¿Y si te casas conmigo? (QUÉDATE CONMIGO Nº2) CAPITULO 4
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CAPITULO 4

Alice

El taxi lleva unos minutos circulando por las calles de Portland.

El taxista no dice nada. Lleva todo el trayecto desde el aeropuerto en silencio, y yo no sé si agradecérselo —porque hoy tampoco tengo ganas de hablar con nadie— o cantarle las cuarenta por maleducado, ya que ni siquiera se ha dignado a saludarme cuando he subido al coche.

Ya sé que yo tampoco soy el mejor ejemplo de simpatía.

Pero, al menos, conservo algo de educación.

Miro por la ventanilla y me doy cuenta de que mi barrio ha cambiado y no ha cambiado al mismo tiempo, que es la forma más exacta que encuentro de describirlo, aunque suene un poco contradictoria.

Hay una ferretería nueva donde antes había una papelería en la que mi madre me compraba los cuadernos del colegio cada septiembre.

Hay un par de árboles que han crecido tanto que sus ramas se tocan sobre la calzada, formando una especie de túnel vegetal que antes no existía.

Hay una casa que han pintado de un color distinto y que no termina de encajar con el resto de la calle, aunque tampoco desentona del todo.

Pero el resto sigue siendo exactamente igual.

Las mismas aceras de baldosa gris con las mismas grietas en los mismos sitios.

Las mismas farolas de hierro que de noche proyectan esa luz anaranjada y cálida.

Las mismas casas con los mismos jardines delanteros, algunos más cuidados que otros.

El taxi empieza a reducir la velocidad cuando llegamos al final de la calle, y yo contengo el aire, porque soy consciente de que ya he llegado a mi destino.

—Son cuarenta y dos dólares —dice el taxista, frenando el coche.

Me quedo un momento sin moverme, con las manos en el regazo y la mirada fija en la fachada de mi casa, sin atreverme a salir del vehículo.

—Señorita —insiste, mirándome por el retrovisor.

—Sí, disculpe —reacciono, con la voz un poco tensa.

Pago, me despido, abro la puerta con cuidado y bajo a la acera con la maleta rodando detrás de mí y Bella metida todavía en el transportín. Después me quedo ahí, de pie frente a las escaleras del porche. Las miro detenidamente. O ellas me miran a mí. Nunca sé muy bien cómo describir esa sensación.

La fachada sigue siendo blanca, aunque un poco más desgastada que en mi recuerdo.

La puerta es la misma, de madera oscura y con el pomo de latón que siempre crujía un poco al girar.

El buzón, antes plateado, sigue estando en el mismo sitio, a la derecha; mi padre lo pintó de color rojizo un verano, en un intento decorativo que nunca terminó de convencer a nadie excepto a él.

Sigo plantada en el mismo sitio, sin atreverme todavía a subir las escaleras y llamar al timbre.

(Alice, pareces idiota. Son cuatro. Solo cuatro malditos escalones que conoces de memoria.)

Pero ahora mismo no me parecen «solo» cuatro escalones. Me parecen una distancia que no sé muy bien si estoy preparada para cruzar. Y eso que venía medio convencida de ello.

Respiro hondo. Me agacho, abro el transportín, saco a Bella y le pongo la correa con los dedos un poco torpes, por el frío o por los nervios —creo que esta segunda opción se acerca bastante más a lo que siento ahora mismo—.

La sujeto con la otra mano, agarro el asa de la maleta de nuevo y, a continuación, empiezo a subir.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Me detengo frente a la puerta y me quedo mirando el timbre demasiado rato. Pero, finalmente, me atrevo a pulsarlo.

Los pasos que oigo acercarse desde el otro lado los reconozco enseguida, igual que reconocería su voz entre mil o su forma de reír.

La puerta se abre. Y aparece tras ella mi madre.

Se queda un momento quieta, con la boca abierta y mirándome con esos ojos verdes que heredé de ella y que ahora brillan de emoción.

Creo que lo último que hoy se esperaba era verme aparecer así, por sorpresa.

—Alice, hija —dice, con la voz temblorosa.

—Hola, mamá —consigo decir, con el mismo temblor.

Mi madre no añade nada más. Da un paso hacia delante y me abraza, fuerte, con la barbilla apoyada en mi hombro y las manos aferradas a mi espalda. Su perfume sigue siendo el mismo de siempre, ese de lavanda que tanto le gusta. Y ese detalle, de alguna manera, me revuelve las entrañas.

Por un instante, reconozco que quiero salir corriendo. Huir de ese abrazo. Pero no lo hago. Cierro los ojos con fuerza —asegurándome de que no se me escape ninguna lágrima por ellos— y se lo devuelvo con la misma intensidad.

Bella, que se ha quedado sentada a mis pies sin entender demasiado bien qué está pasando, aprovecha el momento para olisquear las zapatillas de mi madre.

—Hola, Bella, ¡qué alegría me da verte de nuevo! —dice, apartándose de mí para agacharse a su altura.

Y mi perra, que no tiene ningún problema con los reencuentros emotivos, le planta un lametón en toda la cara sin pensárselo dos veces.

Mi madre se ríe, la coge en brazos y la aprieta contra su pecho como si llevara mucho tiempo esperando hacerlo.

