlo. Igual que nosotras.
Genial. Eso significa que Grace le cuenta sus cosas —bueno, mejor dicho, mis cosas— a su madre. Y su madre se las cuenta a la mía. Voy a matar a mi mejor amiga en cuanto la vea. Y no es una forma de hablar. La pienso matar con mis propias manos.
—Qué bien —murmuro, dejando la servilleta sobre la mesa—. Me alegra saber que mi vida privada tiene tan buena cobertura.
—¿Quién es Gabriel? —le pregunta al fin mi padre, con un toque de recelo—. ¿Cuándo me ibas a contar que la niña tiene novio?
—No es mi novio, papá —respondo, intentando tranquilizar la situación.
—¿No? ¿Habéis roto? —pregunta mi madre, sorprendida.
—¿Qué es lo que sabes exactamente de Gabriel, mamá? —pregunto, intentando averiguar qué clase de información maneja, porque no tengo ninguna intención de contarle más de lo necesario.
—Pues eso. Que hace unos meses empezaste a salir con un chico muy atractivo y de buena familia, que se llama Gabriel.
—¿Y ya está?
—Sí. ¿Hay algo más que deba saber?
—No. Bueno, a ver...
—¿Estás embarazada?
—¡No, claro que no! ¿Tan loca crees que estoy?
Sí, adoro a los niños. Soy profesora; sería bastante preocupante que no fuera así. Pero ser madre ahora mismo no entra en mis planes ni de lejos.
—Solo que... a tu pregunta de si hemos roto... sí, hemos roto.
—¿Te ha hecho daño? —pregunta mi padre, sin darme margen para que siga explicando lo que ha sucedido—. Porque si es así, lo pagará caro.
Suspiro.
—No, papá. No me ha hecho daño.
—¿Y por qué lo habéis dejado? —pregunta mi madre, como si de repente se hubiera convertido en una periodista del corazón.
—Pues porque... no ha salido bien —digo, encogiéndome de hombros.
—¿Qué significa «no ha salido bien»?
—Significa exactamente eso, mamá. Que no ha salido bien.
—Ya, pero...
—La relación no ha funcionado. Ya está. No hay que darle más vueltas.
—¿Es porque no estabas enamorada de él, verdad? Eleanor me dijo que Grace no te veía feliz.
¿Pero qué narices le habrá contado Grace a su madre? Está claro que las ganas de matarla van creciendo por momentos.
—Bueno, el motivo por el que lo hemos dejado no tiene importancia ahora mismo, mamá.
—¿Cómo que no? ¿Eso te ha afectado, verdad? ¿Por eso estás aquí? Quieres mantenerte lejos de ese chico.
—No exactamente, mamá.
—Ay, hija, cómo te conozco... Sabía que algo ocurría.
—Te repito: estoy bien.
—No lo parece, cariño.
—Susan —interviene mi padre—. Deja ya a la niña. Se nota que no quiere hablar más del tema. Ya te ha dicho que está bien.
—No está bien, Henry. Conozco a mi hija.
Los miro a los dos alternativamente mientras discuten sobre mi estado emocional delante de mí, como si yo no estuviera sentada a menos de un metro de distancia.
—Oye —digo.
Ninguno me escucha.
—Si ella quiere contarnos lo que ha pasado, ya nos lo contará cuando esté preparada, ¿de acuerdo?
—Yo solo intento ayudar, Henry.
—¡Oye! —repito, algo más alto.
Se callan los dos al mismo tiempo y me miran.
—Necesito descansar un poco. El viaje ha sido largo y estoy agotada. ¿Os importa si subo a la habitación y me acuesto un rato?
Mi madre me mira durante un segundo más de lo estrictamente necesario, como si quisiera dejar claro que esta conversación no está cerrada, sino simplemente pausada. Que volveremos a ella. Que ella sabe que volveremos a ella y yo sé que ella sabe que volveremos a ella.
—Claro, cariño —dice al final, con una sonrisa que es cariñosa y estratégica a partes iguales—. Ve a descansar. No te preocupes. Luego hablamos.
Me levanto, rodeo la mesa, le doy un beso en la mejilla a mi madre y después otro a mi padre, que me aprieta brevemente la mano cuando lo hago.
—Si necesitas algo, dínoslo, hija —añade él.
—De acuerdo, no te preocupes.
Salgo del salón y subo las escaleras despacio.
Llego a mi habitación, abro la puerta y me doy cuenta de que todo sigue igual.
Mi madre no se ha molestado en cambiarla estos últimos años.
La cama sigue siendo la misma, con el mismo cabecero de madera clara y la misma colcha de cuadros granates y blancos que yo misma elegí con quince años.
En su momento me pareció la colcha más bonita del mundo. Ahora me resulta bastante hortera.