Las miro a las dos y no puedo evitar esbozar una sonrisa breve, a juego con los ojos lagrimosos que intento disimular sin demasiado éxito.

—Bueno... —dice, con la perra todavía en brazos—. No te quedes ahí parada, cariño. Entra en casa, por favor.

Se aparta para dejarme pasar y yo cruzo el umbral despacio, con cuidado, como si necesitara explorar el terreno antes de adentrarme mucho más.

—¡Henry! —llama mi madre hacia el interior de la casa, a gritos—. ¡Henry, baja! ¡Ha venido la niña!

Escucho los pasos de mi padre moviéndose por el piso de arriba.

—Por favor, deja que te ayude con el equipaje, cielo —dice mi madre.

—No hace falta, mamá, puedo yo sola —digo, resistiéndome a soltar el asa de la maleta.

—No seas cabezona, Alice, deja que te ayude —dice, quitándomela finalmente—. Voy a llevarla a tu habitación. Mientras tanto, entra en el salón y ponte frente a la chimenea, que debes de estar helada. Ahora enseguida vuelvo.

Y antes de que yo pueda protestar de nuevo, mi madre ha desaparecido con mi maleta, dejando solo el sonido de sus pasos perdiéndose por las escaleras.

Me quedo sola en el recibidor, mirando a mi alrededor despacio, dejando que todo vaya entrando poco a poco por mis ojos.

A mi derecha está el mismo perchero de madera oscura, aunque con abrigos distintos a los que yo recuerdo.

Justo al lado se encuentra la mesita de las llaves, con el mismo cuenco de cerámica azul que hice en el colegio para el Día de la Madre.

El suelo de parqué cruje bajo mis pies, y ese sonido me devuelve a aquellas mañanas en las que corría porque llegaba tarde a la escuela.

El ambiente huele a madera vieja, a jabón de ropa limpia y a ese ambientador de vainilla que mi madre lleva años comprando.

Respiro hondo, llamo a Bella con un suave chasquido de lengua y me dirijo hacia el salón con ella pisándome los talones.

La chimenea está encendida, tal y como me había indicado mi madre.

El crujido de la leña me recibe en cuanto cruzo la puerta; me acerco despacio, extiendo las manos hacia las llamas y cierro los ojos un momento, dejando que el calor entre en mi cuerpo.

Cuando los abro, levanto la vista hacia la repisa.

Y ahí están. Las fotografías que ni por asomo quería ver.

Las mismas de siempre, en los mismos marcos que entonces.

La boda de mis padres, los dos increíblemente jóvenes, mirándose como si el mundo entero cupiera en ese instante.

Mi madre con el pelo recogido y un ramo de rosas blancas que sujeta entre sus manos.

Mi padre con una sonrisa que no suele asomar, mirándola totalmente enamorado.

Luego nosotros. Yo, recién nacida, envuelta en una mantita rosa y con los ojos cerrados. Mi padre sosteniéndome con cuidado, como si temiera que fuera a romperme si apretaba demasiado. En la de al lado está Dani. También recién nacido. Pero esta vez es mi madre quien lo sostiene entre sus brazos.

Y después, la última. Los dos en la playa.

Dani y yo de pequeños. Él sentado en la toalla, lleno de arena por todas partes: en el bañador, en el pelo, hasta en las mejillas.

Yo a su lado, de pie, con una sonrisa enorme que hacía mucho tiempo que no recordaba haber tenido.

Aunque bueno, eso no es del todo cierto.

Desde que Ricky apareció en mi vida, de vez en cuando ha vuelto a asomarse por mis labios.

Me quedo mirando esa fotografía demasiado tiempo.

Hipnotizada. Y no sé en qué momento exacto empieza a temblarme el pulso, ni cuándo se me nubla la vista.

Solo sé que de repente estoy llorando, con las lágrimas cayendo solas por mis mejillas como si llevaran mucho tiempo esperando mi permiso para salir y yo, por fin, se lo hubiera dado.

Sabía que, tarde o temprano, este momento llegaría.

El momento de reencontrarme con mi pasado y enfrentarme de una vez a esa herida que llevo años sin atreverme a mirar de frente.

—Alice, hija.

Su voz grave llega con cuidado, como si temiera asustarme si la elevara demasiado. Me doy la vuelta despacio y veo que mi padre está justo detrás de mí, mirándome, con el pelo más gris de lo que recordaba.

No dice nada más. Yo tampoco. Da un paso hacia delante, me abraza, y yo, esta vez, me dejo sin rechistar.

Hundo la cara en su hombro y me aferro a él como si fuera lo único sólido que tengo cerca en este momento.

Él me aprieta fuerte, en silencio, como si quisiera decirme que todo está bien, que esté tranquila.

No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Pero lo suficiente como para que yo me desahogue y saque por fin toda la tristeza que lleva tiempo estancada en mi corazón.

Desde la puerta del salón, sin hacer ningún ruido, siento la presencia de mi madre.

No la veo, pero sé que está ahí, observándonos.

La conozco demasiado bien como para no saber que ha bajado las escaleras despacio, que ha llegado hasta la puerta y que, en cuanto ha visto la escena, ha decidido quedarse donde estaba.

Sin querer interrumpir algo que, aunque duele, también es bonito y, sobre todo, muy necesario que ocurra.